Archivo de la etiqueta: ser mujer

Las malditas listas

Por Esther Valero*

Estoy a punto de acabarla, la lista, la de los objetivos que me marco cuando se acerca mi cumpleaños. Pensaba en ella ayer, mientras planeaba qué tarta me iba a preparar -yo misma, aunque a gusto de los demás-; dónde podría celebrar la merienda -en algún lugar en el que después no me tuviera que dejar la piel en recoger-; y a quién invitar -si solo a la familia o también a los pocos amigos que me quedan-. En la lista de mis cuarenta y un años querría incluir como novedad dejarme cuidar, es decir, permitir que los demás me preparen tartas cuando el cumpleaños es mío, por ejemplo.
También quiero hacer hincapié en dos de los retos clásicos: aumentar mi nivel de tolerancia respecto al orden y la limpieza -ese es difícil de cumplir, porque ya me parece que está demasiado alto-, y estar más pendiente de mis amigas y familia. Seguir leyendo Las malditas listas

Yo menstrúo

Por Yesenia Alzate*

Yo menstrúo.

“¡Oh! Qué escándalo, ¿cómo puedes decirlo?”

-Sí, yo boto sangre por la vagina cada 28 días.

Soy las mujeres pasadas, presentes y futuras; negras, blancas y mestizas. Soy las mujeres que pasaron por la guerra soltando más sangre que la que les correspondía por cada herido. Soy las mujeres violentadas que anhelaban no llegara el marido a romperles el rostro. Soy las mujeres que fueron obligadas a casarse y tener hijos a sus 15 años porque las hacía más mujeres, asimismo soy esas que fueron privadas de aprender más que a estar en la cocina, porque el estudio no era para ellas. Soy esas niñas que fueron violadas por sus tíos, primos, padres vecinos y quién sabe qué personaje más. Soy la cruda historia de las mujeres que fecundaron hijos después de esas violaciones y que con su inocencia de aún niñas no supieron amar a primeras esos hijos. Soy las mujeres que abandonaron los estudios y trabajos por cuidar a quien venía en camino. Soy las mujeres de falsas realidades; esas que dicen estar felices pero se ahogan en la tristeza porque tienen una vida desdichada.

Duele menstruar.

Nos duelen los senos y el vientre cada mensualidad. Tenemos los hilos desarrollados de lo que podría pasar si llegásemos a parir.

“¡impuras!”

  • “No duermas conmigo, vieja. Ni se te ocurra tocarme o servirme la comida porque estás sucia en estos días. Y ni se te vaya a dar buscarme porque ni miradas te echaré”.

Cuando crecíamos, escuchamos comentarios como: “¿Ya te han picado las avispas, niña?”, “¿ya te crecieron pelos?” “Te estás poniendo lo más de bonita, ¿ya tienes novio?”, “Pero mirá qué trasero el que te ha salido” Y silbidos por la calle con murmullos de: “Uy mami, pero que estás buena”

Éramos, fuimos un circo de desarrollo para los ignorantes irrespetuosos que no llaman las cosas por su nombre.

Sí, me crecieron senos, ¡Claro que a todas nos crece vello púbico, axilar y bigote si nos descuidamos!, nos da mal olor en los sobacos y por supuesto tiramos pedos.

También soy esas mujeres a las que no les importó cuánto les dijeran de sí, porque buscaron revolucionar la discriminación social de ser mujeres para luchar por sus derechos. Soy esas mujeres como Doña Bertha Jaramillo, quien luchó en sus años juveniles por la educación en su vereda, desde entonces es una mujer empoderada de sus derechos; mujer líder. Soy las mujeres rurales y urbanas que salieron de la rutina para agruparse y entenderse mujeres. Soy las que aprendieron a no dejarse golpear y a amarse tal como fueron y serán.

Soy las mujeres que rompemos mitos y encontramos libertad. Soy esas a las que no creyeron fuertes por ser flacas ¡Y soy flaca no porque no coma! Soy las mujeres a las que insultaron por tener buen cuerpo ¡Y qué cuerpazo si nos sobra carne!

Soy todas las mujeres, pasadas, presentes y futuras; Negras, blancas y mestizas… Menstruarán, menstruamos y que un dejaremos de menstruar.


*Yesenia Alzate, 18 años; mujer feminista, Colombiana y comunicadora social y periodista en formación de la Universidad de Antioquia.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos. Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

Raíces

Por Perla Zamora*

Somos raíces rotas, sumergidas en la muerte de la palabra. Somos la asfixia y el ahogo. La decapitación de la noble cuna, que reposa en los rostros del silencio, en la sombra del grito…de la locura, del juicio que soporta los pesados vientos de vidas aletargadas. Somos lo femenino, pero también lo otro, el género etéreo, la noble labor de la fuerza; el rostro de quien insurgente se revela a su verdugo. Seguir leyendo Raíces

Construyendo maternidades libres, voluntarias y autónomas.

Por AnaMaría Manzanares Méndez*

Como cada año en el mes de mayo observamos una avalancha de mensajes de felicitación a propósito de la celebración del mes de la madre; más allá del origen de esta fecha y de su carácter mayoritariamente consumista, es necesaria la reflexión acerca de la manera cómo se ha construido tradicionalmente la maternidad y cómo esto se ve reflejado en los mensajes de felicitación que circulan y por ende, en la valoración que expresan de su ejercicio y que ponen como medida de calificación el sacrificio.

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El problema de «ser mujer»

Por Rosario Ramírez*

Desde hace algunos años sigo con particular atención el blog “El camino Rubí[1]” de Erika Irusta; mujer Vasca, pedagoga especialista en pedagogía menstrual y descrita a sí misma como “Coñoescritora”. Encontrarme con ella y su particular forma de escribir ha sido para mi y para mi trabajo un respiro, un alivio, una catarsis, un espacio donde leo y veo muchas de esas opiniones y posturas que, reconozco, la mayor parte del tiempo no soy capaz de traducir en palabras, pero sí en emociones. La disfruto, le aprendo. Sus contribuciones hacia desmontar muchos tabúes acerca de la feminidad, del cuerpo y de la menstruación me han colocado en un lugar en el cual, más que resolver parte de mis intereses de investigación –enfocados en la espiritualidad femenina, sus repercusiones sociales, emocionales y corporales-, me han generado un sinnúmero de preguntas acerca de diversos discursos que circulan y se encarnan en lo más profundo de nuestros cuerpos, sobre todo cuando habitamos un cuerpo de mujer.

Hace unos meses en el blog citado, Irusta publicó un texto que lleva por título “El cuento del conflicto con la feminidad[2]”, lo leí y me fue imposible no recordar cuántas veces escuché hacia mi -y hacia otras mujeres- que mis dolencias, mis problemas emocionales, relacionales y afectivos tenían que ver con “mi conflicto con la feminidad” o con la “falta de reconocimiento de mi ser mujer”. Pero ¿qué sugiere o qué hay detrás de esta respuesta y esta noción tan “popular”?

En el siglo XIX el cuerpo femenino no era más que una serie de partes que había que estudiar, comprender y sanar, principalmente porque en él se condensa y se encarna la noción social y religiosa del “milagro de la vida”. Desde la visión decimonónica, el cuerpo de las mujeres era un cuerpo enfermo que se centraba en un coctel  hormonal y fisiológico que era desconocido y que había que abordar y explicar de algún modo. Ejemplo de este tipo de enfoques fue la caracterización y tratamiento de la histeria[3], pero también la forma en la que desde el discurso médico, se creo una noción de otredad: el cuerpo femenino se consideraba un misterio en sí mismo.

Aludir a la feminidad resulta confuso dado que lo que coloquialmente entendemos como “lo femenino” está relacionado con una serie de estereotipos y roles de género donde las mujeres somos siempre valoradas como inferiores o diferentes, “el otro negado”, como decía Ortner[4]. Sin embargo, hay una serie de ideas que se arraigan y se identifican como elementos característicos: el cuidado hacia otros –incluyendo, por supuesto, la maternidad-, la debilidad física, lo emocional exacerbado, el amor incondicional, la imposibilidad de darnos soporte entre nosotras,  e incluso es usado como un insulto cuando se aplica hacia un varón. Sin duda, lo que hay detrás de este ser femenino es una visión hegemónica que, como dice Rosales[5], alude a “serie de normativas que intentan imponerse como verdaderas y naturales acerca del ser mujer, es decir, que encuentra una relación lineal entre el sexo biológico y aquellas características, cualidades y papeles que se consideran propiamente femeninos” (2006: 23-24).

Pero, ¿estamos en condiciones de hablar de UNA forma particular y universal de ser mujer? Lo femenino es una categoría móvil que se ha resignificado desde cada cultura y casi desde cada cuerpo. Lo que para una mujer es la realización plena, puede ser para otra algo poco significativo. Al hablar de modelos de identidad anclados en el cuerpo, no nos alcanza la vida para cubrir cabalmente las normativas que establecen lo que uno es, lo que no es, y menos aún, lo que se debe ser. Los modelos nos han servido para explicar la realidad, pero a veces esa realidad supera los límites de las formas en las que hemos intentado explicarla.

Un último elemento es, como menciona Irusta, exigir que nos tomen en serio cuando algo nos duele, nos angustia, nos lastima; y no sólo en términos emocionales, sino físicos. Sabemos que los padecimientos y enfermedades prenden focos rojos en el cuerpo para hacernos saber que hay algo que atender, pero conformarnos con una respuesta que alude a nuestro “problema con la feminidad”, parece no resolver demasiado y banaliza, una vez más, lo que ocurre en nuestros cuerpos ¿acaso seguimos siendo ese “otro negado” desde nosotras mismas? Lejos de dar una opción que permita atender nuestras angustias, se nos coloca enfrente la impronta de “ estar conectadas” con nuestro ser femenino. El asunto es ¿con cuál? ¿la noción social? ¿la de género? ¿la que dicta mi propia historia de vida o mi identidad? ¿cómo se resuelven esos conflictos?

No se puede negar que las emociones y los contextos tienen una repercusión en el cuerpo y su funcionamiento, desde el amor hasta el estrés o las pérdidas encuentran un espacio dónde manifestarse; pero también es cierto que como seres humanos no podemos definirnos en función de entendernos como seres problemáticos con respecto a lo que otro/a supone que debemos ser. Existen diversas técnicas que apelando a una terapéutica del sí mismo y de la autoayuda han utilizado el discurso del conflicto con lo femenino como eje fundamental para lograr que las mujeres se reconecten con esa parte no reconocida de sí mismas. Estas técnicas pueden funcionar –o no- a partir de la experiencia individual, lo que hay que apuntar es que, aún asumiendo esa falta y los procesos para sanarla, lo femenino no puede ser definido como un bloque que nos constriña y que nos aplaste por no encajar en un estándar o en una idea que difícilmente se logra de una vez y para siempre.

Más que plantear un conflicto con la feminidad, podemos comenzar por aceptar que estamos ya en un contexto donde las desigualdades nos construyen, constituyen y se encarnan. Que lo que nos toca es generar estrategias de autocuidado y de autoconocimiento que nos permitan habitar y cuidar nuestros cuerpos, emociones y todo aquello que nos hace ser, pero no desde la falta, sino desde la conciencia de nuestro lugar en el mundo, desde nuestras potencialidades y desde el cuidado necesario para cumplir nuestras propias funciones, expectativas o ideales de lo que nosotras mismas pensamos que es lo mejor para nuestra vida y nuestro contexto. Hablar de “tu feminidad” da en sí misma la idea de una construcción propia. Al atender nuestros dolores y enfermedades, no nos faltamos a nosotras mismas, nos habitamos y nos reconocemos. Quizá nuestra tarea sea dejar de definirnos como seres desconectados y ausentes, el cuerpo nos da una materialidad que nos muestra todo aquello, interno y social, que nos constituye; pero no podemos dejar que los discursos que nos vuelven a colocar como seres inferiores, encerrados, desconectados y conflictivos nos afecten al momento de tomar en nuestras manos nuestra salud e integridad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Rosario Ramírez

Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

Puedes contactar a Rosario en sus cuentas de TwitterFacebook.

La imagen de cabecera es de Agustina Guerrero: Diario de una volátil 


Notas de la autora:

[1] http://www.elcaminorubi.com

[2] Imperdible y disponible en: http://www.elcaminorubi.com/el-blog/336-el-cuento-del-conflicto-con-la-feminidad/

[3] Un ejemplo cinematográfico al respecto es esta película: https://www.youtube.com/watch?v=K4qK8M5HCJY

[4] ORTNER, Sherry (1996) Making Gender . The politics and erotics of future. Boston Beacon Press.

[5] ROSALES, Adriana (2006) Género, cuerpo y sexualidad. Un estudio diacrónico desde la Antropología social. Tesis de Doctorado en Ciencias Antropológicas, UAM-Iztapalapa, México.