“No habrá nunca murallas tan altas que mujeres organizadas no puedan derrumbar”

*Por Tatiana Romero

A Emilia, que empieza ya a dar sus primeros pasos feministas

No recuerdo cuándo empecé a despertar los 8 de marzo con lágrimas en los ojos, las emociones a flor de piel y un nudo en la garganta que no se deshace ni con la ilusión de salir a las calles con mis compañeras de militancias. No recuerdo cuándo empecé a soñar que recorría las calles de la avenida Reforma en la Ciudad de México. Tampoco cuándo comencé a echar de menos la mano de mi madre agarrando la mía fuerte, ambas llenas de emoción al ver a tantas mujeres* en las calles. Si recuerdo que fue cuando las manifestaciones por la despenalización del aborto cuando entendí que ella era también mi amiga y mi compañera de lucha. Al poco tiempo fue la primera a quien le dije que estaba embarazada y que no quería, ni podía tenerlo. Mi madre me acompañó en el proceso de aborto cuando todavía era una práctica ilegal en la Ciudad de México. Luego yo acompañaría a una mujer de la que estaba enamorada en todo un proceso largo y tedioso porque en ese primer momento de despenalización a las mujeres en los centros de salud se les cuestionaba su decisión, se las juzgaba e incluso se las intentaba convencer de no abortar. 

Tampoco recuerdo cuándo mi propia ausencia o la ausencia de esas calles y esas mujeres* empezó a llenar mi vida de vacíos. Cada año es más duro estar lejos, cada año son más las mujeres* asesinadas, cada año la rabia crece y el desasosiego de no estar ahí y no poder hacer nada. El terror de que un día, E. la hija de 3 años de mi mejor amigo, desaparezca o le hagan daño. La preocupación constante por las mías y las ganas de estar ahí, de gritar, de romper, de quemar, de destrozarlo todo tan solo porque alguna de todas las mujeres* desaparecidas volviera con vida. Podría decir que México me hace falta pero mentiría, los 8 de marzo me hacen falta ellas, sus miradas limpias, su rabia agitando la sangre, sus gritos de guerra, sus ganas de cambiarlo todo, de reventar el patriarcado con las manos, como azulejos estrellados por la fuerza del contacto. 

El año pasado las miraba desde la distancia, desde estos 10 mil km que me separan de sus brazos fuertes dispuestos a luchar por todas las que ya no están y lloraba sin parar, gritaba, me emocionaba. Hubiera dado todo por estar ahí, por pintar los monumentos coloniales, las huellas materiales de una historia que no nos ha tenido en cuenta nunca, que ha invisibilizado y acallado a las mujeres*, a las pobres, las indígenas, las “prietas”, las jotas y las lenchas. Una historia patria que, al igual que cualquier pater familias lanza golpes con la mano abierta, que mutila, viola, abusa y desaparece. El año pasado el calor de sus cuerpos y del fuego que encendieron con los símbolos de esa historia patria llegó hasta la capital del reino de los colonizadores y me llenó el pecho de respeto, admiración y amor profundo. 

Y, me temo que incluso cierta envidia asomaba en las entrañas. Acá no se incendia, no se rompe, no se desobedece. Acá “se hace lo que se puede”, aunque por frenar los feminicidios el Estado no haga nada. Acá hay miedo, porque hay mucho todavía que perder. Miedo a la multa, miedo a la policía, miedo, todo es miedo. Acá se dice que el miedo va a cambiar de bando, pero también se alaba el pacifismo del feminismo: “la única revolución pacífica”. Pero yo no puedo parar de preguntarme, ¿es que acaso las mujeres* conocemos la paz? ¿Cómo podemos hablar de paz si no hay justicia? Cómo podemos pretender ser pacíficas con las llaves en el puño todas las noches al volver a casa. Deberíamos tal vez reconciliarnos con la ira, abrazar la violencia, armarnos y erigir la autodefensa feminista por bandera. 

Este año salimos a las calles de la capital del reino sabiéndonos ilegalizadas. Las condiciones sanitarias en Madrid fueron el pretexto que desde hace un par de años los señores de arriba venían buscando para frenar las luchas feministas. Se prohibieron las concentraciones, manifestaciones y actos “multitudinarios” convocados por el movimiento feminista autónomo organizado. Se violó el derecho de libre manifestación con la excusa que desde el año pasado se ha convertido en un dispositivo de disciplinamiento y control de los cuerpos: el COVID-19. Salimos a las calles en desobediencia civil, salimos más fuertes que nunca, más rabiosas, más conscientes de la lucha, más autónomas y creo que tal vez también más libres. Eso sí, salimos menos, muchas menos que los años anteriores, de ser casi medio millón pasamos a ser un par de cientos, pero para mí ha sido el mejor 8 de marzo desde que vivo aquí. Parece que es necesario indignarnos en nuestras propias carnes para entender que la lucha feminista es desobediencia, porque su sino es ese: romper con el mandato patriarcal, con las normas de género, con el capitalismo que mata. Romper, romper, romper todo el tiempo. 

Este año vallaron la principal plaza de la ciudad que me vio nacer, la cerraron para resguardar al poder patriarcal de la ira feminista, pero como versa una de las pintadas en los muros levantados: “no habrá nunca murallas tan altas que mujeres organizadas no puedan derrumbar”. Del muro hicieron un memorial con los nombres de las desaparecidas, las asesinadas. De los nombres nacieron flores y de esas flores surgió el incendio. Después del incendio, el humo y la asfixia cambió de bando gracias a la valentía de una compañera. De su cuerpo defendiendo a las suyas, la euforia y de ahí… De ahí hasta tumbarlo, compañeras.

*En este texto se utiliza el * después de la palabra mujer como forma de representar a quienes siendo cuerpos feminizados no nos identificamos con el sujeto mujer y dislocar el binarismo de género que contiene.

** La imagen que acompaña el texto es de la compañera La Reinota @LilaCizas