Masculinidad femenina frente al deseo en tiempos del Covid

Por: Beatriz Ramirez Saavedra*

Una vez, me dijo una butch a la que entrevisté y con la que tuve el enorme placer de tener una conversación muy interesante, que existe una masculinidad real (la femenina) y otra, la construida, que en este caso, desde la teoría de género queer, concebimos como la cis. Y es que, frente a los imperativos sociales, los binders y las pollas de plástico nos recuerdan la maleabilidad del sexo/género en épocas de una globalización más capi y anticapitalista, momento histórico de pandemias fronterizas, virus varios ultraderechistas e ideologías precontroladas por intereses que pululan por todas partes de forma invisible, como quizá apuntaría Foucault.

Entre PCR, sensaciones de desmayo y locura mundial, el género/sexo ha dejado de resultar importante, sencillamente, ya no es una prioridad…¿o si? La figura de la butch interesa y mucho en este punto porque se alza como ese monstruo aberrante que es capaz de transgredir cualquier límite y que se niega a adecuarse, ni tan si quiera, a la lógica trans. Butch, entonces, como cuerpo disidente donde los haya, como grito de guerra; butch como resistencia, como objeto/sujeto anhelante de deseo, butch siempre con su puño en alto, con o sin el pelo largo. Así…, si algo tiene la butch que tanto cabrea, es, precisamente, su firme decisión de no moverse de “la tierra de nadie”.

¿Interesa su existencia? A pesar de evidencias sociales respecto a su invisibilidad y su innegable repliegue al mundo de la marginación social y el ostracismo, parece que sí, y, de hecho, no sólo a una comunidad queer cada vez más emergente. De hecho, hay una verdad en todo esto; su presencia misma hace tambalear un sistema opresivo, que cual corsé (bienvenides al mundo femme) de décadas anteriores, lucha por deshacerse de su prisión en mitad de esa marejada incierta convertida ya en sombra y que desde las ciencias sociales es definida como sociedad.

La butch es elegida dentro de la masculinidad femenina, además (concepto que, definido desde los parámetros de Halberstam son muy amplios), porque, si nos fijamos un poco en todo lo que representa, hace tambalear la vida tal y como la concebimos, con su azul añil y sus rosas empolvados, con su dicotomía recalcitrante y obsoleto que ya huele, apesta, de tanto usarlo.

Habrá quien diga, llegados a este punto, que la butch no deja de ser una representación más de una figura machuna y patriarcal, que es la viva imagen del binarismo de género. Pues bien, la butch no es sólo que no sea la viva imagen de ningún hombretón, si no que, como acertadamente y de manera magistral comentó mi interlocutora butch en esa ocasión, la performance butch es la antesala de la construcción de la masculinidad hegemónica, es su talón de aquiles, es su vía de fuga, la cara de la moneda que deja al descubierto a un disfraz que queda bastante mejor si unx se lo acopla de manera consciente delante del espejo.

Y como de butch no vive lo queer (o no sólo), la femme, eterna compañera de la misma, que se acopla a su ser como las burbujas al champán, reproduce ya una condensación tan extrema cuando vemos sus manos o sus lenguas entrelazadas que yo diría que cuesta contemplarlas, desde un punto de vista omnisciente, como dos identidades divergentes (que, lo son, por otra parte). Llegamos a la femme porque la butch tiene algo en su mirada que la femme necesita y viceversa, como en esas comunidades en blanco y negro que nos llegan desde añejas fotografías americanas de barrios como Greenwich Village o Buffalo, cuna de la clase obrera del nacimiento butch más cañero.

Sea como fuere, había que rescatar (palabra de femme), a su contraria y complementaria, eterna amante, amiga, confidente, compañera de lucha incansable, porque a mí, al menos, me cuesta dejar de imaginarlas juntes, en esos bailes de pub de extrarradio donde el repicar de los tacones se superponía a la inhalación de un humo de tabaco muy diferente al que se fumaba en lugares heteros.

Ahora, caemos en el peligro, de olvidar lo que supuso la revolución butch, la valentía femme, porque vivimos, por desgracia, tiempos complicados que pueden teñirse de nuevos y necesarios objetivos sociales, olvidando que aún, hay una lucha a medias que pugna por salvar lo que nos queda de mundo, o, en su defecto, lo que hemos hecho de él.

¿Y si aprovechamos estos instantes de confusión, de pánico, de mariposas muertas en el estómago y encierros eternos para hacer prevalecer otras formas alternativas de salvación humana que pasen por otras formas de replantearnos la vida? La butch, desde luego, empezó hace mucho a hacerlo, a plasmarlo en su manera de enfrentarse a un mundo incierto plagado de peligros para quienes no se ajustan a las medidas pactadas.

Me gustaría saber, ¿somos conscientes del verdadero poder del deseo? Ya no del amor o del simple enamoramiento, química cerebral, hormonal, transitoria y poco transgresora (pero si, necesaria), si no del deseo, mucho más alargado en el tiempo, con una proyección un millón de veces más amplia y que despierta un sin fin de emociones en cada cuerpo o cyborg que respire. ¿Somos conscientes de que el único camino a seguir, el único ya disponible en tanto en cuanto nos ha sido siempre arrebatado, es el del deseo más objetivo y subjetivo, de ese que deja de lado los dibujitos asépticos de vaginas sin vello para reconvertirse, de forma abrupta, en mil orgías con espléndidas expectativas?

Ahí queda la butch, con su pitillo medio colgante en la comisura de los labios, tenaz en su hacer, en su ser y en su desear y que marca el camino a seguir, un lenguaje donde ni las nacionalidades ni las religiones importan (nunca lo hicieron, en sentido técnico). Quizá debamos aprender a trasmutar cualquier prejuicio y a ponernos unas gafas de color bien rosa, de rosa a rosa, purpurina y taconazo de brillantina…Si lo hacemos, veremos que, en tiempos de incertidumbre, de futuros inciertos, tras la figura de les que siempre resistieron, aunque no supimos verles, aún se esconden mil verdades por ser descubiertas.

El macho ibérico está en peligro de extinción, pero a la humanidad aún le queda mucho que decir, a pesar de que, a veces, el pesimismo se apodere de nosotres. Digo de nuevo, si lo intentamos, cada vez que nos levantamos, hay alguien a punto de volverse loca, pero de puro placer, epicentro universal y sentido existencial de tantas luchas y resistencias, de las pasadas y de las que están por venir…

Ahondemos más allá del miedo y del control impuesto, ni nos conformemos ni deseemos darnos por vencides. Generaciones nuevas son la esperanza, la hierba fresca que crece aún salvaje, en mitad de la naturaleza, esa que, a la postre, puede ser, de hecho, nuestra única salvación.

Mi misión es hablar de masculinidad femenina, pero sé, he visto, que tiene tanto que ofrecernos a la larga el conocimiento de aquelles que fueron relegades a los márgenes (en este caso, invisibles a más no poder). Pero, ¿cómo haceros entender yo…simple femme en construcción, ese misterio que se halla tras la revolución del género/sexo, tras aquelles que gritaron por liberarse pero también, por liberarnos a todes, de un modo u otro?

Yo, bajo mi máscara de pestañas y enfundada de vez en cuando en medias de red (normalmente rotas) no me atrevería a hablar por ninguna de elles, pero he elegido, como meta, como objetivo, porque lo necesito, porque lo merecen y porque me da la real gana, darles voz. Y qué mejor, querides, que ahora, cuando hay tantas y tantas personas mirando a través de las ventanas, perdidas sin el poco resquicio de libertad, que una vez, creyeron tener.

Y, si es patriarcal y me convierte en sumisa (adorada sumisión BDSM) encomendar mi vida a hacer que imágenes perdidas, retazos de una historia injustamente arrebatada, puedan ver la luz y mostrar, de una vez por todas, su sonrisa, que así sea. Aceptaré con gusto e indiferencia cualquier apelativo que se me adjudique. Yo, soy femme, y con orgullo expongo…que sin la butch, sería igual de maravillosa pero mucho menos feliz. No hay mayor placer que contemplar a una de ellas, por la calle, sentada en la barra de un bar o haciendo lo que le venga en gana. ¿Un consejo? En tiempos difíciles…saca a la butch que llevas dentro. ¡Femmes, can do it!

Referencias:

  1. Halberstam, J. (1998), Masculinidad femenina, Egales, Madrid.
  2. Nestlé, J. ( 1992), The Persistente Desire, Alyson Publications, Boston
  3. Trujillo, G. (2007), Deseo y resistencia: treinta años de movilización lesbiana en el estado español, Egales, Madrid.


*Beatriz Ramirez Saavedra es activista bollera, rabiosamente femme. Ha participado durante 3 años en la Asamblea Transmaricabollo de Sol.


** La imagen que acompaña el texto es un fotograma de “Si las paredes hablasen 2”


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