El incendio

Por Amelia González*

Encendió otro cigarrillo. Esta vez lo hizo con mayor atención. Lo colocó entre los labios, agitó un poco el encendedor que no prendió al inicio. Al segundo intento prendió y entonces llevó el fuego hasta la punta de aquel vicio. Breve incendio, antesala de aquel otro…

Ahí estaba como cada noche Clarice, nuestra Clarice Lispector. Sentada en la habitación, frente a su escritorio se pone a imaginar una escena. Un paisaje tropical o un departamento en cualquier ciudad de Brasil. No encuentra el tono, pero sí intuye el carácter del relato. Se imagina que es un cuento fastidioso, como un niño que está harto del calor y que, aunque no quiere volver a casa, ya no desea estar en la calle. 
Así se imagina su cuento. No es la trama la del niño molesto; pero en esencia el relato se asemeja a aquel niño. Divaga y se pierde en el color del cuento, en los personajes y en los diálogos. No. En realidad no se preocupa tanto por los diálogos como por el alma de sus personajes. Juega tanteando situaciones que próximamente llevará a la hoja en blanco que ahora la seduce. Se imagina cómo reaccionaría la mujer que ahora en su imaginación se está gestando si se enterara que su marido ha muerto en la rivera cercana a casa; esboza cómo sería el gesto de la otra mujer que ahora, entre ensueños, aparece y se instala como personaje definitivo. ¿Acaso esta segunda mujer, a la que ella denomina A. R (sólo siglas, para evitar el compromiso de los nombres) se aterraría al ver una cucaracha caminando entre la ropa del closet? La mujer de la imaginación -A.R, como hemos dicho- no le confirma, pero tampoco le niega nada. Clarice, con ese gesto de niña-pantera entorna la mirada y comienza a trazar el relato. Un reloj de pared va marcando las horas. Es su único medio de comunicación con esa otra realidad, denominada a veces como objetiva.

Algunas horas después -el cielo, más que el reloj, le indica que lleva largo rato escribiendo- comienza a sentirse exhausta. La mujer llamada A.R en realidad comienza a darle problemas: es bella, posiblemente al extremo, y además posee una inteligencia cercana a la malicia; sin embargo, se niega rotundamente a aceptar su capacidad mutable. Dice que no puede ser un bicho. No sabe, o no le gusta, jugar. Reniega su voluptuosidad infantil. A Clarice no le convence que una mujer propensa a la profundidad se niegue a retozar como animal en situaciones que así lo exigirían. Intenta ser compasiva con aquel personaje -que, por demás, ni siquiera le desagrada por completo- pero le irrita en el fondo que aquella mujer etérea no se pronuncie respecto a nada. Identifica claramente cómo esta falta de posturas le molesta. Preferir la pasión, sobre todas las cosas. Piensa para sí misma Clarice. No decide todavía si vale la pena continuar con la historia de aquella mujer incapacitadamente lúdica. ¿Y si muere súbitamente en la historia? ¿Suscitaría conflictos éticos esta decisión, en realidad, arbitraria? Y, lo más importante, ¿la muerte de A.R afecta el sentimiento ulterior del cuento? Aunque decide conservar al personaje, al mismo tiempo se esfuerza por hacer brotar -del mismo sitio de donde vino aquél- a otro personaje mayormente interesante. Contempla con la mirada volcada hacia adentro nuevos rostros femeninos, capaces de no querer ser exclusivamente la misma cara vista por todos cada día. Aparecen, como en un desfile surrealista, miles de rostros al gusto de la soñadora. La imaginación de Clarice es fértil. El fuego que la habita dispone de todos los recursos. De pronto -ya cansada de ese catálogo rico, pero así mismo terrorífico- brota de entre todas las máscaras la cara de una mujer que, en principio, podría considerarse como “simplona”. Nada en particular la identifica; pero es precisamente esa falta de particulares lo que la hace sobresalir del resto. Lispector la elige y, con un gesto imaginariamente delicioso, la invita a que venga a la página.

Ahí está de pronto aquella mujer “simplona” comiéndose una naranja. Está en una plazuela de cualquier pueblo, en cualquier lugar del mundo. La mano que escribe la escena elige que el evento suceda en Brasil. La mujer de rostro sencillo mastica con furia la carne de la naranja. El jugo se le riega por las comisuras de los labios. De pronto, como si nada, sonríe de manera erótica. Llama, con un movimiento de la mano, al muchacho que la observa desde el inicio en una banca contigua. ¿Quieres? Le pregunta la mujer a aquel muchacho y éste ni siquiera sabe qué responderle. Intenta esbozar una sonrisa que confirme la pregunta, pero el miedo lo traiciona y se va corriendo. La mujer sólo suspira, pero no parece sentirse afectada. Continúa, como si nada, comiéndose la naranja. A Clarice le gusta la firmeza de la mujer de la cara sencilla. Le interesa, más que antes, la capacidad de resistencia que posee su personaje…

Y es precisamente esta realidad lo que la desanima. Lamenta profundamente que la mujer de la página no exista. Quizás existe, se dice a sí misma Lispector. Posiblemente existe en alguna parte y la imaginación no hizo sino traducir una realidad vista de antemano. Pero, no posee certezas. Le gustaría que aquella mujer simplona de la naranja viniera a platicar con ella y rieran juntas toda la madrugada. Clarice se siente tan sola, hace unas semanas que ni siquiera sus hermanas le responden las cartas. Le gusta la soledad, es cierto; pero esta noche quisiera estar rodeada de una presencia femenina. Tiene ganas de jugar con otra hermana, de reír, quizás hasta de llorar.

El sueño ya tambalea su cuerpo. Se niega a irse a la cama. Quiere seguir escribiendo y conociendo más a la mujer engañosamente simple. Quiere contar en la página que esta mujer tuvo una infancia profunda. Busca cómo traducir lo que la mujer del rostro sencillo le dicta al oído. ¿Cómo va a contarle a sus lectores aquella historia del árbol al que se subía la mujer simplona a lanzarle piedritas a los niños que la molestaban abajo desde las bicicletas? Quiere escribir un cuento en el que la anécdota de la práctica de los primeros besos al espejo cobre primacía. El sueño la va afectando cada vez más. Al final el cansancio vence. Lispector se queda profundamente dormida en aquella sala. El cuerpo reposa complacido en otras tierras. En el rostro de la escritora permanece el gesto de las cejas perpetuamente arqueadas, la boca altiva. En silencio se gestan incendios imaginarios, capaces de dotar a los personajes lispectorianos de una vida siempre renovada.

Sin embargo, al centro de esa habitación, un fuego más terrible comienza a carcomer la madrugada.


*Amelia González, egresada de la carrera en Lengua y Literaturas Modernas Italianas, UNAM. Apasionada del mundo de los libros. Traductora y revisora de textos, así como también profesora de italiano y de inglés. Colaboradora en distintos medios digitales enfocados en el ámbito cultural. Lectora desvelada.

Twitter: @AmeliaBacana
Facebook: Amelia Montserrat Hernández González

[La imagen de cabecera pertenece a Regards Coupables (@regardscoupable en Twitter)]

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