Por Maura Alemán*

Salgo a grabar al amanecer. Llevo mi equipo de grabación a senderos de montaña, a costas aisladas, a puntos donde el desierto se encuentra con el mar. Pero antes de encender la grabadora, hay un protocolo que rara vez aparece en los manuales de ecología acústica: elegir horarios de luz, calcular rutas de salida, compartir mi ubicación en tiempo real, medir la distancia al auto, estar atenta a presencias que no son sonoras.

Mi escucha no es neutral ni descorporizada. Es una escucha alerta, corporal, que incluye el riesgo como variable. Cuando documento los paisajes sonoros de Baja California, la costa del Pacífico, la Sierra de San Pedro Mártir, el Golfo de California, no solo registro frecuencias y amplitudes. También negocio con mi cuerpo las condiciones para poder estar ahí.

Esta es la realidad que no se nombra en los textos académicos sobre ecología acústica: el trabajo de campo tiene género. Las decisiones que tomo, a qué hora llego, cuánto tiempo me quedo, qué tan lejos me interno, están atravesadas por una evaluación constante del riesgo que mis colegas varones rara vez tienen que hacer. La frontera no solo se oye: también se negocia con el cuerpo.

El impuesto de credibilidad

Dirijo Rinforzando Música, un proyecto independiente de enseñanza e investigación sonora en Mexicali, Baja California. Ser mujer joven dirigiendo este proyecto no solo significa administrar un espacio: significa sostener un “impuesto de credibilidad” que se cobra en cada interacción.

A veces se expresa en detalles que parecen menores pero que organizan el trabajo cotidiano: que asuman que soy la asistente cuando llego a una reunión; que le pidan confirmación a alguien más sobre algo que yo acabo de decir; que el trato cambie visiblemente cuando se dan cuenta de que yo dirijo; que mi autoridad se mida por mi edad y no por mi práctica. En mis primeras ponencias académicas, asumieron que yo era quien conectaba las computadoras, no la ponente.

Ese costo no siempre se nombra, pero estructura todo: cómo hablo, cómo me presento, cómo defiendo mi lugar. La independencia, entonces, no es solo un modelo de trabajo: es una postura política. Significa decidir cómo enseño, qué repertorio uso, cuánto tiempo dedico a cada estudiante, qué investigo y cómo lo hago. Significa también asumir la precariedad económica que viene con no pertenecer a ninguna institución. Pero esa precariedad es también libertad: no tengo que justificar ante nadie por qué una clase de violín puede incluir una conversación sobre las emociones, o por qué mi investigación sonora importa.

La escucha como forma de resistencia

Esas experiencias me enseñaron a ocupar el espacio de otra manera. A no pedir permiso. A entender que cuando una mujer decide escuchar, ya sea una sierra de pinos al amanecer o una alumna de siete años tocando sus primeras notas, está haciendo un acto político. Es negarse a la prisa. Es insistir en que hay cosas que solo se revelan cuando les damos tiempo. Es reclamar el derecho a estar presente en espacios que históricamente no fueron pensados para nosotras.

Mi proyecto de investigación, “Escuchando los bordes”, documenta los paisajes sonoros de tres ecosistemas de Baja California: el Pacífico, la Sierra de San Pedro Mártir y el Golfo de California. Lo que llamo el “triángulo acústico” de la península: mar, montaña y desierto. Cada vértice propone una relación distinta entre espacio y memoria. El Pacífico es expansión: el oleaje constante, el viento marino, un horizonte que se percibe casi táctil. La Sierra es introspección: el silencio profundo del bosque de coníferas a 2,800 metros de altitud, donde los sonidos surgen con lentitud y los silencios dicen tanto como las voces. El Golfo es umbral: el punto donde el mar y el desierto se encuentran, un borde liminal que evidencia la fragilidad del territorio.

Pero documentar estos paisajes siendo mujer implica una capa adicional de trabajo que rara vez se reconoce. Cada salida de campo requiere una logística de seguridad que no aparece en ningún manual metodológico. La escucha atenta que desarrollo cuando me quedo inmóvil esperando que la sierra vuelva a sonar después de mi llegada es también una escucha de supervivencia: ¿hay alguien más aquí? ¿A qué distancia está el camino? ¿Cuánta luz queda?

Construir espacios donde otras no paguen el mismo costo

Fundé Rinforzando Música en 2017 porque necesitaba un espacio donde la música fuera realmente apreciada. Un espacio donde el error no fuera motivo de vergüenza sino parte del proceso. Donde enseñar no significara imponer un método único, sino adaptarse a cada persona que llega con un violín o una viola entre las manos. El nombre lo elegí con intención: en notación musical, rinforzando (rfz) indica un refuerzo repentino del sonido. No quería perder el impulso.

Mi práctica pedagógica se nutre de la pedagogía crítica de Paulo Freire, que cuestiona la educación donde el maestro deposita información en estudiantes pasivos. También de bell hooks, que entiende la enseñanza como un acto que ofrece espacio para el cambio y la invención. Y de Nel Noddings, cuya ética del cuidado propone que el tiempo dedicado a construir relaciones no es tiempo perdido.

Hoy trabajo desde un estudio con preparación acústica en Mexicali, atendiendo a cerca de cuarenta estudiantes, desde niñas de cinco años hasta adultas mayores. Mi alumna Ana María tiene 67 años y hace poco tocó la obertura de Guillermo Tell de Rossini. Las adultas mayores que llegan a Rinforzando Música cargan con décadas de escuchar que ya es tarde para aprender. Mi trabajo es desmentir eso.

La experiencia de género que vivo en el trabajo de campo regresa al aula. La forma en que una alumna se atreve a sonar, a equivocarse, a ocupar espacio, tiene historia. Por eso mi enseñanza insiste en algo simple pero necesario: el aprendizaje musical puede ser un lugar donde el cuerpo no se juzga, donde el error no castiga, y donde la voz, literal y simbólicamente, puede crecer. Quise construir un estudio donde otras personas, especialmente mujeres, no tengan que pagar el mismo impuesto de credibilidad para aprender.

Enseñar violín y grabar paisajes sonoros parecen actividades distintas. Pero para mí son parte de lo mismo: una práctica de escucha que se hace con el cuerpo presente, con los riesgos asumidos, con la insistencia en que hay formas de habitar el mundo que requieren tiempo, atención y el derecho a estar ahí.

Rinforzando Música nació de esa convicción. Sigue creciendo desde ahí.


Para conocer más:
http://www.rinforzandomusica.com.mx
Instagram: @Rinforzando.musica

*Maura Isabel Aguayo Alemán es música, educadora e investigadora sonora radicada en Mexicali, Baja California. Licenciada en Música por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), fundó Rinforzando Música en 2017, una academia de violín y viola que también funciona como plataforma de investigación y creación sonora independiente. Su práctica pedagógica se fundamenta en la pedagogía crítica de Paulo Freire, la pedagogía comprometida de bell hooks y la ética del cuidado de Nel Noddings. Como investigadora, su trabajo abarca la etnomusicología, la ecología acústica y los estudios territoriales. Su proyecto “Escuchando los bordes” documenta los paisajes sonoros del «triángulo acústico» de Baja California. Ha publicado en el CENIDIM y la Revista Thule (Italia), y ha presentado su trabajo en foros nacionales e internacionales incluyendo la UNAM, el CENIDIM, la Sociedad Mexicana de Antropología y la Red Iberoamericana URBS SONORUM.


Descubre más desde FEMINOPRAXIS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

TAL VEZ TE INTERESE