Por qué no odio la navidad

*Por Tatiana Romero

Todos mis recuerdos relativos a la navidad, tanto en casa de mi padre, como de mi madre (hija de padres divorciados) están relacionados con el baile. Siempre hay música. No los típicos villancicos que reproducen ad nauseam en todas las tiendas, no; en todos mis recuerdos hay salsa, cumbia o quebradita, pero también hay una melodía que para mí representa comunidad, colectividad y claro, navidad: “Entren santos peregrinos, peregrinos, reciban este rincón. Y aunque es pobre la morada, la morada, os la doy de corazón”. La letra de la canción de las posadas.

Las posadas son, como muchas otras cosas en México, una fiesta sincrética. Con la colonización, los conquistadores se encargaron de sustituir bajo la fuerza del catolicismo, las ceremonias invernales al dios Huitzilopochtli, creando así una serie de festejos preámbulo a la Nochebuena. Desde entonces, en miles de barrios mexicanos se celebran del 16 de diciembre al 24 las posadas. 9 días que representan los días del peregrinaje de María y José hasta Belén.

Poco me importa el significado religioso de estas fiestas, para mí las posadas son un momento de comunión con las vecinas y con el barrio. Adoro las piñatas y el olor a ponche con tejocote. Los tamales de dulce o las tostadas de tinga y picadillo. Me alegro inmensamente de haber crecido en un barrio popular como Tepito, en donde las posadas y la navidad se celebraban cerrando las calles y poniendo tremendas bocinas (sound system) para el bailongo. Este es uno de los motivos por los que no puedo odiar la navidad, porque desde pequeña y hasta los 16 años la he vivido desde otros lugares diferentes al de la familia nuclear.

Estos recuerdos, a tantos años fuera de México y lejos de mi familia, se agolpan en mi mente y en mi cuerpo en cuanto llega el mes de diciembre, dejando una constante mezcla de nostalgia, ilusión y nudo en la garganta. Sí, claro que la navidad es una fecha comercial, claro que es una fiesta de consumo, claro que es un día muy difícil para muchas, sobre todo para la comunidad LGTBIQ+. Entiendo, gracias a hablarlo con compañeras y amigas queridas, que para nosotras, disidentes sexuales y de género la navidad es muchas veces un momento de discriminación y opresión, muchas otras la vuelta al armario y otras tantas un espacio plagado de violencias machistas. Tampoco quiero invisivilizar el maltrato que muchas mujeres y niñas sufren en espacios domésticos y lo duro que puede llegar a ser la navidad en contextos de violencia. Solo quiero compartir que para mí desde que no puedo pasarla con las mías, en mi tierra, vivir con ilusión estas fechas se ha vuelto un ritual paliativo del profundo desarraigo que vivimos las migrantes.

Hay cientos de miles de personas que no pueden permitirse un pasaje de avión a sus países de origen para pasar las fiestas con su familia. Muchas llevan más de 10 años sin ver a sus padres, a sus abuelas, a sus hermanas. Esta ausencia en los brazos que no abrazan nos atraviesa el corazón y posiblemente nos hace idealizar la navidad. El año pasado pude después de 10 años, pasarla con mi familia y es inexplicable la inmensa felicidad que representó para mí abrazar a mi hermano, a mi madre, a mi padre. Preparar la cena, por mucho que sea agotador cocinar casi una semana entera para una sola noche, y sentarme a la mesa con ellxs. Reír, llorar, festejar que estamos vivas y que he tenido la suerte de poder atravesar las fronteras para estar en casa. Suerte que muchas personas sin papeles no tienen ni tendrán mientras sigan existiendo leyes racistas como las que Europa defiende. Y pienso que más que suerte es un privilegio, el privilegio que me da un papel llamado residencia y el que me da mi clase social que me permite pagar un boleto de avión.

Cada año decoro más mi casa y con más ilusión. Con los ojos llenos de lágrimas pongo la escarcha dorada en los marcos de las puertas, las esferas. Me ilusiono con las luces y desde mi precariedad gasto más de lo debido en foquitos de colores que me calienten un poquito y le den alegría a mis mañanas, a mis noches. Mientras me voy moviendo por la casa recuerdo a esa niña que un día fui, sentada frente a un árbol de navidad color plata mirando extasiada las luces y los adornos.

Es por todo esto que yo no puedo odiar la navidad, por los recuerdos que me sostienen a pesar de la distancia y por estas ganas que nunca llegan a colmarse. Las migrantes siempre estamos añorando algo, por mucho que los exilios sean voluntarios y elegidos.

Este será un año en que muchas no puedan estar cerca de sus familias debido al COVID, tal vez entonces puedan entender un poco más por qué nos duele escucharlas decir que odian la navidad.