El desafecto como síntoma

A mediados de 2020, en medio del desconcierto de los meses más duros de la cuarentena, tomé la decisión de instalar Tinder. Lo hice, como todo el mundo creo, un poco por aburrimiento, un poco para probar qué tal. Y así, sin mayor conciencia, me adentré en el mundo las relaciones virtuales y sus múltiples formas de desafecto.

Rápidamente descubrí que Tinder es un gran catálogo de cuerpos y de rostros que funciona perfecto para entablar vínculos desechables. No digo que en el mundo en que vivimos las relaciones presenciales sean siempre espacios de respeto, de cuidado y afecto. Evidentemente no es así. Pero creo que la virtualidad le añade a nuestra manera de interactuar -ya bastante pobre- una impersonalidad que da licencia para cualquier cosa. 

La no corporeidad del otrx, el hecho de que no lx tengamos frente a frente, con su historia y con todo el peso que su presencia acarrea, parece despojarle un poco de su humanidad. Y en esa medida, nos exime de tener con estx el cuidado mínimo que tendríamos con cualquier persona con la que estamos creando un vínculo. 

Las cosas más básicas como el saludo, la despedida, la pregunta de si está bien se vuelven innecesarias. La gramática del chat funciona de otro modo, tiene otras lógicas. Los gestos mínimos de cordialidad, pero sobre todo de interés por la persona y de respeto por su momento (la idea de que puede estar ocupada o de que no siempre esté disponible para ti) no entran dentro este registro. Están fuera de lugar. 

Este orden de la interacción abre las puertas para muchas formas de descuido y de violencia. Es el reino del macho que se desentiende de su amante cuando está satisfecho.  Ni siquiera necesita despedirse, no hay un cuerpo a su lado que “lo requiera”; por no hablar del gesto mínimo de preguntarle a esx otrx si se sintió a gusto, si disfrutó.  

Es el medio perfecto para imponer nuestro deseo y nuestro tiempo sobre el tiempo del otrx; enviar nudes que no nos han pedido en momentos inoportunos; comenzar a conversar y desaparecer. Se me olvidó, me distraje, no lo tomes a mal no es personal. Solo importo yo, lo que quiera yo, y en el momento en que lo quiera yo. No hay nadie del otro lado.

Este orden de la interacción abre las puertas para muchas formas de descuido y de violencia. Es el reino del macho que se desentiende de su amante cuando está satisfecho.

Pero, además, aquí la intimidad no se reconoce como intimidad. No tuvimos nada; fue solo un video, una llamada. Nos ahorramos la “complicación” de involucrarnos, de sentir afecto (afectar y ser afectados) por la otra persona. Y con ello, evitamos enfrentarnos a nuestra inmensa pobreza emocional, a nuestra dificultad de entender y manejar nuestros sentimientos, nuestro temor a querer, nuestra incapacidad para construir vínculos, para construir relaciones en las que la persona importa.

El sexo-amor virtual es ideal para entablar relaciones que no son relaciones. Es la coartada perfecta para huir de nuestra soledad, escondiendo a su vez nuestra incapacidad para conectar. Quizá por eso está tan en boga. Y quizá solo sea eso: un síntoma de los tiempos. 


Ybelice Briceño
Ybelice Briceño

Socióloga (Universidad Central de Venezuela). Magister y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es docente e investigadora de la Universidad de la Artes. Profesora de la Cátedra Arte, sociedad y política, en la Maestría de Políticas Culturales.
Ha realizado investigaciones en el área de estudios culturales, culturas juveniles, identidades y diversidad cultural latinoamericana. Autora del libro Del mestizaje a la hibridación. Discursos hegemónicos sobre cultura en América Latina (2006). Y de diversos artículos académicos en estos campos.
Actualmente desarrolla una investigación sobre activismos feministas, pedagogías o modos de subjetivación política. Ha sido miembro del colectivo Las deseantes, de la Plataforma por la legalización del aborto (Venezuela), y actualmente, del Movimiento de Mujeres Diversas en Resistencia, de Guayaquil.