Editorial (agosto)

En algún momento, la feminista comunitaria, boliviana, Julieta Paredes, decía que “No somos alumnas de un feminismo occidental”, haciendo referencia a que las mujeres de América Latina tenemos un pensamiento crítico que no nace de la Ilustración ni de las revueltas sociales de la modernidad occidental, sino de los saberes que se pasaron entre mujeres de generación en generación en temas de autocuidado, medicina y herbolaria, la observación de la naturaleza, los dolores de nuestras ancestras así como historias orales de resistencia.

Occidente logró imponer, a través de las armas, la cruz y la biblia sus prácticas colonialistas, y aunque ya hace tiempo se dieron procesos independentistas, separacionistas y movimientos anticoloniales en nuestros territorios, todavía nuestras sociedades, mentes y cuerpos están en constante tensión respecto a esas estructuras de dominación patriarcales, adultocentristas, heteropatriarcales y morales, las cuales produjeron y reprodujeron una violencia sistemática en los cuerpos de las mujeres, lxs niñxs, minorías discriminadas y poblaciones vulneradas por guerras civiles, ocupaciones y políticas de exclusión. Por ello, en cada momento histórico de profundos cambios y violencia exacerbada, como el actual, es importante reconocer cómo y desde dónde opera la violencia sistemática, y también de qué espacios o de qué actores sociales podemos tener elementos de esperanza y resistencia para accionar nuestras apuestas feministas.

Agosto es un mes que nos invita a reflexionar sobre la decolonización, la resistencia y la memoria histórica. Comenzamos con la Semana Mundial de la Lactancia Materna, reivindicando una práctica tan natural como ancestral, misma que hoy en día se encuentra “compitiendo” contra el bombardeo constante de los medios de comunicación que promueven la cosificación del cuerpo de las mujeres para el consumo masculino heterosexual, mientras ignoran la naturalidad y bienestar para la salud tanto del/la recién nacidx como de la madre, que implica el periodo de lactancia.

El 9 de agosto es el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. No podemos dejar de pensar en aquellos 500 años de colonización en la región de América Latina donde el proceso de conquista y evangelización impuso sociedades jerarquizadas y racializadas que con el tiempo se convirtieron en dispositivos de odio, discriminación, sexismo y clasismo. En ese proceso, nuestros pueblos indígenas y población afrodescendiente fueron silenciadxs, reprimidxs e invisibilizadxs de los relatos oficiales hasta muy entrada la década de 1990, cuando los movimientos indígenas de liberación configuraron nuevas formas de pensar la ciudadanía y el estar y ser en el mundo. En sus demandas, una deuda histórica se hizo pública: generaciones enteras resistían la total asimilación colonial porque al luchar por sus tierras, sus usos y sus costumbres, fueron sometidxs, asesinadxs, desplazadxs y expatriadxs. Los cristianismos que se impusieron, quisieron quitar y condenar toda práctica religiosa espiritual ancestral, e impusieron en nombre de la cruz o la biblia, representaciones de un dios patriarcal al que las vidas de las mujeres no importaban. Se impusieron prácticas paternales para pretender entender a lxs “indígenas” o “nativxs”, despojándoles de su humanidad y dignidad. Sin embargo, en las últimas décadas los movimientos indígenas están cobrando fuerza al autorrepresentarse y movilizarse en contra de megaproyectos o la expansión urbana en zonas que ancestralmente les corresponden. Mujeres indígenas destacan en ese liderazgo y movilización, desde un pensamiento colectivo donde los sentimientos, los sentires y la memoria histórica nos ponen ante una forma diferente de entender los feminismos indígenas y comunitarios. Son mujeres que cuestionan el orden colonial, las figuras masculinas de dios, las apropiaciones culturales de sus artes. Que esta fecha nos sirva para hacer memoria de esas voces e identidades silenciadas que hoy se reafirman desde sus propias experiencias, reclamando una justicia milenaria por la vida, y nos invitan a acompañar sus procesos de liberación, que también son los nuestros.

Y ese reclamo es lo que nos lleva a pensar en otrxs actores colectivos que también claman por la vida. En un México descompuesto por la guerra interna contra las drogas, con un alto índice de población juvenil que se involucra en los cárteles, el comercio informal, los salarios precarios y la desesperanza de poder vivir dignamente con una profesión, son las mujeres adolescentes y jóvenes quienes además de enfrentar estas violencias sistemáticas, enfrentan la violencia de género en espacios públicos y privados. Ser mujer y joven en México es un peligro. Por ello el 12 de agosto, Día Internacional de la Juventud queremos que este país sea seguro; que nuestra palabra importe cuando denunciamos acosos sexuales, violaciones, despidos injustificados, la imposibilidad de decidir cuándo ser madres o si queremos detener el proceso de gestación, es decir, decidir sobre y por nuestra sexualidad, o cualquier otro tipo de abuso por el hecho de ser jóvenes.

También, el 19 de agosto es el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, recordando que los tratados son letra muerta si cada minuto, miles de mujeres y población infantil son sometidas, a la fuerza o por engaño, a dar su fuerza de trabajo o sus cuerpos en condiciones de esclavitud humana. ¡Basta de tanta impunidad! Que las redes mundiales de trata, pedofilia, cuidados y trabajos manuales dejen de lucrar gracias a la explotación inhumana. ¡Paremos la demanda que las alimenta!

En este mes reivindicamos, además, el Derecho a la Seguridad y que la ciencia se emplee a favor del bienestar humano, y de cada una de las especies de flora y fauna con las que compartimos la Tierra. Desaprobamos los ensayos nucleares en zonas de guerra que los politólogos han llamado “de baja intensidad”. Para nosotras no hay guerras de baja intensidad; una guerra es una guerra y su fin es destruir, conquistar, someter y deshumanizar a poblaciones enteras. El shock que provocó la bomba nuclear en Nagasaki, y la documentación que hizo Svetlana Alexiévich en su libro La Guerra no tiene rostro de mujer, nos ponen frente a testimonios de cómo las mujeres siempre salen perdiendo en contextos de ocupación, ensayos y desarrollo de programas nucleares. Y si eso no bastara, nuestra realidad nacional nos recuerda nuestra propia guerra. México se ha convertido en un territorio donde miles de madres, padres y familiares lloran y buscan a sus muertxs y desaparecidxs desde la década de los 60 sin encontrar respuestas. Este país con sus sistemas represivos contra la disidencia desapareció a quienes eran revolucionarixs, comunistas, discrepantes políticos, guerrillerxs; hoy, con la guerra contra el narcotráfico, la lista ha crecido y se ha concentrado en Veracruz, Guerrero, Jalisco y las fronteras. No sabemos dónde están miles de hermanas que no han vuelto a sus casas; no sabemos por qué la justicia tarda en llegar ante los gritos a cielo abierto cuando marchamos en caravanas y manifestaciones gritando: NUNCA MÁS, ¡PORQUE VIVXS SE LXS LLEVARON, VIVXS LOS QUEREMOS!

Finalmente, en Feminopraxis queremos que al cierre de este mes, el 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, tengamos esperanza de encontrar con vida o saber la verdad sobre el paradero de nuestras hermanas que, por ser lo que son, incomodaron a este sistema patriarcal injusto. Y que con cada nombre que recordemos y busquemos, se fortalezca el grito incansable de ¡VIVAS NOS QUEREMOS! Para que donde quiera que estén, nos escuchen…

Feminopraxis

2 comentarios en “Editorial (agosto)”

  1. A veces ser feminista lo confunden con intentar ser macho. Ser feminista es sentirse femenina y sentirse. No importa si es para bien o para mal. Es acatar tus propias”vistas” es aportarte a ti misma, es caminar al lado del hombre, es estar presente y consciente sin disculpas ni excusas. Es simplemente tú. Ser un ser pensante, reflexionando sobre tu posición en la sociedad.

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