Algo anda mal

Por: Karla Amozurrutia*

Quién soy, es ya una pregunta bastante profunda que tendré que responder ahora que inicio mi aventura por este lugar inmenso, diferente y poco convencional; estar en mi antigua casa era bastante acogedor y, sobre todo, seguro; nada nuevo se me aparecía enfrente, salvo ese lazo duro y caliente que, ahora que recuerdo, lo único que hacía era obstaculizar mis movimientos. Mi morada líquida me enseñó que la única certeza que tenía era saber que alguien se preocupaba por mí porque su voz fue lo primero que reconocí cuando salí de ahí. 

En fin, por fin salí de mi escondite, por un momento, de ese asfixiante lugar, no lo idealicen, en realidad ese saco acuoso es el inicio de la claustrofobia prenatal. Tengo vagina y creo que por eso me esperaban con tanta expectativa, creo que los penes no son tan emocionantes, al parecer. No sé qué comió mi madre, pero mi cabellera es tan larga que me pesa, cualquier elemento extra en mi cuerpo debe ser calculado con ingenio pues puede jugarme en contra, por ejemplo, estos pelos raros en mis orejas. Tal vez mis padres son licántropos o alguna especie de macaco, ojalá tenga una cola larga, eso sería divertido. 

Catorce años después, es bastante tiempo, eso tardó mi madre en volver a tener una vástaga, piensa tal vez, que cuidar a una bebé le dará consuelo cuando mi hermana mayor huya de la casa, como ella lo hizo a los 16; yo creo que en realidad soy su oportunidad de conocer a una personita nueva, eso me repito siempre. 

Ser una bebé no es fácil, hay que llenar esas expectativas que de mí, se construyeron mis padres antes de nacer, y perdón, pero solo babear no me reivindica. Todo el mundo cree que somos seres sin ninguna habilidad, ja, quisiera ver que alguien tuviera todas esas cualidades que hacen que todos hagan lo que una quiera, a eso le llamamos en nuestro lenguaje: efecto sorpresa, los tengo en alerta constante, en estado de latencia inesperada; la sobrevivencia nunca fue tan efectiva, sobre todo cuando no depende de ti.

Pero lo que me tiene preocupada son otras cuestiones que han estado ocurriendo a mi alrededor y no logro descifrar o tal vez sí. Nací en febrero, para abril afiné mi sentido de la vista, al principio con el oído era suficiente, escuchaba las voces de siempre, la grave y tierna de mamá, la entonada y cariñosa de papá, y la semiaguda y escandalosa de mi hermana. Las voces no eran problema, yo podía identificar todos lo tonos de cada voz y de cada forma de hablar de cada quien, y lo relacionaba con el olor, porque soy olfateadora experta; pero con la vista, el mundo cambió, no creo que entiendan mi emoción contenida, no he podido explicarlo aún, imaginen que están en una cueva oscura y con una vela que se apaga y se prende, las sombras son tus compañeras, pero cuando sales de ahí no te imaginas lo que hay, te da miedo y a la vez fascinación. Entonces me dije, ¿Taiyari, estás preparada para ver las caras de esas voces?, uf, esa primera emoción desbordada nunca se repetirá en mi vida. Pero de repente, sólo veía las mismas, no me mal interpreten, no me canso de ver a mi familia directa, sobre todo a mamá, pero ¿no hay más personas que pueda ver?, necesitaba ver más caras, así es como voy activando mi lado frontal del cerebro y no lo estaba logrando. Algo andaba mal. 

La recámara de mis papás es acogedora, tiene una cama que parece infinita y mi colecho es cómodo, lo mejor es que estoy a lado de papá y él tiene un oído finísimo, a veces lo engaño cuando parezco que despierto y él ya está parado enfrente de mí para cargarme. Luego me asusta, parece un zombi con cabello erizado. Mamá me lleva por toda la casa, describe cada espacio, yo no la escucho porque estoy atenta a los colores, a los brillos, a los destellos, a las formas diversas y extrañas; ya conozco todos los rincones, de pronto recuerdo la voz de mamá y reacciono con una sonrisa para que no se sienta ignorada. Mi casa es un mundo bello, pero ¿es todo? y, otra vez, ¿no hay más?, ¡me prometieron un mundo vasto e inmenso! Algo está mal. 

Pero mi preocupación fue mayor cuando sorprendí a mis padres hablando con una pantalla inmóvil, brillosa y de ella brotaban sonidos. Era muy caótico. No entendía si los sonidos vivían ahí dentro o aparecían y desaparecían como acto de magia. Yo observaba con atención las caras que veía, sólo que no se veían como las de mamá, papá y hermana; estas eran planas no podía verles las manos, el cuerpo, las piernas, los pies. ¡Eran sólo caras! Necesité un tiempo para reponerme del shock, con mis 3 o 4 meses me sorprendo fácilmente. Intenté reponerme y de pronto, todas esas caras me estaban hablando, además me veían, hacían como si estuvieran conmigo, pero las bebés como yo, no somos tontas. Claro que no estaban ahí, conmigo. La mentira de estar ahí no me la compro, si el juguete está es porque lo toco, si no está es porque no lo tocó, por lo tanto, no existe y punto; no hay mayor ciencia. Si estuvieran ahí, podría tocarlos y jalar su cabello, olerlos y reconocer su fragancia favorita, observar los colores de su ropa, y no puedo hacer nada de eso.

Así que no, aunque mamá y papá se esfuercen en que les diga “hola” o “adiós” no puedo hacerlo, no puedo interactuar con alguien que no existe. Así que ahí entendí que algo estaba muy mal. Tal vez así era el mundo: tu familia existe, los demás no y sólo aparecen en esa pantalla mágica de vez en vez. 

Ayer cumplí 5 meses y llegaron a casa personas que no había visto, ni olfateado, ni escuchado antes; fue una conmoción e impresión enorme, 5 meses esperando caras reales y entonces sí, pero no…y entonces, me asusté, como cuando te enfrentas al mayor de tus miedos y te invade la adrenalina para lograr derribarlo, pero al mismo tiempo el terror se apodera de ti; bueno pues el pánico apareció en todo mi cuerpo y me solté a llorar. No entendía qué me estaba pasando, no podía controlarme, hasta que mamá me dio la teta y se apagó mi llanto. Es el arma secreta de mamá, la teta. Después de un tiempo, pude corroborar mi teoría y efectivamente no eran hologramas mágicos, podía tocar sus caras, y eso me confundió aún más, ¿de dónde venían? ¿por qué no salían de la pantalla? ¿aprendieron a salir de ella? Si estaban jugando con mi mente, y se trataba de confundirme, lo estaban logrando. Veía contantemente a mamá y papá para encontrar las respuestas que necesitaba, pero estaban muy ocupados haciendo circo, maroma y teatro para que no volviera a llorar.

No se enfocaban en darme respuestas certeras. Fue un día intenso y agotador.

Recuerdo que quería que se fueran de mi espacio todas esas personas con caras y cuerpos reales que nunca había tocado, porque no existían, sólo eran caras en la pantalla inmóvil y de pronto eran reales, me conocían, pero nunca me habían tocado, ni olfateado, ni visto, entonces yo tal vez no estaba ahí…y nadie me decía qué demonios estaba pasando. Si así era el mundo, tenía que prepararme emocionalmente. Prepararme para las desilusiones y confusiones constantes. Algo no estaba mal, todo estaba mal. 

Mamá me dijo toda la mañana que conocería los árboles, yo deduje que esos no estaban en casa y que los traería para que los conociera, pero sacó el cochecito de paseo, ese que conocí cuando me llevaron por mi primer piquete en el brazo, y de los que parece que no me libraré en unos años. Estaba muy atenta a lo que vería, mi vista estaba preparada para motivar nuevas conexiones neuronales. Algo frío y refrescante me golpeó la cara, me detuvo la respiración por un instante, no podía verlo, pero estaba ahí, no lo había sentido antes; eso definitivamente sí existía, pero no podía tocarlo. Papá me llevaba en el carrito, cuando abrió el capote del cochecito por fin los vi, eran algo majestuoso, me llenaban la vista con sus tonalidades verdes y su inmensidad; tocaban el cielo, levanté mi manita para tratar de alcanzarlos infructuosamente. Quedé estupefacta. Me preguntaba por qué se habían tardado tanto (5 meses) en presentarme a esos gigantes del cielo; y cuando bajé la mirada para ver a mamá, papá y hermana y regalarles una sonrisa de satisfacción, me encontré con otra imagen que no podré borrar de mi memoria en construcción; tenían algo en la cara. ¿Qué pañales tenían en la cara? ¡Diosas de la leche! No podía verles más que los ojos, y busqué otras caras para despertar de la alucinación y había más caminando a lo lejos, todos con pañales en la cara. 

Me doy, no sé a qué tipo de mundo llegué, estoy segura que algo muy terrible está pasando afuera, lo presiento.

Hay algo en el mundo que todavía no logro entender, pero mi conclusión basada en evidencia empírica, en una primera fase, hace que mi instinto de sobrevivencia se avispe.

No sé qué es, lo averiguaré pronto, después de comer; mientras tanto no dejo de pensar en que algo está realmente mal.

 

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*Karla P. Amozurrutia Nava Profesora de Asignatura: Lic. Desarrollo y Gestión Interculturales – FFyL / UNAM Twitter: @Karliuxamoz

 

 

** La imagen que acompaña este texto es de @projectmamauk

 

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