Sanar después del abuso religioso (I)

Nuestras espaldas cuentan historias que ningún libro tiene lomo para llevar

Rupi Kaur

Por: Jael de la Luz

Tengo un nombre que es bíblico y está en el Antiguo Testamento. Cuando mi mamá ese embarazó de mi, recién se había convertido al pentecostalismo, vertiente religiosa protestante o cristiana evangélica donde creen mucho en la sanidad divina y otras manifestaciones del Espíritu Santo, como hablar en lenguas, y en el sentido de comunidad que es muy fuerte. Durante muchos años, fui parte de esa vertiente religiosa hasta que definitivamente la abandoné, institucionalmente, hace como seis años, los años en que migré de México a Reino Unido. 

Migrar me dio la oportunidad pensar sobre mi trayectoria como persona ya sin esa presión social que tanto me ahogaba en México. Estaba cansada de dar explicaciones de quién era, por las decisiones que tomaba sin tomar en cuenta las “consecuencias de mis actos”; sentía que no podía escapar o pronunciar críticas, más que sugerencias, a lo que pasaba en relación a la iglesia y su devenir como institución. Los últimos años me involucré en proyectos nacionales que tenían que ver con la educación teológica y con la pastoral de mujeres de mi denominación, sabía que era difícil hacer un cambio desde dentro. A pesar de años que no iba de manera formal a la iglesia, romper esos lazos simbólicos de seguir siendo parte de la comunidad, me generaban incomodidad. Tenía que haber una ruptura tarde o temprano.

Desde la adolescencia cuestioné mucho todo lo que aprendí y viví dentro de una comunidad pentecostal en los márgenes de la urbanización. Nunca pude expresar mis sentires sin que hubiera una sanción, castigo o amenaza tanto de mis padres como de quienes ejercían el poder religioso en mi comunidad de fe. Aunque hubo momentos y proyectos donde participé y aprendí muchas cosas que después me sirvieron para la vida, una parte de mi quedó sancionada por esa visión dualista de vivir. Era aceptada sí mostraba o daba testimonio de que realmente era hija de Dios con mi vestimenta, mi actitud y mi disponibilidad de servir. Sentía el rechazo y la violencia simbólica sí por algún motivo me desviaba de la norma al tener novios “paganos”, escuchar música “del mundo” o simplemente ser diferente. Ser niña, pentecostal y mexicana en la década los 80´s y 90´s, después pude entenderlo a la luz de la Historia, fue todo un experimento ideológico.

Las cruzadas evangelisticas del conservador Billy Graham por todo el mundo expandiendo a través del evangelio de Cristo, la democracia norteamericana bajo la “Cortina de Hierro” (término que los conservadores norteamericanos dieron a los países que tenían como forma de gobierno el comunismo), fueron referencia para los predicadores locales que nos pedían santidad. Para reforzar las ideas de que Cristo venía pronto a la tierra, las publicaciones en español de los folletines de Chick publications, hicieron su trabajo en atemorizarme más. A través de historias ilustradas, los cómics desarrollaban historias donde los personajes se veían envueltos en experiencias donde al final sólo había dos caminos: el arrepentimiento y aceptación de Jesús como salvador, para vivir la eternidad, o el pecado que te llevaría a la muerte eterna. Las historias que leí, tenían como protagonistas a masones, mujeres que fueron infectadas de VIH, pandilleros, anarquistas, comunistas, musulmanes. Lecturas como esas, tenían la función de generar entre los lectores no sólo miedo a ser como los personajes de esos cómics, sino a pensar que el cambio sería sólo a través de la conversión y la espera de Cristo a la Tierra. Era un proyecto global de expansión de la ideología del destino manifiesto norteamericano hacia todos los territorios en contexto de Guerra Fría. No fue casualidad que México fuera clave en ese ideología global escatólogica. Las guerras civiles en Centroamérica que Estados Unidos combatía en nombre de lucha contra el comunismo, tenía eco en iglesias como la mía, para refrenar nuestro involucramiento en política. 

Fue hasta que entré a estudiar la preparatoria y luego la Universidad, donde a través de las humanidades y la literatura encontré un espacio para pensarme más allá de ser “hija de Dios”. A través de los libros comencé a cuestionar a Dios, a las instituciones religiosas y a los textos sagrados en cuanto a sus lecturas fundamentalistas. Entonces abrí de manera real y sincera un diálogo conmigo misma, sobre toda la violencia religiosa que viví ahí, y de cómo fui adoctrinada para ser una evangélica fundamentalista. 

Aunque por 10 años fui maestra de Historia de la Iglesia en seminarios evangélicos, hice un esfuerzo por poner mi formación humanística al servicio de nuevas generaciones de pentecostales que aspiraban a ser pastores y pastoras. Fue interesante ver cómo había un interés genuino tanto en lideres evangélicos con cargos de poder dentro de las iglesias, así como en estudiantes en cambiar las pastorales del momento. Su horizonte de cambio era reformar y dar mayor inclusión a las mujeres en cargos ministeriales, por ejemplo, pero sin cambiar de fondo su teología conservadora, binaria y de clara definición de los roles de género dentro de una cultura familiar tradicional. También hice un intento en “encajar” por momentos ya estando casada y con hijos, pero no fue suficiente. Ya no pertenecía a ese espacio que me vio nacer y crecer. Era una disidente. 

Al salir, tuve que superar mis miedos y culpas para comenzar lentamente a reconstituirme como persona. En mi búsqueda, no podía renunciar a mi lado crítico. No podía hacer borrón y cuenta nueva de los abusos que viví dentro de la iglesia siendo niña ni de las complicidades ante la injusticia cuando abrí el historial de violaciones sexuales que vivi, pensando que al hablarlas, pastores y pastoras me apoyarían. Una vez más me encontré con esos temas orillada al silencio y a la resignación.

Cómo escribí alguna vez: salí por la necesidad que tenía de reconstituirme como sujeta, reconocer mi dignidad y valor más allá de lo que la Iglesia me enseñó. Decidí alimentar mi espiritualidad en otras fuentes de sabiduría y poder. 

Transitar de la casa materna a la iglesia, de la iglesia a la academia, de la academia a los movimientos sociales y de los movimiento sociales a migrar, me llevó a tomar más conciencia de no ser sólo testiga del momento histórico que me tocaba vivir, sino a reflexionar sobre la diferencia, la otredad, y en cierto sentido sobre la disidencia y la importancia de pertenecer a una comunidad. Aunque no soy más parte de una comunidad religiosa, traigo conmigo en mis sentires y pensares mis experiencias y aprendizajes de lo comunitario. Aprendí que una comunidad puede llevarte a diluirte o sacrificar tu bienestar  en nombre de Dios; puede matar tu deseo de revelarte al mundo con todas tus sombras y luces, a ser una resentida social o en su caso extremo, una fanática de la ultraderecha y del fundamentalismo religioso. A no entender que la experiencia humana está llena de contradicciones y no de binarismos. 

Sin embargo, en el otro lado de la moneda, el pentecostalismo me dio resiliencia para reconstituirte una y otra vez, las veces que sean necesarias cuando parece no existir esperanza; me enseñó a descubrir a Dios en el sinsentido de la vida y en los rostros de quienes nos sentimos los desheredados de la Tierra, no para lamentarnos, sino para levantarnos contra toda condena. Me enseñó a intentar una y otra vez, a exponerme ante el mundo aunque el miedo me abrace como llamas de fuego; a no tener miedo de alzar mi voz sí el “Espíritu Santo” me da el discernimiento de denunciar las injusticias que veo; a encarnar la frase de que “para aquel que cree, todo es posible”; a ser una utópica. Si algo aprendí de mi experiencia e identidad pentecostal fue resistir en esperanza a ver un cielo y tierra nueva en el aquí y ahora. Por su parte, la vida académica me dio herramientas para pensar la realidad en procesos y cómo reconocer momentos donde hay una irrupción y oportunidad para crear cambios colectivos. Ahora como mujer, madre y migrante/emigrada feminista soy parte de una comunidad global que pide la abolición de las fronteras y el fin de la deshumanización que se afianza en la supremacía blanca, colonial, racial, occidental y heteronormal patriarcal. 

Cuando comencé a escribir sobre mi experiencia, al poco tiempo comenzó en algunas iglesias cristianas en los Estados Unidos el movimiento #MeTooChurch, donde mujeres comenzaron a hablar de sus experiencias de acoso y violencia sexual en las iglesias. Yo quise hacer algo similar y abrí mi testimonio para otras mujeres y personas que se reconocen lesbianas, homosexuales, bisexuales, trans, intersex y queers, dentro de las iglesias de habla español. Tenía una necesidad de encontrar algún espacio o comunidad al margen de las iglesias para sanar, con gente que como yo, queríamos desarticular las narrativas sobre el puritanismo, la sexualidad, el matrimonio, la familia, la violencia sexual, el deseo, la masturbación, la pornografía, la diversidad sexual y la libertad. 

Quería encontrar y ser parte de una comunidad dispersa que leyera la Biblia no buscando al Dios de los patriarcas, sino de las mujeres que actuaron por fe aun siendo prostitutas, extranjeras, pobres, viudas, esclavas, necias y vanidosas, porque de tales mujeres, también es el Reino de los Cielos. Quizá por ser migrada, en un tiempo y espacio diferente, no encontré mucho eco a esa convocatoria de crear una comunidad disidente pentecostal para sanar.

Ahora mi comunidad no es local sino global, porque me reconozco en las luchas y experiencias de quienes ha vivido la exclusión por su origen social, la intolerancia y el odio por su religión; el sexismo y la violencia sexual por ser mujer y ser bisexual; el silenciamiento y el desprecio por quienes se creen moral o intelectualmente mejores, cuando son personas que se han visto favorecidos del nepotismo tan común en nuestras culturas del favoritismo.

Estoy del lado de quienes se resisten a ser borrados de la Historia, de quienes sus historias y experiencias colectivas estar cargados de prejuicios y estereotipos que no permiten ver su valor como sujetos políticos.

¿Acaso las, los, les sobrevivientes de violencia religiosa, tenemos algo que decir?, ¿Qué receta o pasos a seguir para sanar? No hay un A,B,C, D a seguir paso por paso; es nuestra propia historia la que nos va a ir guiando a buscar, encontrar, repensar, reescribir y hablar sobre lo que hemos vivido. Pero si algo puedo decir es que poco a poco me he ido reconstruyendo; los pedazos de mi ser ya vuelven a ser una pieza, me recozco digna de vivir y con la capacidad de tomar mis propias decisiones. Como alguna vez aprendí en Cristología feminista: yo soy mi salvadora. Ya no vivo en el futuro ni pensando habitar un Cielo por la eternidad, o ser condenada al infierno por salir y decir mi verdad, o por desviarme de las normas. Ahora sé que el Dios que me habita no está en un templo hecho de manos, a semejanza de hombres. El Dios que me habita es aquel que no tiene género, que es ternura, amor y compasión eterno. 

*La imagen que acompaña este texto es de la artista plástica @sarashakeel