Sanar desde el cuerpo

*La fotografía es de Tatiana Parcero

A los 12 años llegó la anorexia, cuando mis compañeras de la escuela empezaron a hablar de sexo. Algunas hablaban de prácticas que les daban asco, otras de sus curiosidades y actos que les gustaría experimentar ¿Qué podía decir yo? ¿Qué le decía a mi novio cuando hablaba de perder la virginidad conmigo? ¿Era virgen? ¿Cómo debía sentirme con mi conocimiento de todo y nada desde los cinco, seis, no recuerdo realmente. 

En mis inicios como adolescente necesitaba algo que pudiera controlar. No podía anticipar el llanto y los sollozos, tampoco las ganas de correr a ninguna parte, de cansarme hasta que no se sintiera nada. Ni dolor, ni alegría, ni desesperación, ni ganas de seguir. Solo una especie de estado en donde todo quedaba suspendido. Si mi cuerpo se gobernaba bajo sus propias reglas al menos podía controlar cuánta comida ingería y cómo se movía la aguja en la balanza. 

Ahora sé que aún en la anorexia, me salvé a mi misma, que en ese momento fue la única forma que encontré de hacer evidente lo que en casa nadie quería ver, algo no estaba bien desde hace mucho tiempo y nadie quería tomar postura. 

Después la danza vino para ayudarme a construir un puente en la relación con mi cuerpo, practicar aún me conectaba con el control pero la música inevitablemente me hacía sentir y en el fluir del movimiento pude darle simbolismo y salida a mis emociones.

En mi sexualidad, sanarme ha sido darme cada vez más espacio, elegir compañeros y compañeras sexuales que me ayuden a tejer un espacio seguro por si es necesario llorar en sus brazos, parar de lamernos y besarnos en ocasiones para abrir la puerta a la ternura. Amores compasivos que entendieran que mis dolores en la relación sexual vienen de lejos. El pasado tramposo que se cuela por las rendijas del presente. 

No sé si en la vida buscamos escenarios para curarnos o nos llegan y hacemos lo que podemos con eso. En lo más reciente, volver a conectar con la sanación de mi cuerpo, ha sido ser paciente conmigo, después de la decisión en pareja de abrir la relación, de entrar en el poliamor.  Entendí de forma intensa que mi cuerpo aún guarda fuertes memorias de soledad y abandono, que la herida de haberme autodesterrado para evitar un abuso sexual más aún cala, hoy se manifiesta en forma de inseguridades, miedo y en un terror profundo de volver a experimentar que no hay piso al entrar a una estructura de relacionarme que es totalmente nueva para mí. 

Lamer mis heridas es hoy aceptar mis contradicciones, permitir que me abracen y aguantar mis ganas de huir, de olvidarme de todo, quedarme a sentir mi dolor, aceptar que las emociones no se controlan, se sienten y que por más desesperantes que sean no me van a destruir. 

Entender que sanar no es lineal. Que el miedo, el enojo y la frustración, llegarán cada cierto tiempo, pero yo voy sumando recursos y tengo mejores formas de lidiar con ello. Por que la adolescente que se quedaba dormida a la hora de la comida y esperaba a que todos se fueran de casa para manchar los platos y hacer creer que había comido algo ha decidido ahora llorar, hablar con las amigas, ir a su terapia, tener mucha paciencia consigo, dejarse abrazar, aceptar tecitos, tirarse en el sillón a sentir, dejar de pedir disculpas por reconstruirse cuando es necesario. 

Después del trauma el dolor no se va rápido, pero en la recuperación las formas de lidiar con él son menos lastimosas. La vida se expande y en esa amplitud cada vez entra más y más amor.