Etiqueta: pactos de silencio

#YoTambién fui violada y la iglesia guardó silencio

En el 2013 cuando trabajaba en el Centro de Estudios Ecuménicos, a través del Observatorio Eclesial, estuve involucrada en un proceso donde Alberto Athié, el padre Barba, el académico Fernando M. González, Católicas por el Derecho a Decidir A. C.  y un grupo de laicos y activistas mexicanos, acompañabamos a un grupo de hombres jóvenes que durante su niñez fueron violados por sacerdotes vinculados a Los Legionarios de Cristo, congregación católica fundada por Marcial Maciel. La idea era llegar hasta cortes internacionales y pedir la expulsión de esos sacerdotes y que fueran procesados civilmente sin ningún tipo de fuero. Continue reading “#YoTambién fui violada y la iglesia guardó silencio”

Entonces, el Feminismo vendrá, como la lluvia, a limpiarlo todo.

Hace dos días vi en Netflix Sufat Chol (Tormenta de Arena o Sand Storm en inglés); una película israelí del 2016, dirigida por Elite Zexer y ganadora de múltiples premios cinematográficos. La trama consiste en una familia musulmana que habita una comunidad rural, en medio del desierto, la cual se enfrentará a una ruptura cuando el padre se casa con una segunda mujer después de más de una década de mantener una relación monógama. Se plantean las problemáticas de la relación del padre con sus hijas y esposa, así como la relación de ésta con su hija mayor, Layla, y con la segunda esposa.

Varias son las cosas que me gustaron de este filme, desde la música, la fotografía, el idioma, los vestuarios, etcétera. Pero lo que más llamó mi atención fue Layla, la hija de Suliman, el padre, quien se desenvuelve como una mujer joven, universitaria, que desafía los candados que su cultura patriarcal le impone.

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El silencio que ellos nos impusieron

La violencia no tiene raza, clase, religión o nacionalidad, pero tiene género[…] El meollo de este conflicto es la pandemia de violencia que los hombres ejercen contra las mujeres, tanto violencia ejercida en la intimidad como la ejercida por extraños

Los hombres me explican cosas, Rebeca Solnit.

Por mucho tiempo pensaba cómo era posible que un padre violara a su propia hija, o cómo un padre puede vender a su hija a un proxeneta por un costal de arroz, o por una vaca. Por mucho tiempo me pregunté por qué hermanos se referían a sus hermanas como putas y las presentaban a sus amigos para pasar el rato. O me preguntaba por qué cuando una joven mujer salía embarazada, su familia decía que ya no valía nada y se le castigaba limpiando y cocinando para todos. O por qué la crianza tradicional tiene que ir acompañada de golpes e insultos cuando se te tacha de niña rebelde. Y claro, preguntar eso era encontrar respuestas como: “ay, es normal, esas cosas pasan hasta en las mejores familias”, “sólo dios sabe”, “ni modo, esa vida le tocó”. Respuestas simples y alineadas a cosas trascendentales.

Hoy que los feminicidios, la violencia doméstica y miles de violencias machistas perpetradas por propios y extraños han sobrepasado los límites del supuesto Estado de derecho y de la convivencia social a nivel global, miles de hermanas muertas nos llevan forzosamente a replantear: ¿de dónde nace ese deseo, esa creencia, esa educación y modos de vivir, donde hombres de nuestra familia, cercanos o lejanos nos dicen quiénes somos, qué debemos hacer y cómo comportarnos? ¿De dónde viene ese aire de superioridad para que en la escuela y el trabajo los compañeros, maestros y administradores nos expliquen las cosas a su modo y que naturalicen que así son? ¿De dónde viene esa indiferencia institucional y estatal a los miles de cuerpos de nuestras hermanas ya sin vida?

La constante violencia a nosotras es parte de un proceso histórico que se sustenta en el poder patriarcal-Kyriarcal; es decir, en los diferentes momentos de nuestra historia global, regional, nacional, local y familiar los hombres han sido gobernantes, representantes de dios en la tierra, amos, padres, patriarcas, legisladores, administradores de almas y cuerpos, escritores y creadores. Históricamente configuraron el mundo para naturalizar la violencia de ellos hacia nosotras partiendo de la casa paterna a los espacios públicos, todo legislado por la tradición y los contratos sociales de la modernidad. Y las mujeres que trasgredían las normas, los comportamientos y las palabras del poder kyriarcal, terminaban como hoy seguimos terminando: quemadas, vendidas, violadas, humilladas, asesinadas. Y así, poniendo castigos ejemplares, ellos pactaron al darnos un apellido, constituciones, pasaportes, ciudadanías, títulos académicos, contratos laborales, pago de horas extra ante la explotación, propinas por ser “linda”, halagos-insultos enfocados a nuestra sexualidad, o por habernos convertido en madres. Ellos nos victimizaron al encasillarlos en una condición biológica sin derechos y libertades, y por ser propiedad del padre, del esposo, del señor, del amo, de Dios y del Estado, legislaron sin haber pedido nuestra opinión o nuestra presencia. Y ellos dijeron públicamente que estábamos de acuerdo. Y por eso nos negaron la voz.

Ellos, históricamente han pactado para protegerse unos a otros mediante leyes, nacionalismos, patriotismos y mercados de consumo, al grado de romper la mágica idea de la familia ideal, pues han sido las feministas y las personas que se asumen desde identidades sexuales no heteronormales quienes le han dado un nuevo sentido a lo que es ser familia y comunidad sin que seamos propiedad de nadie. Así por ejemplo, que al tomarnos declaraciones en los ministerios públicos por desaparición, violación o violencia doméstica, los funcionarios dicen que por “algo nos lo hicieron nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros maridos, nuestros jefes, nuestros ministros religiosos”. Es suponer que algo hicimos o consentimos para que nos violentaran de esas maneras. Y así se lavan las manos para hacer de nuestros casos una estadística más. Ellos nos vigilan y censuran  en tiempos de alegría. Por ejemplo, sí estamos juntas creando o celebrando, no faltará un “amigo” que diga “bromeando”: “he venido a controlarlas”, como me pasó junto a unas amigas, hace menos de un mes. No faltará quien al vernos reunidas en marchas o manifestaciones nos digan: “pinches viejas locas, pónganse a hacer algo productivo.” Todo esto será con el fin de volvernos a callar y dudar de nosotras mismas. 

¿Qué efecto tiene el silencio en nosotras? Aquí quiero traer a la reflexión a Rebeca Solnit, con su libro Los hombres me explican cosas donde en diversos ensayos plantea cómo al negarnos la palabra, el siguiente acto es la violencia y el acto más extremo es el asesinato (feminicidio).

El silencio, como el infierno de Dante, tiene sus círculos concéntricos. El primero es el de las inhibiciones internas, inseguridades, represiones, confusiones y la vergüenza que hacen de difícil a imposible hablar, y que van de la mano del miedo a ser castigada o condenada al ostracismo por hacerlo. Rodeando este círculo se encuentran las fuerzas que intentan silenciar, sea mediante la humillación, el acoso o el uso de la violencia directa, incluyendo violencia que conduce a la muerte, a quien de todas maneras se esfuerza en hablar. Por último, en el más exterior de estos círculos, cuando la historia ya ha sido contada y el hablante no ha sido silenciado directamente, se desacredita la historia y al que la relata.

Así que sabiendo e informándonos de cómo funcionan los pactos de silencio que esa cultura kyrialcal nos ha impuesto, el hablar de nuestros dolores, furias y reivindicaciones en lo público y lo privado es un acto de justicia a nosotras mismas, porque evidenciamos que nosotras ya no seremos parte del trato. Sabremos que al retar con nuestros actos lo que el padre, el amigo, el hermano, el esposo nos digan, nos van a querer decir: “mira, yo acepto tu ideología, y esta bien que seas lo que seas, pero las cosas son así” y vamos a tener que resistir. Sabiendo cómo funcionan los pactos de silencio y complicidad entre el privilegio masculino y sistemas políticos corruptos, haremos esfuerzos por hacer de la sororidad entre mujeres más que una palabra bonita; la podremos cargar de toda su fuerza política. Al saber cómo funcionan los pactos de silencio entre hombres, será mas fácil para nosotras identificar quienes son nuestros aliados y no victimizarnos, no consentir más en nombre del amor, de Dios, de la Patria y demás para que vuelvan a pasar sobre nosotras. Ellos sabrán que no queremos limosnas de su estado de derecho, ellos sabrán que su justicia falocéntrica no es más fuerte que la fuerza de nuestros ovarios. Ellos sabrán que hemos roto los pactos de silencio.

Cuando las violaciones son productos de consumo neoliberales.

Marzo de 2017, Londres, Inglaterra. Angela Davis y Chimamanda Ngozi Adichie, dos de los grandes iconos del feminismo afrodescendiente se preparan para dar poderosos e inspiradores discursos a las mujeres que irán a escucharlas al WOW Festival Southbank (Women of the World Festival/ Festival Mujeres del Mundo), un evento masivo que se realiza cada año desde una apuesta feminista en Londres y donde asisten personas de diversos orígenes y apuestas políticas de avanzar en los derechos de las mujeres. En el mismo festival, una pareja se prepara para hablar de violación y “justicia restaurativa”: la escritora y activista islandesa Thordis Elva junto al australiano Tom Stranger, quien la violó cuando ella tenía 16 años.

Su historia comenzó cuando en 1996 él se encontraba de intercambio estudiantil en Islandia y se hicieron novios. Él la forzó en la cama a tener sexo contra su voluntad, y al poco tiempo regreso a Australia, generando así un pacto de silencio que Elva decidió romper hace ocho años cuando le escribió un correo electrónico diciéndole cómo se sentía después de esa experiencia. Resultado de ese encuentro virtual, es el libro que ambos publicaron, South of Forgiveness (Al sur del Perdón) y conferencias que dan a lo largo del mundo hablando de cómo es posible el perdón y la reconciliación sin pasar por una justicia institucional, pues basta que el violador acepte su responsabilidad como tal y que la víctima emprenda un camino de sanidad emocional y valor de enfrentar a su agresor sin que leyes, cortes, campañas e impartición de justicia con perspectiva de género, interfieran en el proceso de lo que llaman ellos, justicia restaurativa.

Cuando se anunció esa conferencia, miles de feministas, organizaciones y colectivos de sobrevivientes de violaciones, hicieron campaña para no permitir hablar a un violador en una plataforma tan importante como lo es el WOW Festival. Una campaña en Change.com, miles de voces e intervenciones en contra, sólo lograron que la conferencia se pospusiera para el 14 de marzo. Algunas activistas que trabajan con sobrevivientes de violaciones y que decidieron ir, concluían que esa no era la plataforma adecuada para que un violador hablara, pero que ellas estarían ahí para escuchar su “bien articulado discurso” y apoyar a mujeres que, en ese momento, quizá tocadas por el caso, decidieran hablar; ellas podrían acompañar sus procesos de romper los pactos de silencio sobre sus violaciones. Los argumentos que dieron las organizadoras, fue:

“Nuestro festival WOW fue creado para ser una plataforma abierta y equilibrada para la discusión y el debate sobre la igualdad de género y los asuntos críticos relacionados con los cuales las mujeres y los hombres luchan cada día. La violación es uno de estos temas críticos y necesitamos cambiar el discurso que lo rodea, que a menudo se centra en los supervivientes de violación en lugar de los violadores “.[1]

Cuando leí esta respuesta, me dije: “pues bien, ¿por qué no traen otros casos menos mainstream donde una pareja de color hable de su experiencia, a ver si el resultado es el mismo, o bien, a mujeres que han sido violadas por sus esposos durante años y después al confrontarlos, ellos acepten su delito y pidan alternativas de justicia restaurativa?” ¡El resultado sería distinto! ¡La policía estaría fuera del festival para llevar preso al violador!

¿Por qué entonces el caso de Thordis y Tom ha provocado tanto alboroto? ¡Claro!, quienes hablan son dos personajes que por su color de piel, su nacionalidad y sus condicionamientos sociales y culturales comparten el privilegio de no ser ser interferidos en su negocio porque han armado todo un equipo de gente que comparte sus valores y los proteje. Así de simple e impune. Sin embargo, el efecto que puede tener en el común de la gente es que pueden ser el pretexto para personas que piensan: “ya ves, en los países desarrollados todo se arregla con el diálogo”, como muchas veces lo he oído decir.

Este caso que en TED han llamado Nuestra historia de violación y reconciliación me causó tremendo impacto porque pensé hasta qué punto en espacios neoliberales (WOW Festival y TED son dos plataformas que sacan dinero vendiendo boletos en altos precios para ir a escuchar las tendencias -mainstream voices-), se transmiten mensajes y representaciones que normalizan, en este caso, la cultura de la violación y el feminismo neoliberal (mujer empoderada a la cual ya las instituciones no le importan porque SU caso lo puede resolver desde su privilegio). Cuando el privilegio, el feminismo liberal y el mainstream se vinculan, este es uno de los productos que se tiene.

Creo que el tema de la violación es muy candente y urgente seguir debatiendo, acompañando y trabajando para que quienes la han experimentado, tanto en estados democráticos como en estados de guerra, lo hablen públicamente sin temor a perder las vidas, y decidan qué tipo de justicia quieren y cómo debe ser aplicada. Si consentimos en que los violadores sólo pidan disculpas (como enseña el discurso secular conservador cristiano y liberal), estaremos siendo parte del problema y no la solución. Romper los pactos de silencio es un primer paso, pero no podemos permitir que las INSTITUCIONES y la CULTURA que neutralizan o invisibilizan la violencia hacia las mujeres, nos digan: “todo se arregla con un perdón y ya”, no podemos creernos el cuento del perdón restaurativo.

Eso no funciona en ninguna sociedad, porque lo único que evidencia es que las mujeres son las que deben romper el silencio y buscar que sus violadores den la cara, eso no funciona en ninguna sociedad donde plataformas que se encargan de crear productos inspiracionales, normalicen violencias y traten de educarnos a través de voces autorizadas para decirnos cómo debemos actuar y ser, abonando sólo a la alineación e impunidad; eso no funciona en sociedades como las nuestras donde hacemos esfuerzos por descolonizar nuestros cuerpos, imaginarios, deseos y representaciones como mujeres, y que ya es todo un logro estar viva después de un acoso o violación. No funciona que vengan los hombres y mujeres blancas bellos (desde la perspectiva occidental) a hablarnos de justicia restaurativa cuando todavía no hemos terminado de discutir la violación como un tema no tabú; no funciona que, con un libro, al ser leído por violadores y acosadores, éstos encuentren limpiar sus conciencias pensado que no está mal lo que han hecho.

No dejo de reconocer el valor de Thordis al enfrentar a su violador y buscar la justicia para sí misma, pero el camino seguido refuerza lo que hemos venido alegando tanto tiempo atrás: “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Creo que en efecto, los violadores tienen el derecho de dar su palabra, pero no, no pueden escapar del castigo. No, no podemos aplaudir a alguien que puso por delante su fuerza y deseo, por encima del cuerpo de una persona que dijo NO. Y ese NO que es el grito diario de muchas mujeres a lo largo del mundo. Por ello, no creo en cómo pactan y negocian la justicia personas que comparten sus privilegios de estatus social, educativo, color de piel, nacionalidad, lenguaje y las difunden como si ese fuera el camino a seguir. No nos equivoquemos, eso no funciona en ninguna sociedad, por más que nos vendan el producto en un buen y bello paquete. De ahí la necesidad de pensar el feminismo desde la interseccionalidad, porque no todo lo que sea “asuntos de mujeres” nos lleva al avance de nuestros derechos.

Para ver el vídeo:

[1] Danuta Kean, “Women’s festival drops event with rapist following protests”, The Guardian, 9 de marzo de 2017. Consultar en: https://www.theguardian.com/books/2017/mar/09/womens-festival-drops-event-with-rapist-protests-thordis-elva