Amor migrante, duelos y desarraigo

Por: Tatiana Romero*

Así como cambio yo en esta tierra lejana.

Julio Numhauser

Dicen que las separaciones amorosas son de los procesos más dolorosos que hay. Dicen que la química del cerebro se desbarajusta y el cuerpo entra en síndrome de abstinencia. En resumen, después de la fiesta viene la resaca y quieres más y va a ser que ya no hay más reservas. 

No sé cuántos artículos sobre duelos he leído en mis últimas separaciones, pero con solo hacer una búsqueda en internet podemos concluir que es uno de los temas sobre los que más se ha escrito: “cómo superar una relación de pareja”, “cómo olvidar a tu ex”, “cómo pasar página”; he leído una buena parte y todos me parecen igual de impersonales. Consejos para no sentir, consejos para tener paciencia, consejos para no ser dura con una misma o tal vez, frases hechas que devuelven la calma que genera la ausencia.

Yo recuerdo que mis separaciones siempre han sido dramas, soy más de duelo barroco que cartesiano, aunque después siempre logre establecer una relación de amistad y de familia con mi ex. Siempre las separaciones me han dolido profundamente pero, también recuerdo que cuando aún vivía en México lograba recolocar pronto las piezas. Recuerdo que la tristeza profunda se iba caminando por los lugares de siempre. El mismo cine, la misma cafetería, hasta los mismos tacos. Entonces sentía la tristeza pero estaba en casa y eso es, pienso ahora, tener ya la mitad del duelo hecho. La tranquilidad que da no tener miedo porque estás en casa.

Dice Briguitte Vasallo que cuando te han maltratado en la infancia o cuando alguna de las personas que deberían haberte querido incondicionalmente no lo hizo, todas las relaciones y los vínculos sexoafectivos estarán determinados por esa falta de amor. Miedo al abandono, dependencias varias y viejas heridas que se abren con cada duelo y que son muy difíciles de volver a cerrar. Sí, estoy convencida de que es así, como también estoy convencida de que muchas de nosotras nos hemos ido trabajando esos dolores en terapia, que es donde mejor podemos arreglarnos a nosotras mismas, (sin perder de vista, claro, que no todas tienen el privilegio de poder pagar una terapeuta).

Sin embargo, hay algo por lo que poco podemos hacer y es el desarraigo. ¿Cómo se vive una separación cuando estás lejos de casa? ¿Cómo atraviesa el desarraigo el dolor y lo magnifica? ¿Cuál es el vértigo a la pérdida cuando sientes que no estás en casa y no sabes muy bien de dónde agarrarte?

Yo tengo la suerte de, a pesar de llevar poco tiempo en esta ciudad, tener una red afectiva que está ahí sosteniendo, y sé que eso está relacionado con establecer vínculos con otras invertidas, con disidencias sexuales, con mis prácticas feministas. Tengo una red, de lesbianas en su mayoría, que acompaña mis dolores, que me escucha, que me devuelve el sentido de realidad, pero no estoy en casa. 

Es mucho más sencillo separarse cuando tienes toda una estructura emocional y material montada durante toda una vida. Es mucho más sencillo dejar una relación de pareja cuando tienes a las amigas de la infancia cerca. Cuando las calles te devuelven la que una vez fuiste y también a eso puedes agarrarte, porque una y otra vez, en esa ciudad que es tuya, ha pasado. Te has sobrepuesto y has seguido viviendo, amando, construyendo. Es mucho más sencillo separarte también cuando tu familia está cerca, por mucho que puedas tener una mala relación, la calma que genera tener a las tuyas de toda la vida a unos pocos kilómetros nunca será comparable a los malabares emocionales que muchas migrantes tenemos que hacer. A las horas de diferencia para hacer una llamada. A la añoranza por el olor de la casa de tu madre, porque nosotras vivimos añorando siempre algo: la querencia.

Las que estamos lejos tenemos que enfrentarnos a la ausencia desde el vértigo, desde el miedo a que el movimiento de uno solo de los nudos que conforman nuestra red vital se mueva y eso haga que todos los demás pierdan el sitio, o que se rompa y nunca podamos volver a hilvanar, a costurear el hueco.

Para las que habitamos el desarraigo, las que nos relacionamos con el mundo desde la migración, la racialización, la “extranjería”, perder a una de las personas de nuestra red es mucho más que “dejarlo con la novia”, es perder familia, perder sostén y eso asusta mucho. Asusta porque cada uno de los nudos que conforman esa red son necesarios para soportar las violencias sistémicas y sistemáticas a las que nos enfrentamos todos los días. Porque nos relacionamos desde la dependencia emocional, todo hay que decirlo. Porque muchas veces esa dependencia emocional también es económica. Porque a veces incluso es perder los papeles, la visa o la ciudadanía. 

Para las migrantes las separaciones son terremotos vitales que implican un esfuerzo emocional muy grande. Que reabren viejas heridas y que nos hacen sentir más frágiles, más solas. Por eso también para nosotras relacionarnos supone a veces olvidarnos de nosotras mismas y nuestra circunstancia, porque sino, el coste es tan alto que no podríamos vincularnos. 

Pero, son esos mismos vínculos los que nos dan fuerza para seguir a miles de kilométros de nuestras casas. Son vínculos sexoafectivos, de amistad, de compañerismo los que nos hacen el mundo más habitable. Pensar, vivir, amar desde el desarraigo es poner el foco también en los privilegios y como siempre, seguir traduciendo. Traducirme a mí misma y traducir mis códigos vitales en esta blanca, vieja, Europa.





*Tatiana Romero (DF, MX) Historiadora, militante abajo y a la izquierda se declara perra, prieta y sudaka como forma de sobrevivir en la vieja Europa.

**La imagen que acompaña la imagen de @laamarillista, proporcionada por la autora.

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