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Nuestras cabelleras, nuestra resistencia

Hace como dos años, la adolescente sudafricana Zulaikha Pater se manifestó en su colegio por las rígidas normas que se les impuso a las estudiantes negras en sus cabelleras. Bajo la sentencia de no ir con “excéntricos peinados”, ellas tenían que alisar su cabello. Pater se resistió y gracias a esa lucha que se hizo viral, el colegio dejó esa norma neocolonizadora. El caso de Zulaikha me hizo pensar que desobedecer esa “norma” sí fue una lucha de justicia social a su historia (ratificó que el Apartheid ya terminó), a las mujeres sudafricanas, africanas y de herencia africana a lo largo del mundo; también resignificó el feminismo de la negritud, y nos invitó a la sororidad. Ella denunció una construcción ideológica que sostiene un mercado impuesto a las mujeres de color para blanquearnos y así, alcanzar la belleza universal; mercado que tiene grandes inversiones y ganancias, sobre todo cuando los productos se anuncian como naturales u orgánicos.

Puedo entender la lucha de nuestra hermana sudafricana porque me ha tocado acompañar a amigas afro en “resistencia” con sus cabelleras, e incluso los cambios en mi cabellera hablan de mi propia descolonización. Una de las cosas que el feminismo nos ha permitido es reflexionar sobre nuestros propios cuerpos y desmontar en nosotras mismas ideas universales que nos violentan. Quienes históricamente cargamos en nuestro color de piel, en nuestro cuerpo, en nuestro aspecto físico y en nuestras cabelleras las contradicciones del mestizaje, somos el blanco perfecto de campañas de colonización cultural. A lo largo de nuestra historia, Occidente nos impuso imágenes y representaciones de la belleza femenina. Aunque sabemos hoy día que Lucy o la Venus del Nilo no eran como las esculturas de las diosas griegas-romanas, cultural e ideológicamente se nos impuso un modelo que a la fecha permanece: el ideal de la mujer delgada, blanca, de piel firme y brillante; mujeres con cabelleras largas abundantes hasta la cintura, cabellos delgados y brillantes. Y así es cómo también ideológicamente se ha definido el eterno femenino. Un eterno femenino que los medios de comunicación y la cultura de masas neoliberales difunden a todo lo que da para meternos diariamente productos que nos harán lucir “más bellas”. Mercantilismo, racismo, neocolonización y estereotipos vendidos como feminidad, son una de las batallas que libramos hoy en nuestras cabelleras.

Personalmente cuando tomo la decisión de algo trascendental corto mi cabello: es una forma de protesta, de cambio y de cierre de ciclos. Desde la adolescencia y contra todo mandato en la casa y la iglesia, me corté el cabello como hombre y lo peinaba en mechas. Conforme avancé en mi vida, lo fui manteniendo corto con diferentes looks hasta dar hoy con mi look: debajo de las orejas y con un mechón rojo al frente. Así me gusta, así me gustó. Sin más ciencia y explicación ese corte y color, ya son parte de mi personalidad y he decido que así me quedaré. Mientras yo vivía ese proceso de no dar a nadie explicación por mi look, encontré mucha paz conmigo misma al leer el libro Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche. Su protagonista es Ifemelu, una chica nigeriana que logra ganar una beca en una universidad americana para estudiar comunicación, pero sus preocupaciones por la negritud, las mujeres africanas y su relación con la población afrodescendiente, y los estereotipos alrededor de ello, le llevan a escribir un blog, siendo el cabello afro uno de los temas más polémicos.

Fue a través de Americanah que conocí cómo las mujeres afro han sacrificado sus cabelleras a lo largo de su historia en occidente: en la esclavitud les rapaban porque el afro era sinónimo de suciedad, en las colonizaciones porque eran portadoras de “enfermedades”, y en los procesos de emancipación porque se les impuso, como a todas las mujeres, el ideal de belleza blanca. Americanah, entre otras cosas, es un retrato de la larga lucha que nuestras hermanas libran en sus cabelleras: de peines de hierro calientes para alaciar pequeños afros, pasando por el uso de pelucas y extensiones para dar abundancia e imagen de salud, o bien someterlo a tratamientos con keratinas para asegurar que ni lluvia ni frío harán sacar el rizo rebelde. Y nuestras hermanas afrolatinoamericanas también libran sus propias batallas, como Lissett Govin, quien en el blog Afrofeminas, narra su experiencia (“De estiramientos estoy harta”).

A veces nuestro cabello no es ni lacio ni chino, sino lo que llaman quebrado. Pero como vivimos en culturas que nos ponen en extremos, no escapamos de quererlo lacio y brillante, o bien, alborotado y con rizos definidos. ¡Por eso la industria de la belleza capilar es una de las que obtienen más ganancias anuales! Haciendo una breve investigación en medios de divulgación, me encontré que, como todo negocio, las cabelleras también son parte de ese círculo económico donde mujeres pierden. Las extensiones hoy día son un recurso para tener esas cabelleras tan abundantes que en el medio del espectáculo tanto se desean. Pues bien, son mujeres pobres quienes dejan crecer sus cabelleras para después venderlas por poco dinero, y quienes hacen las extensiones o pelucas también son mujeres pobres. Aquí una breve reflexión al respecto: “¿De quién es el cabello de las extensiones que tantas famosas (y no tan famosas) usan para abultar su cabello?“. Yo creo que cualquier elección que hagamos está bien siempre y cuando seamos conscientes de no violentar nuestra salud, nuestros bolsillos y consumir conscientemente en caso de asumir un look que requiere mantenimiento.

Finalmente quiero recordar un legado. Los movimientos de liberación feministas en las décadas de los 60´s y 70´s coincidieron en señalar que los cuerpos de las mujeres eran campos de batalla y había que liberarlos de todas las presiones sociales, culturales, corporales y religiosas que se nos habían asignado. Fue el feminismo negro norteamericano, a través del análisis interseccional, que consideró elementales las categorías de raza, clase social y sexismo para entender la opresión y colonización que, en ese caso, las mujeres afroamericanas vivían al interior de los Estados Unidos. Al tomar conciencia de su condición de exclusión, teóricas y activistas como Angela Davis, bell hooks, Andreu Lorde y mujeres afiliadas al Partido de las Panteras Negras o que se identificaron con el black power, comenzaron a usar como símbolo de lucha, resistencia y descolonización el cabello afro. Así como las feministas blancas usaban su largo cabello sin alinear, al estilo Janis Joplin, como símbolo de rebeldía a la cultura de la supremacía cultural blanca patriarcal, las asiáticas no lo alisaban más, y las chicanas, ya muy entrados los años 80´s, comenzaron a cortarlo, destrenzarlo y dejar caer a los hombros las matas de cabello quebrado. Hoy, con los diversos feminismos, hay diversas cabelleras y experiencias de resistencia-descolonización, pero también constantes acechos a volver a sostener el eterno femenino. Por eso creo que nuestras cabelleras son un poderoso símbolo donde se libran batallas que a veces ni las cuestionamos.


Este post fue publicado originalmente en el blog colectivo Mundo Procaz el 12 de septiembre de 2016. Ahora se presenta reeditado. La imagen que acompaña este texto es de la pintora Jurell Cayetano @turnjuell

Lx brujx que los evangélicos no pudieron quemar.

Es alarmante la ola de neocoservadurismo que en varios países de América Latina encabezan grupos religiosos, donde figuran evangélicos. Los evangélicos, son personas que arraigan su historia y legado en lo que fue la Reforma religiosa impulsada por Martín Lutero y otros reformadores europeos a mediados del siglo XVI. Los principios de una sola fe, una sola escritura (la biblia, como norma de fe y conducta), y un sólo mediador entre Dios y los hombres, rompió el esquema medieval donde la Iglesia católica, con la autoridad del Papa como representante de Dios en la tierra, fue fuertemente cuestionada. Y nos dicen los estudios clásicos de la sociología de la religión, que la Reforma trajo la modernidad, con sus libertades, incluyendo la libertad religiosa, y establecimiento del Estado laico, que en América Latina, permitió en los siglos XIX y XX que disidentes religiosos convertidos a alguna vertiente protestante, pudieran sobrevivir si es que no eran linchados y muertos por las mayorías católicas.

La desmemoria de esos trágicos episodios en Chile, Colombia, México, Centroamérica, Perú, Bolivia y Brasil, por ejemplo, dio paso a que en pleno siglo XXI, esos disidentes religiosos, al sentirse y verse como mayoría con autoridad moral, desacrediten en nombre de Dios, las disidencias que atentan contra su visión del mundo: un mundo heteronormal y binario. Su mayor enemigo en estos tiempos son las disidencias sexuales. Recordemos que el pensamiento cristiano convencional divide el mundo entre bueno-malo; blanco-negro; mujer-hombre… Por más que la Reforma en su momento fue un movimiento contestatario y revolucionario, con el tiempo sus prácticas se han transformado, con una mayoría protestante evangélica latinoamericana sostenedora del estatus quo: porque pensar en dos posibilidades, en blanco o negro, da certeza en tiempos de incertidumbre y miedo.

Conquistar bases populares en barrios de gente trabajadora, y en las clases medias, adoctrinando jóvenes con perfil universitario que puedan desafiar con argumentos intelectuales el pensamiento secular, hasta políticos en los diversos ordenes de gobierno, ha sido una tarea histórica de aquellas iglesias cristianas que tienen por objetivo extender “el reino de Dios” en su patria; por supuesto, un Dios binario. Y es que en términos de doctrina social, grupos conservadores evangélicos y católicos no se reconocen enemigos, sino unidos para luchar contra un enemigo en común: lo que ellos han llamado la ideología de género. Ésta es una corriente vox populi que surgió como una campaña internacional hace 10 años, entre el mundo evangélico conservador de América Latina y el Caribe, pero tiene sus orígenes dentro del catolicismo intransigente, ese catolicismo que combatió el comunismo, el protestantismo, el liberalismo y el socialismo; es decir, todas las expresiones de la modernidad.

En el 2007, se realizó en la ciudad de México el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia. Su declaración de Santa Fe, nos pone de manifiesto la agenda que persiguen y difunden pastores en sus iglesias locales: los padres deben decidir exclusivamente la educación sexual de sus hijos y promover el modelo “natural” de la familia. Ese pensamiento encuentra su perfecta amalgama en grupos católicos como CitizenGo, una comunidad católica falangista que con el hashtag #ConMisHijosNoTeMetas, recaba firmas en toda América Latina, para luchar por lo que esos creyentes militantes consideran libertad de expresión y religiosa.

Esta misma organización, con apoyo de la bancada evangélica en el congreso de Brasil, en su mayoría compuesta por militantes de las Asambleas de Dios y la Iglesia Universal del Reino de Dios (Pare de Sufrir),  recabaron más de 363 mil 420 firmas en Brasil para negar que la filósofa norteamericana de origen judío Judith Butler, dictara una conferencia en San Pablo, Brasil, el martes pasado. Manifestantes en contra, decían que ella era la culpable de haber introducido la ideología de género y atentar contra el orden natural, mientras que otros a favor, estaban desconsolados por ver demostraciones de odio sin razón. La conferencia que Butler dictó no fue sobre género, sino cómo pensar la democracia en tiempos de populismos y fascismos. Finalmente, la presión ejercida no surtió efecto y Butler pudo compartir sus ideas.

bookJudith Butler es una teórica que en la década de los 90’s publicó El género en disputa, un libro que cambió la teoría feminista occidental y rescató de la marginación las expresiones queers. Desde entonces, ella decía que hay personas e instituciones que buscan patologizar o criminalizar actos importantes de autodefinición, como es el sexo-género. Así, atacó directamente el sistema heteronormativo en el que vivimos; ese régimen que a base de repetición de patrones culturales son validados por instituciones que dicen tener la verdad e imponen modelos únicos de vida. Léase aquí escuelas, gobiernos, instituciones religiosas, costumbres patriarcales y dispositivos de control en todos los ordenes de la vida, afectando directamente nuestros cuerpos y subjetividades. Ese fue un duro golpe al sistema patriarcal porque, siguiendo a las grandes teóricas como Simone de Beauvoir, Butler reafirma que el género es una construcción social distinta al sexo, pero que el sistema patriarcal heteronormal ha construido históricamente esa relación de que género es igual a sexo: se es hombre y se es mujer y no hay otras opciones. Pero la realidad nos dice todo lo contrario.

el-genero-en-disputaEn este texto pionero, Butler propone que las normas heteronormales del género no son causas, sino efectos-actos performativos y a través de ello, se logra subvertir el discurso hegemónico dominante. “El género es un acto abierto a divisiones, a parodias y a la crítica de unx mismx.” Y su invitación fue: no seguir siendo parte de la configuración normativa hegemónica heterosexual. De ahí que las disidencias sexuales son muy importantes porque muestran que por más que los grupos conservadores nos quieran decir que ser gay, lesbiana, bisexual, transexual, queer, persona no binaria, trasvesti, pansexual y demás, es un crimen, en lugar de ver personas, ven entes, cuerpos que censuran moralmente; el género va más allá de eso. No es sexo, es identidad y más allá.

Finalmente, dejo esta reflexión abierta: si un día hubo personas inconformes con el régimen único de verdad que impusó la iglesia católica por siglos y siglos, ¿por qué esos mismos “disidentes” religiosos ahora reproducen esas prácticas y discursos que llevaron a sus antepasados a la hogera, a las inquisiciones y a los exilios? ¿Por qué quieren quemar a las disidencias sexuales y a sus pensadorxs, si la historia de exclusión religiosa tiene mucho de común con la exclusión de las identidades no binarias? Sigo pensando que miles de brujxs andamos sueltxs y la caza ya comenzó. Mientras ellos tratan de cazarnos condenando desde sus púlpitos con biblias bajo el brazo, nuestro aquelarre ya se extendió porque sabemos que somos las nietas, las hijas de lxs brujxs que no pudieron quemar. Unx brujx más que los protestantes de este siglo no podrán quemar; el texto de Butler ya caló y echó raíces. Si quieres leerlo, Biblioteca Feminista lo tiene libre en el siguiente link.


 

Black history month: seis afrobritánicas para tener presentes. 

Vivo en uno de los municipios más racistas del sureste de Londres. En 1993, el asesinato del joven negro Stephen Lawrence visibilizó a nivel nacional en Inglaterra, que el problema racial sigue siendo uno de los grandes temas que las políticas de multiculturalismo e integración, no han logrado resolver. Lawrence fue asesinado por dos jóvenes blancos mientras esperaba el bus en Eltham para regresar a su casa. En esa década parecía ser que hablar del tema racial en la sociedad británica era políticamente incorrecto, como lo sigue siendo el día de hoy. Hacerle notar a gente con privilegios (whiteness) sus prácticas racistas –que más que algo personal, son parte de la estructura histórica–, sigue siendo uno de los grandes temas que han llevado a gran parte de la población afrodescendiente a instaurar, desde la década de los 80’s, un Mes de la Historia Negra (Black History Month). Pero como bien señala la escritora y bloguera Reni Eddo-Longe, en su libro Por qué ya no hablo con gente blanca sobre la raza (Why I’m no longer talking to white people about race, Bloomsbury, Londres, 2017), la historia y presencia de la población negra, no puede ceñirse a un mes, cuando lo importante es resolver la situación antes que celebrar.

Con esto en mente, comparto con ustedes unas breves referencias sobre seis mujeres afrobritánicas que son parte de la historia, memoria y resistencia en este lado del charco, y que sus vidas están fuertemente marcadas por sus militancias contra el racismo, la resistencia desde las raíces y la memoria africana, la precariedad de vida y la gentrificación.

Doreen Lawrence (1952-). Activista contra el racismo. De origen jamaiquino, siendo niña viajó con su familia a Londres. Madre de Stephen Lawrence, al saber que su hijo había sido asesinado, y que la policía no había detenido a los asesinos, aún teniendo evidencias que el asesinato había sido por racismo, se volvió una agitadora comunitaria. Después de mucho trabajo de concientización y constante cabildeo, logró hacer del caso de su hijo, un tema de interés público y mediático, señalando que la policía metropolitana era institucionalmente racista. Hoy en día, ella es baronesa y miembro de la Cámara de los Lores en el parlamento británico. De haber sido una mujer emigrante, cajera de banco, su lucha constante contra el racismo, es un claro ejemplo de resistencia.

PAINTING: No Woman, No Cry BY CHRIS OFILI; DOREEN LAWRENCE
Doreen Lawrence, junto a un cuadro que el artista Chris Ofili hizo como un homenaje a su lucha, No woman, No cry, expuesto en el Tate, Museo de Arte Moderno, Londres.


Olive Morris (1952-1979). Nacio en St Catherine, Jamaica y se mudó a Londres cuando tenía 9 años. Fue miembro fundador de la Organización de Mujeres de Origen Africano y Asiático (OWAAD) y estableció el Grupo Brixton Black Women’s Group, en el municipio de Lambeth, en el sur de Londres. Fue miembro del Movimiento Británico de las Panteras Negras y ayudó a fundar la Manchester Black Women’s Cooperative y Manchester Black Women’s Mutual Aid Group. Ella fue una activista muy comprometida contra el racismo que mujeres de color experimentaban, el poco dinero que tenía lo donaba a campañas, hasta ser ella misma una sin techo (homeless). Murió a los 27 años de cáncer y su legado sigue vibrando en Brixton a través de un colectivo que lleva su nombre y apuesta por la promoción de la educación y autosuficiencia. La comunidad afrocaribeña en Brixton ha creado una moneda de circulación local con el rostro de Olive Morris. 

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Olive Morris, en una manifestación, demostrando que la vida de las mujeres y comunidad afro debe ser respetada.


Claudia Jones (1915-1964). Afrofeminista, nacionalista, activista política, líder de la comunidad, comunista y periodista. La diversidad de sus afiliaciones políticas ilustra su enfoque multifacético de la lucha por la igualdad de derechos en el siglo XX. Nació en la isla de Trinidad en 1915 y a la edad de ocho años se mudó a Harlem, Nueva York con su familia. Su educación fue interrumpida por la tuberculosis y el daño a sus pulmones, así como una enfermedad cardíaca. En New York fue parte del Partido Comunista Estadounidense y en 1948 era la editora de Asuntos negros para el periódico del partido Daily Worker. Ya iniciaba su carrera como oradora y defensora de los derechos civiles. En 1955 fue deportada de los Estados Unidos y se le dio asilo en Inglaterra, donde pasó los años que le quedaban trabajando con la comunidad afro-caribeña de Londres. Fundó y editó The West Indian Gazette que, a pesar de los problemas financieros, siguió siendo crucial en su lucha por la igualdad de oportunidades para la gente de color afrodescendiente. El legado perdurable de Claudia Jones es, sin duda, el carnaval de Notting Hill, que ella ayudó a lanzar en 1959 como un escaparate anual para el talento caribeño. Estas primeras celebraciones se llevaron a cabo en salas y se resumieron en el lema: “El arte de un pueblo es la génesis de su libertad”.

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Jones, revisando galeras de la Gaceta que dirigía en el barrio de Notthing Hill.


Khadija Saye (1993-2017). Fotógrafa de 24 años que murió hace meses en el siniestro de la Grenfell torre, Londres. Una madrugada el multifamiliar se vio envuelto en llamas, las que en varias horas, consumió vidas; entre ellas estaba Khadija y su madre. Esta joven recién participaba en una exposición en el Pabellón de la Diáspora en la Bienal de Venecia. Su trabajo recupera la espiritualidad y tradiciones ancestrales de sus raíces en Gambia. Ella es un símbolo de ingenio y creativad, como muchas mujeres de la diáspora que truncan sueños por vivir en condiciones de precariedad. 

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Una de los autorretratos que Khatija expone en la Bienal de Venecia en el Pabellón de la Diáspora.


Siana Bangura es historiadora por la Universidad de Cambridge, escritora, bloguera, oradora pública y periodista independiente oriunda del sudeste de Londres, con raíces de Sierra Leona. Es reconocida por su poemario Elefante (Haus of Liberated Reading, 2016), donde narra experiencias propias de racismos, exclusión, sexismo y gentrificación. Ella también es productora, trabaja en cine y teatro y actualmente está produciendo una película, ‘1500 & Counting’, que investiga la brutalidad policial y las muertes bajo custodia en el Reino Unido. Siana es también fundadora y editora de la plataforma Black Feminist, No Fly on the WALL. Su trabajo creativo, extensa escritura y organización comunitaria se centran en destacar y centrar las voces marginadas, como la suya, dándoles poder para ocupar espacio y ser visibles en sus propios términos. Fue nominada para el Premio Nu People x Hustle and Heels Inspire 2016.

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Siana, posa en uno de los murales del sureste de Londres, zona de gentrificación,  y en donde ella grabo parte de su documental Demin (https://www.youtube.com/watch?time_continue=693&v=icrfq_w2qfg).

 

Reni Eddo-Lodge. Escritora y ensayista, es una de las voces contemporáneas más críticas sobre el racismo en la sociedad británica. De raíces nigerianas, los silencios oficiales sobre las mujeres y población afrodescendiente en Inglaterra, le llevó a escribir en un blog sus vivencias y opiniones de lo que vivía, a lo que encontró eco en otras miles de voces atemporales de personas que también tuvieron experiencias similares. Por ahora, su libro está en lengua inglesa y se ha convertido en una lectura obligada por todas las personas interesadas en explorar el tema del racismo, la historia, la cultura, la memoria y el feminismo interseccional. Por qué ya no hablo con gente blanca sobre la raza (Why I’m no longer talking to white people about race), explora temas desde la historia negra erradicada de cursos de historia oficiales en las Universidades, hasta el propósito político de la dominación blanca, el feminismo blanqueado al vínculo inextricable entre clase y raza. Además de ser reconocida como una de las mujeres más influyentes en este año, este mes que se han publicado los escritos de Audre Lorde, bajo el título Tu silencio no te protejera (parte de esos ensayos se encuentran en español con el título de La hermana, la extranjera), Reni es quien le hace el prólogo.

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Reni Eddo-Longe, escritora del ensayo Por qué ya no hablo con gente blanca sobre la raza (Why I’m no longer talking to white people about race, Bloomsbury, Londres, 2017).

Seguramente hay miles de mujeres más que están haciendo grandes esfuerzos por reafirmar las identidades afrodescendientes e invitándonos a descolonizar nuestros pensamientos y prácticas, a ver si sus reflexiones y vidas tienen eco en nosotras. Por este año, yo homenajeo a estas mujeres que me han hecho sentir welcome en este país.


Jael**Jael de la Luz. Mexicana, historiadora feminista, editora, activista y educadora popular en Latin American Women’s Aid, LAWA y en The Feminist Library, Londres. Es madre, esposa, amiga de gente luchona y escribe por gusto, curiosidad y desahogo. Ama los libros y no concibe sus días ellos. Recuerda a sus amigos que se están del otro lado del charco con la esperanza de un día volver. Le interesan los temas de espiritualidad, decolonización, feminismo interseccional, gentrificación, América Latina y cultura chicana. Síguela en Twitter: @jaeldelaluz, en Instagram como jaeldelaluz, en Youtube: Jael de la Luz y Facebook: Jael de la Luz.

Repensar la esclavitud y el racismo desde la cárcel: Assata Shakur y Angela Davis.

19 de agosto es el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición. No es suficiente un día para hacer memoria y resarcir la gran deuda histórica que Occidente tiene con el continente africano y las poblaciones afrodescendientes que fueron sometidas a un sistema colonial-imperialista que basó su riqueza en la explotación de los cuerpos negros y los genocidios de poblaciones autóctonas. Ninguna política de memoria monumento o conmemoración será suficiente para borrar de la historia mundial la esclavitud donde Estados Unidos e Inglaterra se favorecieron en gran manera, muy a pesar de sus movimientos abolicionistas.

malexanderelcolordelajusticia_150ppp-450x701En el libro,  El color de la Justicia. La nueva segregación racial en Estados Unidos (Capitán Swing, 2014), la jurista norteamericana Michelle Alexander, hace una declaración bastante contundente para entender qué pasó con la comunidad afroamericana en tiempos de la administración de Barack Obama en temas de justicia penal y justicia racial. Su tesis principal es que en los últimos años, hubo una idea vigente entre la comunidad afroamericana sobre la elección de Obama: con un presidente de color el Movimiento de los Derechos Civiles había llegado al alba de la justicia; por ello, los esfuerzos de líderes negros se enfocaron a la exigencia y cumplimiento de los programas de acción afirmativa y a la aplicación de los Derechos Civiles en todo rincón de la unión americana. Creyeron que con Obama en el poder, la nación había triunfado sobre la raza. Así el discurso racial se invisibilizó y neutralizó (el término correcto en inglés es colorblindness) oficialmente, pues en la práctica, los estereotipos hacia los afroamericanos que la mayoría blanca construyó históricamente para discriminar a la gente de color, siguieron expresándose en mecanismos legales para obstaculizar su acceso a la educación, vivienda y empleo.

Para la autora de El color de la Justicia, la administración de Obama fortaleció un nuevo sistema de castas en donde el privilegio blanco hace esfuerzos en reglas y discursos desde el poder para preservarse y mantener su dominación a través de nuevas formas de control racializadas; su máxima expresión es el encarcelamiento en masa de jóvenes afroamericanos por drogas o delitos menores. Para Alexander, esta realidad ha destruido mucho de los avances logrados décadas atrás en materia de Derechos Civiles; sus efectos son devastadores: la gente de color que está o estuvo en prisión serán ciudadanos de segunda clase como lo hacían en la década de 1940 las Leyes Jim Crow (conjunto de leyes locales y estatales promulgadas entre 1876 y 1965 para regular el sistema de segregación hacia la población negra en espacios públicos en los estados del Sur) y como lo hacen ahora las políticas de la Guerra contra la Droga y de La Ley y el Orden.

AssLa historia de la comunidad negra en los Estados Unidos está marcada por un constante control de instituciones como la esclavitud y las leyes segregacionalistas en donde el racismo como política e ideología, se adaptó. Después de abolida la esclavitud, los parlamentos de los estados del Sur implementaron Códigos Negros a fin de aprobar leyes estrictas para gente negra, estableciendo sistemas de peonaje y más adelante, en las primeras décadas del siglo XX, la segregación se expresó en las Leyes Jim Crow con la prohibición de asientos interraciales en la primera clase de los trenes y buses, imponiéndola también en las escuelas. Métodos efectivos para atemorizar todo intento de resistencia fueron muertes y linchamientos hacia los afroamericanos por el Ku-Klux Klan, y hoy día las muertes de jóvenes a manos de policías militarizados. La supremacía blanca a vuelto a salir del closet.

En tiempos de esclavitud, los blancos poderosos se valieron de la táctica de “soborno racial” para poner a los blancos e inmigrantes pobres en contra de los negros. Así, aquellos vigilaban y controlaban lo mismo que competían por el trabajo. Al fin de la esclavitud, muchas ideas e imaginarios permeaban la mentalidad popular de los blancos en relación a los negros, aún abolidas las Leyes Jim Crow. Dichas leyes sufrieron un gran golpe con la desobediencia civil en 1955 de Rosa Parks en un autobús de Montgomery, Alabama, al negarse a ceder el asiento a un hombre blanco pues ese acto, nada aislado de una profunda movilización que la población afroamericana ya estaba planeando, llevó a la lucha por los Derechos Civiles y la promulgación en 1964 de la Ley de Derechos Civiles permitiendo que la gente de color pudiera acceder a empleo, educación, a fondos federales, y un año después, se implementó la Ley de Derecho al Voto, la cual permitió la participación efectiva de los afroamericanos.

Mucho se ha destacado el papel que el pastor bautista Martín Luther King Jr. y las organizaciones de Derechos Civiles hicieron para visibilizar y combatir el racismo en los Estados Unidos desde las acciones no violentas. Pero también otras luchas más radicales convergieron buscando la justicia racial. Malcom X a través de la Nación del Islam y la Organización de la Unidad Afroamericana, pedía una separación total de blancos y negros, y afirmaba la superioridad de la raza negra. Si bien disentía de las manifestaciones públicas de los afroamericanos que luchaban por los Derechos Civiles, su pensamiento abonó al nacionalismo negro del cual se nutrieron movimientos políticos como el Ejército de Liberación Negro y el Partido de las Panteras Negras (The Black Panthers). Al iniciar la década de 1960, tanto uno como otro movimientos tenían claro cómo la sociedad blanca estaba recreando las formas para preservar la segregación.

Martin Luther King Jr. en su escrito “La detención decisiva” (Un sueño de igualdad, Público, 2010) recuerda que mientras en Montgomery se organizaban los boicots, los Consejos de Ciudadanos Blancos, que tuvieron su origen en Mississipi, querían alcanzar sus fines por medio de maniobras legales de la “interposición” y la “anulación”, excediendo los límites de la ley con métodos de “abierto y oculto terror, intimidaciones brutales, sistemas para hacer pasar hambre a hombres, mujeres y niños negros” con costes económicos muy altos a los blancos que apoyaran las acciones de protesta. Por su parte, Assata Shakur una ex black panther, ahora exiliada en Cuba, en su Autobiografía (Capitán Swing, 2013) hace memoria de cómo en la convivencia cotidiana en una escuela del Sur, los niños blancos comúnmente al ver cualquier falla de los niños negros, decían: “ya sabes cómo los negratas son una mierda” y se burlaban del físico, rasgos faciales y cabellera afro de sus compañeras y compañeros. Un tiempo después, Assata fue a una escuela del Norte donde no existían escuelas segregadas. Cuenta ella que esas escuelas eran mucho más humillantes, pues aunque los blancos no mostraban abiertamente su racismo, lo encubrían como sus hijos, aprovechando las representaciones teatrales de la historia patria para perpetuar la memoria de la esclavitud en los niños de color. Siendo nieta de ex esclavos, Shakur recuerda cómo fue difícil generacionalmente reconocer la dignidad de su linaje, pues desde niños a los afroamericanos les hicieron aceptar un sistema de valores, estándares de belleza y concepciones sobre ellos mismos, impuestos por los blancos.

Así las diferencias históricas entre los blancos y negros han estado marcadas por imaginarios culturales y raciales que justifican legalmente la discriminación y exclusión hacia la mayoría de afroamericanos pobres, no obstante las victorias de los Derechos Civiles. En la década de 1980 un nuevo mecanismo de control racial comenzó a operar. Cuando el presidente Donal Regan inició la Guerra contra la Droga en los Estados Unidos, la estigmatización hacia las minorías raciales, negros y latinos principalmente, fue tratándoles como los mayores consumidores de crac y después de heroína, cocaína y marihuana, y por lo tanto como delincuentes. Las constantes migraciones de negros de un estado a otro y la políticas de la Guerra contra la Droga, sirvieron como plataforma para que la retórica de la Ley y el Orden desmovilizaran las acciones de resistencia pacífica civil que identificaban a los Derechos Civiles; se les tachaba en medios de comunicación conservadores como actos de delincuencia a los que la ley debía aplicarse, y así sin análisis económicos y demográficos para entender los descontentos generacionales, los encarcelamientos masivos comenzaron en grandes zonas metropolitanas.

Dentro de esa política de Ley y el Orden, desde la década de 1970 la policía se fortaleció con todo tipo de pretextos para detener también a luchadores sociales y criminalizarlos como fue el caso de Angela Davis y Assata Shakur, militantes comunistas, miembros de la black resistance y presas políticas. Entre muchos luchadores sociales, por la experiencia de haber sido llevadas a prisión, sabemos los propósitos políticos que cumplen las cárceles en los Estados Unidos. Davis en el Prefacio a la Autobiografía de Shakur recupera una interesante reflexión: las cárceles cumplen dos funciones: una es para neutralizar y contener a enormes segmentos de la población que se considera peligrosa para el sistema (luchadores sociales, mayoritariamente), y la otra para mantener un sistema de sobre-explotación a la población negra y latina reclusa en prisiones enclavadas en comunidades rurales blancas que actúan como supervisoras.

Assata and Angela

Más recientemente se está operando un complejo industrial de prisiones con una rápida expansión de la población reclusa a la influencia política de las empresas privadas y de las que proveen a las prisiones públicas. Políticos y empresarios han hecho lobby para que grandes corporaciones vivan del trabajo recluso; empresas en construcción y tecnología se han visto favorecidas  por la vigilancia y la seguridad que implementan en las cárceles estatales y federales; abogados y grupos de presión representan los intereses de los inversionistas más que de los acusados, sobre todo si son de color o latinos. Así se defiende y trata de perpetuar la idea de que la reclusión es una solución rápida para personas que representan problemas sociales y atentan contra el orden público: los sin techo, desempleados, consumidores y menudistas vendedores de droga, enfermos mentales, analfabetas; y en la última década migrantes mexicanos y centroamericanos. El móvil es el lucro y no políticas encaminadas a castigar, rehabilitar o reducir el índice de delitos.

En El color de la justicia, Alexander señala que del 2000 a la fecha en nombre de la Guerra contra la Droga, el 80% de los jóvenes afroamericanos tienen antecedentes penales y están por lo tanto sujetos a una discriminación legalizada para el resto de sus vidas. Estos jóvenes forman parte de una creciente casta inferior, permanentemente confinada y aislada de la sociedad en general, la cual será discriminada como delincuentes y por consecuencia, dentro del marco legal de la justicia racial norteamericana, tendrán falta de empleo, vivienda, privación del derecho al voto; negación de oportunidades educativas, cupones de alimentación y de subsidios públicos.

He querido dar este panorama para entender cómo a pesar de políticas y luchas que han cobrado muertes, las poblaciones de color seguimos luchado por liberarnos de las opresiones que nos ponen como ciudadanxs de segunda ya sea en las tierras que nos vieron nacer,  o en tierras donde el destino nos llevo y recordamos cómo nuestros antepasados fueron llevados como esclavos y sometidos a grandes injusticias, de las cuales aún se siguen cometiendo. Aún así hay esperanza; por ello, hoy comparto con ustedes el testimonio de resistencias de dos luchadoras que nos inspiran a romper los muros para ser puentes. Aquí el vídeo!

Jael de la Luz

La falsa esposa: tres mujeres, tres militantes comunistas.

Este año, diversas actividades de conmemoración sobre la Revolución Rusa suceden alrededor del mundo. El revisionismo histórico y las narrativas marxistas sobre la historia del comunismo se ponen en cuestión, sobre todo porque al caer la Guerra Fría simbólicamente con el Muro de Berlín, historias desde las minorías y de otros grupos que fueron  silenciados de los relatos históricos, dan un punto de vista distinto. Y aquí las novelas históricas están jugando un papel importante para mostrar los diversos rostros del comunismo, sus apuestas y excesos.

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De la disidencia religiosa a la disidencia corporal y sexual.

Algunas veces he contado como el haber crecido dentro de un ambiente religioso protestante me dio una idea de lo que es ser diferente y excluida a la vez. Antes de llegar al feminismo interseccional, no sabía ponerle nombre a esas diferencias/desigualdades que me hicieron odiarme e incluso atentar contra mi vida porque no entendía a qué había venido a este mundo. El odio y la confusión de quién era yo, me vinieron por parte de mi comunidad religiosa. Aprendí que sólo Dios a través de Jesús podía salvarme, cuando a mis 5 años me preguntaba: ¿de qué tiene que perdonarme? ¿De qué soy pecadora? Sólo sabía que había un dios padre que su único consuelo para mí, vendría después de la muerte, porque en vida el sufrimiento para la redención, tendría que ser mi meta a seguir.

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El silencio que ellos nos impusieron

La violencia no tiene raza, clase, religión o nacionalidad, pero tiene género[…] El meollo de este conflicto es la pandemia de violencia que los hombres ejercen contra las mujeres, tanto violencia ejercida en la intimidad como la ejercida por extraños

Los hombres me explican cosas, Rebeca Solnit.

Por mucho tiempo pensaba cómo era posible que un padre violara a su propia hija, o cómo un padre puede vender a su hija a un proxeneta por un costal de arroz, o por una vaca. Por mucho tiempo me pregunté por qué hermanos se referían a sus hermanas como putas y las presentaban a sus amigos para pasar el rato. O me preguntaba por qué cuando una joven mujer salía embarazada, su familia decía que ya no valía nada y se le castigaba limpiando y cocinando para todos. O por qué la crianza tradicional tiene que ir acompañada de golpes e insultos cuando se te tacha de niña rebelde. Y claro, preguntar eso era encontrar respuestas como: “ay, es normal, esas cosas pasan hasta en las mejores familias”, “sólo dios sabe”, “ni modo, esa vida le tocó”. Respuestas simples y alineadas a cosas trascendentales.

Hoy que los feminicidios, la violencia doméstica y miles de violencias machistas perpetradas por propios y extraños han sobrepasado los límites del supuesto Estado de derecho y de la convivencia social a nivel global, miles de hermanas muertas nos llevan forzosamente a replantear: ¿de dónde nace ese deseo, esa creencia, esa educación y modos de vivir, donde hombres de nuestra familia, cercanos o lejanos nos dicen quiénes somos, qué debemos hacer y cómo comportarnos? ¿De dónde viene ese aire de superioridad para que en la escuela y el trabajo los compañeros, maestros y administradores nos expliquen las cosas a su modo y que naturalicen que así son? ¿De dónde viene esa indiferencia institucional y estatal a los miles de cuerpos de nuestras hermanas ya sin vida?

La constante violencia a nosotras es parte de un proceso histórico que se sustenta en el poder patriarcal-Kyriarcal; es decir, en los diferentes momentos de nuestra historia global, regional, nacional, local y familiar los hombres han sido gobernantes, representantes de dios en la tierra, amos, padres, patriarcas, legisladores, administradores de almas y cuerpos, escritores y creadores. Históricamente configuraron el mundo para naturalizar la violencia de ellos hacia nosotras partiendo de la casa paterna a los espacios públicos, todo legislado por la tradición y los contratos sociales de la modernidad. Y las mujeres que trasgredían las normas, los comportamientos y las palabras del poder kyriarcal, terminaban como hoy seguimos terminando: quemadas, vendidas, violadas, humilladas, asesinadas. Y así, poniendo castigos ejemplares, ellos pactaron al darnos un apellido, constituciones, pasaportes, ciudadanías, títulos académicos, contratos laborales, pago de horas extra ante la explotación, propinas por ser “linda”, halagos-insultos enfocados a nuestra sexualidad, o por habernos convertido en madres. Ellos nos victimizaron al encasillarlos en una condición biológica sin derechos y libertades, y por ser propiedad del padre, del esposo, del señor, del amo, de Dios y del Estado, legislaron sin haber pedido nuestra opinión o nuestra presencia. Y ellos dijeron públicamente que estábamos de acuerdo. Y por eso nos negaron la voz.

Ellos, históricamente han pactado para protegerse unos a otros mediante leyes, nacionalismos, patriotismos y mercados de consumo, al grado de romper la mágica idea de la familia ideal, pues han sido las feministas y las personas que se asumen desde identidades sexuales no heteronormales quienes le han dado un nuevo sentido a lo que es ser familia y comunidad sin que seamos propiedad de nadie. Así por ejemplo, que al tomarnos declaraciones en los ministerios públicos por desaparición, violación o violencia doméstica, los funcionarios dicen que por “algo nos lo hicieron nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros maridos, nuestros jefes, nuestros ministros religiosos”. Es suponer que algo hicimos o consentimos para que nos violentaran de esas maneras. Y así se lavan las manos para hacer de nuestros casos una estadística más. Ellos nos vigilan y censuran  en tiempos de alegría. Por ejemplo, sí estamos juntas creando o celebrando, no faltará un “amigo” que diga “bromeando”: “he venido a controlarlas”, como me pasó junto a unas amigas, hace menos de un mes. No faltará quien al vernos reunidas en marchas o manifestaciones nos digan: “pinches viejas locas, pónganse a hacer algo productivo.” Todo esto será con el fin de volvernos a callar y dudar de nosotras mismas. 

¿Qué efecto tiene el silencio en nosotras? Aquí quiero traer a la reflexión a Rebeca Solnit, con su libro Los hombres me explican cosas donde en diversos ensayos plantea cómo al negarnos la palabra, el siguiente acto es la violencia y el acto más extremo es el asesinato (feminicidio).

El silencio, como el infierno de Dante, tiene sus círculos concéntricos. El primero es el de las inhibiciones internas, inseguridades, represiones, confusiones y la vergüenza que hacen de difícil a imposible hablar, y que van de la mano del miedo a ser castigada o condenada al ostracismo por hacerlo. Rodeando este círculo se encuentran las fuerzas que intentan silenciar, sea mediante la humillación, el acoso o el uso de la violencia directa, incluyendo violencia que conduce a la muerte, a quien de todas maneras se esfuerza en hablar. Por último, en el más exterior de estos círculos, cuando la historia ya ha sido contada y el hablante no ha sido silenciado directamente, se desacredita la historia y al que la relata.

Así que sabiendo e informándonos de cómo funcionan los pactos de silencio que esa cultura kyrialcal nos ha impuesto, el hablar de nuestros dolores, furias y reivindicaciones en lo público y lo privado es un acto de justicia a nosotras mismas, porque evidenciamos que nosotras ya no seremos parte del trato. Sabremos que al retar con nuestros actos lo que el padre, el amigo, el hermano, el esposo nos digan, nos van a querer decir: “mira, yo acepto tu ideología, y esta bien que seas lo que seas, pero las cosas son así” y vamos a tener que resistir. Sabiendo cómo funcionan los pactos de silencio y complicidad entre el privilegio masculino y sistemas políticos corruptos, haremos esfuerzos por hacer de la sororidad entre mujeres más que una palabra bonita; la podremos cargar de toda su fuerza política. Al saber cómo funcionan los pactos de silencio entre hombres, será mas fácil para nosotras identificar quienes son nuestros aliados y no victimizarnos, no consentir más en nombre del amor, de Dios, de la Patria y demás para que vuelvan a pasar sobre nosotras. Ellos sabrán que no queremos limosnas de su estado de derecho, ellos sabrán que su justicia falocéntrica no es más fuerte que la fuerza de nuestros ovarios. Ellos sabrán que hemos roto los pactos de silencio.

Escribo pero, ¿publicar un libro?

La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido siempre pobres, no sólo por doscientos años, sino desde el principio del tiempo. Las mujeres han tenido menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres, por consiguiente, no han tenido la menor oportunidad de escribir poesía. He insistido tanto por eso en la necesidad de tener dinero y un cuarto propio.   Virginia Woolf, Un cuarto propio.

Por cinco años mi esposo y yo, tuvimos una editorial en México. Comenzamos publicando lo que fue mi tesis de licenciatura. En esos años yo debutaba en los estudios históricos de minorías religiosas; era ventiañera y deseosa de compartir mi trabajo, así que toque puertas para publicar y ninguna se abrió. No se abrieron porque no iba recomendada por alguien reconocido; no se abrieron porque el tema no era de interés comercial, aunque yo aseguraba que por lo menos un tiraje de 1000 ejemplares podrían colocarse si hacíamos buena difusión; no se abrieron porque no tenía un representante que negociara por “la autora”.

De esa experiencia, Alex me dijo: “fundemos una editorial y publiquemos tu libro”. Y así fue. Él como periodista y corrector de estilo y yo como lectora ávida y editora, no vimos difícil el camino e invertimos nuestros ahorros para una casa, en la editorial. Mi libro fue el primero de más de 20 libros académicos que se lograron gracias a la intervención de amigos diseñadores, administradores, correctores, editoras (éramos mujeres), impresores y representantes de ventas en cadenas de librerías mexicanas. Publicabamos sí ganabamos un concurso o por la confianza que amigos académicos depositaron en nosotros.  

Recuerdo que en esos años, varias mujeres poetas, narradoras, cronistas, amigas y colegas académicas, estaban escribiendo cosas muy interesantes y presentándose en festivales culturales o foros. Algunas de ellas, se acercaban a mi para saber si podría publicarlas y me entregaban los borradores de sus textos para darles una opinión “profesional”: si su obra era publicable o “no”; e incluso algunas habían ganado premios nacionales o regionales. Cada lectura, cada borrador lo imagine como libro porque para mi, toda idea creativa, por el hecho de ser concebida, ya merece ser leída y seguro tiene un público que hay que descubrir y llegar a él. Me emocionaba cuando eran borradores bien estructurados, bien escritos, e incluso algunas escritoras ya habían pagado la corrección de estilo.

Muchas de esas mujeres escritoras venían de clases populares como yo, que con mucho trabajo y esfuerzo nos educamos y le dabamos importancia a nuestros escritos como parte de nuestra labor intelectual, por ello, el impreso que me entregaban era fruto de años de trabajo, investigación y reelaboración. Lo más importante de ese acercamiento fue que ellas se representaban a sí mismas sin mediadores, incluso cediendo sus derechos de autoras siempre y cuando pudieran publicar… Por carecer de fondos y patrocinios, a obras de ficción, novelas, ensayos y poesía tuve que decir no, y lo lamente mucho.

A la distancia, al recordar esa experiencia, me vinieron a la mente las palabras de Virginia Woolf donde ella, al hablar del oficio de escribir, decía que las mujeres por las condiciones sociales de desigualdad de géneros, “no han tenido la oportunidad de escribir poesía” porque para escribir, a principios del siglo XX, se debía tener independencia económica y un espacio propio para producir. Hoy en el siglo XXI diría que las mujeres escritoras que me dieron sus textos para publicar, estaban lejos de tener un futuro económico estable y una vivienda propia: eran mujeres que debían trabajar, estudiar o depender de una beca de posgrado para su manutención diaria. No eran mujeres con privilegios, de padres o familiares en la política que les heredaran un apellido, un color de piel, una estancia en el extranjero para “triunfar” en la vida, como algunas de las actuales escritoras mexicanas que publican en el extranjero o desde España. 

De todas esas experiencias dos autoras pudieron pagar por sus textos: Gabriela Castillo Terán, su libro es un estudio antropológico de la muerte en el espiritualismo trinitario mariano, y la distribución de la novela La falsa Esposa de Maritza Macín, ganadora de un premio de novela histórica Bellas Artes. Y aún así, la distribución en librerías de ambos libros, no nos hizo justicia.

Creo que el acto de escribir, de narrar nos pertenece. El problema no es escribir: tenemos nuestras poesías, nuestros cuentos, nuestras novelas y ensayos, pero no las relaciones y contactos para entrar por una puerta por si mismas y lograr un contrato editorial justo, con las posibilidades de crecer y a su vez hacer crecer a otras mujeres y niñas para transferir las experiencias, los saberes y romper con el elitismo que permea en nuestra cultura editorial contemporánea. El problema no es el escribir sino publicar, llegar al público adecuado y vivir de ello. Aunque en México ya existe una gran variedad de editoriales independientes (e incluso festivales donde se presentan), publicar se va institucionalizando como los modos de negociación de las grandes casas editoriales, porque el trabajo editorial no sólo es cultura sino también negocio.

Frente a ese panorama, me gusta pensar que los blogs, revistas autogestionadas y compilaciones son una buena alternativa para dar a conocer nuestros escritos, generar reflexiones y hacer fluir la creatividad. Leernos entre mujeres de pie es un acto de resistencia, de creatividad y de justicia a nosotras mismas y a las que nos antecedieron dejando en papel sus escritos porque no encontraron un representante editorial que quisiera tocar las puertas en sus nombres. Comenzar a reseñarnos y citarnos, como formas de producir y reproducir conocimiento es un primer paso de experimentar formas de autogestión y mutualismo. Por eso creo que el ciberespacio es una buena plataforma para ejercitarnos en esas prácticas. Sería lo que dijo Woolf casi al final de su conferencia hoy titulada Una habitación Propia:

“Mi credo es que ese poeta (refiriéndose al personaje ficticio que ella llamó “la hermana de William Shakespeare”) que jamás escribió una línea y que yace en la encrucijada, vive todavía. Vive en ustedes y en mí y en otras muchas mujeres que no nos acompañan esta noche, porque están lavando los platos y acostando a los chicos. Pero vive, porque los grandes poetas no mueren: son presencias continuas; sólo precisan una oportunidad para andar entre nosotros de carne y hueso. Pienso que en breve, ustedes le podrán ofrecer esa oportunidad… Pero sostengo que vendrá si trabajamos por ella y que vale la pena trabajar hasta en la oscuridad y en la pobreza.”

Sigamos escribiendo, sigamos dándole importancia a la escritura como un acto de resistencia y de compromiso intelectual con las miles de mujeres que desde sus talentos, palabras y acciones, ya están cambiando el mundo, aunque grandes editoriales les hayan dicho que no. No por ello paramos de soñar. Escribo pero, publicar un libro?..

La obra que ilustra este texto es Woman Writing (oil on canvas), del pintor Bonnard, Pierre (1867-1947).

Lo que el feminismo me ha enseñado en la práctica.

Yo no me imaginé que saldría de México y sería parte de la diáspora latinoamericana en Reino Unido. Habiéndome casado con un inglés no tuve mucho interés en explorar su cultura, su lenguaje y las posibilidades de vivir fuera. Mi constante rebeldía y resistencia me cegaba para ver que apreciar la cultura de nuestros prójimos no es asimilación o traición a nuestra cultura.
Fue en esta experiencia de migrar donde sentí que todas aquellas cosas por las que luche políticamente en México junto a otrxs, se hicieron realidad en mi propia carne. Pasé por el viacrucis del migrante (y sigo pasando) que quiere hacer las cosas legalmente y por un error burocrático o simplemente porque no calificas por tu estatus económico, se te niega reencontrate con tu familia, vivir forzada a no ver a tus hijos y que tu pareja por ser persona de color en su propio país se le niegen derechos. Durante un año dos meses buscamos alternativas de volver a encontrarnos. Y fue ahí donde mi apuesta feminista se hizo más explícita. No podía darme por vencida cuando otras mujeres en el pasado habían luchado contra el sistema esclavista, carcelario, de asimilación y genocidio; no podía dejar de pensar en aquellos ejemplos recientes donde mujeres se organizan desde sus dolores y pérdidas para recrear su vida a favor de ellas y sus generaciones venideras. No podía dejar de pensar en aquellas mujeres anónimas que me antecedieron para transformar las instituciones que nos relegaban sin poder a ser hijas, esposas, madres, sirvientas, propiedad del Estado, la Iglesia y la Política. Yo intentaría luchar desde ese bagaje feminista por mi propia vida. Después de una huelga de hambre, solidaridad de diversas partes del mundo y una nueva revisión de mis documentos, logré reunirme con mi familia hace un poco más de un año.
Salí de mi país a una tierra desconocida, vista sólo a través de fotografías; supe de su historia por cursos breves de Historia Universal y contemporánea, por los Beatles, por los Irlandeses que se rebelaron contra el imperialismo británico, por Enrique VIII y su reforma anglicana… por los piratas que esperaban los barcos españoles en el Atlántico para robar el oro saqueado de las Américas, por las Suffragettes que ganaron el derecho al voto inmortalizando su lucha colectiva en nuestras memorias. A estas ideas generales, se sumó la historia oral que Alex me contaba como sí fueran clases de Historia Universal Contemporánea: sobre el crisol de culturas, los barrios étnicos que se niegan a una total asimilación, de la migración interna de jóvenes de Londres estudiando en Oxford, Cambridge, Leeds, Sussex, Bristol, y jovenes de estos lugares (y de otras partes del mundo) llegando a Londres para estudiar en LSE, King´s College, SOAS; sobre las fiestas y las batallas diarias con el racismo y la discriminación por ser gente de color. Emociones encontradas.
Mientras pienso en eso, aquí en el Gran Londres buscó mi espacio para hablar, caminar, bailar y compartir las preocupaciones y expectativas de lucha al saberme people of color, mexicana, latinoamericana. Aprendiendo el idioma con otras mujeres que como yo, la vida les sorprendió y abandonaron su lugar de origen por trabajo, aventura, amor o educación. Y nos encontramos en cursos de inglés, en talleres, en festivales, en el mercado, en la calle…Y sabemos que nuestros hijos serán bilingues y que también debemos luchar por hacer MEMORIA con ellos; hacer memoria es distinto que hacer patria. La patria nos traicionó porque llevó a nuestros padres, hermanos y amigos a las guerras fraticidias, a los Estados Unidos como migrantes, a los cárteles de drogas para morir abatidos por el Estado, !porque nos los desaparecieron! Hacer memoria es honrar nuestras luchas por la vida, por lo que nuestras abuelas, nuestros abuelos y linajes hicieron para luchar por sus tierras, por esforzarse a ir a la escuela y educarse, por cambiar de religión y adscripción política porque ese fue un medio para empoderarse e intentar otros modos de organización…
Así, atravesada por todo lo que no se ve, sigo aprendiendo que ser feminista no siempre puede abrir las puertas. Constantemente se me pregunta, se me interpela. Hay veces que puedo hablar de esto en voz alta con otras compañeras de lucha que pensamos en la importancia del feminismo para cambiar, para globalizar la esperanza para seguir con esa historia de liberación colectiva. En otras he vivido la discriminación por no saber hablar bien el inlgés, por mi color de piel, por mi origen, por mi personalidad. Pero a la hora de la práctica, sigo aprendiendo lo difícil que es desmontar esa cultura patriarcal que nos hace sentir sospecha de mi prójima, de sentirse culpable por pensar “un poquito diferente”, de descubrir que no podemos seguir universalizando el dicurso feminista porque en este país basado en instituciones de “privilegio”, damos más poder a quienes no nos representan y nos niegan la autorepresentación. Confusión, aprendizaje, dolores, rabias, creatividad a veces se encuentran simultáneamente en mi vida cotidiana. Pero aquellas mujeres que me cobijan me dicen que no tenga miedo pues no soy la primera ni la última… Soy parte de la diáspora… Acá resuenan las consignas que atraviesan el Atlántico: NiUnaMás, Justice Mexico Now, No Human Being is Ilegal, Aborto libre y gratuito, Trafalgar Square es el lugar de encuentro donde respiro, marcho y creo que algo nos está cambiando…
“Creo en el vivir
Creo en el nacimiento
Creo en el sudor de amar
y en el fuego de la verdad.”
Assata Shakur

Marchas de Mujeres (1): El lunes negro en Polonia.

Magdalena Oldziejewska  es una activista polaca y voluntaria en Feminist Library. Ella fue una de las mujeres que impulsaron la manifestación frente a la Embajada de Polonia en Londres cuando miles más lo hicieron en la plaza principal de Varsovia en el llamado lunes negro en el otoño de 2016. ¿La razón del paro? La propuesta de ley sobre la prohibición del aborto en Polonia no importando cual fuera la causa ni la decisión de las mujeres. Esa propuesta de ley llevó a miles de polacas, y mujeres de otras latitudes en solidaridad, a salir a las calles vestidas de negro, con sombrillas y altavoces, gritando entre otras consignas: “Necesitamos doctores no misioneros.” ¿A qué referiría esa consigna?
Aunque la libertad religiosa está garantizada, lo mismo que la diversidad religiosa, en la práctica Polonia vive una fragilidad laica. Lugar de origen del papa Juan Pablo II, Polonia poco a poco, después de la caída del socialismo real en Europa Oriental, vio recuperar fuerzas de un conservadurismo religioso cristiano: desde el cristianimo ortodoxo, pasando por el cristianismo católico y las vertientes protestantes. El conservadursimo religioso no es privativo del cristianismo católico; ahora con la inauguración de la era Trump, también el cristianismo protestante está girando a un conservadurismo sin precedentes. Nuestros países de América Latina ya experimentan esas batallas contra el Estado laico y los derechos colectivos. En cierto sentido se vive un contexto similar a Polonia: leyes públicas sustentadas en visiones y valores religiosos que niegan los derechos y las elecciones personales, sobre todo de las mujeres y las personas no binarias.
Con claros criterios morales conservadores, a nivel estructural, los sistemas políticos van girando cada vez más hacia modos de vida que correspondían a la Baja Edad Media. Las mujeres fueron asociadas con lo pecaminoso, perverso y de ahí la urgente necesidad de administrar sus cuerpos, sus “humores”, sus presencias. La Iglesia, los señores feudales  y después las monarquías no sólo eran dueños de las tierras, sino las instituciones que decidían el destino de los cuerpos: decidían que vidas valían la pena vivir y cuales no… ¿Les suena?
A quienes en algún momento de nuestra vida las leyes, las instituciones, las enseñanzas o mandatos nos han negado la voz, derechos o dañado nuestra dignidad, no nos quedó otro camino que hacernos justicia por nuestra propia mano y aparecimos en el espacio público reclamando algo que nos correspondía por el hecho de estar vivas: nuestra autorrepresentación y la posibilidad de generar cambios a favor de la vida digna. Cuando las palabras, los diálogos, las iniciativas, las políticas públicas y los cabildeos nos han fallado, hemos recurrido a la acción directa. Cuando las instancias legales se agotan y nos envilecen, la acción directa es un poderoso instrumento de lucha. Si nos organizamos, si tenemos un horizonte compartido, ¡Claro que podemos! ¡Mujeres del mundo, a una voz YA!
El paro nacional tendió puentes de solidaridad y empatia. Mujeres irlandesas, italianas, españolas y latinoamericanas en Londres fueron quienes más nos sentimos interpeladas por ese lunes negro. Quizá porque compartimos una “herencia cultural” donde el peso de los valores cristianos siguen siendo frente de batalla a pesar de declararnos sin religión, no podemos permanecer en silencio y sin indignarnos cuando leyes claramente clericales se ponen en marcha. Afortunadamente después de acciones directas, cabildeo y solidaridad internacional, la propuesta se detuvo de momento. Y así como las polacas salieron a las calles, cuando en Londres se organizó la marcha #NiUnaMuertaMás, ellas también se solidarizaron y salieron a las calles con nosotras de manera presencial y virtual.
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Para saber más sobre esta lucha,  síguelas por Facebook: https://www.facebook.com/ddldn/
Aún sigo viendo a Magda y la última vez le invité a compartir la experiencia de la lucha de las mujeres polacas con un colectivo de mujeres latinoamericanas del cual soy parte. Ella ha dicho que sí. Seguro será por estos días.
Finalmente quiero decir que si hoy yo estoy viva y gozo de una maternidad no impuesta es gracias a que desde el principio, tuve la opción de tener hijos o no. Mi pareja no decidió mi destino como madre, ni tampoco alguna institución o mandato. Fue una elección personal, y aún así me practiqué un aborto. No, no tengo ni pena, ni culpa. Tuve la opción y por eso estoy viva… Pero ese no ha sido el caso de otras hermanas alrededor del mundo. Por eso entiendo que gran parte de la agenda de colectivos feministas, se aferran a lograr este derecho para todas: sea la que sea su condición de vida, puedan acceder al aborto sin ningún tipo de coacción, ni culpas. Seguimos sacando biblias y rosarios de nuestros ovarios.
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Magda en el Paro de Mujeres Polacas en Londres.

 

-Jael de la Luz