Sucedió un día en Liondres.  La vida antes del Covid

Por: Cuatlicue Mokto*

Basado en hechos reales.

Después de 30 minutos esperando la oruga en el andén del parque con dirección al centro, destino que usualmente me llevaría 15 minutos caminando a paso normal, sin prisas. Después de tres intentos fallidos de abordar orugas que iban repletas, atestadas de personas sin recato, sin la debida observación del espacio personal, mismas que he dejado pasar debido a que no había manera de entrar ahí en esas condiciones, y a pesar de que llegué con tiempo suficiente de sobra para abordar, el tiempo no se detiene y cada vez se hace más y más tarde. 

Cuando esperas en el andén invariablemente el tiempo se alarga, se dilata. La gente empieza a acumularse alrededor de las puertas; ya han pasado 15 minutos desde la última oruga que paró y la presión del tiempo se comienza a sentir.  La gente empieza apretujarse de forma más compacta a la búsqueda de un lugar en la parte de adelante para ser los primeros en subir. Entonces, se suceden los primeros y sutiles empujones, que mientras pase el tiempo serán cada vez más y más bruscos. Todos quieren llegar a tiempo a sus trabajos. Las distancias prudenciales, las que se recomiendan en el manual de Carreño, se desvanecen, se pierde todo glamour, las buenas maneras quedan atrás. Ser caballeroso en las orugas ya no aplica.

Anteriormente, subir al transporte público a las horas punta era muy complicado. Ahora, todo el tiempo el transporte va lleno, unas veces más que otras, pero siempre hay mucha gente. Lo cual puede ser indicativo de un aumento en la población o bien de una cantidad insuficiente de unidades en relación a la demanda de usuarios. Mientras reflexiono, el tiempo pasa en el andén, tiempo que sí se junta, puede ser suficiente para aprender otro idioma, leer poesía o textos cortos. En su lugar, la gente empieza a pensar en estrategias para insertarse dentro de la oruga en cuanto ésta aparezca abriendo sus puertas para colarse dentro de la multitud como sea. Minutos después llega el siguiente transporte revelando un contingente apretado, compacto.  En esas circunstancias no es posible entrar ni siquiera para el contorsionista más avezado, ni para el faquir más arriesgado desprovisto de inhibiciones y con gusto por las situaciones de riesgo; ya que en estas condiciones podrias entrar en la oruga virgen y llegar 30 minutos después al centro con tres hijos y un embarazo en estado avanzado. Las puertas se cierran, el transporte se marcha y la espera vuelve a comenzar, otra oruga que hay que dejar pasar. Observo al chico de al lado que en los últimos 5 minutos ha visto su reloj al menos 6 veces, entonces, instintivamente doy un paso adelante, él entiende lo que planeo y un instante después se dirige a mí y me dice:

   -¿Me das permiso? -dice con gentileza, ¡cómo si no supiera lo que intenta el cretino! –  y entonces me rebasa y pasa hacia adelante. ¡Maldito!  ¿Sé lo que pretendes y ¿dónde está tu caballerosidad? ¡Imbécil! Entonces, espero un tiempo prudencial y dejo caer disimuladamente mis llaves, las recojo y lo adelanto dos pasos, ahora el cretino ese del reloj ha quedado una vez más detrás de mí. ¡Nadie le ha dicho que ya no se usan esos relojes en la muñeca! ¡El muy naco! Después de cinco minutos puedo escuchar como su cabeza trabaja a mil por hora maquinando estrategias siniestras para adelantarme y entrar primero en la oruga. Seguro es uno de esos que se sientan en los lugares para discapacitados o se quedan sentados cuando una embarazada está de pie. Es aquí cuando entro en modo Terminator. Estoy determinada a entrar primero y llegaré temprano a como de lugar, no me importa si debo taclearlo, pero parece que el tipejo piensa lo mismo que yo y aprovecha el paso forzado de una doñita con su hija pequeña que lleva una un mochilón lleno de chunches escolares en la espalda y se acomoda frente a nosotros dos, como si nada.  Para dejarla pasar, el astuto chango cilindrero se coloca delante de mí. Me dirige una mirada llena de superioridad y luego cuando se orienta frente a la puerta, lo veo sonreír como lo harían las madrastras malvadas de Disney, con esa risa macabra que se escucha en el video de Thriller. Debo encontrar la forma de recuperar mi posición frente a la puerta así que cinco minutos después cuando la niña que sujetaba de manera descuidada una maqueta malhecha la deja caer yo aprovecho para colocarme delante de ellas.  Ahora somos tres disputando una posición en la parte delantera, la señora me ha dirigido una mirada criminal, con la superioridad que las madres de familia creen tener sobre los demás mortales, toca el hombro de la mujer que esta delante de ella, ósea yo, y me dice: 

   -Con permiso. -dice tajante, con voz de militar que impone- me hago hacia un lado pues ha activado ese software que las madres te instalan y que con una sola mirada te dicen todo y me hago a un lado con un chillido de perro auuuu auuuu auuu y la dejo pasar: “ni hablar doña, traes puñal” … 

Detrás de mi escucho la risilla de burla del cabroncete del reloj. Me ardo, ¿cómo no?, ¡cabrón! ¡No te saldrás con la tuya! -me digo a mí misma llena de impotencia- Luego de un rato, en plena lucha de poder, llega la oruga y nuestra pelea se ve sofocada por la avalancha colectiva ansiosa por llegar a trabajar y nos empuja hacia adentro. El tipo que inicialmente estaba a mi lado, cuando el contingente se reacomoda para permitir el cierre, el fulano queda situando justo frente a mí, como era de esperar baja la mirada. Ajá já, ¡lo sabía! ¡culero, cabrón! ¡No que muy machito!  

Así vamos, siendo empujados por la inercia del movimiento del camión, balanceándonos hacia adelante al frenar y hacia atrás al acelerar. La situación es super asfixiante, así pasamos por dos paraderos, hasta que llegamos a uno de esos donde todos parecen bajarse y otros suben en bola y nos obligan entre empujones a reacomodarnos otra vez al cierre de las puertas. El fulano del reloj ha quedado ahora inmediatamente detrás de mí y yo frente a una tipa de cabellos largos. Hago un esfuerzo por alcanzar el tubo con la punta de los dedos para sujetarme, pero no logro alcanzarlo, ha subido demasiada gente, así que voy apretada en medio de todos moviéndome de un lado a otro, a la deriva. En estas circunstancias el tiempo parece hacerse más lento en medio de trabajadores histéricos por llegar temprano porque si no, les descuentan el día. Entonces, se activa el modo “ingenio mexicano” para mantenerte alerta en las próximas paradas. 

Es justo aquí, cuando en medio del flujo errático de mis pensamientos, pensando como desafanarme del tipo del reloj, cuando noto una liendre trepando como un escalador profesional el Everest desde la punta del cabello hacia arriba, instintivamente me hecho hacia atrás, pero es inútil, en aquel espacio no cabe ni un alfiler. Cada vez que el conductor frena y nos inclinamos hacia delante el terror me invade, porque su cabello me roza la cara, entonces me incorporo rápidamente y respiro aliviada, la liendre sigue en su desesperado ascenso a la cima. Muy poético, si lo piensan bien, se trata de una lucha por la sobrevivencia dentro de otra lucha. La liendre escaladora ya ha llegado a la altura de los hombros para cuando pasamos el paradero del Expiatorio, es tenaz no cabe duda. 

Para ese momento ya me he olvidado de mi rivalidad con el tipo de atrás, mi atención se ha centrado en los últimos segundos en vencer a la liendre escaladora, trato de evitar una posible transferencia de zona de escalada, la muy cabrona ha empezado a deslizarse a la derecha por el borde del hombro, y en un abrir y cerrar de ojos da un enorme y repentino salto hacia el cabello de la chica de al lado en medio de un gritillo sofocado que se me ha salido lleno de horror que suena más a un chillido de rata, entonces la mujer que se ha librado de la liendre voltea hacia atrás a verme con cara de: 

   -¡Qué te pasa pinche loca!  -mirándome de arriba a bajo con todas las limitaciones que nuestra posición le permite, ignorante de que sus aires de superioridad pierden efecto ante la cruel realidad de una cabeza habitada por liendres. Aun así, me recompongo y recupero la elegancia, cuando se da la vuelta vuelvo a inspeccionar el trayecto de la liendre en la chica de al lado que esta peligrosamente cerca, en cualquier momento la liendre equilibrista bien podría elegir saltar hacía mí. Entonces, siento la incomodidad del fulano de atrás empujándome hacia adelante y yo empujándolo hacia atrás en respuesta: ¿pero, que se cree? En una de esas sacudidas que empuja a todos hacia adelante, sentí como jalaban de mi bolsa, instintivamente la tomé por debajo y la acomode al frente, momentos después mi atención se distrajo cuidando que mi parada inminente, aquella donde me bajaría no se me pasara.

Me olvidé por un segundo del cabrón del reloj, de la piojosa, del ascenso de la liendre, de mi bolsa y empecé a abrirme paso a empellones por el pasillo hasta la puerta, repitiendo mentalmente el mantra: “Soy tenaz como la liendre, soy capaz , puedo lograrlo, soy tenaz como la liendre, soy capaz , puedo lograrlo, soy tenaz como la liendre, soy capaz , puedo lograrlo, don´t belive me, just watch…” . El camión se detuvo y toda la gente se arremolino en la puerta, unos empujando para salir, otros para entrar.

Yo también empujaba con determinación hasta que salí disparada al pasillo del andén, sudorosa y ansiosa, me dirigí junto con el contingente hacia los rehiletes y entonces una mujer llamó mi atención picándome la espalda con el dedo y me dijo:

   -Oiga, ¡tiene una abertura en la bolsa! -dijo con susto en la voz- Entonces tomé la base de la bolsa y la revisé encontrando efectivamente una ranura hecha con una navaja al parecer, mientras la fila avanzaba para poder salir del andén, fuera de la parada esperando el rojo del semáforo para pasar, me encontré con una conocida que me saludó:

   -¡Quiubo tú! ¿ibas en la oruga también?  -me dijo con un tono que transmitía solidaridad en la voz- 

 – ¡Simón! – le dije- un poco confusa todavía mientras acariciaba el agujero de la bolsa que al instante ella notó: 

   – ¿Ya será muy tarde?, ¿Qué te pasó?  -preguntó señalando la ranura con el dedo, intuyendo el incidente ocurrido en el trascurso de mi viaje al inframundo- 

   – Siempre. Me robaron, me rompieron la bolsa para robarme…  -dije con evidente resignación en la voz-

  – ¡Guey! ¿En serio? ¿Y qué te robaron?…  -me preguntó con un sofisticado estilo melodramático resultado de una exposición prolongada desde niñas a altas dosis de novelas mexicanas.

   – Un monedero… 

   – Mmmmm, tchñ ¿chale? ¡Qué culeros! ¿Y cuánto dinero llevabas? -preguntó empática- con ese tono que implica decir: 

  -¡Uts! ¡Ya te chingaron!…

 – Nada. -dije un poco despreocupada- Sólo llevaba una toalla, ya sabes, una toalla sanitaria.

– Ah!… menos mal -dijo más relajada mientras levantaba los hombros- luego cruzamos en silencio la calle.

Momentos después en paraderos más adelante, el fulano del reloj abría con ojos de lujuria el monedero, sobándose las manitas como las moscas de la anticipación, encontrándose con una toalla Kotex nocturna, con alas, de flujo abundante con envoltura de florecitas.

   -¡Guey! -dije de repente pensativa- ¿Era una toalla de alta tecnología, sabes? De esas de las buenas… Espero les sea útil. -Dije con serenidad y resignación sacudiendo la cabeza. Mientras caminábamos a toda prisa y en silencio por la calle.

 

*Cuatlicue Mokto

**La imagen que acompaña este texto es de @rosariolucash de la serie 31 miedos.

 

Aviso: El texto anterior es parte de las aportaciones de la Comunidad, bajo el tema Viviendo la pandemia: crónicas feministas en primera persona.  La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos. Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

 

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