Etiqueta: Violencia Machista

“En donde no nos quieren, ahí estaremos.” De Violencia, Cuerpo y Feminismos

Por Karen Márquez Saucedo*

Dejar de tener miedo a confrontar,

incluso en nuestras diferencias y en nuestro disenso

LEONOR SILVESTRI 

Pensar la ética, la justicia, así como sus implicaciones jurídicas, económicas y sociales en un contexto de creciente –y recrudecida- violencia sistemática contra las mujeres. Pensar cómo –desde el cuerpo- estamos situadas en los diversos territorios-tierra, de esta patria(rcal)-nación bañada en la sangre que deja la guerra. Comprender desde qué fase del sistema neoliberal somos sujetas histórico-políticas; así como la importancia de interpelar desde una ética feminista, de construir herramientas de resistencia desde la autonomía, son algunas de las reflexiones vitales que despertó el reciente encuentro con la Dra. Charlynne Curiel. 

El pasado domingo 23 de septiembre, en el restaurante Punto en el Cosmos ubicado en Maneadero, un poblado ubicado a las afueras de la ciudad de Ensenada, B.C., la Dra. Charlynne Curiel, Profesora Investigadora de Tiempo Completo en el Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (IISUABJO), llevó a cabo el conversatorio: Violencia, Cuerpo y Feminismos. 

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¿Denunciar? La experiencia de Romina en CDMX

Romina realizó una denuncia el año pasado en la Ciudad de México, su objetivo en ese momento, que alguien de su familia dejara de vivir abusos sexuales. Cuando tenía 15 años había intentado hacer una denuncia que también implicaba violencia y abuso sexual hacia ella, pero como era menor y no había un adulto que la acompañara y estuviera de acuerdo en que hiciera la denuncia, nada procedió excepto canalizarla a apoyo psicológico.

Ella hoy nos cuenta un pedacito de su historia, animada por la idea de que a otras mujeres les sirva conocer algo del proceso que implica denunciar y su experiencia.

*Los temores previos

Recordemos que la denuncia de Romina implicaba señalar a alguien de su familia, esto lo hace una situación particular, porque puede haber apoyo o presión por miembros de la familia,  lo común muchas veces es la negación y minimización de los hechos violentos y por lo tanto la banalización de la denuncia.

“Yo cuando puse la denuncia, fue porque ya había una necesidad muy grande de hacerla y tal vez existió temor por mucho tiempo para poder lograrla, temor a perder en mi caso, la seguridad de casa, el respaldo de familia, oportunidades, yo estaba apenas en tercer semestre de la Universidad, entonces era plantearme si realmente quería hacerlo y lo que implicaba. Mi mamá siempre me decía “Va a ser súper complicado ¿Qué vas a hacer después? “

*Asesoría para actuar

La víctima no tiene la responsabilidad de saber cómo actuar, a pesar de que la sociedad muchas veces le responsabiliza y enjuicia  sus acciones y no  las del agresor. Por ello siempre que sea posible es bueno asesorarse, Romina acudió a una instancia de gobierno, pero también hay asociaciones civiles que pueden asesorar y acompañar. 

“Yo me acerque a una instancia de gobierno, hay muchas dudas que pasan por tu cabeza, es un mar de confusión y yo primero quería que me dijeran si ameritaba una denuncia o podía resolverse de otra forma, porque cuando las personas que están alrededor tuyo minimizan la violencia, es sencillo que tú también lo hagas como defensa. Entonces me dijeron que sí ameritaba y que además era urgente y me explicaron lo referente al proceso, porque yo no sabía a quién acercarme, dónde ponerla, ni si la tenía que escribir yo ¿Me iban a interrogar? Yo no tenía abogado y no sabía si tenía que pagarlo, ósea yo no sabía nada, así que me acompañaron, me explicaron que había dos lugares dónde hacerla y que el proceso era, presentarte primero en la delegación a denunciar.”

*Ya tome la decisión y acudí a hacerla ¿Qué me puedo esperar?

Una cosa es, cómo nos dicen los libros que se debe de atender un caso de violencia y otra muy distinta lo que sucede al denunciar en una ciudad como México, donde la revictimización y la mala praxis está a la orden del día. 

“Primero me tarde mucho tiempo, porque ahí llegan muchas personas y te van pasando por turnos y en eso de que te van pasando hay un lapso muy grande en el que puedes estar pensando si realmente quieres hacerla, si mejor te vas a tu casa porque es un fastidio, puedes perder todo el día, y vez a otras personas que llegan con casos que parecen peor que el tuyo. Pero entonces, una vez que ya te pasan,  te interroga una abogada, yo pensé que me iban a tomar mi declaración, pero no fue así, es primero ver de qué va el caso y después fue plan como de, tratar de concientizarme según del procedimiento, pero más  bien es como el tratar de asustarte para que no la pongas, me dijeron “Vas a tener muchas trabas” “te vas a tener que salir  de tu casa, tu familia no te va a apoyar” “¿Estás segura que quieres tener todo esto en contra? “Estás estudiando ¿Por qué no lo solucionas de otra manera?” “¿Por qué no mejor le dices a otra persona que la haga? ¿Segura que es así de grave? ¿Estás segura que paso esto? ¿Qué tal que viste mal? ¿Qué tal que no fue así?” Muchas cuestiones que llevaban a “Mejor no la pongas” me decían “Te vas a tardar mucho tiempo” y “Vas a estar viniendo a cada rato” “Va a ser desgastante y ahorita te van a interrogar no sé cuántas personas y además, aquí no tenemos un psicólogo que te acompañe” “¿Estás segura que te quieres aventar? Porque igual te puedes ir a tu casa y no pasa  nada, porque si la pones y resulta que no es cierto, después te pueden denunciar a ti”  ósea mucho amedrentar.

*A pesar de las trabas, ¡Quiero denunciar! ¿Qué sigue?

Es absurdo que el primer contacto con una víctima sea como el anterior. Romina cuenta que los únicos casos que no pasan por este filtro son las mujeres que llegan claramente en un estado de vulnerabilidad visible, golpeadas o sangrando en una patrulla, pero si, como en el caso de Romina, una se espera a estar emocionalmente equilibrada para realizar la denuncia, lo anterior es lo que se puede esperar. Lo que lleva a pensar que si el Estado no amedrentara estas denuncias que considera “no tan graves” seguro se podrían prevenir feminicidios y las denuncias en donde las mujeres se presentan en grave peligro. A pesar de las trabas, Romina continúo el proceso.

“En mi caso, como iba acompañada y asesorada, la persona que estaba conmigo me dijo que no hiciera caso de ese primer filtro, que me mantuviera firme. Después de eso las personas que están como abogados de oficio, generalmente si tratan de apoyarte y de darte  todas las herramientas que necesites y alentarte a continuar. Porque precisamente son como los que van a estar en tu equipo, entonces después del primer filtro, es más sencillo que las siguientes personas que te encuentres estén a favor  de que hagas la denuncia”

“Encuentras personas que están de tu lado, con quienes haces sintonía y que sabes que puedes contar, pero es desgastante, en un día puedes hacer tres o cuatro veces la misma declaración, lo que puede ser muy duro, porque hay preguntas encaminadas a “Bueno pero  y tú porque lo permitiste” ¿Por qué no hiciste algo antes? ¿Por qué hasta ahorita?  En vez de apoyarte y alentarte a decir “Bueno ya estás aquí”.

“Y bueno, el proceso sigue así, te asignan un abogado de oficio que te acompaña a hacer tu declaración  formal, porque la primera en realidad no la escriben, solamente es ver qué onda, después de eso te pasan con otra persona, a hacer como un tipo de peritaje  psicológico y es volver a hacer la declaración y ahí ya no está el abogado de oficio presente, es  para ver si realmente estás en una situación sana psicológicamente, si estás orientada, si los eventos coinciden y tu estado emocional. Y a partir de eso te pasan con otra persona para terminar la declaración,  ella ya tiene las anteriores y te dice, a ver “tú mencionas esto y esto ¿Cómo fue? ¿Dónde fue?” después de eso te llevan otra vez a la sala de espera, se demoran hasta que te llaman y tienes que ir a recoger tu declaración, te dan una copia firmada y te dicen a dónde la tienes que llevar y qué sigue, porque ahí es que apenas abriste una posibilidad de denunciar, esa sólo es tu declaración, pero  actualmente tienes que abrir una carpeta de investigación, entonces ese documento lo tienes que llevar al MP, para que ahí puedan poner en forma una denuncia y abrir una carpeta de tu caso. Después te dan otro documento que es como el oficio o acuse de tu denuncia y una cartilla con tu nombre, donde van anotando los días de tus citas para revisión de caso, también vienen los números de la subdelegación correspondiente a tu caso para que cualquier cosa te comuniques con el abogado directo y tu número de expediente, después vas con una trabajadora social, te vuelven a hacer la declaración, para tener un expediente psicológico y ver quienes más están involucrados y ya la trabajadora social junto con el MP, va a empezar a abrir la investigación  y a meter a más personas en juego, para ver si coinciden los datos, empezar a citar a las personas que dijiste etc. y hasta ahí van dos días nada más de que  hiciste una denuncia y ya cuantas veces has declarado, a eso me refiero con que puede ser muy duro, porque si el evento lo tienes muy reciente, el estarlo repitiendo, va a llegar un momento en que dices  “¡Bueno ya, déjenme de preguntar! Ya lo dije ¿Por qué no lo leen?” Después de eso, empiezan a llamarte ya en diferentes fechas y horarios y te asignan otro abogado de oficio que se queda definitivamente con tu caso y va a llevar tu carpeta de investigación.

*Trampas del sistema

Si se cansaron al leer lo anterior, imagínense la confusión y desgaste de quienes van a realizar una denuncia y derivado de ello las probabilidades de que abandonen el proceso. Como sabemos, la justicia es patriarcal y se manifiesta de muchas formas en los procedimientos judiciales, acá algunos ejemplos. 

“Una de las principales trabas después es la  del MP, que de pronto te trata como si tú fueras quien actuó mal, puede llegar a perder pruebas, omitir datos o tacharlos en declaraciones o peritajes, por lo que es importante que el abogado de oficio este constantemente encima de él o ella y también el  estar revisando el expediente constantemente”

 

“Si vas después de un evento de abuso sexual o violación, te mandan a la clínica la condesa a hacer estudios de ETS, lo que puede ser complicado y estresante, más porque también ahí llevan a los reclusos a realizarse los mismos estudios y en ese momento, puede ser amenazante la experiencia”

 

“Cuando tú vas a declarar es importante que tengas en cuenta que tienes que decir el evento más reciente y el que es más seguro que puedas comprobar que existe, en este caso había un delito sexual, pero era complicado comprobarlo porque yo no era la afectada en ese momento directamente, entonces había otros elementos de violencia intrafamiliar y se fue para allá la denuncia, para que a partir de ahí y el mismo proceso, ya se dirigiera a delito sexual, con el peritaje psicológico y todo lo que involucra la demanda”.

 “En mi caso, yo quería realizar una denuncia por violencia sexual, pero en ese momento no era yo la afectada, sino alguien cercano a mí, entonces se dice que la denuncia es por terceros, porque  un delito sexual es complicado que se haga así, ya que generalmente no hay un tercero que lo pueda denunciar. Sin embargo, aunque al principio me frustró que la demanda se fuera sólo a la violencia intrafamiliar, el hecho de haber declarado la violencia sexual es importante, porque queda un antecedente y si en algún momento la afectada quisiera hacer una denuncia sería más sencillo para ella por el antecedente que existe, aun así es complejo, porque a veces las víctimas por diferentes razones no pueden hacer la denuncia directamente”

*¿Vale la pena hacer una denuncia?

Esta es una experiencia individual, no buscamos con este artículo mostrar la denuncia como lo mejor o peor, cada caso es particular.

“Yo, por supuesto la volvería hacer, porque si es transcendente hacer una denuncia, a lo mejor en el momento yo no lo podía visualizar, porque es complicado ver los resultados que esperas, esperas una solución inmediata de parte de la ley y el proceso es tan amplio y complicado que llega un momento en que te frustras, sientes que la ley no sirve para nada, porque no llega a donde tú esperabas llegar, pero hay una diferencia porque al hacer una denuncia legal también hay una denuncia social y eso genera un impacto en tu vida. Clarificas que tienes derechos y que hay instrumentos que estás dispuesta a seguir para que realmente los respeten.” 

*¿Cuáles fueron los factores que consideras te ayudaron a continuar con el proceso?

“Tener mayor preparación académica, al menos, más estudios que a los 15 años, también me encontré con personas que no eran de mi familia, pero  que estaban ahí para apoyarme y el haberme fortalecido para regresar a hacer una denuncia después de 5 años fue muy importante y el fortalecimiento fue ir a terapia y además ver cambios en mi vida, yo no sabía si las personas a las que yo denuncie estaban teniendo cambios por la denuncia que hice, pero en mi vida si había muchos elementos que me hacían sentir diferente, ya no había culpa, temor y malestar y encontré un círculo para mujeres que hicieron denuncias sexuales, encontré que era común la culpa, el miedo, el remordimiento. Hacer una denuncia es gritar que algo paso, pero a veces al hacerlo, voltean a ver al que grita y no al que violentó. Es importante también decir, que al hacer la denuncia, una llega hasta donde la emoción y el desgaste emocional la dejan, pero sin importar a donde lleguemos  hace una diferencia, porque a lo mejor de las 15 que éramos en el círculo, una ahorita tiene a su agresor en el reclusorio, pero las otras logramos un antecedente importante y otras consecuencias para los agresores, como el pago de daños, por ejemplo.” 

*Como mensaje final Romina dice lo siguiente. 

“Hacer una denuncia es una inversión, es reconocerte como alguien que no se merece vivir violencia, te estás dando el valor que te negaron al violentarte y eso hace una diferencia, porque  te va a dar una postura ante otras personas y si alguien más se quiere pasar de listo, sabrás que estás dispuesta a seguir adelante y a hacer lo posible para que respeten tus derechos.” 

En Feminopraxis queremos decirte ¡No estás sola! Tenemos contacto con algunas asociaciones que trabajan el tema, si necesitas información contáctanos y trataremos de canalizarte o darte la información que se encuentre a nuestro alcance.


eliza** Eliza Tabares – Mexicana radicada en CDMX, psicóloga y Psicodramatista enfocada en temas de género, arte y corporalidad. Le interesa la forma en que la cotidianidad se entreteje con la teoría y los procesos individuales y grupales que se encuentran con el feminismo y que nunca son lineales ni desprovistos de contradicciones, como psicóloga feminista, considera que el trabajo con y desde el cuerpo permite poner en la mesa otras discusiones sobre el feminismo. Es directora y terapeuta en Centro de Atención Psicológica, Arte y Consultoría A.C. Co-creadora del sistema SOMA Sistema Psicocorporal avalado por la UNESCO. Síguela en  Facebook  Twitter Instagram

 

 

 

 

Cuando nuestra voz  se convierte en nuestra arma y después quieren dispararnos con ella.

Por Karla Amozurrutia*

“Nos damos cuenta de la importancia de nuestra voz cuando somos silenciadas”

Malala Yousafzai

Si una se atreve a alzar la voz para denunciar el acoso sufrido, la violación cruda, el hostigamiento permanente o esporádico, las prácticas discriminatorias, las agresiones callejeras, los abusos de sus jefes, la objetivización en el ámbito artístico, los tocamientos no consentidos, el lenguaje denigrante, los discursos que maltratan y minimizan a la mujeres, la violencia política, la misoginia generalizada y socialmente aceptada, el machismo de los amigos o parejas y muchas otras prácticas sociales, rasgos de un funcional sistema patriarcal, una tiene que estar preparada mental, física y psicológicamente para todo tipo de embates, todo tipo de justificaciones, todo tipo de hipótesis, todo tipo de juicios, todo tipo de disertaciones verbales que acaban en acusaciones, todo tipo de insultos, todo tipo de vejaciones, todo tipo de respuestas y cuestionamientos propios de un pacto patriarcal defendido por el mismo sistema que lo ha promovido y consentido, de parte de ellos –los más-, los hombres que no soportan que se les señale como violentadores, como agresores, tampoco soportan que las mujeres se autonombren como víctimas en proceso de empoderamiento, porque pareciera que nadie nunca les ha explicado que para que haya una víctima seguro hay un victimario; para ellos las víctimas no existen, simulan un dolor creado, mienten por convivir o son producto de una actuación, al fin y al cabo las mujeres siempre han sido melodramáticas; basta con echarle un vistazo a la literatura e identificar a los personajes femeninos que así como tenían virtudes tenían defectos que afectaba su confiabilidad por el exceso de emotividad nublando su pensamiento, también podían perder la cordura por enamorarse hasta el cogote o donde su conocimiento era banalizado por aquellos que abanderaban la razón, cabe decir que hay sun honrosas excepciones, cada vez más. 
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Un corazón que busca congruencia #Metoo

Hace meses que no puedo escribir, pienso en diversos temas que están afuera, esos del análisis de la realidad que percibo, pero lo que me mueve ahora viene de otro lugar. Los recientes casos de acoso sexual me cimbraron y después la dichosa “libertad para importunar” me ha llenado de emociones y razonamientos que se cruzan entre en análisis teórico  y mi propia historia. Me dije que yo nunca me he asumido en mis letras como sobreviviente de abuso.

Quienes llevamos ese tipo de experiencias grabadas en el recuerdo y en el cuerpo, sabemos que nosotras pocas veces nos sentimos con esa “libertad de importunar”, de hablar de nuestra historia, de señalar a quienes fueron parte de ella y eso me anima a publicar hoy, después de una lucha interna sobre la pertinencia de mis letras, para mí, para mi familia, para mis seres cercanos. En ese lucha interna ha ganado la idea de que no quiero mirar a una sobreviviente de abuso y decir “Yo no hable” “no hables” “a todas nos ha pasado” “es normal”.

El abuso sexual que yo viví fue intrafamiliar, por mi hermano mayor. Mi hermano a su vez fue víctima de abuso (lo que no le quita su responsabilidad) lo menciono porque para mí ha sido importante ver el sistema que sostiene los actos, él aprendió desde chico que había cuerpos que tenían control sobre los otros y después replicó su aprendizaje cuando pudo.

Como adulta he observado que en mi familia hubo una red de abusos sexuales sostenidos en diversos discursos como “los trastes sucios se lavan en casa” la idea de que las mujeres bonitas “provocan”, la falta de límites para los varones que se sostiene en el rango de importancia que se les otorga en la jerarquía familiar y una nube de negación que se ha heredado por generaciones.

Quienes han vivido abuso sexual infantil saben que los daños son difíciles de cuantificar, como los recuerdos y la mente no funciona igual que la de un adulto, uno va construyendo y significando el hecho mientras crece y se desarrolla, si se trabaja el trauma se sale adelante y se resignifica el sentido de la vida y  la sexualidad, pero eso no siempre sucede o no de golpe y a veces el trauma va dejando otros desastres en el camino.

En mi caso, mantuve silencio por muchos años, recuerdo que a mis amigas les contaba la verdad a medias, era mi manera de apaciguar mi angustia. “Un tío abusa de mí” contaba porque decir que era mi hermano era muy doloroso para mí. Me pregunte algunas veces, si mi mente había inventado lo sucedido, si algo estaba mal en mí como para imaginar cosas que no habían sucedido, me sentía atormentada, me encerraba en mi closet por horas llorando. Tenía un recuerdo claro que me causaba un dolor profundo. Recuerdo haber escuchado a mi hermano decir “Que no pasaba nada con lo que me hacía, que nada podía pasar porque yo no podía embarazarme pues aún no menstruaba.”

Entonces el barniz de uñas de mi mamá se convirtió en mi menarquía, “Ya me bajó” comunique en casa, y me compraron mis primeras toallas sanitarias. Recuerdo el ardor que sentí la primera vez que mi vulva hizo contacto con el barniz rojo de mi mamá, después aprendí a poner el barniz sobre la toalla y dejarlo secar para después ponérmela sin dolor… pero el recuerdo siguió doliendo. Varias veces dije “Ya no más” y en algún momento cesaron los abusos.

A los 18 años enfrente a mi hermano, me sentía como un trapo de emociones que no podía manejar, mis relaciones amorosas eran violentas y yo me sentía sin control emocional ¡Ya no aguantaba! Cuando lo enfrenté me contó que el “había estado expuesto desde muy chico a lo mismo y se le hizo fácil” se disculpó por el daño, me dijo que me apoyaría en lo que necesitara, si quería que le dijéramos a mis papás, si quería apoyo psicológico (el nunca mencionó que él también podría necesitarlo). En ese momento para mí fue suficiente, fuimos justo ese día a contarle a mi padre y a mi madre (por separado, pues son divorciados) ambos reaccionaron de una forma que en ese momento no entendí, entre la frialdad y la extrañeza, no se negaron a la realidad, pero tampoco propusieron algún límite, consecuencia o acción ante lo que ya sabían.

Como dije, en ese momento para mí fue suficiente que mi hermano reconociera lo que hizo y que mis padres no negaran lo sucedido. Seguí mi vida con “normalidad” aunque siempre sintiendo más distancia con mi “hermano mayor” a diferencia de mi otro hermano.

Cuando me encontraba en la Universidad un nuevo hecho me volvió a cimbrar, mi hermano mayor me escribe por mensaje privado, me dice que le gustaría volver a repetir la experiencia de cuando éramos niños, me explica con palabras que supongo el considero poéticas, que quisiera repetir ese primer encuentro, incluso me dice “que nuestros novios no tendrían por qué enterarse” y que se siente excitado sólo de proponérmelo. ¡Mi mundo se cayó! Todo lo que había superado de mi vivencia infantil, la angustia volvió a mí, el llanto incontrolable. Le escribí por ese medio – que no podía creer lo que me estaba proponiendo, que había sido muy difícil para mí reponerme de nuestras vivencias de niños. Él se justificó diciéndome que debía superar “el sentirme como víctima” me dio datos de lugares en el mundo donde los hermanos se casan y no sucede nada ¡Me desmoroné! Pero ya no era una niña y llevaba un proceso de terapia en el que había trabajado el trauma anterior, así que esta vez hable con mi otro hermano, con mi madre y mi padre. Todos se mostraron sorprendidos como yo por lo sucedido y mi madre dijo que lo correría de la casa, pero eso nunca sucedió.

Hombres y mujeres significamos el abuso sexual de maneras muy diferentes, porque la socialización en este mundo patriarcal nos da lentes muy distintos para verle y lo que para mí había sido un trauma a superar, un dolor inmenso que me acompañó años y que fui sacando de a poco con años de terapia, para mí hermano era totalmente otra cosa.

Entonces toda la maquinaria patriarcal se puso en juego y sucedió lo que es común en estos casos, se minimizo el hecho, mi madre me dijo “Yo sé que tiene que ir a terapia, pero no lo puedo obligar” “Tu hermano no te hizo nada” Y yo pensaba “¡¿Tenemos que esperar a que haga algo?!” nadie más tomo postura, dejaron pasar el tiempo esperando que yo olvidara, me llamaron exagerada. Esta vez como adulta decidí poner los límites yo, me fui de casa, con una familia que me recibió como una hija y me apoyo de manera incondicional por un año, hasta que pude pagar un alquiler sin dejar la Universidad.

Estuve muy enojada por algún tiempo, sabía que irme era lo mejor para mí, mi angustia bajó, pero me molestaba todo lo que perdía al ser yo la única en tomar postura. Trabajaba por las mañanas y por las tardes iba a la escuela, deje la danza, que era mi pasión y medio de catarsis en esos tiempos, pues no me daba tiempo de estudiar y obtener dinero. Mi furia crecía al pensar que con él simplemente no había pasado nada, seguía con su vida normalmente, como hasta la fecha.

Con el tiempo construí mi vida y dejé la furia, al menos la que no me dejaba vivir y me ponía a llorar todas las noches. Tal vez debí tomar otras acciones, pero en ese tiempo no podía más que tolerar el dolor mientras intentaba seguir con mi vida, no dejar los estudios, no tirarme en la autocompasión. Me alejé de mi familia por algunos años, algunos no entendieron mi comportamiento y me juzgaron. Construí otras familias, que han sido red y soporte hasta la fecha. Un día me di cuenta que estar tan lejos de mi familia biológica también me dolía y decidí acercarme. Me había alejado no sólo de mi familia nuclear, sino de la extensa, como si fuera yo la que tuviera algo que esconder.

Me di cuenta de las contradicciones que se viven en estos casos, odiaba al cínico, al victimario, pero extrañaba a mi hermano, con quién tuve otras experiencias. Esta es una de las trampas más terribles de estos casos, los victimarios, como se sabe, no son “Monstruos” son hijos sanos del patriarcado y cuando hemos crecido con alguien que abuso, también guardamos otro tipo de experiencias que extrañamos. Esto último ha sido sin duda lo más difícil de conciliar para mí. En algún momento decidí volver a estar en las cenas navideñas y en las comidas de cumpleaños, posar en la foto familiar, recordando siempre las palabras de mi terapeuta “Ya no soy una niña” si cualquier cosa no me gusta puedo irme, puedo usar mi voz, puedo poner límites, puedo protegerme.

¿Me pregunto cuál fue el entramado de discursos en los que él se sintió respaldado en eso que llaman hoy “libertad para importunar”? Esa “libertad”por la que claman se otorga sólo a los ya privilegiados y calla a las que de por si tienen una lucha interna por no callar. #Me too no es una “cacería de brujas”, no “queremos sus cabezas” sino hacer evidente el entramado que permite sostener estos actos, discursos provenientes de mitos familiares, de años de silencio, de nuestra educación católica (escoja la institución patriarcal de su preferencia) no hace falta más que observar a las instituciones que han decidido callar o minimizar el movimiento #metoo, a los varones que han aplaudido un discurso con el que se sienten cómodos y a quienes montadas en sus privilegios descalifican y minimizan una lucha que no entienden.

No sé si después de mi escrito se me expulse de mis apellidos. Sólo sé que no quiero una historia silenciada, quiero darle voz a la niña interna y reafírmale que no tiene una historia para ser silenciada, no quiero contar cosas a medias, quiero sentirme libre y con la fuerza de escribirme, darle paz y congruencia a mi corazón. Porque si alguna vez tengo una hija, no quiero mirarla a la cara y decirle explícita o veladamente que yo calle, no quiero que herede de mí una predisposición a callar cualquier violencia. ¡Que la libertad de importunar sea para contar nuestras historias!.


** Solo Eliza Tabares Suárez

Editorial (enero 2018)

¡Comenzamos el año!  2018 nace lleno de retos y nuevos proyectos. Queremos compartirles que Feminopraxis pronto lanzará una publicación impresa que será un verdadero reto para todas nosotras, pero sin duda, una manera de expandir los alcances del diálogo feminista, iniciativa que nos llena de entusiasmo. Además, este año celebraremos nuestro primer aniversario, del cual queremos que todxs sean parte del festejo que tenemos preparado.

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