El agobiante papel de laborar como mesera siendo mujer

Por: Paola Jiménez de León*

La sonrisa fingida duele, al igual que las piernas y el alma. Porque ser mujer y trabajar en servicio al cliente, es una tarea difícil. He trabajado como mesera y anfitriona en bares y restaurantes desde los 18 años y desde ese entonces mis piernas, mi color de labial, y mi tono de voz parecieron importar. Tuve que soportar los típicos comentarios que terminan con la justificación de “porque eres mujer”; “Debes sonreír todo el tiempo porque eres mujer”, “Es mejor que tu atiendas a los hombres porque eres mujer”, “Debes procurar verte bien todo el tiempo porque eres mujer”.  Fui forzada a convertirme en un objeto de mercadotecnia. 

Lo más desconcertante de toda mi experiencia, aquel momento en el que me sentí como una envoltura desechable solamente, fue cuando fui obligada a usar un uniforme que mostraba mis piernas, mis brazos y mis curvas. ¿Y para qué? para elevar las ventas, atraer más clientes y para que los hombres miraran mi cuerpo a manera de entretenimiento mientras seguían consumiendo. Recuerdo ese día, y como algunas de mis compañeras no se opusieron a dicha norma. Siempre he creído que esa es una de las armas más poderosas del machismo; hacernos creer que somos autónomas cuando tomamos decisiones. 

Ese día, la voz de la resistencia insertó una idea en mi: ¿Qué podemos esperar nosotras de una sociedad que expropia nuestros propios cuerpos, en contra de nuestra voluntad, para ser utilizados como productos de mercadotecnia? Porque esto es así, durante años, trabajar como mesera me ha hecho sentir que me despojo de ser yo misma. Todo lo que soy y pienso pareciera reducirse a una opaca postal que solo puede ser vista por mí desde mi interior. Y en cambio, he recibido nítidos comentarios acerca de mi cuerpo, de mi vestimenta, de mi manera de peinarme, maquillarme o hablar.

Esto no es nada nuevo. La cosificación de la mujer siempre ha venido disfrazada del mito de la supuesta belleza femenina como objeto de atracción y admiración por parte del hombre. Incluso, la “belleza femenina” ha sido elevada a niveles místicos para su veneración. Sin embargo, setenta años atrás, la teoría feminista comenzó a desentrañar la idea de que la imagen de la mujer no era un símbolo terrenal de la divinidad, sino la construcción cultural de nosotras como objeto erótico en la sociedad. “La sociedad misma exige a la mujer que se haga objeto erótico”, escribía Simone de Beauvoir en 1949 (p. 233). Y esto, explica ella misma, debido a que vivimos en una sociedad moldeada por y para hombres, en la cual las mujeres hemos sido relegadas al papel de “lo otro”. 

Actualmente, en nuestra sociedad capitalista, mercantilizada y cuya cultura dominante es la del consumo, el supuesto de la belleza femenina puede solo significar dos cosas: sexualización y mercantilización de nuestros cuerpos, y con ello, su desposesión. “La nueva estructura patriarcal ya no consistirá sólo en la reclusión de las mujeres en el espacio doméstico, sino también, y sobre todo, en la reclusión de las mujeres en su propio cuerpo.” (Fernández, 2012, p. 278). Así, nuestros cuerpos se convierten en símbolos, en representaciones, en campos de batalla, en medios para promover el consumo y generar ganancias. Se convierten en todo menos en nuestros cuerpos.

Es así que se nos imponen estados de ánimo, gestos y vestimenta con el fin de ser la pieza adecuada de un conjunto espacial destinado a la obtención de ganancias. Nos transformamos en maniquíes en los cuales se puede colocar y quitar ornamentos al gusto. Que nuestra sonrisa no debe ser escasa para no vernos “amargadas” ni excesiva para no vernos “instigadoras”. Que nuestras curvas son demasiado provocativas para un restaurante familiar y debemos ocultarlas, pero bastantes lucrativas para un bar y debemos mostrarlas. 

Porque claro, la teoría feminista también establece que nosotras no podemos, siquiera, elegir como mostrar nuestras virtudes eróticas. Sino que la sociedad patriarcal impone parámetros que delinean figuras prudentes para la sexualización y mercantilización de nuestros cuerpos. Al hablar del papel de las mujeres que laboran en restaurantes, esta figura prudente se plasma en la actual mercadotecnia misógina que nos asfixia día con día. Mercadotecnia que estriba entre el “placer” y la “decencia”, propia de un lugar que tiene como fin la promoción del consumo principalmente entre las clases medias. 

Más aún, a la cosificación de nuestros cuerpos se le suma el acoso que la mayoría de nosotras vivimos día con día por parte de clientes, compañeros de trabajo y jefes.  Los excesos de los comensales que se manifiestan en comentarios o caricias sutiles que intentan hacer pasar como desapercibidas o la insistencia de aquellos que bebieron de más. ¿Y cómo no ser objeto de acoso? Si nuestra carta de presentación fue nuestro propio cuerpo.

Finalmente, el acto que culmina con la cadena de agresiones hacia nosotras es la descalificación de nuestra furia. Porque nuestra furia siempre será exageración o deseo de llamar la atención. Es un grito que se pierde antes de llegar a cualquier oído y razón suficiente para un despido. Nuestra furia es un arma, pero aquí, nos invisibiliza aún más.  

Este escenario demanda reflexionar que para erradicar la violencia de género en el ámbito laboral no basta simplemente con nuestra inclusión en los sectores de empleo, ni con la supuesta igualdad salarial (porque la brecha salarial continúa existiendo). O con que ahora, las empresas transnacionales, preocupadas por la igualdad de género, realicen anuncios publicitarios promoviendo el empoderamiento de la mujer. Ni tampoco basta con campañas para eliminar el acoso laboral. 

El camino por recorrer aún es largo y exige voltear la mirada hacia tipos de violencia que no son perceptibles a simple vista. Tipos de violencia que no requieren de armas o palabras para agredir, sino que se encuentran ocultos en las relaciones sociales de nuestra cotidianidad. Tipos de violencia que no se suprimen simplemente con el reconocimiento de derechos jurídicos o protocolos de género en el sector laboral. Tipos de violencia que son la base y a la vez, el elemento más cínicamente inadvertido de una sociedad machista y que son la semilla que germina nueve feminicidios al día en nuestro país. 

“Me cansé de ser mujer, decidí solo ser persona”, escribía Susana Berrón MacGregor como uno de sus versos. Así nosotras, nos agotamos de ser mujer después de cada turno laboral y desearíamos ser solo personas al día siguiente. 

Referencias:

De Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Buenos Aires. Siglo XX. 1949.

 

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*Paola Jiménez de León. 22 años. Originaria de Tepatitlán de Morelos Jalisco. Estudiante de la carrera de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Feminista y amante de la poesía. 

 

 

 

**La imagen que acompaña este texto se llama “Smile sweetheart” de @killrbangz

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