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Patriarcado: la enfermedad invisible.

Por Samara Flores*

Durante años, épocas y generaciones enteras, hablar de política y mujeres era considerado la antítesis la una de la otra. Es decir, bajo la condición de mujer se nos privó de diferentes recursos, situaciones e incluso derechos que por naturalidad nos debieron de ser concebidos por el simple hecho de existir, pero la realidad es otra. Aún y cuando en la actualidad se sigue trabajando en la desarticulación de diferentes órdenes sociales como la hegemonía patriarcal para mejorar las relaciones sociales, siguen existiendo esos imaginarios colectivos arraigados que dificultan el desarrollo de una sociedad equitativa donde se trate a su totalidad como lo que son: personas. Seguir leyendo Patriarcado: la enfermedad invisible.

No pasa nada…

Por Samara Flores*

-Oye, me acosan en la calle

Ignóralos y camina por otro lado. No pasa nada…

-Oye, me acosan en la escuela

Con esa falda, seguro lo hacen. No pasa nada…

-Oye, mi novio me golpeó

Tranquila, sólo fue un arranque, él te ama. No pasa nada…

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Silvia Federici: El capitalismo como sistema de producción de muerte.

Los días 2 y 3 de marzo Silvia Federici vino a Guadalajara a dar una conferencia magistral titulada “La guerra contra las mujeres y las nuevas formas de acumulación capitalista” y posteriormente, al encuentro entre mujeres; algo más íntimo y horizontal. Por supuesto que Feminopraxis no se iba perder ninguna de las dos cosas y he aquí un poco de lo que se reflexionó, compartió y dijo. Como un resumen de su larga trayectoria Federici,  dentro de los trabajos que ha realizado hace una crítica al sistema capitalista, la unión de éste con el patriarcado, el trabajo no remunerado de las mujeres como el doméstico y el de crianza y además, en este encuentro con ella, también se habló de la importancia de distinguir un feminismo neoliberal de un feminismo de y para las mujeres. Ahora sí, empecemos. Seguir leyendo Silvia Federici: El capitalismo como sistema de producción de muerte.

LA FUERZA DE LA VOZ.

Algo está cambiando en esta era, los feminismos cada vez se están haciendo más visibles en diferentes puntos del mundo y las luchas por nuestros derechos están dando de que hablar en diferentes medios y en la sociedad. The time’s up decía Ophra Winfrey en su discurso en los Golden Globes para marcar un antes y un después, para marcar un silencio y el sonido de millones de voces a lo largo del planeta que han decidido de manera valiente decir “Yo también“: yo también viví violencia, yo también fui acosada, yo también fui violada, yo también fui amenazada, yo también fui segregada por ser mujer, yo también fui minimizada y cosificada por ellos. Seguir leyendo LA FUERZA DE LA VOZ.

 10 libros sobre mujeres itinerantes, revoluciones y espiritualidades.

Los estudiosos de la religión (historiadorxs, sociólogxs y antropólogxs, especialmente) creyeron que el siglo XX daría paso a la secularización de las sociedades y de los valores políticos, culturales y educativos. También predijeron que las creencias religiosas, incluyendo la lucha del “bien” contra el “mal”, iban a ser parte de las prácticas privadas y personales, pues el siglo XX fue el siglo marcado de revoluciones, utopías y proyectos colectivos anarquistas, socialistas, comunistas, sindicalistas, guerrilleros y demás.

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Entonces, el Feminismo vendrá, como la lluvia, a limpiarlo todo.

Hace dos días vi en Netflix Sufat Chol (Tormenta de Arena o Sand Storm en inglés); una película israelí del 2016, dirigida por Elite Zexer y ganadora de múltiples premios cinematográficos. La trama consiste en una familia musulmana que habita una comunidad rural, en medio del desierto, la cual se enfrentará a una ruptura cuando el padre se casa con una segunda mujer después de más de una década de mantener una relación monógama. Se plantean las problemáticas de la relación del padre con sus hijas y esposa, así como la relación de ésta con su hija mayor, Layla, y con la segunda esposa.

Varias son las cosas que me gustaron de este filme, desde la música, la fotografía, el idioma, los vestuarios, etcétera. Pero lo que más llamó mi atención fue Layla, la hija de Suliman, el padre, quien se desenvuelve como una mujer joven, universitaria, que desafía los candados que su cultura patriarcal le impone.

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El silencio que ellos nos impusieron

La violencia no tiene raza, clase, religión o nacionalidad, pero tiene género[…] El meollo de este conflicto es la pandemia de violencia que los hombres ejercen contra las mujeres, tanto violencia ejercida en la intimidad como la ejercida por extraños

Los hombres me explican cosas, Rebeca Solnit.

Por mucho tiempo pensaba cómo era posible que un padre violara a su propia hija, o cómo un padre puede vender a su hija a un proxeneta por un costal de arroz, o por una vaca. Por mucho tiempo me pregunté por qué hermanos se referían a sus hermanas como putas y las presentaban a sus amigos para pasar el rato. O me preguntaba por qué cuando una joven mujer salía embarazada, su familia decía que ya no valía nada y se le castigaba limpiando y cocinando para todos. O por qué la crianza tradicional tiene que ir acompañada de golpes e insultos cuando se te tacha de niña rebelde. Y claro, preguntar eso era encontrar respuestas como: “ay, es normal, esas cosas pasan hasta en las mejores familias”, “sólo dios sabe”, “ni modo, esa vida le tocó”. Respuestas simples y alineadas a cosas trascendentales.

Hoy que los feminicidios, la violencia doméstica y miles de violencias machistas perpetradas por propios y extraños han sobrepasado los límites del supuesto Estado de derecho y de la convivencia social a nivel global, miles de hermanas muertas nos llevan forzosamente a replantear: ¿de dónde nace ese deseo, esa creencia, esa educación y modos de vivir, donde hombres de nuestra familia, cercanos o lejanos nos dicen quiénes somos, qué debemos hacer y cómo comportarnos? ¿De dónde viene ese aire de superioridad para que en la escuela y el trabajo los compañeros, maestros y administradores nos expliquen las cosas a su modo y que naturalicen que así son? ¿De dónde viene esa indiferencia institucional y estatal a los miles de cuerpos de nuestras hermanas ya sin vida?

La constante violencia a nosotras es parte de un proceso histórico que se sustenta en el poder patriarcal-Kyriarcal; es decir, en los diferentes momentos de nuestra historia global, regional, nacional, local y familiar los hombres han sido gobernantes, representantes de dios en la tierra, amos, padres, patriarcas, legisladores, administradores de almas y cuerpos, escritores y creadores. Históricamente configuraron el mundo para naturalizar la violencia de ellos hacia nosotras partiendo de la casa paterna a los espacios públicos, todo legislado por la tradición y los contratos sociales de la modernidad. Y las mujeres que trasgredían las normas, los comportamientos y las palabras del poder kyriarcal, terminaban como hoy seguimos terminando: quemadas, vendidas, violadas, humilladas, asesinadas. Y así, poniendo castigos ejemplares, ellos pactaron al darnos un apellido, constituciones, pasaportes, ciudadanías, títulos académicos, contratos laborales, pago de horas extra ante la explotación, propinas por ser “linda”, halagos-insultos enfocados a nuestra sexualidad, o por habernos convertido en madres. Ellos nos victimizaron al encasillarlos en una condición biológica sin derechos y libertades, y por ser propiedad del padre, del esposo, del señor, del amo, de Dios y del Estado, legislaron sin haber pedido nuestra opinión o nuestra presencia. Y ellos dijeron públicamente que estábamos de acuerdo. Y por eso nos negaron la voz.

Ellos, históricamente han pactado para protegerse unos a otros mediante leyes, nacionalismos, patriotismos y mercados de consumo, al grado de romper la mágica idea de la familia ideal, pues han sido las feministas y las personas que se asumen desde identidades sexuales no heteronormales quienes le han dado un nuevo sentido a lo que es ser familia y comunidad sin que seamos propiedad de nadie. Así por ejemplo, que al tomarnos declaraciones en los ministerios públicos por desaparición, violación o violencia doméstica, los funcionarios dicen que por “algo nos lo hicieron nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros maridos, nuestros jefes, nuestros ministros religiosos”. Es suponer que algo hicimos o consentimos para que nos violentaran de esas maneras. Y así se lavan las manos para hacer de nuestros casos una estadística más. Ellos nos vigilan y censuran  en tiempos de alegría. Por ejemplo, sí estamos juntas creando o celebrando, no faltará un “amigo” que diga “bromeando”: “he venido a controlarlas”, como me pasó junto a unas amigas, hace menos de un mes. No faltará quien al vernos reunidas en marchas o manifestaciones nos digan: “pinches viejas locas, pónganse a hacer algo productivo.” Todo esto será con el fin de volvernos a callar y dudar de nosotras mismas. 

¿Qué efecto tiene el silencio en nosotras? Aquí quiero traer a la reflexión a Rebeca Solnit, con su libro Los hombres me explican cosas donde en diversos ensayos plantea cómo al negarnos la palabra, el siguiente acto es la violencia y el acto más extremo es el asesinato (feminicidio).

El silencio, como el infierno de Dante, tiene sus círculos concéntricos. El primero es el de las inhibiciones internas, inseguridades, represiones, confusiones y la vergüenza que hacen de difícil a imposible hablar, y que van de la mano del miedo a ser castigada o condenada al ostracismo por hacerlo. Rodeando este círculo se encuentran las fuerzas que intentan silenciar, sea mediante la humillación, el acoso o el uso de la violencia directa, incluyendo violencia que conduce a la muerte, a quien de todas maneras se esfuerza en hablar. Por último, en el más exterior de estos círculos, cuando la historia ya ha sido contada y el hablante no ha sido silenciado directamente, se desacredita la historia y al que la relata.

Así que sabiendo e informándonos de cómo funcionan los pactos de silencio que esa cultura kyrialcal nos ha impuesto, el hablar de nuestros dolores, furias y reivindicaciones en lo público y lo privado es un acto de justicia a nosotras mismas, porque evidenciamos que nosotras ya no seremos parte del trato. Sabremos que al retar con nuestros actos lo que el padre, el amigo, el hermano, el esposo nos digan, nos van a querer decir: “mira, yo acepto tu ideología, y esta bien que seas lo que seas, pero las cosas son así” y vamos a tener que resistir. Sabiendo cómo funcionan los pactos de silencio y complicidad entre el privilegio masculino y sistemas políticos corruptos, haremos esfuerzos por hacer de la sororidad entre mujeres más que una palabra bonita; la podremos cargar de toda su fuerza política. Al saber cómo funcionan los pactos de silencio entre hombres, será mas fácil para nosotras identificar quienes son nuestros aliados y no victimizarnos, no consentir más en nombre del amor, de Dios, de la Patria y demás para que vuelvan a pasar sobre nosotras. Ellos sabrán que no queremos limosnas de su estado de derecho, ellos sabrán que su justicia falocéntrica no es más fuerte que la fuerza de nuestros ovarios. Ellos sabrán que hemos roto los pactos de silencio.

¿Por qué soy feminista?*

Por Lucia Solis**

Creo que tenía 12 años, quizá un poco más. Iba de camino al colegio y era invierno. Solo eran 10 minutos a pie, un recorrido que hasta hoy podría hacer de memoria y con los ojos cerrados. Llevaba puesto mi uniforme plomo y chompa azul con el pelo goteando y una mochila celeste pesadísima. A veces usaba audífonos. Caminaba pensando en nada realmente. Todos los días eran iguales. Todos los días menos ese. Cuando pasé cerca de un parque, un hombre de unos 40 años que estaba del otro lado de la calle, cruzó todo el parque hasta quedar frente a mí. Traté de esquivarlo y el dio un paso al costado. No parecía ofensivo. Lo único que hizo fue desabrocharse el pantalón y mostrarme lo que tenía ahí. No fue un ataque físico pero mi inocencia acabó golpeada.

La segunda me tocó cuando tenía 13 años. Esta vez regresaba del colegio. Dejé a mi amiga en su casa, me despedí de ella y seguí caminando. Llevaba puesto mi uniforme plomo pero ya no la chompa azul. Hacía mucho calor. Iba por la vereda y tratando de no pisar las líneas –hay que distraerse un poco si vas caminando solo- cuando un taxi se plantó a mi lado. El tipo que conducía iba muy despacio, como si estuviera siguiéndome. Yo me giré hacia él, me miró y me dijo: te hago el amor. Volteé la cabeza asustada y empecé a caminar mucho más rápido. Esa voz horrible la sigo teniendo muy presente.

Ahí quedó todo. Dos eventos que jamás conté a nadie y que me guarde por mucho tiempo. Estoy segura que a cualquier niña o mujer le habrá pasado algo así a lo largo de su vida. No soy especial. Pude seguir viviendo, por supuesto, pero con algo quebrado. Desde ese momento fui consciente de la mirada de los hombres sobre mi ropa y mi cuerpo mientras caminaba, mientras estaba en el micro, siempre.

Unos años después, a mis 17 más o menos, dudé si comprar una falda que me encantaba porque me aterrorizaba que me vieran demasiado en la calle o que algún otro hombre decida gritarme cosas. Me tomo solo unos segundos darme cuenta que no podía sacrificar mi propia satisfacción a costa de lo que unos cuantos pervertidos piensen. Desde ese momento dejó de preocuparme qué tanto mostraba o cómo debía vestirme para no ser atacada.

Esto que parece una especie de manifestación del girl power a los 17 años no era para nada una liberación feminista. Ni siquiera sabía qué era el feminismo. Ok, entendía más o menos de lo que se trataba pero no lo asociaba a lo que me pasaba como persona. Sabía de mujeres que se rebelaron en contra del maltrato laboral, que gracias a aquellas marchas yo puedo votar, puedo usar jeans, pude estudiar en la universidad, etc. Lo entendía pero nada más. No era mi lucha. Para mí, el acoso callejero era un piropo incómodo, las mujeres morían porque tuvieron la mala suerte de enamorarse de un asesino, las niñas violadas eran víctimas de su condición social, el Estado no tenía nada que ver y los hombres eran hombres, qué se podía hacer.

Pero felizmente seguí creciendo. Me hice más grande, cumplí más años, leí más, viajé más y conocí más. Comencé a descubrir libros, blogs, música, mujeres que tenían algo que decir. Entendí el rol del Estado y su responsabilidad frente a los derechos resquebrajados de las mujeres, comprendí que la Iglesia nos ataca, que los hombres no son hombres y ya está, que las mujeres somos violadas, golpeadas y asesinadas porque vivimos en un mundo que se construyó para dejarnos abajo. Somos hijas del patriarcado y por eso tenemos que pelear. Entendí la lucha del feminismo, nuestra lucha, y estoy intentando hacerla cada vez más mía.  El machismo está en la televisión, en nuestra casa, en el colegio, en la prensa… está en el aire.

Estudié periodismo, trabajé escribiendo pero me desencanté por completo al darme cuenta que las prioridades del periodismo peruano fluctuaban entre quién besó a quién y cuántos kilos subió quién (e incluso aquí hay machismo). Para escapar, escribía en mi blog sobre lo que me gustaba y pasaba. Fue algo así como una terapia. Hasta que no quise escribir más.

Cuando realmente me empezó a afectar niñas violadas todos los días en el noticiero o tal vez a una chica que podría ser yo siendo arrastrada por el piso de un hotel, se me hizo más difícil escribir, no sé,  sobre el chico que me gustaba. Hasta hoy. Quiero escribir. Quiero crear contenido sobre el feminismo que comunique, que explique directa o indirectamente cómo el sistema abominable y patriarcal en el que vivimos nos afecta en todos los ámbitos de nuestra vida. Mujeres que hablen de feminismo y expresen feminismo, hombres que comprendan nuestra lucha, historias importantes. Ahí está el por qué.

*El título de esta entrada ha sido modificado a petición de su autora
**Lucia Solis (Lima, 1992) periodista y feminista peruana. Creadora de www.cuartomenstruante.com

Puedes encontrarla en Twitter como @lamenstruante y su página de Facebook Cuarto Menstruante

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

Machos en precario, tambalear el privilegio patriarcal

*Eliza Tabares

En la tarde salí a comprar un libro al Gandhi de Av. Juárez en la Cuidad de México y me sorprendió el grito azorado de un hombre como de 45 años

-¡Feliz día mujeres! ¡Feliz día mujeres!

Su grito iba acompañado de un cartel naranja con letras negras que decía DIOS AMA A LAS MUJERES, PERO NO AL FEMINISMO. Ahí estaba un hombre conjugando una supuesta felicitación con un mensaje muy claro, para él y para mí lo fue en ese momento también. Ese varón está convencido de que las mujeres tenemos lugares, espacios y discursos que son aptos para nosotras, si no osamos sobrepasarlos Dios nos amara, pero si acaso lo hiciéramos nos quitaría su amor, porque Dios no nos ama en el feminismo.

Mi tema aquí no tiene que ver con Dios, si no con aquellos varones que se encuentran disgustados o furiosos con las mujeres en el feminismo. Estos varones tienen de hecho, muchos discursos que validan su actuar, tienen para escoger en la institución de su preferencia, familia, estado, iglesia, en todas ellas encuentran un conjunto de ideas que les permiten validar sus pensamientos de supremacía, o la negación de la subordinación.

Este varón con su cartel naranja está muy seguro de que su religión avala que las mujeres que participan del feminismo no sean amadas, así como otros varones están muy seguros de comunicarnos cuales son, según ellos, las luchas feministas que sí importan. Las acciones de los varones disgustados con el feminismo son diversas. Abundan en estos tiempos cibernéticos los trolls dedicados a molestar mujeres y encabezar guerras cibernéticas acosando, enredando y dando falsa información, varones que en el grupo de amigos descalifican a la amiga “feminazi” o a cualquier mujer que quiera evidenciar su derecho a la igualdad o a una vida libre de violencia.

¿Qué motiva las acciones de estos varones?

El feminismo tambalea la importancia desmedida que se ha conferido por siglos a lo masculino.

“Ser varón en la sociedad patriarcal, es ser importante. Este atributo se presenta con un doble sentido: por una parte, muy evidente, ser varón es ser importante porque las mujeres no lo son; en otro aspecto, ser varón es ser importante porque comunica con lo importante, ya que todo lo importante es definido como masculino. Es este aspecto su discurso megalómano, el discurso patriarcal sobre el varón “se olvida” que la importancia de ser varón sólo se debe a que las mujeres son definidas como no importantes” (Marques V.J. 1992).

La importancia que en la sociedad se le da a los varones no es nada nuevo y puede ser comprobado desde los actos más minúsculos como el “Caliéntale la tortilla a tu hermano” o “sírvele de comer a tu papá”, hasta la comprobación irrefutable de que en todo el mundo los hombres son los que están en su mayoría en los puestos de poder en comparación con las mujeres. Entonces cuando las mujeres tomamos los lugares en donde habitamos y los tomamos para convertirlos en espacios feministas, reclamando nuestro lugar en la sociedad, el mundo de estos varones se tambalea… o algunos no le toman mayor importancia.

Josep Vincent Marques (1992) hace una diferenciación, que a mí me ayuda a entender la respuesta de estos varones.  Nos habla de dos tipos, el varón en propiedad y el varón en precario, el varón en propiedad no duda de su importancia, su condición biológica de ser hombre le es suficiente para considerar que su valía es mayor a la de las mujeres, por lo mismo las acciones de ellas no le preocupan, sin importar lo que hagan ellos no perderán su valía, no considera que tiene la obligación de demostrar nada a nadie, tiene un título de propiedad “es varón y por ese hecho la sociedad le ha reservado un lugar en primera fila”. Por otro lado el varón en precario considera que debe ganarse esa importancia y por ello está todo el tiempo demostrando lo macho que es, su angustia crece cuando no logra demostrarse a él y a otros su importancia. El varón en precario percibe como una verdadera amenaza a estas mujeres que osan ocupar sus espacios. El autor que propone esta categorización dice que si el varón en propiedad puede ser al menos un opresor tranquilo, el varón en precario es un sujeto traumáticamente conflictivo y potencialmente violento.

Y por ello los machos en precario, organizan guerras cibernéticas, salen a la calle con letreros según ellos avalados por su religión, retoman argumentos de la filosofía y de la biología para descalificar el feminismo, por eso tienen esa imperiosa necesidad de recordarnos que “no nos hagamos las importantes”, por miedo y angustia a perder su valía en la sociedad, pilar con el que se les construyó como hombres.

Tanto si se esconden detrás de su computadora, si hacen videos o salen con un letrero. No olvidemos que a estos varones no los mueven sus argumentos, si no el miedo de que se caiga su frágil masculinidad. Dice un axioma de la comunicación de Waslavick en palabras sencillas que toda comunicación tiene al menos dos niveles, el contenido y un nivel relacional, en lo relacional por supuesto están inmersas las emociones. Pienso que no debemos equivocarnos, podemos decidir ignorarles (lo que también es una forma de comunicar), o podemos entrar en una discusión con estos varones, pero si lo hacemos no olvidemos que no estamos solo compartiendo argumentos, no es un asunto solo de contenido, estamos hablando, conversando o discutiendo con su miedo a perder su primera fila. Sabiendo eso, pensemos en respuestas que sean favorables para nosotras.

Bibliografía:

Marques V.J. (1992). “Varón y patriarcado” en Valdés y Olavarritia (comp.) Masculinidad/es. Chile: Isis Internacional.


14940143_1316688088350250_4350887893801563727_o** Eliza Tabares – Mexicana radicada en CDMX, psicóloga y Psicodramatista enfocada en temas de género, arte y corporalidad. Le interesa la forma en que la cotidianidad se entreteje con la teoría y los procesos individuales y grupales que se encuentran con el feminismo y que nunca son lineales ni desprovistos de contradicciones, como terapeuta con perspectiva de género, considera que el trabajo con y desde el cuerpo permite poner en la mesa otras discusiones sobre el feminismo. Es directora y terapeuta en Centro de Atención Psicológica, Arte y Consultoría A.C. Co-creadora del sistema SOMA (Salud, Ontología, Movimiento y acción) avalado por la UNESCO. Síguela en  Facebook  Twitter Instagram