El último mensaje que leí antes de irme a dormir fue el del mi tío: “ha habido un poco de problema en Reinosa pero aquí el cartel del Golfo lo tiene todo bien cuadriculado. Igualmente ya cerré el negocio y voy para la casa”. Después de leer su mensaje, me venció el cansancio. Eran casi las dos de la madrugada en Madrid.
Mis amigas más cercanas, también fuera de México, han estado recibiendo mensajes que hablan de balaceras, calles desiertas y sobre todo miedo, mucho miedo. Dos de ellas son de Jalisco, no me imagino cómo se están sintiendo. Jalisco es ahora mismo (aunque desde hace años) epicentro del horror. Una me dice esta mañana: “pinche sensación rara porque para mí es una angustia brutal, pero lxs que están allá son ellxs”. Yo le respondo que la incertidumbre es más grande cuando estás lejos, ella me dice que sí, pero que además nosotras sabemos lo que es no vivir con tanta violencia. Ahí se me rompe el corazón. Y vuelvo a llorar de nuevo.
Me desperté llorando, aunque casi no dormí. Es pura impotencia, esta frustración de no poder ni abrazar a alguien, de acompasar respiraciones y decir bajito al oído, “tranquila”. La distancia es perra, es un desgarro que te abre la carne. Un entumecimiento en las tripas y una especie de frío que quema el pecho. Dan ganas de salir corriendo, de dejarlo todo y volver, pero ¿a dónde volver? Este pinche extravío no nos deja ver la ruta ni el camino de vuelta… a casa.
Pero también angustia, mucha angustia de lo que se viene. Las imágenes en bucle del horror. Que si el Mundial, que si los gringos, que si la DEA o Donald Trump. El narco, los empresarios, el ejército, las elites locales, los secuestros, los desaparecidos, las asesinadas, todo un remolino en la cabeza.
Estar lejos es un pinche privilegio. Ver a nuestras hijas y sobrinas crecer sin esa violencia asesina. Verlas correr en la calle cuando vamos al super. Jugar con ellas en la playa. Ser niñas, no perder la inocencia. Ser niñas sin infancias robadas. Pinche privilegio más cabrón.
Y aún así nos dolemos, nos rompemos, nos desesperamos.
Lloramos y decimos hoy no. Gracias.
No quiero hacer ningún análisis político de la situación en México, tampoco quiero leerlos, ahora mismo ni me sirven, ni me calman. Ni los de aquí, ni los de allá. Solo tengo la necesidad constante de preguntar ¿cómo estás?
Y no quiero que desde aquí me expliquen cómo funciona mi país, porque no me importa lo que piensen. No porque no puedan hacer un análisis afinadísimo de la telaraña de poderes, del imperialismo, del capitalismo o de México. Claro que pueden hablar de México, seguro que en otro momento lo agradezco, pero ahora mismo no me calma. No tengo el reposo mental suficiente para entender cómo se juntan las letras y forman palabras.
Tampoco tendría que haber escrito este texto, porque lo único que quiero es decir: hoy no. Y lo único que quiero es hablar con mi mamá, o escribir en el chat que tenemos seis mexicanas fuera de nuestra tierra y que a fuerza de distancia nos ha hecho hermanas, y encontramos un poco de escucha y de comprensión en forma de stickers.
Hoy no plebe. Hoy no. Gracias.









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