“La Mística de la Feminidad” desde la (post)modernidad

Por: Bea Ramirez*

Repiquetean los tacones, mis tacones, por una calle poco transitada de Bilbao, con lo que, resuenan con mucha más fuerza que de la habitual. Miradas de soslayo me devuelven a la realidad…aunque a veces serpenteemos por paisajes aparentemente desérticos, las fieras siempre pueden encontrarte, ocultas tras edificios oscuros o farolas titilantes.

Y entonces, llega la pregunta: ¿es la feminidad del 2020 una nueva feminidad o la de siempre? ¿Su esencia, su mística misma han logrado variar algo desde conocidas series estadounidenses como Mad Men donde las mujeres se dedicaban (obviamente por mandato social y no por puro placer) casi en exclusiva a parir y a ir a la peluquería? 

Me pregunto para mis adentros antes de meter la llave en la cerradura del portal..¿tendrán razón algunas feministas al señalarme cuando decido formar parte del heteropatriarcado por mi manera de vestir y de comportarme (o es lo que piensan ellas)? ¿Me vuelvo víctima por pintarme los labios de rojo en forma de corazón y llevar vestidos entallados? ¿Estoy contribuyendo precisamente por todo ello “a ser cazada” y por tanto, posteriormente, enjaulada?

Desde los 50, con Betty Friedan y su concepto del feminismo así como de las sucesivas y diversas luchas venideras (llámense olas o como se quiera), ha llovido mucho. Mucho, pero mucho; y que, a pesar de los discursos, sobre todo académicos, que apostillaban por la androginia como modelo deseable para cualquier persona desde estos sectores con el firme objetivo de dinamitar la discriminación de las mujeres, al contemplarme en el espejo y al aplicarme el rimmel (menudo ritual puede terciarse), no consigo ni reconocerme en esas feminidades opresoras añejas ni tampoco considerarme una presa por querer, por ejemplo y entre otras cosas, maquillarme. 

Y sí, esta claro. Ser una chica femenina y repiquetear con tacones por cualquier calle del mundo, sobre todo a horas intempestivas, puede volverse una verdadera odisea, un reclamo a esos ojos escondidos de todo que acechan, desnudan y logran que, cualquiera, tenga miedo y se perturbe. Ahora bien, para mí, los tacones logran que yo, femme declarada donde las halla, clave mi bandera queer en las baldosas, esas tan típicas y emblemáticas bilbaínas, señal y símbolo, por cierto, de mi ciudad natal. Eso, significa, sin duda alguna, ir a la guerra. 

¡Y que vivan, que vivan los abrigos de leopardo, las pestañas postizas y las lacas de uñas estridentes, de esas que llevan purpurina de mil colores! Yo, por mi parte, colecciono todo tipo de ropa y complementos como Ulrika Dahl sus disfraces, y es que, cada vez con más ganas, deseo contonear mis caderas orgullosas con eso que yo considero ya una performance, un juego, mi juego, con orgullo y sin remilgos. 

Me sobreviene otra pregunta, acecha como esas fieras que se ocultan…¿me diferencio en algo de las “otras mujeres” cuando al parecer, nuestra estética es similar? Bueno, para empezar ni siquiera me considero “mujer” al uso, prefiero meterme en el grupo de mis compañeras trans, prefiero ser trans, hoy en día; posiblemente, ya sea “trans”, transhumana, transmutada, transfigurada…¿trastornada? Pues seguro. Y a menuda honra…

Vaya a donde vaya, además, mi recorrido siempre es otro, mis pasos van en otra dirección de la supuestamente marcada. ¿Dudo a veces de contribuir a mi propia discriminación sexual? Pues seguro que también. Lo que tengo claro es que mi verdad, sea la que sea, la mostraré como me salga, en forma de tacón de aguja o de sombrero de ala ancha, de esos que llevaban mis admiradas butches en la dorada década de los ya citados años 50. 

Delante del espejo me encuentro a años luz de lo que consideran que es ser “mujer” ese cierto grupo de feministas, como si perteneciera a otra galaxia. La condensación de lo que significa la feminidad normativa, la transformación de esos límites siempre tan rígidos e impolutos, significa, posiblemente para la identidad femme pero también para muchos otros cuerpos resignificados, una vuelta de tuerca tan interesante (e histriónica) que me faltan líneas en este artículo para poder explicarme…

Mientras tanto, sé que seguirá habiendo callejones oscuros, sé que el lobo feroz puede acechar y que, aunque ya me de lo mismo, siempre tendré detractorxs por mi forma de ser y de desear, intentando arruinar una autoimagen que ya no refleja lo que ellxs ven a su alrededor. 

Me encantan los tacones, sí, bien altos y de charol, ¡y que traten de arrebatármelos porque son ya, mi arma de guerra cuando suenan, bien alto, en mitad de las calles vacías!

Vendrán también a señalarme como “hetero”, como hacían y seguirán haciendo siempre, pero…cuando se fijen bien y yo tenga a una butch delante, de esas que me arrancan suspiros y hasta jadeos, el enigma de mi extraña feminidad, tan volcada para satisfacer a los “hombres”, quedará resuelto…o no, ¡he ahí el misterio pero también la poca agudeza visual de muchxs! 

Desde la mística de esa feminidad obligatoria a la elección de cómo queremos ser, hay un mundo, hay más de un paso, hay mil galaxias y mil gritos que han de ser recordados, porque, Caperucita Roja, dentro de nuestra cultura, seguirá siendo un cuento para nuevas generaciones que, de nosotrxs depende, conseguirán ver o no, en su capa, inocencia abstracta o puro fuego y fetiche…

A la imaginación de quienes aún sepan soñar queda ya, lo que lleva esa maravillosa Caperucita debajo de la capa (no hablemos ya de las exquisiteces de su cestita, no aptas seguramente, para todos los públicos…)

Referencias:

  • Dahl, U., (2005) “El baúl de los disfraces: un manifiesto femme-inista” ( págs. 151-162) en Grupo de Trabajo Queer (ed) “El eje del mal es heterosexual: figuraciones, movimientos y prácticas feministas “queer”, Traficantes de sueños, Madrid. 
  • Ziga, I. (2009) “Devenir Perra”, Editorial Melusina, Barcelona. 

*Beatriz Ramirez Saavedra es activista bollera, rabiosamente femme. Ha participado durante 3 años en la Asamblea Transmaricabollo de Sol.


** La imagen que acompaña el texto fue proporcionada por la autora de este texto.


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