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QUEJAS PERSONALES

Por Mónica Ceja* 

Estoy harta de sentirme insegura cada que camino sola, de tomar caminos más largos porque la calle está oscura y me da miedo ser atacada, de no poder salir sin un gas pimienta en el bolso o las llaves entre los dedos a modo de manopla, de que desconocidos me griten palabras morbosas que jamás pedí, de que me chiflen o que un desconocido me de los “buenos días” mientras recorre mi cuerpo con su mirada asquerosa. Estoy harta de ser más selectiva en la ropa que usaré cuando voy a salir porque lo admito, suelo pensar en que si uso short me gritaran más cosas a comparación de cuando uso pantalón.

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Cuerpo vivido y machismo cotidiano

Salgo en la noche a correr a un parque concurrido, llevo unos minutos corriendo apenas y me percato que dos chicos están sentados en una banca, uno de ellos se para y hace el ademan de ir detrás de mi trotando”, dudo por un segundo  en lo que está sucediendo y cuando volteo, el chico disimuladamente trota hacia otra dirección y su acompañante suelta una carcajada.

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¿Por qué soy feminista?*

Por Lucia Solis**

Creo que tenía 12 años, quizá un poco más. Iba de camino al colegio y era invierno. Solo eran 10 minutos a pie, un recorrido que hasta hoy podría hacer de memoria y con los ojos cerrados. Llevaba puesto mi uniforme plomo y chompa azul con el pelo goteando y una mochila celeste pesadísima. A veces usaba audífonos. Caminaba pensando en nada realmente. Todos los días eran iguales. Todos los días menos ese. Cuando pasé cerca de un parque, un hombre de unos 40 años que estaba del otro lado de la calle, cruzó todo el parque hasta quedar frente a mí. Traté de esquivarlo y el dio un paso al costado. No parecía ofensivo. Lo único que hizo fue desabrocharse el pantalón y mostrarme lo que tenía ahí. No fue un ataque físico pero mi inocencia acabó golpeada.

La segunda me tocó cuando tenía 13 años. Esta vez regresaba del colegio. Dejé a mi amiga en su casa, me despedí de ella y seguí caminando. Llevaba puesto mi uniforme plomo pero ya no la chompa azul. Hacía mucho calor. Iba por la vereda y tratando de no pisar las líneas –hay que distraerse un poco si vas caminando solo- cuando un taxi se plantó a mi lado. El tipo que conducía iba muy despacio, como si estuviera siguiéndome. Yo me giré hacia él, me miró y me dijo: te hago el amor. Volteé la cabeza asustada y empecé a caminar mucho más rápido. Esa voz horrible la sigo teniendo muy presente.

Ahí quedó todo. Dos eventos que jamás conté a nadie y que me guarde por mucho tiempo. Estoy segura que a cualquier niña o mujer le habrá pasado algo así a lo largo de su vida. No soy especial. Pude seguir viviendo, por supuesto, pero con algo quebrado. Desde ese momento fui consciente de la mirada de los hombres sobre mi ropa y mi cuerpo mientras caminaba, mientras estaba en el micro, siempre.

Unos años después, a mis 17 más o menos, dudé si comprar una falda que me encantaba porque me aterrorizaba que me vieran demasiado en la calle o que algún otro hombre decida gritarme cosas. Me tomo solo unos segundos darme cuenta que no podía sacrificar mi propia satisfacción a costa de lo que unos cuantos pervertidos piensen. Desde ese momento dejó de preocuparme qué tanto mostraba o cómo debía vestirme para no ser atacada.

Esto que parece una especie de manifestación del girl power a los 17 años no era para nada una liberación feminista. Ni siquiera sabía qué era el feminismo. Ok, entendía más o menos de lo que se trataba pero no lo asociaba a lo que me pasaba como persona. Sabía de mujeres que se rebelaron en contra del maltrato laboral, que gracias a aquellas marchas yo puedo votar, puedo usar jeans, pude estudiar en la universidad, etc. Lo entendía pero nada más. No era mi lucha. Para mí, el acoso callejero era un piropo incómodo, las mujeres morían porque tuvieron la mala suerte de enamorarse de un asesino, las niñas violadas eran víctimas de su condición social, el Estado no tenía nada que ver y los hombres eran hombres, qué se podía hacer.

Pero felizmente seguí creciendo. Me hice más grande, cumplí más años, leí más, viajé más y conocí más. Comencé a descubrir libros, blogs, música, mujeres que tenían algo que decir. Entendí el rol del Estado y su responsabilidad frente a los derechos resquebrajados de las mujeres, comprendí que la Iglesia nos ataca, que los hombres no son hombres y ya está, que las mujeres somos violadas, golpeadas y asesinadas porque vivimos en un mundo que se construyó para dejarnos abajo. Somos hijas del patriarcado y por eso tenemos que pelear. Entendí la lucha del feminismo, nuestra lucha, y estoy intentando hacerla cada vez más mía.  El machismo está en la televisión, en nuestra casa, en el colegio, en la prensa… está en el aire.

Estudié periodismo, trabajé escribiendo pero me desencanté por completo al darme cuenta que las prioridades del periodismo peruano fluctuaban entre quién besó a quién y cuántos kilos subió quién (e incluso aquí hay machismo). Para escapar, escribía en mi blog sobre lo que me gustaba y pasaba. Fue algo así como una terapia. Hasta que no quise escribir más.

Cuando realmente me empezó a afectar niñas violadas todos los días en el noticiero o tal vez a una chica que podría ser yo siendo arrastrada por el piso de un hotel, se me hizo más difícil escribir, no sé,  sobre el chico que me gustaba. Hasta hoy. Quiero escribir. Quiero crear contenido sobre el feminismo que comunique, que explique directa o indirectamente cómo el sistema abominable y patriarcal en el que vivimos nos afecta en todos los ámbitos de nuestra vida. Mujeres que hablen de feminismo y expresen feminismo, hombres que comprendan nuestra lucha, historias importantes. Ahí está el por qué.

*El título de esta entrada ha sido modificado a petición de su autora
**Lucia Solis (Lima, 1992) periodista y feminista peruana. Creadora de www.cuartomenstruante.com

Puedes encontrarla en Twitter como @lamenstruante y su página de Facebook Cuarto Menstruante

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

¿Apariencia o Currículum?

Por Rosario Ramírez*

Hace unas semanas en México hubo toda una discusión acerca del acoso a propósito de un caso que acaparó varios medios y la atención de muchos usuarios de redes sociales, ya que se trataba de la denuncia pública de una mujer a la que un taxista llamó “guapa”. Tamara, conocida en el mundo de los blogs y del twitter como Plaqueta, denunció a su acosador ante la Justicia Cívica y el sujeto en cuestión fue acreedor a una falta administrativa por su “piropo”. Esta noticia, en muchos sentidos, sentó precedentes acerca de que el acoso puede y debe ser sancionado y, además, probó que las mujeres podemos denunciar estos hechos para estar y sentirnos más seguras en nuestro andar cotidiano[1].

El acoso es un tema que desde hace tiempo es parte de la agenda feminista y se ha colocado como un hecho social que ha permitido visibilizar un tipo de violencia que parecía naturalizada. Ha suscitado discusiones y reflexiones múltiples acerca de su definición y alimentado estudios sociológicos y antropológicos al respecto de sus repercusiones sociales[2].

Estos breves antecedentes sirven de marco para colocar otro tema no menos importante –y tampoco tan desconectado de lo anterior- y es la consideración de las mujeres y sus capacidades para conseguir o mantener un empleo. Mis búsquedas de trabajo y la de mis colegas me han puesto enfrente una serie de elementos que mi ser feminista y mi ser mujer no han podido ignorar: me refiero a las diferencias y desigualdades que se hacen visibles al momento de acceder a los empleos y que nos colocan en un sitio subordinado a partir de elementos que no necesariamente remiten a nuestras capacidades, formaciones y habilidades.

Son bien sabidas  las distinciones y preguntas a las que nos sometemos al momento de concursar o buscar algún trabajo: si somos casadas o no, si somos madres o si pensamos serlo, pasar por una prueba obligatoria de embarazo y, si somos casadas, entonces hay que responder si “el marido nos deja trabajar” y un largo, pero muy largo etcétera. A todo esto se suma la evaluación no sólo de una “excelente presentación”, sino de una prueba de corporalidad, o sea, si eres bonita o no (¡y del peso ni hablamos!)

Hace poco escuchaba la historia de una colega que contaba que cuando fue a una entrevista de trabajo quien sería su jefe directo le dijo que su “plus” es que “además de inteligente, era guapa” –Seguido de un acercamiento físico, razón por la cual no volvió a presentarse en la oficina-. A mi también me lo dijeron alguna vez y la respuesta que, supongo, me descartó como candidata para el empleo fue que, si soy guapa o no, es curricularmente irrelevante para los fines del trabajo que me estaban ofreciendo. Otra historia similar me la compartió una vieja amiga de la universidad, quien contaba que en una llamada para concertar una entrevista de trabajo el hombre de recursos humanos le dijo que ya la había buscado por redes sociales y que, como era bonita, entonces sí le podía agendar la cita para la entrevista.

Otras más cuentan y contamos que ya en un espacio laboral no sólo se vive un acoso constante por parte de compañeros y jefes (hombres y mujeres por igual), sino la evaluación constante de los cuerpos por parte de los colegas de trabajo y la vigilancia de una normativa social que establece que sí o sí, una mujer tiene la obligación de verse bella y deseable para cumplir sus objetivos. Por supuesto, hay que mencionar también la caracterización de las mujeres como seres capaces de hacer y cumplir sólo algunas tareas que no impliquen decisiones estratégicas para el colectivo, sino tareas menores en comparación con aquellas que son destinadas a los varones. En este sentido se entra en juegos de poder vinculados con una serie de roles y estereotipos estigmatizantes tales  como si eres mujer y estas en un puesto alto es porque te acostaste con alguien o eres “muy cabrona”; y si no tienes puestos estratégicos, es porque simplemente “eres mujer y no puedes”, aún cuando estés perfectamente capacitada para hacer y ejercer cualquier tipo de puesto y tarea.

Con todo esto me detuve a pensar en varias cosas: ¿por qué la apariencia física determina las capacidades de una persona? ¿Qué diferencia hay entre el “guapa” denunciado por Tamara y el stalkeo de quien contrataría a mi amiga  o el jefe acosador de mi colega? ¿Por qué las mujeres, antes de nuestras capacidades, somos (y debemos ser) un cuerpo deseable? Y finalmente ¿Cuántas mujeres han pasado por este tipo de comentarios y situaciones para tener o mantener un empleo?

Desde hace varios años se ha registrado un porcentaje mayor de mujeres que obtienen grados académicos altos –de maestría y doctorado en diversas disciplinas- e incluso hay quienes han hablado de la feminización de los estudios superiores en el país[3]. Aun con estos datos, las mujeres con formaciones superiores nos enfrentamos no sólo a la precarización laboral y a la poca oferta de espacios donde poder ejercer nuestros saberes con un salario justo y en igualdad de condiciones, también nos enfrentamos al trato desigual de  quienes aprovechando su lugar estratégico evalúan al “otro” en función de una serie de atributos que no necesariamente son relevantes para llevar a cabo una labor específica. ¿Apariencia o currículum?

Valdría la pena pensar, en este ejercicio de visibilización de las desigualdades y de las múltiples formas de discriminación, qué tanto hemos naturalizado también estas actitudes hacia nosotras mismas y hacia otras en el ámbito laboral, qué juegos de poder se colocan en la mesa y se ven cuestionados si salimos de este ejercicio de evaluaciones y acoso consentido. Hasta dónde nuestra formación, pero también nuestras posibilidades como mujeres nos permiten llegar en un mundo donde la precarización laboral nos deja en un espacio que, aún con avances significativos, en el ámbito práctico y microsocial sigue siendo profundamente discriminatorio para las mujeres por el simple hecho de serlo.

Sirva este texto no sólo como denuncia, sino como la búsqueda por dignificar nuestros saberes, como una forma de seguir desmontando esos discursos velados que nos colocan como seres inferiores para realizar un trabajo, para darle el valor y peso a nuestras formaciones y decisiones y para exigir espacios laborales en un marco de respeto y dignidad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

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Notas de la autora

[1] Por supuesto, no dejo de lado que a raíz de esta denuncia hubo muchas reacciones negativas y acoso, en este caso virtual, hacia Tamara a través de tuits y mensajes en las notas que cubrieron su caso. Ella misma compartió a través de varios medios algunos de los comentarios que recibió y se encuentran en este video: https://www.youtube.com/watch?v=6qik003HNiQ

[2] Entre los trabajos que abordan esta temática encontramos a Ramírez, Estrella (2017) El piropo como construcción de la imagen femenina y su corporalidad, tesis para obtener el grado de Licenciada en Sociología. UAEMex, México; Lichinizer, Daniela (2014)  Del piropo al acoso callejero: Relaciones de poder entre mujeres y hombres en el espacio público, tesina para obtener el grado de Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires; y Gaytán, Patricia (2009) Del piropo al desencanto: un estudio sociológico. Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, México.

[3] Entre ellos encontramos los trabajos como “Mujeres y educación superior en México. Recomposición de la matrícula universitaria a favor de las mujeres repercusiones educativas, económicas y sociales” de Olga Bustos.

Disponible en: http://www.culturadelalegalidad.org.mx/recursos/Contenidos/Estudiosacadmicosyestadsticos/documentos/Mujeres%20y%20educacion%20superior%20en%20Mexico.pdf

Y el análisis de Karina Sánchez en “La feminización de la matrícula en la Educación Superior en México. Aportes desde la sociología de la educación”.

Disponible en http://elmecs.fahce.unlp.edu.ar/v-elmecs/actas-2016/Sanchez.pdf