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Escribir desde la Rabia

Por Karina Esmeralda Gallegos Bañuelos*

Hoy me he despertado y la verdad no he pasado una buena noche. Quiero escupirles a la cara a todos los que me acosan en la calle, tengo poca paciencia con los funcionarios públicos al llenar un montón de papeles sobre mi situación de violencia que sé, terminará archivada, estoy harta de estar parada en  esta fila por 7 horas para ser atendida y me den una hoja que diga que mi ex pareja no se puede acercar a mi o mis hijes, pero que no garantiza que él dejara de venir a mi casa, matar a mi perro, seguirme en la calle, esperarme afuera de mi trabajo o buscar la oportunidad para que mis hijes se vayan con él. Estoy cansada de irme a una casa de protección, de dejar mí trabajo, de alejarme de mis amigos o familia y que él esté en casa tranquilo, camine por la calle tranquilo, vaya a donde quiera tranquilo, mientras yo estoy con miedo por él. Continue reading “Escribir desde la Rabia”

Diana Quer, el sangriento cierre de la violencia de género en el estado Español. La violencia machista tiene su propio orden, cuando eternamente solo son “supuestos”.

Por Soledad Castillero Quesada*

Diana Quer: “Me estoy acojonando, un tío me está siguiendo” Le contaba a un amigo por Whatssap minutos antes de que le robaran la vida. Continue reading “Diana Quer, el sangriento cierre de la violencia de género en el estado Español. La violencia machista tiene su propio orden, cuando eternamente solo son “supuestos”.”

El silencio que ellos nos impusieron

La violencia no tiene raza, clase, religión o nacionalidad, pero tiene género[…] El meollo de este conflicto es la pandemia de violencia que los hombres ejercen contra las mujeres, tanto violencia ejercida en la intimidad como la ejercida por extraños

Los hombres me explican cosas, Rebeca Solnit.

Por mucho tiempo pensaba cómo era posible que un padre violara a su propia hija, o cómo un padre puede vender a su hija a un proxeneta por un costal de arroz, o por una vaca. Por mucho tiempo me pregunté por qué hermanos se referían a sus hermanas como putas y las presentaban a sus amigos para pasar el rato. O me preguntaba por qué cuando una joven mujer salía embarazada, su familia decía que ya no valía nada y se le castigaba limpiando y cocinando para todos. O por qué la crianza tradicional tiene que ir acompañada de golpes e insultos cuando se te tacha de niña rebelde. Y claro, preguntar eso era encontrar respuestas como: “ay, es normal, esas cosas pasan hasta en las mejores familias”, “sólo dios sabe”, “ni modo, esa vida le tocó”. Respuestas simples y alineadas a cosas trascendentales.

Hoy que los feminicidios, la violencia doméstica y miles de violencias machistas perpetradas por propios y extraños han sobrepasado los límites del supuesto Estado de derecho y de la convivencia social a nivel global, miles de hermanas muertas nos llevan forzosamente a replantear: ¿de dónde nace ese deseo, esa creencia, esa educación y modos de vivir, donde hombres de nuestra familia, cercanos o lejanos nos dicen quiénes somos, qué debemos hacer y cómo comportarnos? ¿De dónde viene ese aire de superioridad para que en la escuela y el trabajo los compañeros, maestros y administradores nos expliquen las cosas a su modo y que naturalicen que así son? ¿De dónde viene esa indiferencia institucional y estatal a los miles de cuerpos de nuestras hermanas ya sin vida?

La constante violencia a nosotras es parte de un proceso histórico que se sustenta en el poder patriarcal-Kyriarcal; es decir, en los diferentes momentos de nuestra historia global, regional, nacional, local y familiar los hombres han sido gobernantes, representantes de dios en la tierra, amos, padres, patriarcas, legisladores, administradores de almas y cuerpos, escritores y creadores. Históricamente configuraron el mundo para naturalizar la violencia de ellos hacia nosotras partiendo de la casa paterna a los espacios públicos, todo legislado por la tradición y los contratos sociales de la modernidad. Y las mujeres que trasgredían las normas, los comportamientos y las palabras del poder kyriarcal, terminaban como hoy seguimos terminando: quemadas, vendidas, violadas, humilladas, asesinadas. Y así, poniendo castigos ejemplares, ellos pactaron al darnos un apellido, constituciones, pasaportes, ciudadanías, títulos académicos, contratos laborales, pago de horas extra ante la explotación, propinas por ser “linda”, halagos-insultos enfocados a nuestra sexualidad, o por habernos convertido en madres. Ellos nos victimizaron al encasillarlos en una condición biológica sin derechos y libertades, y por ser propiedad del padre, del esposo, del señor, del amo, de Dios y del Estado, legislaron sin haber pedido nuestra opinión o nuestra presencia. Y ellos dijeron públicamente que estábamos de acuerdo. Y por eso nos negaron la voz.

Ellos, históricamente han pactado para protegerse unos a otros mediante leyes, nacionalismos, patriotismos y mercados de consumo, al grado de romper la mágica idea de la familia ideal, pues han sido las feministas y las personas que se asumen desde identidades sexuales no heteronormales quienes le han dado un nuevo sentido a lo que es ser familia y comunidad sin que seamos propiedad de nadie. Así por ejemplo, que al tomarnos declaraciones en los ministerios públicos por desaparición, violación o violencia doméstica, los funcionarios dicen que por “algo nos lo hicieron nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros maridos, nuestros jefes, nuestros ministros religiosos”. Es suponer que algo hicimos o consentimos para que nos violentaran de esas maneras. Y así se lavan las manos para hacer de nuestros casos una estadística más. Ellos nos vigilan y censuran  en tiempos de alegría. Por ejemplo, sí estamos juntas creando o celebrando, no faltará un “amigo” que diga “bromeando”: “he venido a controlarlas”, como me pasó junto a unas amigas, hace menos de un mes. No faltará quien al vernos reunidas en marchas o manifestaciones nos digan: “pinches viejas locas, pónganse a hacer algo productivo.” Todo esto será con el fin de volvernos a callar y dudar de nosotras mismas. 

¿Qué efecto tiene el silencio en nosotras? Aquí quiero traer a la reflexión a Rebeca Solnit, con su libro Los hombres me explican cosas donde en diversos ensayos plantea cómo al negarnos la palabra, el siguiente acto es la violencia y el acto más extremo es el asesinato (feminicidio).

El silencio, como el infierno de Dante, tiene sus círculos concéntricos. El primero es el de las inhibiciones internas, inseguridades, represiones, confusiones y la vergüenza que hacen de difícil a imposible hablar, y que van de la mano del miedo a ser castigada o condenada al ostracismo por hacerlo. Rodeando este círculo se encuentran las fuerzas que intentan silenciar, sea mediante la humillación, el acoso o el uso de la violencia directa, incluyendo violencia que conduce a la muerte, a quien de todas maneras se esfuerza en hablar. Por último, en el más exterior de estos círculos, cuando la historia ya ha sido contada y el hablante no ha sido silenciado directamente, se desacredita la historia y al que la relata.

Así que sabiendo e informándonos de cómo funcionan los pactos de silencio que esa cultura kyrialcal nos ha impuesto, el hablar de nuestros dolores, furias y reivindicaciones en lo público y lo privado es un acto de justicia a nosotras mismas, porque evidenciamos que nosotras ya no seremos parte del trato. Sabremos que al retar con nuestros actos lo que el padre, el amigo, el hermano, el esposo nos digan, nos van a querer decir: “mira, yo acepto tu ideología, y esta bien que seas lo que seas, pero las cosas son así” y vamos a tener que resistir. Sabiendo cómo funcionan los pactos de silencio y complicidad entre el privilegio masculino y sistemas políticos corruptos, haremos esfuerzos por hacer de la sororidad entre mujeres más que una palabra bonita; la podremos cargar de toda su fuerza política. Al saber cómo funcionan los pactos de silencio entre hombres, será mas fácil para nosotras identificar quienes son nuestros aliados y no victimizarnos, no consentir más en nombre del amor, de Dios, de la Patria y demás para que vuelvan a pasar sobre nosotras. Ellos sabrán que no queremos limosnas de su estado de derecho, ellos sabrán que su justicia falocéntrica no es más fuerte que la fuerza de nuestros ovarios. Ellos sabrán que hemos roto los pactos de silencio.

Somos muchas y nos faltan más

(A propósito de la marcha interna en CU en contra de la violencia de género en la UNAM y repudiando el feminicidio de Lesvi Berlín). 

Por Karla Amozurrutia*

“El problema de género es que prescribe cómo tenemos que ser, en vez de reconocer cómo somos realmente. Imagínense lo felices que seríamos, lo libres que seríamos siendo quienes somos en realidad, sin sufrir la carga de las expectativas de género.”

Chimamanda Ngozi Adichie 

Arrebatarle la vida a cualquier ser humano no sólo es un delito sino un acto de cobardía, pero quitársela a una mujer, ayer como hoy, seguirá siendo muy grave; tal vez lo que digo sea una obviedad, pero pareciera que hay que recordar cada vez que hay un feminicidio la historia de las mujeres, de sus muertes, de la sangre derramada, de toda la lucha que han y hemos generado para que se entienda que a lo largo de los años quienes han sido excluidas y denigradas en la sociedad hemos sido, nosotras las mujeres. El feminicidio no es una muerte más, es arrebatarle la vida a una mujer por el sólo hecho de ser mujer, la violencia ejercida en ella en vida como en la muerte es lo que contextualiza este concepto descriptivo y terrorífico.

 
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