Cuando las violaciones son productos de consumo neoliberales.

Marzo de 2017, Londres, Inglaterra. Angela Davis y Chimamanda Ngozi Adichie, dos de los grandes iconos del feminismo afrodescendiente se preparan para dar poderosos e inspiradores discursos a las mujeres que irán a escucharlas al WOW Festival Southbank (Women of the World Festival/ Festival Mujeres del Mundo), un evento masivo que se realiza cada año desde una apuesta feminista en Londres y donde asisten personas de diversos orígenes y apuestas políticas de avanzar en los derechos de las mujeres. En el mismo festival, una pareja se prepara para hablar de violación y “justicia restaurativa”: la escritora y activista islandesa Thordis Elva junto al australiano Tom Stranger, quien la violó cuando ella tenía 16 años.

Su historia comenzó cuando en 1996 él se encontraba de intercambio estudiantil en Islandia y se hicieron novios. Él la forzó en la cama a tener sexo contra su voluntad, y al poco tiempo regreso a Australia, generando así un pacto de silencio que Elva decidió romper hace ocho años cuando le escribió un correo electrónico diciéndole cómo se sentía después de esa experiencia. Resultado de ese encuentro virtual, es el libro que ambos publicaron, South of Forgiveness (Al sur del Perdón) y conferencias que dan a lo largo del mundo hablando de cómo es posible el perdón y la reconciliación sin pasar por una justicia institucional, pues basta que el violador acepte su responsabilidad como tal y que la víctima emprenda un camino de sanidad emocional y valor de enfrentar a su agresor sin que leyes, cortes, campañas e impartición de justicia con perspectiva de género, interfieran en el proceso de lo que llaman ellos, justicia restaurativa.

Cuando se anunció esa conferencia, miles de feministas, organizaciones y colectivos de sobrevivientes de violaciones, hicieron campaña para no permitir hablar a un violador en una plataforma tan importante como lo es el WOW Festival. Una campaña en Change.com, miles de voces e intervenciones en contra, sólo lograron que la conferencia se pospusiera para el 14 de marzo. Algunas activistas que trabajan con sobrevivientes de violaciones y que decidieron ir, concluían que esa no era la plataforma adecuada para que un violador hablara, pero que ellas estarían ahí para escuchar su “bien articulado discurso” y apoyar a mujeres que, en ese momento, quizá tocadas por el caso, decidieran hablar; ellas podrían acompañar sus procesos de romper los pactos de silencio sobre sus violaciones. Los argumentos que dieron las organizadoras, fue:

“Nuestro festival WOW fue creado para ser una plataforma abierta y equilibrada para la discusión y el debate sobre la igualdad de género y los asuntos críticos relacionados con los cuales las mujeres y los hombres luchan cada día. La violación es uno de estos temas críticos y necesitamos cambiar el discurso que lo rodea, que a menudo se centra en los supervivientes de violación en lugar de los violadores “.[1]

Cuando leí esta respuesta, me dije: “pues bien, ¿por qué no traen otros casos menos mainstream donde una pareja de color hable de su experiencia, a ver si el resultado es el mismo, o bien, a mujeres que han sido violadas por sus esposos durante años y después al confrontarlos, ellos acepten su delito y pidan alternativas de justicia restaurativa?” ¡El resultado sería distinto! ¡La policía estaría fuera del festival para llevar preso al violador!

¿Por qué entonces el caso de Thordis y Tom ha provocado tanto alboroto? ¡Claro!, quienes hablan son dos personajes que por su color de piel, su nacionalidad y sus condicionamientos sociales y culturales comparten el privilegio de no ser ser interferidos en su negocio porque han armado todo un equipo de gente que comparte sus valores y los proteje. Así de simple e impune. Sin embargo, el efecto que puede tener en el común de la gente es que pueden ser el pretexto para personas que piensan: “ya ves, en los países desarrollados todo se arregla con el diálogo”, como muchas veces lo he oído decir.

Este caso que en TED han llamado Nuestra historia de violación y reconciliación me causó tremendo impacto porque pensé hasta qué punto en espacios neoliberales (WOW Festival y TED son dos plataformas que sacan dinero vendiendo boletos en altos precios para ir a escuchar las tendencias -mainstream voices-), se transmiten mensajes y representaciones que normalizan, en este caso, la cultura de la violación y el feminismo neoliberal (mujer empoderada a la cual ya las instituciones no le importan porque SU caso lo puede resolver desde su privilegio). Cuando el privilegio, el feminismo liberal y el mainstream se vinculan, este es uno de los productos que se tiene.

Creo que el tema de la violación es muy candente y urgente seguir debatiendo, acompañando y trabajando para que quienes la han experimentado, tanto en estados democráticos como en estados de guerra, lo hablen públicamente sin temor a perder las vidas, y decidan qué tipo de justicia quieren y cómo debe ser aplicada. Si consentimos en que los violadores sólo pidan disculpas (como enseña el discurso secular conservador cristiano y liberal), estaremos siendo parte del problema y no la solución. Romper los pactos de silencio es un primer paso, pero no podemos permitir que las INSTITUCIONES y la CULTURA que neutralizan o invisibilizan la violencia hacia las mujeres, nos digan: “todo se arregla con un perdón y ya”, no podemos creernos el cuento del perdón restaurativo.

Eso no funciona en ninguna sociedad, porque lo único que evidencia es que las mujeres son las que deben romper el silencio y buscar que sus violadores den la cara, eso no funciona en ninguna sociedad donde plataformas que se encargan de crear productos inspiracionales, normalicen violencias y traten de educarnos a través de voces autorizadas para decirnos cómo debemos actuar y ser, abonando sólo a la alineación e impunidad; eso no funciona en sociedades como las nuestras donde hacemos esfuerzos por descolonizar nuestros cuerpos, imaginarios, deseos y representaciones como mujeres, y que ya es todo un logro estar viva después de un acoso o violación. No funciona que vengan los hombres y mujeres blancas bellos (desde la perspectiva occidental) a hablarnos de justicia restaurativa cuando todavía no hemos terminado de discutir la violación como un tema no tabú; no funciona que, con un libro, al ser leído por violadores y acosadores, éstos encuentren limpiar sus conciencias pensado que no está mal lo que han hecho.

No dejo de reconocer el valor de Thordis al enfrentar a su violador y buscar la justicia para sí misma, pero el camino seguido refuerza lo que hemos venido alegando tanto tiempo atrás: “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Creo que en efecto, los violadores tienen el derecho de dar su palabra, pero no, no pueden escapar del castigo. No, no podemos aplaudir a alguien que puso por delante su fuerza y deseo, por encima del cuerpo de una persona que dijo NO. Y ese NO que es el grito diario de muchas mujeres a lo largo del mundo. Por ello, no creo en cómo pactan y negocian la justicia personas que comparten sus privilegios de estatus social, educativo, color de piel, nacionalidad, lenguaje y las difunden como si ese fuera el camino a seguir. No nos equivoquemos, eso no funciona en ninguna sociedad, por más que nos vendan el producto en un buen y bello paquete. De ahí la necesidad de pensar el feminismo desde la interseccionalidad, porque no todo lo que sea “asuntos de mujeres” nos lleva al avance de nuestros derechos.

Para ver el vídeo:

[1] Danuta Kean, “Women’s festival drops event with rapist following protests”, The Guardian, 9 de marzo de 2017. Consultar en: https://www.theguardian.com/books/2017/mar/09/womens-festival-drops-event-with-rapist-protests-thordis-elva

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