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De putas, zorras y guarras: el lenguaje corrompido por el machismo

Por Clara S. Quintana*

                Tengamos la siguiente situación:

                [Una mujer, no pensemos en su nacionalidad, no pensemos en su raza, no pensemos en su estatus social (aunque la diferencia entre alguien de clase alta y alguien de clase trabajadora sería inmensa), tiene cuatro parejas seguidas. Cuatro affaires que no significan ninguna atadura para ella. De pronto, decide que quiere tomarse un descanso, que no le interesa tener nada con nadie, ni repetir aventuras con alguno de sus cuatro ligues ni buscarse uno nuevo. Pero da la casualidad que uno de los ligues, un hombre, considera que es el momento idóneo para tratar de pescar ahora que las aguas no parecen complicadas. Ella le rechaza. Él insiste. E insiste, e insiste.

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Si me das un pan, te puedo dar cariño. Consejo para andar al terreno minado.

 

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por Palmira Telésforo Cruz*

 

Frente a mí un hombre baja de un auto, se acerca a la joven que vende servilletas y pan. Frente a mí la acosa. Si me das un pan, te puedo dar cariño. No le importa mi presencia, ni la luz del día, ni el espacio público en el que compartimos el triángulo de la repugnancia. Él pretende que ella puede aceptar. Ella no cree que sea pertinente o posible enfrentarlo. Ella vende pan sin tener permiso de hacerlo en vía pública. Él supone que a mí no me interesará protegerla. Él sabe que nadie nos protegerá a ambas si lo enfrentamos. Él afirma que no es para tanto. Él piensa que le hace un favor a ella. Él cree que a mí no me debiera importar crearme problemas por una mujer “como ella”, o por lo que haga “un hombre como él”. Él opina que los tres somos de universos distintos. Ella también. Los demás igualmente. Los representantes del Estado también. Estamos en contra esquina de una iglesia en la que todos los días se indica que hay que amar al prójimo. Susan Sontag decía que al mirar el dolor humano en la fotografía, se frenarían las violencias. El problema es que “el otro” nunca será el prójimo, el otro es el lugar de las violencias.

Hace tiempo necesitaba un cajón de sastre que me permitiera explicar distintos hechos de violencia social: de pareja, de estado, en los medios, contra las mujeres o los enfermos mentales o los ancianos. Estuve en desacuerdo con quienes consideran inefable a la violencia, pues guardándola en lo oscuro de la negación de la palabra, la resguardan del análisis político, del escudriñamiento de sus relaciones de poder. Tampoco me acomodó el empoderamiento individual, pues invocaba los demonios de la contraparte: “si somos violentos o violentados porque no nos hemos empoderado para evitarlo, entonces somos medio responsables de la violencia ejercida en contra nuestra”. Arriesgado siquiera pensarlo. También me era difícil lidiar con los catálogos, taxonomías, clasificaciones y jerarquías de la-s violencia-s: emocional, financiera, militar, expresiva, lunamielera, simbólica, social, pública, privada…

Quería encontrar el marco que me permitiera conchudamente entenderlas todas, en todas sus formas. Y encontré el lenguaje. No recuerdo cómo lo dije, pero en alguna parte escribí que la violencia es una narración significante: en un universo simbólico, hay una producción de sentido. Nada nuevo por decir, pero suficiente para construir.

Uno interpreta al otro para decirle algo; así quedan fuera y dentro al mismo tiempo, la locura, la irracionalidad, los pretextos culturales, las emociones no controladas, la mala educación y las distorsiones cognitivas: el ejercicio violento es un intercambio comunicativo, estamos enviando mensajes que han sido previamente cifrados en los códigos, los símbolos de nuestro entorno. Entonces, en la construcción de uno mismo y del otro, y del mensaje, se sabe y reconoce, cómo, cuándo, dónde y sobre quién puede ejercerse la violencia. Y todas las otras cosas quedan fuera como motivaciones y dentro como materia prima de las intenciones.

Imprescindibles en este cifrado son, la garantía de impunidad (social, jurídica, punitiva), la construcción de un “otro” que “agrede” la propia identidad y sobre el cual “se debe” ejercer la capacidad social (o antisocial) de control, y la condición de vulnerabilidad de la víctima. La retroalimentación del mensaje violento es el reconocimiento de “uso” o “carencia” de poder: Quién puede y quién no.

¿El código? Las violencias múltiples (invisibilización, discriminación, maltrato, asesinato) ejercidas sobre las mujeres mexicanas, son propiciadas, alentadas e incluso organizadas por las estructuras de justicia y formas ideológicas de las hegemonías culturales, que nos sitúan significantemente en los lugares de indefensión (impunidad social de los agresores) y vulnerabilidad estructural (económica, jurídica, social, laboral).

¿responsabilidad de la cultura? Todos los “testimonios de barbarie” (diría aquel amigo), como la religión, la escuela, el arte, las interacciones cotidianas, la fiesta, los medios, las leyes, las instituciones… pueden (si hacemos extensiva la frase de Stuart Hall) “al mismo tiempo expresar reivindicaciones legítimas y también ser profundamente reaccionarios, llenos de lugares comunes y de prejuicios internalizados”. Cuando determinan las circunstancias de valor y representación simbólica de la mujer y sus narraciones, la cultura se vuelve patriarcal, nos hace leer-la vulnerable, indefensa, indefendible.

¿y el Estado? No sólo permite y encuadra sus políticas públicas en este cifrado cultural. Evade su intervención en las formas estructurales de abordar la justicia, que debieran tener un alto grado de especificidad y focalización al definir la violencia contra las mujeres como una situación de conflicto, zona de silencio o represión por parte del Estado mismo. Entonces es responsable directo de omisiones. O comisiones.

Así, cuando se cometen violaciones masivas (no necesariamente en grupo, sino generalizadas) de los derechos de las mujeres, las formas de cultura hegemónica (que cifran la condición de la mujer) y el Estado (que avala la impunidad) son responsables de ubicar-nos en circunstancias de vulnerabilidad (en los términos de la cruz roja internacional: capacidad disminuida de una persona o un grupo de personas para anticiparse, hacer frente y resistir a los efectos de un peligro natural o causado por la actividad humana, y para recuperarse de los mismos) que nos conducen a un estado de indefensión (aquel en el que las víctimas de una agresión no poseen los elementos necesarios para defenderse a sí mismas). Entre peor resulte la suma de nuestras ubicaciones biográficas interseccionales, más vulnerables seremos, entre más vulnerables más indefensas, y por tanto, mayor será la impunidad de nuestros agresores.

En mi cajón de sastre, así nos leen, esto se nos comunica: “Si te pego, si te mato, si te acoso, si te violo, si te abandono, si te inmovilizo… es porque puedo hacerlo, y hacerlo impunemente”. Y llegamos al one way road: la única forma de desminar los campos, se llama revolución.


*Estudió Comunicación, Política, Género, Familia. Participó en procesos de investigación y guionismo y diseño editorial para productos de cultura y arte, en sectores públicos y privados. Realizó Diseño de Negocios (Recursos humanos, Relaciones públicas, Control de calidad, Prevención de conflictos laborales). Impartió clases universitarias en áreas de comunicación (Creación literaria, Guionismo, Periodismo, Investigación para la comunicación y Comunicación interpersonal). Realiza trabajo de búsqueda de información sobre: Violencia y consumo cultural infantil, Violencia en la familia, Mediaciones de la violencia en NTI y NTC, Violencia y grupos vulnerables (ancianos, enfermos psiquiátricos y madres de niños con discapacidad intelectual) y recientemente, Violencia de Estado. Actualmente colabora en un proyecto que interroga desde diversas disciplinas la identidad y condición negroafricana.