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QUEJAS PERSONALES

Por Mónica Ceja* 

Estoy harta de sentirme insegura cada que camino sola, de tomar caminos más largos porque la calle está oscura y me da miedo ser atacada, de no poder salir sin un gas pimienta en el bolso o las llaves entre los dedos a modo de manopla, de que desconocidos me griten palabras morbosas que jamás pedí, de que me chiflen o que un desconocido me de los “buenos días” mientras recorre mi cuerpo con su mirada asquerosa. Estoy harta de ser más selectiva en la ropa que usaré cuando voy a salir porque lo admito, suelo pensar en que si uso short me gritaran más cosas a comparación de cuando uso pantalón.

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Mi cuerpo no es público.

El 21 de agosto se dio un gran paso en la historia de millones de mujeres en las diferentes luchas feministas, son ahora 4 los países de América Latina y El Caribe que NO han cambiado sus políticas autoritarias y misóginas para seguir prohibiendo algo que desde tiempos de antaño se ha practicado, preservando estas leyes lo único que se logra es que nuestras vidas sigan corriendo peligro, que nuestro futuro se vea opacado y que nuestra salud se atrofie. Seguir leyendo Mi cuerpo no es público.

La maternidad es un acto feminista

Por Karen Márquez Saucedo*
Tijuana, B.C., 3 de agosto de 2017

Reseña a Viaje al centro del útero. Diario de un embarazo, fanzine escrito y publicado por Inés de la Crass en mayo de 2016, en la Frontera Norte.

Hablar de maternidad desde una posición transfeminista, anarquista y punk, es convocarnos desde la ética, desde el reconocimiento de nuestras diferencias. Si a todo eso le sumamos un ser radical, sensible y brutalmente amoroso, podremos aproximarnos a la aventura de este viaje que aporta no solo al debate de la maternidad, sino del maternaje[1] y de la crianza.

La historia universal nos ha heredado diversas representaciones de la feminidad en arquetipos como Tlazolteolotl, Isis, Coatlicue, Eir, Kali, Venus, por mencionar algunas; y a través de ellas versamos sobre el rol de las mujeres en las diversas sociedades del mundo.

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Cuerpo vivido y machismo cotidiano

Salgo en la noche a correr a un parque concurrido, llevo unos minutos corriendo apenas y me percato que dos chicos están sentados en una banca, uno de ellos se para y hace el ademan de ir detrás de mi trotando”, dudo por un segundo  en lo que está sucediendo y cuando volteo, el chico disimuladamente trota hacia otra dirección y su acompañante suelta una carcajada.

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Que haya cuerpos que besen y tiemblen

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Erotismos, Thelma Nava

Cuerpos desnudos, visibles, palpables. Humedad y naturaleza. Viscosidad. Sudores, lágrimas, azúcar y sal. Mujeres, vulvas y pupilas exaltadas. Hombres, lenguas y falos extaciados; pliegues.

Mujeres que besan y tiemblan (2000) se me presenta en un estante de la biblioteca como una antología mexicana de poesía erótica femenina, a la que yo propondría un cambio de nombre por algo como “antología heteroerótica escrita por mujeres”, para no generar expectativas de diversidad sexual en sus contenidos. La voz poética de Jeannette Clariond podría –quizá-, desde mi lectura, librar la batalla de la heteronormatividad con Una noche en el huerto: “Tendida/ en el asiento del negro Chevrolet;/ los pliegues de la noche sobre tu piel desnuda, tu vientre agitado aún;/ abierta al ruido de jejenes:/ alborozo en la luz, / suave baño en tus muslos / en tus senos de racimos […]”.

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Love, Love, Love: “Osito, estoy hot”

Por Palmira Telésforo Cruz *

En la peligrosa y controversial era del sexting, un grupo de adolescentes incitaba a una chica indecisa a mandar un sms con una leyenda aprendida en una revista de “modas” en la peluquería. Osito, ven. Estoy hot.

Usamos estas revistas en talleres de feminismo, como un método fácil y múltiplemente evidente, de señalar las exigencias que el mundo de consumo establece como patrón de identidad de las mujeres: también sucede que ni las conocemos o rechazamos por inservibles y agresivas, pero resultan relevantes como lugar de acceso a la información, de algunas de nuestras mujeres más jóvenes, sobre todo, quienes se encuentran en circunstancias de vulnerabilidad por sus condiciones de carencia económica y/o abandono familiar.

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Hombre, mujer o nada*

Por Maria Gourley**

Diversidad Sexual.

La intersexualidad propone en sí misma un debate que sobrepasa la demanda de derechos por parte de una porción de la sociedad o para un grupo específico y nos exige una nueva forma de reflexión que supere las subjetividades y se centre en preceptos legales, constitutivos y organizacionales a partir de lo estructural, para una construcción de género autónoma e independiente de la genitalidad

 

El tema de la pluralidad sexual es extenso y su reconocimiento en la era moderna se generó desde una perspectiva antropológica y feminista, y para la igualdad de derechos de la población homosexual. La sociedad postmoderna aunó a la demanda derechos para los sectores bisexual y transgénero, principalmente. Esto ha simbolizado una afrenta a la sociedad disciplinaria sin duda, ya que su estructuración se ha cimentando en dos identidades sexuales y de género que nos categorizan en un sistema compuesto por dos elementos complementarios: femenino y masculino.

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Perfecta*

Por Playa Medusa**

En las críticas que hacemos a los medios de comunicación y la industria de la ropa sobre los cuerpos que representan (que deberían ser más y más contundentes y proactivas), hablamos de ese ideal de perfección estética que nos imponen. Solemos protestar porque en esta cultura, si queremos ejercer algún poder, tenemos que lucir como las modelos de cuerpo perfecto, o si no, patada en el culamen celuloso. Nos quejamos de que nuestras imperfecciones no tienen cabida en su mundo de muslo mínimo, melenaza y bisturí.

Hay algo que me chirría. Si nos referimos a esas antirepresentaciones de las mujeres como “cuerpo perfecto” estamos asumiendo y por tanto reforzando la idea de que es así como los cuerpos “tienen que ser”, aunque por otro lado añadamos la posibilidad de desviarnos de la norma. Me explico: si crees que la katemós de turno tiene efectivamente un cuerpo perfecto, no estás criticando en realidad el dispositivo de guerra contra nosotras que esas imágenes conforman.

Propongo verlo desde otro ángulo: eso no son cuerpos perfectos sino modelos patriarcales para la disminución y masculinización del cuerpo de la mujer (en singular, como construcción abstracta). Esos huesos largos y ese pellejo no son (necesariamente) bellos. Languidez, artificio, hipérbole pectoral y reducción abdominal… no tienen que ver con la hermosura.

Un cuerpo bello a rabiar (por ejemplo el mío. O el tuyo) es el que se expresa en un código personal descifrado en el desempeño de sus propias funciones.  Es decir, un cuerpo que retoza satisfecho en su misma corporeidad. Textualidad rica y jugosa de carne y palabra pulsátil. Un cuerpo que desvela su mensaje en asalto a tus sentidos.

Critiquemos (¡mucho!) a esos otros cuerpos malignos de tinta, píxel y cuchillo. No los llamemos perfectos, no lo son.


Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Perfecta fue originalmente publicado en el blog de Playa Medusa el 16 de febrero de 2017

**Playa Medusa es aspiradora de libros y productora de leche. Vive en un remanso nórdico y, cuando baja a Madrid, la cerveza con calamares fríos en la barra más sórdida le hace llorar de alegría. Filóloga revenida, profe revientacosturas, máster en género y culo gordo e inquieto siempre buscándole a les gates todos los pies que puedan tener. Colecciona excedentes mentales en playamedusa.blog

Ponte en contacto con ella en Twitter 

La imagen de cabecera fue tomada de la página de Cultura Colectiva (autor/a desconocidx)

El problema de «ser mujer»

Por Rosario Ramírez*

Desde hace algunos años sigo con particular atención el blog “El camino Rubí[1]” de Erika Irusta; mujer Vasca, pedagoga especialista en pedagogía menstrual y descrita a sí misma como “Coñoescritora”. Encontrarme con ella y su particular forma de escribir ha sido para mi y para mi trabajo un respiro, un alivio, una catarsis, un espacio donde leo y veo muchas de esas opiniones y posturas que, reconozco, la mayor parte del tiempo no soy capaz de traducir en palabras, pero sí en emociones. La disfruto, le aprendo. Sus contribuciones hacia desmontar muchos tabúes acerca de la feminidad, del cuerpo y de la menstruación me han colocado en un lugar en el cual, más que resolver parte de mis intereses de investigación –enfocados en la espiritualidad femenina, sus repercusiones sociales, emocionales y corporales-, me han generado un sinnúmero de preguntas acerca de diversos discursos que circulan y se encarnan en lo más profundo de nuestros cuerpos, sobre todo cuando habitamos un cuerpo de mujer.

Hace unos meses en el blog citado, Irusta publicó un texto que lleva por título “El cuento del conflicto con la feminidad[2]”, lo leí y me fue imposible no recordar cuántas veces escuché hacia mi -y hacia otras mujeres- que mis dolencias, mis problemas emocionales, relacionales y afectivos tenían que ver con “mi conflicto con la feminidad” o con la “falta de reconocimiento de mi ser mujer”. Pero ¿qué sugiere o qué hay detrás de esta respuesta y esta noción tan “popular”?

En el siglo XIX el cuerpo femenino no era más que una serie de partes que había que estudiar, comprender y sanar, principalmente porque en él se condensa y se encarna la noción social y religiosa del “milagro de la vida”. Desde la visión decimonónica, el cuerpo de las mujeres era un cuerpo enfermo que se centraba en un coctel  hormonal y fisiológico que era desconocido y que había que abordar y explicar de algún modo. Ejemplo de este tipo de enfoques fue la caracterización y tratamiento de la histeria[3], pero también la forma en la que desde el discurso médico, se creo una noción de otredad: el cuerpo femenino se consideraba un misterio en sí mismo.

Aludir a la feminidad resulta confuso dado que lo que coloquialmente entendemos como “lo femenino” está relacionado con una serie de estereotipos y roles de género donde las mujeres somos siempre valoradas como inferiores o diferentes, “el otro negado”, como decía Ortner[4]. Sin embargo, hay una serie de ideas que se arraigan y se identifican como elementos característicos: el cuidado hacia otros –incluyendo, por supuesto, la maternidad-, la debilidad física, lo emocional exacerbado, el amor incondicional, la imposibilidad de darnos soporte entre nosotras,  e incluso es usado como un insulto cuando se aplica hacia un varón. Sin duda, lo que hay detrás de este ser femenino es una visión hegemónica que, como dice Rosales[5], alude a “serie de normativas que intentan imponerse como verdaderas y naturales acerca del ser mujer, es decir, que encuentra una relación lineal entre el sexo biológico y aquellas características, cualidades y papeles que se consideran propiamente femeninos” (2006: 23-24).

Pero, ¿estamos en condiciones de hablar de UNA forma particular y universal de ser mujer? Lo femenino es una categoría móvil que se ha resignificado desde cada cultura y casi desde cada cuerpo. Lo que para una mujer es la realización plena, puede ser para otra algo poco significativo. Al hablar de modelos de identidad anclados en el cuerpo, no nos alcanza la vida para cubrir cabalmente las normativas que establecen lo que uno es, lo que no es, y menos aún, lo que se debe ser. Los modelos nos han servido para explicar la realidad, pero a veces esa realidad supera los límites de las formas en las que hemos intentado explicarla.

Un último elemento es, como menciona Irusta, exigir que nos tomen en serio cuando algo nos duele, nos angustia, nos lastima; y no sólo en términos emocionales, sino físicos. Sabemos que los padecimientos y enfermedades prenden focos rojos en el cuerpo para hacernos saber que hay algo que atender, pero conformarnos con una respuesta que alude a nuestro “problema con la feminidad”, parece no resolver demasiado y banaliza, una vez más, lo que ocurre en nuestros cuerpos ¿acaso seguimos siendo ese “otro negado” desde nosotras mismas? Lejos de dar una opción que permita atender nuestras angustias, se nos coloca enfrente la impronta de “ estar conectadas” con nuestro ser femenino. El asunto es ¿con cuál? ¿la noción social? ¿la de género? ¿la que dicta mi propia historia de vida o mi identidad? ¿cómo se resuelven esos conflictos?

No se puede negar que las emociones y los contextos tienen una repercusión en el cuerpo y su funcionamiento, desde el amor hasta el estrés o las pérdidas encuentran un espacio dónde manifestarse; pero también es cierto que como seres humanos no podemos definirnos en función de entendernos como seres problemáticos con respecto a lo que otro/a supone que debemos ser. Existen diversas técnicas que apelando a una terapéutica del sí mismo y de la autoayuda han utilizado el discurso del conflicto con lo femenino como eje fundamental para lograr que las mujeres se reconecten con esa parte no reconocida de sí mismas. Estas técnicas pueden funcionar –o no- a partir de la experiencia individual, lo que hay que apuntar es que, aún asumiendo esa falta y los procesos para sanarla, lo femenino no puede ser definido como un bloque que nos constriña y que nos aplaste por no encajar en un estándar o en una idea que difícilmente se logra de una vez y para siempre.

Más que plantear un conflicto con la feminidad, podemos comenzar por aceptar que estamos ya en un contexto donde las desigualdades nos construyen, constituyen y se encarnan. Que lo que nos toca es generar estrategias de autocuidado y de autoconocimiento que nos permitan habitar y cuidar nuestros cuerpos, emociones y todo aquello que nos hace ser, pero no desde la falta, sino desde la conciencia de nuestro lugar en el mundo, desde nuestras potencialidades y desde el cuidado necesario para cumplir nuestras propias funciones, expectativas o ideales de lo que nosotras mismas pensamos que es lo mejor para nuestra vida y nuestro contexto. Hablar de “tu feminidad” da en sí misma la idea de una construcción propia. Al atender nuestros dolores y enfermedades, no nos faltamos a nosotras mismas, nos habitamos y nos reconocemos. Quizá nuestra tarea sea dejar de definirnos como seres desconectados y ausentes, el cuerpo nos da una materialidad que nos muestra todo aquello, interno y social, que nos constituye; pero no podemos dejar que los discursos que nos vuelven a colocar como seres inferiores, encerrados, desconectados y conflictivos nos afecten al momento de tomar en nuestras manos nuestra salud e integridad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Rosario Ramírez

Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

Puedes contactar a Rosario en sus cuentas de TwitterFacebook.

La imagen de cabecera es de Agustina Guerrero: Diario de una volátil 


Notas de la autora:

[1] http://www.elcaminorubi.com

[2] Imperdible y disponible en: http://www.elcaminorubi.com/el-blog/336-el-cuento-del-conflicto-con-la-feminidad/

[3] Un ejemplo cinematográfico al respecto es esta película: https://www.youtube.com/watch?v=K4qK8M5HCJY

[4] ORTNER, Sherry (1996) Making Gender . The politics and erotics of future. Boston Beacon Press.

[5] ROSALES, Adriana (2006) Género, cuerpo y sexualidad. Un estudio diacrónico desde la Antropología social. Tesis de Doctorado en Ciencias Antropológicas, UAM-Iztapalapa, México.

¿Apariencia o Currículum?

Por Rosario Ramírez*

Hace unas semanas en México hubo toda una discusión acerca del acoso a propósito de un caso que acaparó varios medios y la atención de muchos usuarios de redes sociales, ya que se trataba de la denuncia pública de una mujer a la que un taxista llamó “guapa”. Tamara, conocida en el mundo de los blogs y del twitter como Plaqueta, denunció a su acosador ante la Justicia Cívica y el sujeto en cuestión fue acreedor a una falta administrativa por su “piropo”. Esta noticia, en muchos sentidos, sentó precedentes acerca de que el acoso puede y debe ser sancionado y, además, probó que las mujeres podemos denunciar estos hechos para estar y sentirnos más seguras en nuestro andar cotidiano[1].

El acoso es un tema que desde hace tiempo es parte de la agenda feminista y se ha colocado como un hecho social que ha permitido visibilizar un tipo de violencia que parecía naturalizada. Ha suscitado discusiones y reflexiones múltiples acerca de su definición y alimentado estudios sociológicos y antropológicos al respecto de sus repercusiones sociales[2].

Estos breves antecedentes sirven de marco para colocar otro tema no menos importante –y tampoco tan desconectado de lo anterior- y es la consideración de las mujeres y sus capacidades para conseguir o mantener un empleo. Mis búsquedas de trabajo y la de mis colegas me han puesto enfrente una serie de elementos que mi ser feminista y mi ser mujer no han podido ignorar: me refiero a las diferencias y desigualdades que se hacen visibles al momento de acceder a los empleos y que nos colocan en un sitio subordinado a partir de elementos que no necesariamente remiten a nuestras capacidades, formaciones y habilidades.

Son bien sabidas  las distinciones y preguntas a las que nos sometemos al momento de concursar o buscar algún trabajo: si somos casadas o no, si somos madres o si pensamos serlo, pasar por una prueba obligatoria de embarazo y, si somos casadas, entonces hay que responder si “el marido nos deja trabajar” y un largo, pero muy largo etcétera. A todo esto se suma la evaluación no sólo de una “excelente presentación”, sino de una prueba de corporalidad, o sea, si eres bonita o no (¡y del peso ni hablamos!)

Hace poco escuchaba la historia de una colega que contaba que cuando fue a una entrevista de trabajo quien sería su jefe directo le dijo que su “plus” es que “además de inteligente, era guapa” –Seguido de un acercamiento físico, razón por la cual no volvió a presentarse en la oficina-. A mi también me lo dijeron alguna vez y la respuesta que, supongo, me descartó como candidata para el empleo fue que, si soy guapa o no, es curricularmente irrelevante para los fines del trabajo que me estaban ofreciendo. Otra historia similar me la compartió una vieja amiga de la universidad, quien contaba que en una llamada para concertar una entrevista de trabajo el hombre de recursos humanos le dijo que ya la había buscado por redes sociales y que, como era bonita, entonces sí le podía agendar la cita para la entrevista.

Otras más cuentan y contamos que ya en un espacio laboral no sólo se vive un acoso constante por parte de compañeros y jefes (hombres y mujeres por igual), sino la evaluación constante de los cuerpos por parte de los colegas de trabajo y la vigilancia de una normativa social que establece que sí o sí, una mujer tiene la obligación de verse bella y deseable para cumplir sus objetivos. Por supuesto, hay que mencionar también la caracterización de las mujeres como seres capaces de hacer y cumplir sólo algunas tareas que no impliquen decisiones estratégicas para el colectivo, sino tareas menores en comparación con aquellas que son destinadas a los varones. En este sentido se entra en juegos de poder vinculados con una serie de roles y estereotipos estigmatizantes tales  como si eres mujer y estas en un puesto alto es porque te acostaste con alguien o eres “muy cabrona”; y si no tienes puestos estratégicos, es porque simplemente “eres mujer y no puedes”, aún cuando estés perfectamente capacitada para hacer y ejercer cualquier tipo de puesto y tarea.

Con todo esto me detuve a pensar en varias cosas: ¿por qué la apariencia física determina las capacidades de una persona? ¿Qué diferencia hay entre el “guapa” denunciado por Tamara y el stalkeo de quien contrataría a mi amiga  o el jefe acosador de mi colega? ¿Por qué las mujeres, antes de nuestras capacidades, somos (y debemos ser) un cuerpo deseable? Y finalmente ¿Cuántas mujeres han pasado por este tipo de comentarios y situaciones para tener o mantener un empleo?

Desde hace varios años se ha registrado un porcentaje mayor de mujeres que obtienen grados académicos altos –de maestría y doctorado en diversas disciplinas- e incluso hay quienes han hablado de la feminización de los estudios superiores en el país[3]. Aun con estos datos, las mujeres con formaciones superiores nos enfrentamos no sólo a la precarización laboral y a la poca oferta de espacios donde poder ejercer nuestros saberes con un salario justo y en igualdad de condiciones, también nos enfrentamos al trato desigual de  quienes aprovechando su lugar estratégico evalúan al “otro” en función de una serie de atributos que no necesariamente son relevantes para llevar a cabo una labor específica. ¿Apariencia o currículum?

Valdría la pena pensar, en este ejercicio de visibilización de las desigualdades y de las múltiples formas de discriminación, qué tanto hemos naturalizado también estas actitudes hacia nosotras mismas y hacia otras en el ámbito laboral, qué juegos de poder se colocan en la mesa y se ven cuestionados si salimos de este ejercicio de evaluaciones y acoso consentido. Hasta dónde nuestra formación, pero también nuestras posibilidades como mujeres nos permiten llegar en un mundo donde la precarización laboral nos deja en un espacio que, aún con avances significativos, en el ámbito práctico y microsocial sigue siendo profundamente discriminatorio para las mujeres por el simple hecho de serlo.

Sirva este texto no sólo como denuncia, sino como la búsqueda por dignificar nuestros saberes, como una forma de seguir desmontando esos discursos velados que nos colocan como seres inferiores para realizar un trabajo, para darle el valor y peso a nuestras formaciones y decisiones y para exigir espacios laborales en un marco de respeto y dignidad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

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Notas de la autora

[1] Por supuesto, no dejo de lado que a raíz de esta denuncia hubo muchas reacciones negativas y acoso, en este caso virtual, hacia Tamara a través de tuits y mensajes en las notas que cubrieron su caso. Ella misma compartió a través de varios medios algunos de los comentarios que recibió y se encuentran en este video: https://www.youtube.com/watch?v=6qik003HNiQ

[2] Entre los trabajos que abordan esta temática encontramos a Ramírez, Estrella (2017) El piropo como construcción de la imagen femenina y su corporalidad, tesis para obtener el grado de Licenciada en Sociología. UAEMex, México; Lichinizer, Daniela (2014)  Del piropo al acoso callejero: Relaciones de poder entre mujeres y hombres en el espacio público, tesina para obtener el grado de Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires; y Gaytán, Patricia (2009) Del piropo al desencanto: un estudio sociológico. Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, México.

[3] Entre ellos encontramos los trabajos como “Mujeres y educación superior en México. Recomposición de la matrícula universitaria a favor de las mujeres repercusiones educativas, económicas y sociales” de Olga Bustos.

Disponible en: http://www.culturadelalegalidad.org.mx/recursos/Contenidos/Estudiosacadmicosyestadsticos/documentos/Mujeres%20y%20educacion%20superior%20en%20Mexico.pdf

Y el análisis de Karina Sánchez en “La feminización de la matrícula en la Educación Superior en México. Aportes desde la sociología de la educación”.

Disponible en http://elmecs.fahce.unlp.edu.ar/v-elmecs/actas-2016/Sanchez.pdf