La mochilita del maltrato

*Por María Isabel

El maltrato es como una mochilita que cada quien decide cargar, en ella depositamos las violencias que aceptamos recibir de otras personas, principalmente de aquellas a las que amamos. Las hay de varios tamaños y formas, unas más pesadas que otras, pero lo que tienen en común es que todas son destructivas, y hacen que su portador no pueda moverse con libertad por la vida, haciéndolo hundirse poco a poco debido el peso que lleva en la espalda.  Algunas personas han cargado su mochilita desde la infancia y tal vez lo hagan hasta el último de sus días, otras, simplemente la soltaron a mitad del camino, percibiendo así lo ligeros que son sus pasos sin llevar a cuestas un peso innecesario. 

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Yo me encuentro en el segundo grupo, o al menos es como me siento actualmente. Hace tiempo decidí soltar mi mochilita, y no me arrepiento ni un segundo, ha sido la mejor decisión que he tomado en estos casi treinta años de vida. Debo admitir que no fue fácil salir del lodazal en el que me tenía hundida semejante peso, fue un proceso doloroso donde perdí mucho, perdí peso, cabello y seres queridos; pero también gané algo mejor e invaluable, me gané a mí misma. 

Mi mochilita era mi ex novio, mi primer amor, a quien voluntariamente cargué por alrededor de tres años. Lo conocí en una fiesta y su estilo tímido me fascinó. Sentía que me había sacado la lotería, era guapísimo, lindo, tierno, caballeroso, y con estabilidad económica, un verdadero “príncipe azul”. Los primeros meses de relación fueron miel sobre hojuelas, todo era color de rosa, nos enamoramos muy rápido y muy intenso. Mínimo una vez al mes me llegaban ramos de flores a mi casa, me dejaba pasteles a la entrada de mi oficina para sorprenderme, se desvivía por mí, me trataba como reina y a mí me encantaba. 

La novela romántica empezó a desmoronarse poco a poco. Con el tiempo fui conociendo el lado no tan perfecto de mi mochilita, sus ataques de ansiedad y depresión, producto de una infancia de abuso y abandono. Empecé a desarrollar mi instinto de protección, quería mejorar su vida, arreglar sus traumas y demostrarle que la vida podía ser diferente, que juntos podríamos crear una familia feliz, sin violencia. Lo convertí en mi prioridad, y tomé la responsabilidad de restituir los errores de su pasado; en poco tiempo empecé a cargar sus traumas e inseguridades, y a ser la depositaria de sus agresiones. 

En poco tiempo, esa mochilita comenzó a reclamarme por no aportar mucho a la relación, me pedía que me esforzara más, me decía que me hacía falta sufrir en la vida para poder entenderlo, y que nadie podría amarme más que él. Se burlaba de mi forma de pensar, no le gustaba que yo estudiara, y llegó a decirme que mi trabajo nunca sería tan importante como el suyo. En tres años, logró minar toda mi autoestima, poco a poco, comentario tras comentario, siempre en la intimidad, y de manera muy sutil. 

Yo nunca me consideré en una situación de maltrato, mi mochilita y yo aparentemente éramos una pareja feliz y estable, pensaba que ese tipo de problemas lo pasaban todas las parejas, además, el resto del tiempo él era un caballero, era tierno y cariñoso, el hombre más detallista que he conocido. Hasta que un día me sentí demasiado cansada, triste y completamente vacía. Ahí fue cuando decidí soltar esa carga que me tenía hundida, casi sin poder respirar. 

Ahora lo veo con más claridad, el concepto que me habían enseñado del amor era aquel que todo lo soporta, que todo lo perdona, que todo lo cura; por eso acepté cargar con ese peso, por eso soporté años de agresiones disfrazadas de romanticismo. Ahora sé que no, el amor no tiene por qué sufrirse, y las mujeres no estamos llamadas a cargar a personas cuyos estándares de amor implican destrucción. 

Me siento afortunada de haber soltado esa mochilita que estaba acabando conmigo, y me duele pensar que hay muchas mujeres que no tienen las mismas herramientas que yo tuve para soltar las violencias a las que se enfrentan día con día; algunas porque tienen hijos de por medio, otras porque dependen económicamente de sus agresores, y otras incluso no saben que no necesitan estar cargando ese peso sobre sus hombros, porque también las educaron para llevar a cuestas la mochilita de la violencia. 

Si eres mujer y estás leyendo esto solo quiero que sepas que no estás llamada a cargar absolutamente nada, suelta esa mochilita, vacíala, no la necesitas. 


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Mi nombre es María Isabel, pero me gusta que me digan Marisa. Mi pasión es leer y mi vocación escribir. Soy Trabajadora Social, Investigadora y Feminista.
Mis líneas de investigación son: emprendimiento femenino, subjetividad y procesos educativos.Blog: https://vocesextraordinarias.wordpress.com/Instagram: @vocesextraordinariasFacebook: @vocesextraordinariasmxInstagram Personal: @marisa_orroFacebook: Marisa Orozco

Los derechos de la ilistración pertenecen a Liza Rusalskaya

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