Tuve que aprender a rezar

 

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Último parte de guerra de la Guerra civil Española

Madrid, abril 1939.

 Al principio no tenía nada que decir, no me sabía ni el padre nuestro y por eso, hablaba contigo. Te gritaba por lo bajo. Te maldecía por haberme dejado y te preguntaba una y otra vez por qué. Por qué así, por que a mí, por qué nosotros. Pero nunca me contestabas, no podías mirarme y yo quería que me vieras, te gritaba que me vieras llorar, que me dijeras cómo hacerlo, pero tuve que hallar yo sola el modo y por eso, tuve que aprender a rezar, porque me estaba volviendo loca, loca porque ya no sabía que decía, ni en que idioma. Porque las preguntas se me acabaron o se me multiplicaban cada día. Porque rezar era más fácil que hablarte.

Porque ya no estabas. Volvía a casa y arrastrando los pies abría la puerta y no estabas. Y por las noches me metía sola a la cama y nunca me había sentido tan sola y tenía los pies helados, con ese frío intenso, que cala, que viene de adentro y que no se quita. Y no conciliaba el sueño, porque no sabía dormir sola. Y cuando dormía soñaba contigo y soñaba que no estabas. Y al día siguiente lo mismo, y el siguiente lo mismo.

Entonces, no sabía a dónde ir. Cada paso que daba, cada calle, cada esquina, cada plaza, cada coche, cada tranvía y cada boca de metro me recordaban a ti. Porque toda la ciudad había sido mía, había sido nuestra, porque tú me la habías regalado, porque de tu mano la había conocido. No tenía salida y todos aquellos lugares me aprisionaban, y el encierro se hacía más duro a medida que pasaban los días, y las horas se me pasaban mirando la tapia del cementerio.

Entonces, de lo único de lo que estaba segura era de que todo estaba perdido. Que los adoquines mojados, las baldosas rotas, los postigos cerrados y la aldaba echada me decían que se había terminado, que no habría más de lo que se daba, que tendría que aprender a hacerlo sola, pero no quería. Y los niños gritaban por las calles y yo no podía ni pensar en cómo dar de comer a los míos, porque no pensaba en eso, porque no pensaba en ellos, porque lo habíamos perdido todo y ellos me habían perdido a mí, porque habría preferido estar muerta.

Porque tu no perdiste nada, tu sólo te habías ido y la que había perdido la vida, a la que le habían arrebatado el amor y las ganas de seguir era a mí. A mí me habían arrancado de un solo tirón la piel, yo seguía viva para oler la mierda, para ver los muertos, soportar las lágrimas, inventar excusas y buscar pretextos. Porque yo era la viuda de un rojo, porque yo llevaba el pelo a cero y yo era la puta. Y entonces, entonces agradecía que no estuvieras y que no te tocara verme así, horrenda y llorosa. Con las rodillas machacadas de tanto hincarme en la iglesia sobre garbanzos. Y me daba pena y me sabía indigna, indigna de lo que tu y yo habíamos tenido. Indigna de ser la mujer de un rojo.

Y la gente me miraba, las vecinas no decían nada pero yo sabía que hablaban, que les daba morbo que no tuviera ningún santo en casa y en cambio tuviera tu foto llena de claveles y velas. Y me hiciera un rosario con tu ropa y me aferrara a un reloj como si ahí se contuviera el último aliento de vida, tu último y mi último aliento de vida. Y me había dolido gastarme el último dinero en una toquilla negra, de encaje barato y vulgar, cuando vestida de negro salía a la calle, pero eso ya no importaba y sin embargo nunca me volví a poner aquél vestido negro, porque no era un vestido de viuda sino de mujer enamorada y no merecía la pena usarlo. Y por eso tuve que aprender a rezar.