Mi viaje al Primer Encuentro Internacional político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan

Por Sandra Martínez Hernández*

Llegué apresurada a tomar el autobús a las 16:30 en la Tapo, Ciudad de México. Por distintas razones tuve que irme sola el 7 de marzo rumbo al Encuentro en el Caracol de Morelia en Chiapas. El primer inconveniente que tuve fue un embotellamiento en la carretera que duró cuatro horas y que causó que no llegara a las siete de la mañana a San Cristóbal de las Casas, por lo que tuve que buscar una forma aparte para alcanzar mi lugar de destino, pues el grupo con el que me iría ya había partido. Por suerte no lo hice sola, pues me encontré en el autobús con una compañera chilena que tenía el mismo rumbo.

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 Rumbo a Altamirano. Vista desde la camioneta de redilas.

Al llegar a San Cris tomamos un taxi que nos había dicho nos llevaría hasta Altamirado (el pueblo más cercano al Caracol), pero nos mintió y nos dejó en un pueblo intermedio, así que de ahí nos subimos a una camioneta de redilas que nos dejó en Altamirano y luego tomamos un taxi para llegar por fin al Caracol.

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Vista del Caracol.

Inmediatamente nos registramos y entramos. Lo primer que advertí es que afuera había hombres, mismos que no atendieron la convocatoria en donde decía que era un evento exclusivo de mujeres y aun así fueron, pero no los dejaron pasar, por lo que se quedaron a acampar en el exterior. Ya adentro instalamos la tienda de campaña que llevaba mi amiga chilena Loreto y la que también fue mi lugar para dormir.

Posteriormente comimos y comenzamos a explorar el lugar y las actividades. Yo no conocía a las compañeras zapatistas, pero lo hice a través de su hospitalidad y de sus representaciones de teatro político que realizaron en uno de los escenarios del Caracol; ahí nos hablaron de su dinámica de diálogo y organización en asambleas, de su crítica al sistema capitalista, del trabajo de las curanderas en su comunidad y del machismo que impera en todos los espacios. Incluso nos enteramos en parte sobre cómo organizaron el Encuentro. Las jóvenes zapatistas bailaron, actuaron y montaron escenografías. Mientras las veía, yo pensaba en cuánto tiempo les habría tomado todo lo que nos compartían.

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Mesa de internet, seguridad y feminismos.

 

Los talleres y conversatorios a los que asistieron más de 5,000 mujeres comenzaron el nueve de marzo. Las actividades se realizaron en los escenarios, dormitorios, comedores y en el patio del Caracol. Los temas fueron el stencil, la lesbiandad, resistencias por el territorio, el cuerpo, internet, prácticas de participación, las curanderas, la partería, ecofeminismo, mujeres dibujando mujeres al desnudo, trabajo con niñas y niños, bordado, activismos, entre otras temáticas.

Una de las varias mesas a las que asistí fue de mujeres con discapacidad y me gustaría compartir un poco de lo que hablaron las compañeras. Dos de ellas son de talla pequeña y no pueden caminar, otra es una mujer con ceguera y una más tiene esclerosis múltiple. Tesorito, quien es de talla pequeña, nos dijo que ir al Encuentro significó mucho en su vida porque fue la primera vez que viajó sin estar acompañada de su familia, que está aprendiendo a ser más independiente y que se dedica al bordado; la compañera con esclerosis nos confesó que todavía en sus sueños se ve caminando y cargando su silla de ruedas. Todo eso me hizo pensar que las largas horas de viaje que muchas hicimos (hubo quienes hicieron 24 y hasta 36 horas) no representan nada y a cambio recibimos mucho en este viaje.

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Mesa con la temática “mujeres con discapacidad”.

 

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Equipo de fútbol de mujeres jóvenes zapatistas.

 

Paralelo a estas actividades se llevaron a cabo encuentros deportivos de futbol y vóleibol, así como clases de danza, teatro y actividades de pintura para las niñas y niños, quienes también estuvieron presentes en el Encuentro. Otro tema es la comida. Allá recordé la fortuna de poder alcanzar un plato de arroz con frijolitos y queso o unos chilaquiles; de disfrutar un vaso de mango verde con limón en las tardes y de engolosinarme con mi arroz con leche en las noches, y ni se diga de los elotes con mayonesa.

Ya en las noches había música. Una de las presentaciones que más destacó fue la de Batallones Femeninos. Yo había visto videos de ellas, pero nunca había estado en una presentación en vivo. Rapearon temas sobre la menstruación, Ayotzinapa y el tema más fuerte que he escuchado: “Así era ella” en donde hablan sobre un feminicidio y se escucha la voz de la poeta María Rivera con las siguientes palabras:

“Allá van
María,
Juana,
Petra,
Carolina,
13,
18,
25,
16,
los pechos mordidos,
las manos atadas,
calcinados sus cuerpos,
sus huesos pulidos por la arena del desierto.
Se llaman
las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,
se llaman
las mujeres que salen de noche solas a los bares,
se llaman
mujeres que trabajan, salen de sus casas en la madrugada,
se llaman
hermanas,
hijas,
madres,
tías,
desaparecidas,
violadas,
calcinadas,
aventadas,
se llaman carne,
se llaman carne.
Allá
sin flores,
sin losas,
sin edad,
sin nombre,
sin llanto,
duermen en su cementerio:
se llama Temixco,
se llama Santa Ana,
se llama Mazatepec,
se llama Juárez,
se llama Puente de Ixtla,
se llama San Fernando,
se llama Tlaltizapán,
se llama Samalayuca,
se llama el Capulín,
se llama Reynosa,
se llama Nuevo Laredo,
se llama Guadalupe,
se llama Lomas de Poleo,
se llama México”.

Por todo ello, las compañeras zapatistas nos proponen “seguir vivas y seguir luchando cada quien su modo, su tiempo y su mundo”. Yo por mi parte me traje esa luz que nos compartieron para cuando tengamos miedo. La prendo en “mi corazón, pensamiento y tripas” y la compartiré con cada mujer y con un enorme agradecimiento para mis compañeras zapatistas por enseñarme la lucha y resistencia diaria.

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*Sandra Martínez Hernández. Maestra en sociología política por el Instituto Mora. Dedicada a temas de participación política y género. Apasionada de la literatura.

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