Archivo de la etiqueta: Amor Propio

Las malditas listas

Por Esther Valero*

Estoy a punto de acabarla, la lista, la de los objetivos que me marco cuando se acerca mi cumpleaños. Pensaba en ella ayer, mientras planeaba qué tarta me iba a preparar -yo misma, aunque a gusto de los demás-; dónde podría celebrar la merienda -en algún lugar en el que después no me tuviera que dejar la piel en recoger-; y a quién invitar -si solo a la familia o también a los pocos amigos que me quedan-. En la lista de mis cuarenta y un años querría incluir como novedad dejarme cuidar, es decir, permitir que los demás me preparen tartas cuando el cumpleaños es mío, por ejemplo.
También quiero hacer hincapié en dos de los retos clásicos: aumentar mi nivel de tolerancia respecto al orden y la limpieza -ese es difícil de cumplir, porque ya me parece que está demasiado alto-, y estar más pendiente de mis amigas y familia. Seguir leyendo Las malditas listas

La Previa (Pequeños Relatos Alebrijes)

Por Caracauditia*

 

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Resulta Inútil

Por Patricia Dorantes*

 

Inútil resulta llorar en un rincón,

Sintiéndote rota en mil pedazos,

Por culpa de añejos dolores.

Al final no tiene caso culparse

Cuando la violencia ajena

Te ha desgarrado una y mil veces.

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Nuestras cabelleras, nuestra resistencia

Hace como dos años, la adolescente sudafricana Zulaikha Pater se manifestó en su colegio por las rígidas normas que se les impuso a las estudiantes negras en sus cabelleras. Bajo la sentencia de no ir con “excéntricos peinados”, ellas tenían que alisar su cabello. Pater se resistió y gracias a esa lucha que se hizo viral, el colegio dejó esa norma neocolonizadora. El caso de Zulaikha me hizo pensar que desobedecer esa “norma” sí fue una lucha de justicia social a su historia (ratificó que el Apartheid ya terminó), a las mujeres sudafricanas, africanas y de herencia africana a lo largo del mundo; también resignificó el feminismo de la negritud, y nos invitó a la sororidad. Ella denunció una construcción ideológica que sostiene un mercado impuesto a las mujeres de color para blanquearnos y así, alcanzar la belleza universal; mercado que tiene grandes inversiones y ganancias, sobre todo cuando los productos se anuncian como naturales u orgánicos.

Puedo entender la lucha de nuestra hermana sudafricana porque me ha tocado acompañar a amigas afro en “resistencia” con sus cabelleras, e incluso los cambios en mi cabellera hablan de mi propia descolonización. Una de las cosas que el feminismo nos ha permitido es reflexionar sobre nuestros propios cuerpos y desmontar en nosotras mismas ideas universales que nos violentan. Quienes históricamente cargamos en nuestro color de piel, en nuestro cuerpo, en nuestro aspecto físico y en nuestras cabelleras las contradicciones del mestizaje, somos el blanco perfecto de campañas de colonización cultural. A lo largo de nuestra historia, Occidente nos impuso imágenes y representaciones de la belleza femenina. Aunque sabemos hoy día que Lucy o la Venus del Nilo no eran como las esculturas de las diosas griegas-romanas, cultural e ideológicamente se nos impuso un modelo que a la fecha permanece: el ideal de la mujer delgada, blanca, de piel firme y brillante; mujeres con cabelleras largas abundantes hasta la cintura, cabellos delgados y brillantes. Y así es cómo también ideológicamente se ha definido el eterno femenino. Un eterno femenino que los medios de comunicación y la cultura de masas neoliberales difunden a todo lo que da para meternos diariamente productos que nos harán lucir “más bellas”. Mercantilismo, racismo, neocolonización y estereotipos vendidos como feminidad, son una de las batallas que libramos hoy en nuestras cabelleras.

Personalmente cuando tomo la decisión de algo trascendental corto mi cabello: es una forma de protesta, de cambio y de cierre de ciclos. Desde la adolescencia y contra todo mandato en la casa y la iglesia, me corté el cabello como hombre y lo peinaba en mechas. Conforme avancé en mi vida, lo fui manteniendo corto con diferentes looks hasta dar hoy con mi look: debajo de las orejas y con un mechón rojo al frente. Así me gusta, así me gustó. Sin más ciencia y explicación ese corte y color, ya son parte de mi personalidad y he decido que así me quedaré. Mientras yo vivía ese proceso de no dar a nadie explicación por mi look, encontré mucha paz conmigo misma al leer el libro Americanah de Chimamanda Ngozi Adiche. Su protagonista es Ifemelu, una chica nigeriana que logra ganar una beca en una universidad americana para estudiar comunicación, pero sus preocupaciones por la negritud, las mujeres africanas y su relación con la población afrodescendiente, y los estereotipos alrededor de ello, le llevan a escribir un blog, siendo el cabello afro uno de los temas más polémicos.

Fue a través de Americanah que conocí cómo las mujeres afro han sacrificado sus cabelleras a lo largo de su historia en occidente: en la esclavitud les rapaban porque el afro era sinónimo de suciedad, en las colonizaciones porque eran portadoras de “enfermedades”, y en los procesos de emancipación porque se les impuso, como a todas las mujeres, el ideal de belleza blanca. Americanah, entre otras cosas, es un retrato de la larga lucha que nuestras hermanas libran en sus cabelleras: de peines de hierro calientes para alaciar pequeños afros, pasando por el uso de pelucas y extensiones para dar abundancia e imagen de salud, o bien someterlo a tratamientos con keratinas para asegurar que ni lluvia ni frío harán sacar el rizo rebelde. Y nuestras hermanas afrolatinoamericanas también libran sus propias batallas, como Lissett Govin, quien en el blog Afrofeminas, narra su experiencia (“De estiramientos estoy harta”).

A veces nuestro cabello no es ni lacio ni chino, sino lo que llaman quebrado. Pero como vivimos en culturas que nos ponen en extremos, no escapamos de quererlo lacio y brillante, o bien, alborotado y con rizos definidos. ¡Por eso la industria de la belleza capilar es una de las que obtienen más ganancias anuales! Haciendo una breve investigación en medios de divulgación, me encontré que, como todo negocio, las cabelleras también son parte de ese círculo económico donde mujeres pierden. Las extensiones hoy día son un recurso para tener esas cabelleras tan abundantes que en el medio del espectáculo tanto se desean. Pues bien, son mujeres pobres quienes dejan crecer sus cabelleras para después venderlas por poco dinero, y quienes hacen las extensiones o pelucas también son mujeres pobres. Aquí una breve reflexión al respecto: “¿De quién es el cabello de las extensiones que tantas famosas (y no tan famosas) usan para abultar su cabello?“. Yo creo que cualquier elección que hagamos está bien siempre y cuando seamos conscientes de no violentar nuestra salud, nuestros bolsillos y consumir conscientemente en caso de asumir un look que requiere mantenimiento.

Finalmente quiero recordar un legado. Los movimientos de liberación feministas en las décadas de los 60´s y 70´s coincidieron en señalar que los cuerpos de las mujeres eran campos de batalla y había que liberarlos de todas las presiones sociales, culturales, corporales y religiosas que se nos habían asignado. Fue el feminismo negro norteamericano, a través del análisis interseccional, que consideró elementales las categorías de raza, clase social y sexismo para entender la opresión y colonización que, en ese caso, las mujeres afroamericanas vivían al interior de los Estados Unidos. Al tomar conciencia de su condición de exclusión, teóricas y activistas como Angela Davis, bell hooks, Andreu Lorde y mujeres afiliadas al Partido de las Panteras Negras o que se identificaron con el black power, comenzaron a usar como símbolo de lucha, resistencia y descolonización el cabello afro. Así como las feministas blancas usaban su largo cabello sin alinear, al estilo Janis Joplin, como símbolo de rebeldía a la cultura de la supremacía cultural blanca patriarcal, las asiáticas no lo alisaban más, y las chicanas, ya muy entrados los años 80´s, comenzaron a cortarlo, destrenzarlo y dejar caer a los hombros las matas de cabello quebrado. Hoy, con los diversos feminismos, hay diversas cabelleras y experiencias de resistencia-descolonización, pero también constantes acechos a volver a sostener el eterno femenino. Por eso creo que nuestras cabelleras son un poderoso símbolo donde se libran batallas que a veces ni las cuestionamos.


Este post fue publicado originalmente en el blog colectivo Mundo Procaz el 12 de septiembre de 2016. Ahora se presenta reeditado. La imagen que acompaña este texto es de la pintora Jurell Cayetano @turnjuell

A(r)marse después del maltrato

Por Montse Aparicio*

25 N, día internacional contra la violencia de género. Día internacional contra los feminicidios.

Ahora es cuando en los medios salen muchas estadísticas; sabemos que la mayoría de mujeres ha sufrido violencia (psicológica, física, sexual, emocional, simbólica…) por parte de hombres (familiares, amigos, desconocidos, conocidos…). Los números no son nada esperanzadores.

Los poderes están tan claramente patriarcalizados que quitan el optimismo que muchas sentimos al rodearnos de activistas y colectivas: violadores no condenados, culpabilización de la víctima, mujeres humilladas…

¿Y después qué?

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¡Hay que aprender a desaprender!

Por Mónica Ceja*

Desde pequeñas nos enseñaron a pensar que el amor lo puede todo, nos pusieron el chip del amor mágico, ese que nos hace creer que podemos cambiar a las personas nocivas, nos enseñaron que el amor “todo lo perdona” y que por eso debemos aguantar mentiras y traiciones.

Nos hicieron pensar que algunos actos violentos eran por amor ¿Los celos son amor? ¿Las peleas son amor? ¿Sentir que nuestrx compañerx nos pertenece es amor?

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Del amor a la salud

@livillanueva

Hoy es el día de la Salud Mental y de alguna forma la salud mental se ha relegado a un rincón, cada vez que desea salir para decir que está presente o tendría que estarlo se ve envuelta de millones de mitos y tabúes que la vuelven a relegar a ese rincón. Seguir leyendo Del amor a la salud

Amor propio

Por Zitlalli Carrington*

Ayer estaba viendo la televisión con mi marido, y en la historia el esposo tenía que sacrificar su vida laboral porque el trabajo de su esposa era mucho más importante. Mi marido, con un pesar, me dijo: –¿Te imaginas qué difícil hacer ese sacrificio para él? ¡Y más por la época!-. La serie está basada en los 40’s, posguerra…. Y mi cabeza solo recordó que así es, y ha sido, para la mayoría de las mujeres en toda la historia de la humanidad. Y sí, ¡¡¡¡qué difícil!!!!

Así que cuando la gente me dice que por qué tanto rollo con el tema de ser feminista, me encanta contarles que mi abuela, una mujer de un carácter súper fuerte y muy inteligente, se tuvo que escapar de casa de su padre, un médico militar, para ir a estudiar Ingeniería Química a la Ciudad de México. Fue una de las primeras mujeres en todo México en terminar una Ingeniería. Qué orgullo, ¿no? Pero ¿qué crees? Se enamoró y durante los siguientes 11 años de su vida procreó 7 hijos… y los vistió, y los alimentó… y así hasta que llegamos los nietos… y así hasta que murió. ¿Y los sueños? ¿Y la Ingeniería?

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Más vale juntas que separadas.

La sociedad actual puede resultar muy cruel, vivimos en un mundo en el que lo importante es escalar y, por ende, pisotear algunas personas en el camino. Queda claro que bajo este modo de relacionarnos se tienen que crear alternativas que generen un cambio de raíz, al respecto, el feminismo podría ser una de ellas. Como alternativa a la fraternidad, la sororidad es solidaridad única entre mujeres, misma que ayuda a su empoderamiento, a la eliminación de las violencias, a la confianza propia y de otras, al reconocimiento y al apoyo entre nosotras.

Como mujer y como feminista he descubierto que el camino para la sororidad es turbulento, se necesita una constante autocrítica y mucha pero mucha práctica, pues desde el “tijereo” hasta el minimizar el pensamiento o la totalidad de la persona son cosas que desde niñas aprendemos de esta cultura tan misógina y capitalista. Para los grupos que están en el poder es importante que como disidentes no generemos alianzas ni confiemos entre nosotrxs, para el patriarcado es necesario que no confiemos entre nosotras ni en nosotras, con esto convivir contigo puede volverse tu propia limitante pues están los comentarios a nuestro cuerpo o a nuestras emociones, por decir algunos, que impiden florecer en un amor propio de la misma forma la pelea entre mujeres puede ser dura.

He pertenecido a varios espacios feministas y gracias a ello he descubierto que una de las carencias que en varias ocasiones tenemos es esa nula capac84717349c3ebcd5334229b1e9b7b0741idad de autocrítica, misma que puede dar pie a convertirnos en enemigas unas de otras: ya sea porque unas son mayores que otras, porque unas saben más de x tema, por destacar en ciertos aspectos, por adquirir jerarquías dentro de lo institucional o por el hecho de que algunas experimentan cosas que se quisieran vivir. Estos han sido motivos por los cuales más que celebrar el empoderamiento entre mujeres se vuelve un motivo de ataque personal, un ataque que pertenece a la estructura machista que es la base de la competencia entre mujeres.

La falta de consciencia de que si una supera ciertas barreras impuestas por el patriarcado y su sociedad, impiden que se viva la alegría de que estamos ganando contra este sistema. En varias ocasiones he conversado que quienes tienen las reglas del juego están ganando porque su meta es fija y se unen para crearla y mantenerla; algunas feministas no han entendido eso y empiezan marchitándose para luego envenenar los espacios que tendrían que ser de sororidad y empoderamiento. ¿De verdad somos hermanas? En serio se espera que se crea que en un colectivo feminista el decir “yo sé más que tú, hazlo”, “¿ya ves cómo eres? yo tengo la razón” o que el crecimiento sea sólo de unas pocas va a crear un cambio en esta cultura.

Si repetimos lo que las telenovelas no han enseñado por default nos estamos jodiendo unas a otras. El mundo es nuestro ¿por qué desperdiciar la oportunidad de tomarlo por tonterías?, ¿Por qué cuesta tanto de verdad vivir sororalmente? y ¿Qué miedo se tiene que impide practicar la sororidad? Vamos mujeres, sabemos que no somos perfectas pero creo que parte de lo que el feminismo enseña es que no tendríamos que buscar esa perfección pues todas somos valiosas con nuestras diferencias y similitudes. ¿Qué nos cuesta convivir sanamente? Entiendo que no seremos mejores amigas pues no podemos agradar a todo el mundo pero tampoco se trata de destruirnos directa o indirectamente.

Con lo anterior quiero dejar claro que asumo que no soy la más sororal del mundo pero me esfuerzo, intento analizarme y modificar lo que noto que no simpatiza con esto. Sabiendo que todas y todos tenemos nuestro tiempo y modo de proceder te pregunto a ti, esta mujer que lees mis palabras, ¿qué estás haciendo tú para acabar con la competencia entre mujeres? o ¿qué podrías modificar a partir de hoy para ser sororal? Por lo pronto creo que les puedo compartir que despedirse de esa parte machista que tenemos puede ser un buen inicio.

 

Lídice Villanueva – Tapatía de 24 años. Psicóloga feminista buscando aprender y Foto del día 02-08-15 a las 13.32 #3compartir cosas nuevas. Adora leer y ver series o películas. Gusta del arte de la pintura y escritura, tanto practicarlo como apreciarlo. Pierde la cabeza por los perros y los búhos. Adicta a los tatuajes, a lo esotérico y lo oculto. Feminista, bruja e incómoda para machistas. Instagram Facebook Twitter

Amor propio ¿cura o enfermedad social?

Dentro de mi trabajo como psicóloga me he encontrado con que carecer de amor propio es una constante, en ellos por el hecho de no poder ser sensibles y en nosotras por ser unas egoístas si lo construimos. Hace unos días escribía sobre lo que se esperaba de mi y la negación rotunda a cumplir con esas expectativas absurdas; hoy me doy cuenta que algo que se espera de mi es que no me ame, que no quiera lo mejor y que es impensable que sepa que es adecuado e incorrecto para mi.

Es confuso y contradictorio pues por un lado la sociedad aborda con mensajes sobre el cuidado del autoestima, también sobre un falso amor en el que si eres de determinada manera serás feliz contigo y con las demás personas pero realmente no se habla de un amor propio, ese que nos ayuda a aceptar tanto nuestras partes claras como nuestras sombras. Importante es conocernos, sabiendo que de una u otra forma no podremos hacerlo por completo gracias a las transformaciones que vamos teniendo en nuestras vidas. Lo curioso es que si asumes ambas cosas y demuestras que las tienes asumidas tienes falta de modestia, se te etiqueta de arrogante por saber tus cualidades y defectos.

El amor propio siempre va a terminar en todo aquello que consideramos adecuado para nutrirnos, sanarnos, sentirnos, pensarnos y aceptarnos. Por ende, habrá que decir que no en muchas ocasiones pero si somos mujeres parece que no podemos negarnos, pues se asume que somos el pilar de la familia y la sociedad, necesitamos entregar(nos) todo lo que podamos y hasta más allá de lo que está en nuestras capacidades y posibilidades. Se impone una creencia en la que se nos tiene prohibido darnos nuestro tiempo pues si se hace ¿quién va a limpiar la casa?, ¿quién va a atender a los hijxs?, ¿quién va a hacer de comer?, ¿quién va a organizar lo que hay que hacer?, ¿quién va a escuchar las penas de aquel o aquella?, ¿quién cuidará a lxs que se enfermen?, ¿quién educa?, ¿quién saca adelante?, ¿quién tiene que hacerse fuerte por el bien familiar?, ¿quién da los consejos?, ¿quién?, ¿quién?…

Aunque de vez en cuando pasa que se nos ocurre la loca idea de decir no, de poner un límite pues sentimos como nos envuelve esa enfermedad (Coff, coff abuso) y nos impide movernos, y el mundo explota. De pronto nos volvemos las malditas, las perras, las putas, las egoístas, las cabronas, las mal agradecidas, las… las. Resulta que el cuidarnos a nosotras mismas parece prohibido o una idea alocada, aparentemente amarnos es un acto dañino ¿pero para quién? ¿para mí o para todas las personas que les dije no? mismas personas que no pueden aceptar que su voluntad no sea hecha al momento o que sus necesidades estén después de las mías/tuyas.

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Ilustración de Sara Herranz

Pensar que decir que no a algo parece que es lo peor que le podemos hacer a nuestros amigxs, a nuestra pareja, a nuestra familia e incluso a nuestro trabajo; no pensamos que al no decir no lo que hacemos es dañar a la única persona que va a estar con nosotras hasta el final, por supuesto que no pensamos en nosotras mismas. Entonces reflexiono sobre lo tóxico de este sistema que nos hace creer que podemos hacer todo al mismo tiempo menos amarnos, si no empezamos a asumir que primero tenemos que estar bien con nosotras mismas para poder crear y fomentar las relaciones sanas de nada o poco va a servir lo que estamos construyendo en nuestras vidas.

Que crear nuestro espacio para dormir la siesta, pintar, bailar, correr, estar desnudas, gritar, querernos, relajarnos, ver series, leer… entre millones de cosas más sea nuestra principal revolución. Que ese espacio nos nutra y nos permita tocarnos el alma para levantarnos sin miedo a no cumplir con las expectativas. Que ese espacio sea sólo nuestro y sea bienvenida la persona que deseamos, cuando queramos.

Lídice Villanueva – Tapatía de 24 años. Psicóloga feminista buscando aprender y Foto del día 02-08-15 a las 13.32 #3compartir cosas nuevas. Adora leer y ver series o películas. Gusta del arte de la pintura y escritura, tanto practicarlo como apreciarlo. Pierde la cabeza por los perros y los búhos. Adicta a los tatuajes, a lo esotérico y lo oculto. Feminista, bruja e incómoda para machistas. Instagram Facebook Twitter