Se tiró al fuego solita

Por: Jael de la Luz* 

Querida Sandra, dos semanas atrás tu sobrina vino a visitarme. Fue una visita rápida. Vino a decirme que habías muerto, cómo habías muerto. En ese momento no daba crédito a lo que estaba escuchando. Parecía que lo narrado, estuviera sacado de un cuento de terror. En verdad que no daba crédito a lo que oí. Por varios días pensé en cómo expresar lo que siento, y cómo duele saber que ya no estás más aquí.

¿Recuerdas? Hace un año llegué como pastora a tu pueblo y hace un mes que lo abandoné. Tuve miedo cuando las cosas comenzaron a ponerse difíciles para mí. Ya otros pastores me habían advertido que era muy problemático trabajar en esa zona donde no ha sido fácil consolidar una misión evangélica sin que los católicos del lugar amenacen con quemar vivos a los protestantes como tal parece que pasó cincuenta años atrás. Con miedo a que se vuelva a repetir la tragedia, cada 12 de diciembre los hermanos de la iglesia viven al filo de la navaja por las amenazas que reciben durante las procesiones guadalupanas. Con temor a que se suelte un zafarrancho, pastores y misioneros han salido huyendo, dejando por varios años la iglesia a su suerte.

Cuando yo llegué al pueblo parecía todo diferente. Recuerdo que tú fuiste una de las personas que me recibió con alegría. “¡Hasta que por fin tenemos una mujer pastora!”, exclamaste al verme. No tardamos mucho en hacer amistad. Te gustaba acompañarme visitando casa por casa con la Biblia bajo el brazo buscando gente nueva para la iglesia. ¡Eras muy buena predicando! ¡Te admiraba por saber de memoria tantos pasajes de la Biblia! ¡Debiste haber sido tú la pastora! La gente te quería por esa naturalidad en tus palabras, por esa forma tan particular de hablar sobre la salvación. Cada vez que dirigías el culto y cantabas las cadenas de coritos, era como entrar en un trance frenético hasta que el Espíritu Santo nos bendijera con su presencia. Tenías el don de exhortar con amor. Tú presencia en el púlpito nos llevaba a la misma presencia de Dios. ¡Qué bendición haber sido parte de esos momentos, donde se cumplió la palabra de Dios al decir que “todo el que invocare el nombre del Señor será salvo”!

Cuando tu sobrina vino a contármelo, me dijo que habías quedado irreconocible y que tu cuerpo no fue enterrado en el cementerio del pueblo por órdenes del sacerdote del lugar. Según esto, el sacerdote le hizo saber al presidente municipal que ese lugar no es para aleluyas, y que al llevarte al pueblo vecino para enterrarte en el panteón público, tuvieron que sepultarte envuelta en las sábanas del hospital regional donde agonizaste los últimos días de tu vida. Me asombré al saber que ninguna de las iglesias cristianas de alrededor levantó una ofrenda de amor para comprarte un ataúd, aunque fuera el más sencillo, y así darte una digna sepultura. No pude creer que los pastores dijeran que no te merecías un descanso en paz. 

Cuando le pregunte a tu sobrina qué había pasado exactamente, ella trató de reconstruir los hechos diciéndome que tu tragedia comenzó el Viernes Santo después de celebrar el culto de las 7:00 de la noche. Dice que estabas orando hincada frente al altar y que no parabas de llorar. Una hermana se acercó a consolarte y también puesta en rodillas levantó su mano izquierda al cielo, mientras que con su mano derecha trató de abrazarte. Inmediatamente al sentir su regazo, te acurrucaste en ella y tu llanto se volvió más inconsolable. Y mientras la congregación cantaba, la hermana te escuchó pidiendo perdón a Dios por ser pecadora. Estuvo contigo hasta que te calmaste y te acompañó a tu lugar a sentarte. Hasta ahí todo parecía normal, pero al terminar el culto esa hermana fue al pastor a decirle lo que escuchó y él inmediatamente te buscó. Tu sobrina dice que ella vio como esa noche, el pastor te dijo cosas que te hicieron llorar nuevamente, y saliste de la iglesia sin avisar a nadie. 

Después se supo que el pastor mando llamar a los diáconos y al comité de oración a una reunión especial. Esos hermanos no se quedaron callados y al siguiente domingo todos sabían que habías tenido sexo con otra persona que no era tu esposo. Todos murmuraron de ti y te miraron con desprecio cuando entraste a la iglesia. Ese día el pastor te exigió pedir perdón públicamente por tu pecado, porque habías fallado como líder y como mujer. Tú te negaste a pasar frente al altar porque, dijiste desde tu lugar, ya te habías puesto a cuentas con Dios. Tal parece ser que esa indolencia tuya llenó de enojo al pastor y que para no quedar en vergüenza frente a los que estaban ahí reunidos, al terminar el culto te tomó del abrazo y te obligó a ir a la casa pastoral seguida de los diáconos. Tu esposo no pudo intervenir y se alejó de ti con tus dos hijos. Por más que rogaste que no te dejara ahí, los diáconos lo obligaron a irse. Él por temor a desafiar a los “ungidos de Dios”, no dejó de mirarte mientras te llevaban custodiada entre llantos y gritos. 

De lo que tu sobrina no sabe bien es de cómo empezó todo. Sólo sabe lo que han declarado a la policía algunos de los que estaban esa noche contigo: según tú, Sandra, estabas “enferma”, o mejor dicho “endemoniada” y por eso te aventaste al fuego solita. Una hermana que ha sido puesta en libertad sin cargo alguno, no paró de decir a la policía cada vez que la interrogaban: “ya le dije, se aventó al fuego solita.”

Tu sobrina trató de recrear el momento de tu tormento. Según esto, ya en casa del pastor, preocupados por ti esos diáconos se unieron en oración y ayuno para que sanaras, porque lo tuyo, dijeron, era una “posesión demoníaca”. Reunidos en el jardín de la casa pastoral, te pusieron en medio de ellos, mientras cantaban y oraban pidiendo la guianza del Espíritu Santo. Tú no parabas de llorar y cuando tratabas de escapar el pastor te tenía con violencia de los cabellos. Una y otra vez te sometían. Cuando vieron que seguías reincidiendo y con más fuerza, una hermana intervino y comenzó a abofetearte hasta que dejarás de llorar y maldecir. Esa hermana, que tiene el don de profecía, dijo que había tenido una revelación de Dios: era necesario prender una fogata para que el espíritu impuro que te llevó a adulterar, saliera de tu cuerpo. Algunos de los hermanos ahí encerrados contigo no estuvieron de acuerdo pero como era la voluntad de Dios, te sacaron a la fuerza al patio trasero de la iglesia. Mientras algunos recogían troncos y palos secos de los alrededores, otros te forzaron a inclinarte. Ya encendida la fogata intentaste huir, pero ya no podías gritar; habías enmudecido. Como te resististe a hincarte frente a la fogata para que te impusieran manos, tuvieron que atarte con cuerdas a una silla.

Sandra, te imagino desesperada y tratando de zafarte de los amarres. No sé sí en tu desesperación por librarte, caíste al fuego y tu cuerpo se quemó sin que nadie interviniera a tiempo para salvarte. No sé si alguien te aventó a las llamas por accidente o por creencia en que Dios directamente intervendría. Quizá no lo sabré porque parece que nadie quiso saberlo. Nadie quiso contar más allá de esa declaración policial. 

Me quebranta la idea de saber que tu fe haya sido usada para quitarte la vida. Me duele tanto saber que el fanatismo cegó a nuestros hermanos en la fe y no hayan sido capaces de poner límites a sus visiones, causando tu muerte. Pero me duele más que en vida te hayan chantajeado usando tu sexualidad para sembrarte culpa, remordimiento y castigo; no acepto que te hayan robado la palabra y la decisión de arreglártelas a solas con Dios. Me causa un terrible asombro creer que lo que empezó como un acto de fe terminase siendo un acto criminal, tan vil como el que la misma iglesia vivió hace 50 años cuando los católicos del lugar fueron a quemar con palos y dinamita la choza de paja y ladrillo que sirvió como templo, quedando irreconocibles los cuerpos calcinados de los hermanos que no pudieron salir en estampida aquella noche guadalupana. 

Días atrás hablé sobre tu caso con un pastor, aquí en la ciudad. Me dijo que eso no puede arreglarlo la iglesia central a la cual tu iglesia local está afiliada. Ese pastor cree que Dios hará justicia cuando la policía tenga todas las pruebas de lo que realmente sucedió. Y teniendo los resultados finales, dice el pastor, no hay nada que hacer, pues algún castigo merecías por tu proceder. 

Sandra, mi amor, perdóname por haberte dejado sola después de haber tocado el paraíso. No podíamos correr el riesgo de ser descubiertas y ambas ser linchadas por amarnos. Recuerdo tu voz, tu aliento, tu cuerpo, tus caricias y esa forma particular de amarme. No es fácil desprenderme de tu presencia que reclamo cada noche en mi soledad. Era demasiada la locura que me envolvía al tenerte por momentos. Poco a poco mis delirios por tenernos juntas me enloquecían. Ya no podía seguir ocultando ese deseo que nos consumía domingo a domingo, aunque sólo rozara tus mejillas al saludarte. Tuve que dejarte y salir huyendo de la iglesia, del pueblo y de tu vida. 

Debes comprenderme, yo tenía todo por perder. Me costó mucho estudiar teología, ganarme un lugar en el mundo pastoral donde los hombres dominan; fue mucho trabajo emocional hacerme respetar como pastora siendo mujer. ¿Puedes comprenderme? Pensar que estabas “enferma” no es posible. Pensar que tu muerte fue un accidente, tampoco es verdad. ¿Qué te tiraste al fuego solita?, menos me lo creo. Lo que sí creo es que en tu desesperación por salvar tu vida y expiar tu deseo, cediste a pedir perdón a cielo abierto sin que fuera suficiente para librar tu vida. 

Si alguien llega a preguntarme qué tanto te conocía, diré que lo suficiente para saber que eras una buena cristiana y que a pesar de todo lo que hayas hecho, el amor de Dios es más grande que el odio terrenal. Así dice Su palabra: “el amor cubre multitud de pecados.” Seguramente ya estás en el cielo. Mientras, yo aquí oraré y oraré para deslindarme de cualquier culpa moral que me relacione a tu muerte… 

Ya pasará…

 

Nota de la autora: Una versión preliminar de este cuento fue publicado en el libro colectivo de escritores latinoamericanos en UK,  Encuentros junto al Támesis. Sobre putas, locos y otros oficios, Lujurias y Musas, 2019. La versión que aquí se publica fue resultado del taller de narrativa El Ojo de la Cultura Hispanoamericana. Gracias a Enrique Zattara por sus comentarios.