Archivo de la etiqueta: cuerpo de mujer

Botón

 

Por Sema Dola*

Non, agora non
Teo de coser un botón
L’abertura que me facía
la camisa
engrandóse
y esta mañana
enseñé-y los pechos
al caxeru del bancu
Firmé una nueva tarxeta
nun supi dici-y que non Seguir leyendo Botón

Sin pelos en la lengua, pero sí en otras partes del cuerpo

Por Charly Flores*

Pelos, pelos, pelos…

Las mujeres hablamos mucho de esto ¿saben?

Hace unas semanas estaba hablando de vaginas con un par de amigas que en algún momento de la conversación me preguntaban si nunca me había intentado rasurar “ahí abajo”. Mi respuesta fue que no, en absoluto, y así mismo les pregunté si ellas sí lo habían hecho.

Recuerdo en un primer momento la risita tonta que pusieron (aunque lo digo sin ánimos de ofender) y después como me decían, ambas, que sí, que lo habían hecho alguna vez para ver “que se siente” y en general dijeron que no era cómodo y que picaba.

Pero oye, ¡claro que no es cómodo! Te estas arrancando algo de ti.

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La maternidad es un acto feminista

Por Karen Márquez Saucedo*
Tijuana, B.C., 3 de agosto de 2017

Reseña a Viaje al centro del útero. Diario de un embarazo, fanzine escrito y publicado por Inés de la Crass en mayo de 2016, en la Frontera Norte.

Hablar de maternidad desde una posición transfeminista, anarquista y punk, es convocarnos desde la ética, desde el reconocimiento de nuestras diferencias. Si a todo eso le sumamos un ser radical, sensible y brutalmente amoroso, podremos aproximarnos a la aventura de este viaje que aporta no solo al debate de la maternidad, sino del maternaje[1] y de la crianza.

La historia universal nos ha heredado diversas representaciones de la feminidad en arquetipos como Tlazolteolotl, Isis, Coatlicue, Eir, Kali, Venus, por mencionar algunas; y a través de ellas versamos sobre el rol de las mujeres en las diversas sociedades del mundo.

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Perfecta*

Por Playa Medusa**

En las críticas que hacemos a los medios de comunicación y la industria de la ropa sobre los cuerpos que representan (que deberían ser más y más contundentes y proactivas), hablamos de ese ideal de perfección estética que nos imponen. Solemos protestar porque en esta cultura, si queremos ejercer algún poder, tenemos que lucir como las modelos de cuerpo perfecto, o si no, patada en el culamen celuloso. Nos quejamos de que nuestras imperfecciones no tienen cabida en su mundo de muslo mínimo, melenaza y bisturí.

Hay algo que me chirría. Si nos referimos a esas antirepresentaciones de las mujeres como “cuerpo perfecto” estamos asumiendo y por tanto reforzando la idea de que es así como los cuerpos “tienen que ser”, aunque por otro lado añadamos la posibilidad de desviarnos de la norma. Me explico: si crees que la katemós de turno tiene efectivamente un cuerpo perfecto, no estás criticando en realidad el dispositivo de guerra contra nosotras que esas imágenes conforman.

Propongo verlo desde otro ángulo: eso no son cuerpos perfectos sino modelos patriarcales para la disminución y masculinización del cuerpo de la mujer (en singular, como construcción abstracta). Esos huesos largos y ese pellejo no son (necesariamente) bellos. Languidez, artificio, hipérbole pectoral y reducción abdominal… no tienen que ver con la hermosura.

Un cuerpo bello a rabiar (por ejemplo el mío. O el tuyo) es el que se expresa en un código personal descifrado en el desempeño de sus propias funciones.  Es decir, un cuerpo que retoza satisfecho en su misma corporeidad. Textualidad rica y jugosa de carne y palabra pulsátil. Un cuerpo que desvela su mensaje en asalto a tus sentidos.

Critiquemos (¡mucho!) a esos otros cuerpos malignos de tinta, píxel y cuchillo. No los llamemos perfectos, no lo son.


Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Perfecta fue originalmente publicado en el blog de Playa Medusa el 16 de febrero de 2017

**Playa Medusa es aspiradora de libros y productora de leche. Vive en un remanso nórdico y, cuando baja a Madrid, la cerveza con calamares fríos en la barra más sórdida le hace llorar de alegría. Filóloga revenida, profe revientacosturas, máster en género y culo gordo e inquieto siempre buscándole a les gates todos los pies que puedan tener. Colecciona excedentes mentales en playamedusa.blog

Ponte en contacto con ella en Twitter 

La imagen de cabecera fue tomada de la página de Cultura Colectiva (autor/a desconocidx)

El problema de «ser mujer»

Por Rosario Ramírez*

Desde hace algunos años sigo con particular atención el blog “El camino Rubí[1]” de Erika Irusta; mujer Vasca, pedagoga especialista en pedagogía menstrual y descrita a sí misma como “Coñoescritora”. Encontrarme con ella y su particular forma de escribir ha sido para mi y para mi trabajo un respiro, un alivio, una catarsis, un espacio donde leo y veo muchas de esas opiniones y posturas que, reconozco, la mayor parte del tiempo no soy capaz de traducir en palabras, pero sí en emociones. La disfruto, le aprendo. Sus contribuciones hacia desmontar muchos tabúes acerca de la feminidad, del cuerpo y de la menstruación me han colocado en un lugar en el cual, más que resolver parte de mis intereses de investigación –enfocados en la espiritualidad femenina, sus repercusiones sociales, emocionales y corporales-, me han generado un sinnúmero de preguntas acerca de diversos discursos que circulan y se encarnan en lo más profundo de nuestros cuerpos, sobre todo cuando habitamos un cuerpo de mujer.

Hace unos meses en el blog citado, Irusta publicó un texto que lleva por título “El cuento del conflicto con la feminidad[2]”, lo leí y me fue imposible no recordar cuántas veces escuché hacia mi -y hacia otras mujeres- que mis dolencias, mis problemas emocionales, relacionales y afectivos tenían que ver con “mi conflicto con la feminidad” o con la “falta de reconocimiento de mi ser mujer”. Pero ¿qué sugiere o qué hay detrás de esta respuesta y esta noción tan “popular”?

En el siglo XIX el cuerpo femenino no era más que una serie de partes que había que estudiar, comprender y sanar, principalmente porque en él se condensa y se encarna la noción social y religiosa del “milagro de la vida”. Desde la visión decimonónica, el cuerpo de las mujeres era un cuerpo enfermo que se centraba en un coctel  hormonal y fisiológico que era desconocido y que había que abordar y explicar de algún modo. Ejemplo de este tipo de enfoques fue la caracterización y tratamiento de la histeria[3], pero también la forma en la que desde el discurso médico, se creo una noción de otredad: el cuerpo femenino se consideraba un misterio en sí mismo.

Aludir a la feminidad resulta confuso dado que lo que coloquialmente entendemos como “lo femenino” está relacionado con una serie de estereotipos y roles de género donde las mujeres somos siempre valoradas como inferiores o diferentes, “el otro negado”, como decía Ortner[4]. Sin embargo, hay una serie de ideas que se arraigan y se identifican como elementos característicos: el cuidado hacia otros –incluyendo, por supuesto, la maternidad-, la debilidad física, lo emocional exacerbado, el amor incondicional, la imposibilidad de darnos soporte entre nosotras,  e incluso es usado como un insulto cuando se aplica hacia un varón. Sin duda, lo que hay detrás de este ser femenino es una visión hegemónica que, como dice Rosales[5], alude a “serie de normativas que intentan imponerse como verdaderas y naturales acerca del ser mujer, es decir, que encuentra una relación lineal entre el sexo biológico y aquellas características, cualidades y papeles que se consideran propiamente femeninos” (2006: 23-24).

Pero, ¿estamos en condiciones de hablar de UNA forma particular y universal de ser mujer? Lo femenino es una categoría móvil que se ha resignificado desde cada cultura y casi desde cada cuerpo. Lo que para una mujer es la realización plena, puede ser para otra algo poco significativo. Al hablar de modelos de identidad anclados en el cuerpo, no nos alcanza la vida para cubrir cabalmente las normativas que establecen lo que uno es, lo que no es, y menos aún, lo que se debe ser. Los modelos nos han servido para explicar la realidad, pero a veces esa realidad supera los límites de las formas en las que hemos intentado explicarla.

Un último elemento es, como menciona Irusta, exigir que nos tomen en serio cuando algo nos duele, nos angustia, nos lastima; y no sólo en términos emocionales, sino físicos. Sabemos que los padecimientos y enfermedades prenden focos rojos en el cuerpo para hacernos saber que hay algo que atender, pero conformarnos con una respuesta que alude a nuestro “problema con la feminidad”, parece no resolver demasiado y banaliza, una vez más, lo que ocurre en nuestros cuerpos ¿acaso seguimos siendo ese “otro negado” desde nosotras mismas? Lejos de dar una opción que permita atender nuestras angustias, se nos coloca enfrente la impronta de “ estar conectadas” con nuestro ser femenino. El asunto es ¿con cuál? ¿la noción social? ¿la de género? ¿la que dicta mi propia historia de vida o mi identidad? ¿cómo se resuelven esos conflictos?

No se puede negar que las emociones y los contextos tienen una repercusión en el cuerpo y su funcionamiento, desde el amor hasta el estrés o las pérdidas encuentran un espacio dónde manifestarse; pero también es cierto que como seres humanos no podemos definirnos en función de entendernos como seres problemáticos con respecto a lo que otro/a supone que debemos ser. Existen diversas técnicas que apelando a una terapéutica del sí mismo y de la autoayuda han utilizado el discurso del conflicto con lo femenino como eje fundamental para lograr que las mujeres se reconecten con esa parte no reconocida de sí mismas. Estas técnicas pueden funcionar –o no- a partir de la experiencia individual, lo que hay que apuntar es que, aún asumiendo esa falta y los procesos para sanarla, lo femenino no puede ser definido como un bloque que nos constriña y que nos aplaste por no encajar en un estándar o en una idea que difícilmente se logra de una vez y para siempre.

Más que plantear un conflicto con la feminidad, podemos comenzar por aceptar que estamos ya en un contexto donde las desigualdades nos construyen, constituyen y se encarnan. Que lo que nos toca es generar estrategias de autocuidado y de autoconocimiento que nos permitan habitar y cuidar nuestros cuerpos, emociones y todo aquello que nos hace ser, pero no desde la falta, sino desde la conciencia de nuestro lugar en el mundo, desde nuestras potencialidades y desde el cuidado necesario para cumplir nuestras propias funciones, expectativas o ideales de lo que nosotras mismas pensamos que es lo mejor para nuestra vida y nuestro contexto. Hablar de “tu feminidad” da en sí misma la idea de una construcción propia. Al atender nuestros dolores y enfermedades, no nos faltamos a nosotras mismas, nos habitamos y nos reconocemos. Quizá nuestra tarea sea dejar de definirnos como seres desconectados y ausentes, el cuerpo nos da una materialidad que nos muestra todo aquello, interno y social, que nos constituye; pero no podemos dejar que los discursos que nos vuelven a colocar como seres inferiores, encerrados, desconectados y conflictivos nos afecten al momento de tomar en nuestras manos nuestra salud e integridad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Rosario Ramírez

Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

Puedes contactar a Rosario en sus cuentas de TwitterFacebook.

La imagen de cabecera es de Agustina Guerrero: Diario de una volátil 


Notas de la autora:

[1] http://www.elcaminorubi.com

[2] Imperdible y disponible en: http://www.elcaminorubi.com/el-blog/336-el-cuento-del-conflicto-con-la-feminidad/

[3] Un ejemplo cinematográfico al respecto es esta película: https://www.youtube.com/watch?v=K4qK8M5HCJY

[4] ORTNER, Sherry (1996) Making Gender . The politics and erotics of future. Boston Beacon Press.

[5] ROSALES, Adriana (2006) Género, cuerpo y sexualidad. Un estudio diacrónico desde la Antropología social. Tesis de Doctorado en Ciencias Antropológicas, UAM-Iztapalapa, México.