En todos lados se cuecen mascarillas

Por: Susana Castillo*

 

La presión es dinamita. Aplica para las ollas, corazones y rutinas.

Despertamos de pronto en un nuevo mundo donde las realidades, sobrepasadas de albergar resignación, detonaron, y un continuo desmoronamiento acaeció en una jornada de octubre. Exhaustas las palabras de revotar por doquier, se asilaron en murallas para sobrevivir. Centenares enceguecieron a manos del terror que se uniforma, y el mundo fue mensualmente un dolor continuo. No hubo corazón que menguara. Pero la calamidad se obsesiona una vez cada tantos años.

¿Pandemia? ¿podrían las alertas sanitarias augurar que una bomba de relojería mantendría la compostura frente a una peste circunstancial?

Y la mantuvo (por un tiempo).

Confinaron la rabia y la miseria en un cuartito estrecho, y a la revolución la travistieron de higiene, pulcritud y mesura. “Cuarentena” remplazó el anterior “estallido social” como la palabra emblema en los noticieros nacionales, y el pueblo unido jamás será vencido se degradó a dos metros de distancia social. Las cacerolas ya no gritaron de rabia, si no de hambre, porque todo acuerdo y promesa del pasado, de cuando fuimos titanes devorando dioses, se agotó por completo, como el alcohol gel.

Los carceleros sanitizaron las calles, y los grafitis, que como mantras de guerra nos aleonaban, fueron parte de la memoria rota. Pero las jaulas terrenales ya no significan algo, los espíritus rebeldes no descansan en camas americanas. 

El mundo, escenario distópico y polarizado, se convulsiona entre la búsqueda del equilibrio, y en un poblado sudamericano, nosotras resistimos, pese a la precariedad, el abandono y el odio de la clase política dominante. Era cuestión de días para que todas aquellas demandas que exigíamos a vivo pulmón en las calles concretaran sus angustias cotidianas, y cada persona comprendiera que no eran ánimos de comunistas perversos. Era nuestra realidad, nuestra mísera existencia de pobres, convenciendo a pobres, sobre la existencia de la pobreza. 

Esta introducción apocalíptica es acompañaba por sus cuatro jinetes correspondientes; injusticia, dolor, resignación y hambre.

Este último, me desagrada más que ninguno, los anteriores incluso podrías dejarlos cabalgar, sobrellevarlos, pero el hambre es otra cosa. Demonio insensible, paciencioso y letal. Ese mismo que nos dispuso a fabricar mascarillas, convirtiendo a la población (desde el vendedor de hand roll hasta el espejismo de la emprendedora pyme), en hábiles sastres y costureras. Reinventando la ropa que el tiempo obligó al desapego, añadiéndole más estilo que validez sanitaria a toda tela que de quirúrgica tenia lo que cada empresario tiene de humanidad y conciencia social. Que ensoñación fue aquel oasis chilensis, si hasta por algún tiempo, todas nos ensuciamos un poco con la invención feliz del Edén. 

Recorro, como quien escudriña en cartas antiguas, silenciosamente, un pequeño pueblo de mi vida actual. La cuarentana no es menester para todos, la vida del sueldo fijo y pretensiones de salud, nunca fue una realidad, pero nadie se atrevió a comentarlo jamás, resultaba que nadie vivía como aspiraba, y cuando el trabajo cesó, y los despidos bombardearon a la clase trabajadora, o los espacios públicos fueron vetados por contagios, los vulnerables, los ambulantes, las del día a día, las sin contrato, quedamos con una mano por delante y otra por detrás. Ensombrecieron los rostros de este pueblo semi rural, y volví a desempolvar aquella postal de antaño, de los escasos autos, las pulperías, el tren, los campesinos a caballo, los portoncitos de madera, y la pobreza con la ropa austera, herencia perpetua de los hermanos mayores. Recordamos que los años no habían cambiado tanto como lo suponíamos, y una constante nos ubicó nuevamente en el suelo: éramos todas y todos forasteros del progreso, residuos de humanidad que bebieron de ensueños mezquinos y muy distantes de ser propios. Nuestra vida nunca nos perteneció realmente, y ahora de golpe entendíamos esa sensación de saberse insignificantes y caducos. Caen las hojas de los imponentes árboles, y no caeríamos nosotros, la humanidad. Usurpadores de belleza. 

Recorro un habitual paseo peatonal, cercano a la oficina omil (¿alguna vez te encontraron empleo allí?), desiertas las calles, salvo por las incansables vendedoras de cachivaches que arriesgan su dinero imaginario en multas más factibles que sus propias ventas o ganancias. Desaparezco. Mi fracción de ciudad alcantarillada esconde en sus recovecos silencios incomodos y sollozos de niñas que tienen hambre y miedo. Niñas que tejen en las escalinatas de la plaza, niñas que ofrecen calcetas de lana, quesos de campo y verduras de huerta, casera. 

Me ofertan de pronto mascarillas con estampados para el día de la madre- corazones rojos y pequeños-, a luca la mascarilla para el día especial, pienso: ¿Cuántas madres lucirán con orgullo estos diseños? El mercado se reinventa para bien o para mal, pero me pasa algo extraño con este particular y necesario emprendimiento; me conmueve con la fuerza que narra una canción sobre revolución, y me avergüenza con la intensidad de los programas de talentos. Sentimientos me conflictúan, pero entiendo que cada quien atiende al llamado de la supervivencia económica de la forma en que le acomoda. Hay tantas mascarillas como necesidades familiares. Encontrarás desde las más austeras, cocidas a mano, de la polera que dejó de sentar, como las estandarizadas a máquina, con telas estampadas de perritos y gatitos, hasta las marcas inmortales de moda sacan su versión, solo para restregarle aún más al humano, que incluso en una pandemia es bueno diferenciar a la gente mejor. 

A mí me preocupan las mascarillas austeras, las que cosió una adulta mayor, con sus costuras mal terminadas, irregulares, titubeantes, esas mascarillas me duelen. Las compras con el mismo sentimiento de cuando el niño mal nutrido te deja un calendario pirata de Disney en el asiento del bus, sin siquiera preguntar algo, solo un escueto grito de ayuda al entregarle sus cartones a todos los viajantes, y luego con la habitual rapidez, retira los calendarios ignorados. Uno a uno. A veces le compras porque tuviste un buen día, y tu caridad se siente menos atormentada. De todas formas, sabes que no lo usarás, tal cual esas mascarillas. 

En esto pensaba cuando de mirar al vacío se trata, hay tanta ilusión de ambulante, o arrojada a la basura en este país, curiosamente todas ellas intentan fabricar material anti virus, no éramos clase media señora, siempre hemos sido pobres esperanzados o borrachas de aspiración, y como sabrá, en toda casa de pobre se cuecen mascarillas y habas. 

 

2020*Susana Castillo. Soy una mujer feminista, cuasi antropóloga y desde el 2013 una activista feminista particularmente en Histeria Colectiva, mi primer amor feminista. Soy una hija del campo, con todo lo que eso implica, accedí a estudios universitarios por puro esfuerzo y buena fortuna, generalmente escribo poesía. Amante de la bicicleta, a la cual le debo la vida, aunque ella casi me la quita. Soy sureña  y me gusta  imaginarme como una poeta rural. Por sobre todas las cosas valoro el poder de la palabra, escrita, declamada, viva. Instagram: @silvestresur

**Ilustración de Rosa Gelp

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