Me hice una casita en la azotea de mi casa

Por: Brenda Soto (melenanegra)*

 

Me hice una casita en la azotea de mi casa. En realidad es una carpa que mi mamá me ayudó a poner, con una lonita al rededor para taparme del sol. Como mi casa es muy pequeña y durante el día la radio de mi abuela y la TV de mi papá no dejan de sonar, es muy difícil que pueda concentrarme para leer, escribir o hacer cualquier cosa; encima, mi tía Amanda que vive en la casa de al lado se la pasa gritándole a sus hijas, a sus nietos, a su esposo, a sus perros y a cualquier cosa que se mueva. Hay muchos gritos. Recuerdo que yo lloraba mucho cuando llegamos a vivir aquí a esta casita tan pequeña, una vez mi mamá me encontró llorando en el baño y me sacó casi cargando y yo no podía decirle nada, sólo lloraba a gritos y de pronto todos los ruidos que regularmente llenaban la casa se detuvieron para dar lugar al grito mío. No se escuchaba nada más que mi llanto inconsolable y mi mamá me acariciaba el pelo y me masajeaba la espalda y me decía “qué pasa nena, por qué lloras?”, y yo sólo gritaba más fuerte. 

“no quiero vivir aquí” le dije cuando por fin pude hablar, y ella me dijo “yo tampoco, nadie quiere, pero ¿qué hacemos, nena?”  Y entonces me sentí tan culpable que volví a llorar pero ya no tan fuerte, sentí culpa porque era verdad que ni mi mamá ni mis hermanxs querían vivir en esta casita pero en realidad no tuvimos muchas opciones. 

Cuando ya no pudimos pagar la renta de la casa medio grande en la que vivíamos tuvimos que cambiarnos a esta casa que es de mi papá y que nunca nos ha gustado, por un lado porque es muy pequeña y yo tengo una hermana y tres hermanos, más mi mamá, mi abuela y mi papá (ah y una perrita recién adoptada que justo ahora esta aquí conmigo en mi casita de la azotea). Somos lo que se dice, una familia grande. Por otro lado, porque tenemos de vecina a mi tía Amanda, la más chismosa, pero no sólo la más chismosa, mi tía además es muy abusiva, envidiosa, malintencionada, grosera e injusta. A veces pienso, que quién soy yo para juzgarla, en realidad no soy nadie, sólo una jovencita flaca que escribe cuentos desde la comodidad de su azotea. Sé que mi tía ha pasado por muchísimas cosas tristes, incluso entre las historias de familia alguna vez escuché que su papá (es decir mi abuelo -al que odio-) la había violado. Y desde que escuché eso lo odio con todo mi ser. A veces me da gusto que ese señor al que odio esté prácticamente abandonado por sus hijxs y que se va a morir solo y tal vez lleno de culpa y remordimiento.

Y a veces desearle tanto mal a las personas me enoja conmigo. Pero bueno, es parte de ser humanx. Es parte de esta rabia que me hace decir:

¡que se mueran los violadores malditos que tanto daño han hecho!

Te estaba diciendo que me hice mi casita en la azotea, que mas bien es una carpa pero yo le llamo casita porque aquí me siento a gusto, aquí puedo ponerme a leer o a pensar o a escribir, me gusta mucho escribir, como ahora que escribo que no soporto más no poder salir a ver a mis amigas, o tomar el metro o el metrobus como de costumbre, que odio este encierro y la pandemia y este maldito orden mundial que nos tiene tan marginadas. A veces maldigo mucho pero no te asustes, así soy, ya me irás conociendo.

Mira, en realidad yo no vivo aquí con mi familia desde hace más de un año, como te dije antes, esta casa y todo lo que la rodea me pareció insoportable desde el primer momento, eso por un lado; además tuve el privilegio o la desgracia de poder ir a la universidad, el privilegio porque a diferencia de la mayoría de lxs jóvenes de este país, a mí nunca me faltó para mis pasajes gracias al inconmensurable esfuerzo de mi mamá (la verdad que pensar en ella me da ganas de llorar por lo fuerte que es y lo mucho que nos ha amado a mí y a mis hermanxs); pero también la desgracia porque como toda estudiante de las periferias, me he pasado la mayor parte de mi vida universitaria no en la universidad sino yendo hacia ella. 

Después de cuatro años de ir desde mi casita en el norte del Estado de México hacia el sur de la CDMX y de regreso cinco días a la semana, y pasar básicamente cuatro horas al día maldiciendo la ineficiencia y el absurdo del transporte en la metrópoli, decidí buscarme un empleo para poder pagarme una renta y vivir cerca de la escuela. En casa mi mamá nos enseñó a trabajar desde pequeñxs, un tiempo vendía gelatinas, flanes, postres en general y algunas veces libretas, todo hecho por mí; la verdad es que no me iba nada mal, pero no me alcanzaba para pagar una renta, odio las rentas y odio que el poquito dinero que gano lo tengo que pagar a mi casero, yo también creo que la propiedad privada es un robo, como ese señor Produn o Prudon o como se llame el señor que alguna vez pensó eso. 

Hay días en los que divago mucho pensando en lo que otras personas pensaron antes que yo, me gusta ponerme a pensar y estar de acuerdo o no con lxs demás, pero siempre me gusta ponerme a pensar por mí misma, esto te lo digo para que me vayas conociendo un poquito más.

Por fortuna y con ayuda de mi amiga Ana, me contrataron en una tienda de vestidos y así por fin pude mudarme. Primero viví un año en una casa de estudiantes, muy pequeña fíjate, me la pasaba todo el tiempo fuera, en la facultad y de ahí al trabajo, llegaba a cenar y a estudiar, sólo algunas veces dormía bien. Después me mudé con mi amigo Andy a una casita muy linda y acogedora, y todo iba más o menos bien hasta que nos enteramos de que un virus iba a cambiar nuestros ritmos de vida. En estos días pienso que pese al virus la vida sigue, no está paralizada como algunxs dicen, está llena de miedo eso sí, pero sigue porque pues aquí seguimos. No sé si sé explicarme bien o mal pero espero que se entienda un poco lo que quiero decir. 

Cuando nos dijeron que teníamos que guardarnos en nuestras casas algunxs de mis amigxs foránexs tuvieron que volver a sus estados natales con sus familias, Andy incluido. Yo al inicio no sabía si iba a poder encerrarme porque en mi trabajo seguíamos yendo normal, pero después nos dijeron que, como era de esperarse, la tienda también cerraría. De pronto mi rutina se disolvió y me encontré sola en esa casita, en ese edificio, en esa unidad habitacional, en esa ciudad tan llena de violencias y escasa de esperanza. La primera semana fue muy rara, una está acostumbrada a estar todo el tiempo en movimiento, todo el tiempo de aquí para allá intentando sobrevivir, todo el tiempo rodeada de gente, de amigxs, de compañerxs, de rostros conocidos y desconocidos. Y de pronto una se encuentra sola.

El río del ser, como dijo Robertito: a veces no se puede estar tanto tiempo con nuestra mente y nuestros miedos y nuestros traumas de la infancia y las condiciones precarias en las que hemos vivido toda la vida y con los recuerdos más tristes y desoladores y con el presente tan cruel y violento y el futuro desalentador a más no poder. De pronto no me pude soportar sola porque fui cruel conmigo (qué tonta, en serio) y puse en mi mente los escenarios más catastróficos posibles como si no tuviera suficiente con esta vida. 

Entonces vine aquí a esta casita a estarme con mi mamá y mis queridxs hermanxs, a no estar sola y todo eso; pero de pronto tampoco aquí me sentía tan bien. Ya sabes, como esas veces que piensas que no es tu sitio, que por más que intentes ya no te puedes adaptar. Y me volví a ir poniéndome como objetivo estar bien conmigo, como recomendaban las mujeres que admiro que hablan del cuidado colectivo y el autocuidado: “estar bien contigo”. A veces lo lograba y a veces no, pero al menos ya no fui cruel, me hablaba para decirme ‘tranquila, lo estás haciendo lo mejor que puedes’. 

Y así he estado, repitiéndome a veces con desesperación que estoy haciendo lo mejor que puedo;  o a veces como Caio “que sea dulce” que este encierro, que estos días, que estas horas sean dulces o al menos no tan amargas, ¿verdad?

Esta historia breve que cuento se iba a tratar de cómo he pasado yo, la Flaca, como me dicen de cariño, la cuarentena; pero en realidad y como siempre, trata de muchas otras cosas más, o sea de cómo he vivido en casitas que a veces no me gustan tanto pero ya sea por pobreza o pandemias o por las dos cosas revueltas a veces ‘no hay de otra’, como dicen por ahí. Me da risa y tristeza esta situación, no es que me haga la sufrida como a veces mi hermana me dice, es que yo pienso que soy muy sensible, soy re triste muchos días pero también soy re feliz muy seguido. 

Pero bueno, yo volví a esta casita de mi papá porque en mi trabajo ya no nos van a pagar nuestros sueldos de mayo, como a muchísimas personas, y en consecuencia no puedo pagar una renta, ni el gas, ni el agua, ni los demás servicios (como la mayoría de las personas en este país, ¡¡es que, ¿ves?, por eso soy tan triste a veces!!). Volví temporalmente o al menos eso espero, me estoy aferrando a la idea de que pronto todo va a pasar, porque si no pasa pues ahora sí que ya valió, ¿verdad? por eso comencé contando lo que es para mí estar aquí, volver a un lugar del que ya me había ido. Volver a vivir en una casita en la que no quiero vivir. 

Pero, mira, frente a todo lo que no me gusta y me parece insoportable, o sea frente al radio de mi abuela que nunca deja de sonar y los gritos de mi tía Amanda y los lloriqueos de mi hermanito el nene que no quiere hacer las tareas que le manda su maestra por wasap, y los regaños de mi mamá que se desespera con tanto hije que tiene, pobresita, y que yo les pido ‘por favor no griten’ y que no me hacen caso y me dicen: ¡tú cállate! y que yo no soporto que me calle nadie, porque la verdad es que a mí nadie me calla, y que la casita se vuelve la insoportable casa de los gritos y bueno todo lo demás que ya había dicho…

O sea, frente a todo esto, me hice mi casita en la azotea. 

Es bien cierto que nadie sabe con certeza cuánto tiempo más estaremos en este arresto domiciliario, en nuestra mesita al menos sigue habiendo comida para cada día. Yo soy muy consciente de la cantidad de mesitas en las que hoy no hay pan, de la cantidad de casas en las que ni siquiera hay mesa, de la cantidad de personas que ni siquiera tienen casa ni carpa ni azotea (me da hartísima tristeza, caray). Entonces pienso eso y me digo que soy una desagradecida y me enojo mucho conmigo y a veces hasta lloro del enojo. Luego me recuerdo que estoy haciendo lo que puedo y mejor me enojo con este sistema, como toda la vida he vivido bien enojada y llena de rabia con este sistema de muerte, porque eso es lo que es, y pues hay que decirlo así, porque si no ¿para qué nos sirven las palabras? O sea de verdad lo pregunto porque no sé por qué reemplazar unas palabras por otras, algunxs lo llaman neoliberalismo para que no se escuche tan mal o porque no saben lo que significa, pero yo sí sé y por eso le llamo sistema de muerte, ¿para qué tantas palabras si no las usamos? Yo digo que hay que usarlas, decirlas, si se puede gritarlas pero pues ahorita más que nada escribirlas.  

Como te digo, yo al menos puedo contar estas cosas que cuento, aunque a veces tardo en buscar las palabras que quiero expresar, porque en realidad siempre quiero expresar muchas palabras pero me cuesta encontrar las adecuadas, las que digan lo que quiero decir y soy redundante y cansada y pesada tal vez. 

Ahora no sé si todavía estarás ahí, pero lo que quería decir o contar era que a pesar de todo yo  te dejo este mensaje, porque también de eso se trata contar cuentos, ¿no? por muy terroríficos o mágicos o cansados o tristes que sean, pues ir dejando un mensaje; el mío es que hay que hacernos nuestras casitas, es decir nuestros espacios, porque ahora, aquí con la perrita recién adoptada que mi hermano el Largo dice que se llama Kiri, mirando el cielo azul azul y no azul claro ni azul oscuro si no azul azul, sé que no hemos hecho las cosas tan mal, sé que es cierto que existimos porque resistimos, como siempre dicen mis compañeras, y que este golpe tan duro nos va a hacer más fuertes, más fuertes, eso es lo que pienso. 

Que tal vez parezca poco, pero si creemos en el efecto político de cada uno de nuestros movimientos, hoy podremos ver cómo se va gestando la resistencia desde las imaginaciones, la creatividad, la dignidad de nosotrxs y de aquellxs, la valentía, hay que ser muy valientes para verlo, ¿sí lo ves?

Es muy serio esto que te digo, ahí están las resistencias naciendo, creciendo o madurando, ya sea desde las montañas, las azoteas, los campos; o bien, desde las alcantarillas. 

 

 

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*melenanegra.Caminante; estudihambre latinoamericanista y mujer que lucha desde las periferias. Me digo libre y también digo “anarcofeminismo o nada”, trabajadora precoz, poeta e ilustradora de ocasión, colaboradora de contenido en La Molocha Mx medio independiente. Tejedora en la Colectiva Feminista Tejedoras de Cuidados, lectora profesional y bailarina rebelde.
Instagram: @brenmelenanegra
“Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir” Vallejo 
*El collage que acompaña esta entrada es de la autora.

 

Aviso: El texto anterior es parte de las aportaciones de la Comunidad, bajo el tema Viviendo la pandemia: crónicas feministas en primera persona.  La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos. Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.