Cuando nuestra voz  se convierte en nuestra arma y después quieren dispararnos con ella.

Por Karla Amozurrutia*

“Nos damos cuenta de la importancia de nuestra voz cuando somos silenciadas”

Malala Yousafzai

Si una se atreve a alzar la voz para denunciar el acoso sufrido, la violación cruda, el hostigamiento permanente o esporádico, las prácticas discriminatorias, las agresiones callejeras, los abusos de sus jefes, la objetivización en el ámbito artístico, los tocamientos no consentidos, el lenguaje denigrante, los discursos que maltratan y minimizan a la mujeres, la violencia política, la misoginia generalizada y socialmente aceptada, el machismo de los amigos o parejas y muchas otras prácticas sociales, rasgos de un funcional sistema patriarcal, una tiene que estar preparada mental, física y psicológicamente para todo tipo de embates, todo tipo de justificaciones, todo tipo de hipótesis, todo tipo de juicios, todo tipo de disertaciones verbales que acaban en acusaciones, todo tipo de insultos, todo tipo de vejaciones, todo tipo de respuestas y cuestionamientos propios de un pacto patriarcal defendido por el mismo sistema que lo ha promovido y consentido, de parte de ellos –los más-, los hombres que no soportan que se les señale como violentadores, como agresores, tampoco soportan que las mujeres se autonombren como víctimas en proceso de empoderamiento, porque pareciera que nadie nunca les ha explicado que para que haya una víctima seguro hay un victimario; para ellos las víctimas no existen, simulan un dolor creado, mienten por convivir o son producto de una actuación, al fin y al cabo las mujeres siempre han sido melodramáticas; basta con echarle un vistazo a la literatura e identificar a los personajes femeninos que así como tenían virtudes tenían defectos que afectaba su confiabilidad por el exceso de emotividad nublando su pensamiento, también podían perder la cordura por enamorarse hasta el cogote o donde su conocimiento era banalizado por aquellos que abanderaban la razón, cabe decir que hay sun honrosas excepciones, cada vez más. 

También podríamos hablar de la Edad Media donde el amor cortés, con sus variantes, sigue vigente, hasta llegar al primae noctis , también con sus variantes, pero práctica de hoy al fin y al cabo; podríamos disertar sobre el Renacimiento y el tópico clásico de la belleza contemplativa simbolizada en la mujer sin emociones, donde su función se limitaba a ser la musa estática para admirarla, ese maldito valor que heredó la época moderna y reconfiguró en símbolos estereotípicos que la estructura patriarcal ha erigido en su seno de consumo.

Pero regresando a mi punto, estamos en un momento en el que alzar la voz, nuestra voz lacerada, aún temblante, para visibilizar y erradicar las prácticas que nos violentan se convierte en una revictimización tortuosa para nosotras porque la normalización de la violencia de género se agudiza, se endurece y nos deja en un estado de incertidumbre mayor. Un acto de valentía y coraje se convierte en un acto de resistencia y aguante; por momentos pareciera que la gravedad del hecho vivido, del acoso, del abuso, de la agresión es menor frente a la reacción del embate enjuiciador de la sociedad que sigue la normativa patriarcal a pie juntillas de quemar a las brujas –las víctimas- frente a los ojos de todas y todos, evidenciándolas y cuestionándolas. El derecho a denunciar en una estructura patriarcal está negado para nosotras, el leitmotiv es generar el ambiente y las circunstancias propicias para callarnos, para ahogarnos de miedo, arrebatándonos el acceso a la justicia, la libertad y el derecho a vivir en paz.

Pero si hacemos una lectura más fina nos podremos dar cuenta que los que nos tienen miedo en realidad son ellos, los que mantienen un pacto patriarcal, así como lo escribía atinadamente Javier Raya: “si un hombre desea aumentar su capital político frente a otros hombres, es preciso que sostenga ese silencio cómplice: que no denuncie los comportamientos y actitudes machistas de otros hombres, que incluso ponga en duda la pertinencia de categorías como machismopatriarcado acoso sexual, para desestimar las denuncias contra otros hombres, sus pares: sus hermanos”, porque desenmascarar ese protectorado machista es una afrenta mortal para un sistema que ha funcionado así desde siempre, porque alzar la voz nos permite dejar huella y testimonio de esa impunidad –código del pacto patriarcal- que nos está matando. Porque hacerlo hoy, con todo en nuestra contra, es hacer camino para las niñas que se convertirán en mujeres jóvenes y adultas mañana y podrán hacerlo sin tanto obstáculo, porque alzar la voz es tirar el muro para las generaciones que vienen y para las que estamos hoy aquí, porque para esos que nos callan es peligrosísimo que nosotras construyamos redes y organización ofensiva, harán todo lo posible para evitarlo.

Entonces nuestra voz fuerte debe gritar los nombres, debe mostrar las caras y debe tirar el miedo que nos han tejido desde pequeñas por nombrar la realidad, nuestra realidad, nuestras marginación, nuestras molestias; la palabra es nuestra, debemos poseerla para nombrar aquello que se nos ha negado, porque el poder nunca ha sido una posibilidad real,  porque la piedra angular del pacto patriarcal en esta estructura dominante y capitalista es el uso de la palabra en discursos que describen su realidad, su cognición, la de ellos.

Así que el poder de la palabra decodificada en nuestra voz es un arma que debemos defender y con la que debemos seguir atacando porque querrán amenazarnos con ella, querrán volteárnosla y querrán convencernos de que no sirve de nada; pero después de leer y escuchar opiniones sobre los casos de Karla Souza, Sabina Berman y las miles de mujeres valientes que narramos nuestras historias de horror con el HT #YoNoDenuncioPorque  me di cuenta que esa es la estrategia, utilizar nuestra propia voz en nuestra contra. Así que nos toca defender nuestra arma y dar la batalla, porque lo de menos es el tiempo, ese no juega aquí, juega para ellos, nosotras manejamos ahora nuestro tiempo y nuestros momentos, así que el arma de cada una debe estar afilada frente a las fauces de los agresores que amenazan con destrozar nuestras lenguas.

Nuestra voz alzada es la daga que debe configurar una realidad distinta donde la convivencia sea pacífica y la equidad sea lo normal, lo necesario; una daga que debe ser la herramienta de otras que aún encierran su voz en el miedo. Alzar la voz es la posibilidad de abrir las cloacas de la impunidad machista y nuestro pacto feminista debe ser nunca callarnos, no más. 


 

*Karla Amozurrutia es egresada de Maestría en Lingüística Hispánica IIFl.
Profesora de asignatura en Desarrollo y Gestión Interculturales- FFyL/UNAM.
Profesora en Colegio Madrid.
Twitter: @Karliuxamoz

[Imagen cortesía de Pixabay]

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