A las que no son marimachas

*Por Tatiana Romero

“Escribo para grabar lo que otros borran cuando hablo” Gloria Anzaldúa

Llevo tatuada la palabra BUTCH y a pesar de eso, al leer Stone Butch Blues, de Leslie Feinberg, me sentí más Theresa que Jess. Al leer esa historia de amor marimacho hubo miles de cosas que me atravesaron como lesbaiana, pero sé, que por muchos años que llevo ya habitando la identidad butch, mi existencia nunca ha sido negada de esa forma descarnada y brutal que viven allá donde vayan las lesbianas butch, las marimachas. Ellas alteran el orden con su sola presencia. Con su forma de mirar, de hablar en alto, de poner los pies sobre el suelo que pisan, de subirse a un escenario. Dinamitan convenciones con sus andares, con el movimiento de sus manos, el sonido y el timbre de su voz. 

Ellas, no son simplemente lesbianas, como dice Feinberg: “No soy una mujer. Soy un marimacho. Es distinto […] Es algo que nos hace diferentes. No es que seamos simplemente lesbianas.” Y eso es algo que en este mundo binario, lesbófobo y patriarcal se penaliza: -“va a ser, bonita, que te vamos a quitar algunos puntos por verte como te ves”-. Siempre se ha pagado caro aferrarse a lo que una es, pero en su caso, el castigo es estrellarse contra el mismo muro una y otra vez, no dejarlas entrar, cerrarles la puerta en las narices. (Qué poco sabe la masculinidad tóxica hegemónica de que ellas no solo se han hecho ya a los márgenes, sino que juntas con otras invertidas, con esas alianzas imposibles de las que habla María Galindo, han creado un mundo afuera de ese muro en el que pretenden que se estrellen continuamente). No les hace falta que las inviten a entrar, si quisieran, insisto, con su sola presencia, volarían por los aires sus sofás de terciopelo y su poesía pequeñoburguesa.

Pero insisten en querer domesticarlas. 

A ellas, se las echa de los baños públicos de mujeres. A veces, cuando hacen viajes largos en autobús el miedo las paraliza en cuanto sienten la vejiga apretar y aguantan estoicamente las 5 horas de trayecto para no vivir la eterna pesadilla que representa que una mujer te mire de arriba a abajo calibrando tu qué eres (no quién, sino qué). Las inmoviliza el miedo a la violencia ejercida sistemáticamente sobre sus cuerpos por parte de la policía del género: esas señoras “de bien” que parecen estar a sueldo en cada estación. Esas que con un corte bob y mechitas rubias, te miran sonriendo, acariciando su cadenita de oro con una cruz en el centro y te sueltan: “perdona pero este es el baño de chicas”. Lo dicen así, “chicas”, porque ya se sabe que las mujeres somos eternas menores de edad. 

Es particularmente brutal la violencia que se recibe en los baños públicos. 

A ellas, si son maestras, las criaturas les preguntan una y otra vez si son “hombre” o “mujer”. Les llaman como quieren llamarles, les dicen “amigo”, se niegan a creer que sean mujeres y, posiblemente, incluso digan en casa que su profe es una chica pero parece un chico. Si dan clase a adolescentes sufrirán las miradas, los comentarios mordaces de esas lenguas viperinas que están en el momento más venenoso de su vida. 

Día tras día, la lesbofobia cotidiana de las aulas. 

A ellas, si escriben, si dedican su vida a la práctica cotidiana de pasar por el cuerpo los pensamientos para plasmarlos en un papel, se les criticará su obra duramente. Siempre irá por delante un hombre, por mucho que no sea capaz siquiera de distinguir entre una metáfora y una hipérbaton, que haga rimas fáciles, o que utilice imágenes oscuras en las que da rienda suelta a sus deseos feminicidas. Ellas es que ni tan siquiera entrarán dentro de la “literatura femenina” porque resulta que ¡no son femeninas! No hay forma de perdonarles la transgresión, no hay ningún peaje que puedan pagar por pertenecer a ese grupo de mujeres a quienes el patriarcado les da permiso de juntar palabras en una sopa de letras con tal de no compartir el banquete del éxito. 

La constante lucha por ser escuchada en un mundo de verdades preconcebidas. 

Y resulta que a mí, con 25 años a cuestas de feminidad normativa, con una infancia y una adolescencia de princesas, colores rosas y minifaldas, a mí me gustan esas mujeres incómodas, peligrosas, subversivas, ilegales. He intentado parecérmeles aunque sea un poquito en los últimos 10 años porque me gustan. Ya desde muy jóven las miraba con deseo, aunque no entendiera bien lo que me pasaba. En los bares de la Zona Rosa* me atraían con una fuerza gravitacional imparable, las camisas de cuadros, los jeans sueltos, el pelo cortísimo o rapado y las miradas. Esas miradas que a día de hoy siguen pareciéndome una invitación inmerecida al paraíso. Entonces escuchaba las estupideces de mis amigas -”para estar con una mujer que parece un hombre mejor estoy con uno”- como quien oye llover.

A mi me gustan las marimachas, como Gloria Anzaldúa, habitando siempre la frontera, escribiendo encuerada con la máquina de escribir en las rodillas, o en servilletas y papeles arrugados. Siempre he sido admiradora declarada de quienes hacen de la resistencia su bandera y politizan el dolor. De quienes a pesar de ese dolor intentan que la coraza emocional que las protege de un mundo de mierda no sea una muralla infranqueable para personas como yo. Me calma su ternura tanto como me desconcierta esa forma contradictoria de necesitar cercanía pero poner el freno. Sonrío al pensarlas y a veces también al mirarlas. 

De ellas me fío, porque no dejan pasar la oportunidad de ser ilegales y han aprendido a vivir fuera de las normas de la vieja y blanca Europa. De ellas me fío porque comparten conmigo la emergencia y con una piedra montan guerras, dignas, libres y rebeldes. Porque ponen el cuerpo casi sin quererlo, porque se dejan la piel para defender el mío, de otro color. Porque son mis cómplices, mis secuaces, mis camaradas, mis compañeras, mis comadres.

No hay forma de cerrar esta carta porque espero que este idilio butch nunca se acabe, pero, a vosotras, a las que no son marimachas, a las que las miran con desprecio y las penalizan por aferrarse a sí mismas:

¡Váyanse mucho a la chingada! 

*La Zona Rosa en La Ciudad de México es el barrio en donde están la mayor parte de locales “de ambiente”.

** En la fotografía Gloria Anzaldúa