Etiqueta: #MeToo

Mujeres periodistas reflexionan sobre el #MeToo en diálogo intergeneracional 

 

  • Después del surgimiento del #MeToo en México, las mujeres periodistas generan espacios de diálogo para tender puentes. 
  • Llaman a enfrentar obstáculos como la violencia y la discriminación en colectivo. 
  • Importante continuar la reflexión sobre el acoso sexual y el hostigamiento a las mujeres en los medios de comunicación. 

Ciudad de México, jueves 20 de junio, 2019. Con el objetivo de continuar el debate sobre el #MeToo mexicano, el día de ayer se llevó a cabo el evento “#MeTooPeriodistas: abriendo las puertas a otras generaciones” en el Centro de Cultura Digital en la Ciudad de México. El encuentro tuvo como objetivo escuchar la experiencia de periodistas que ocupan puestos en las redacciones de los medios en México que antes fueron negados a las mujeres. 

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El feminismo a la Paty Chapoy

Por: Viridiana Regino*

A mediados del año pasado en el Congreso de Argentina se estaba discutiendo la posibilidad de despenalizar el aborto y nosotras en un acto de sororidad salimos a las calles de México para mostrarles nuestro apoyo. Después de esa marcha mis amigas y yo quedamos convencidas, de que cómo dice una de las consignas más populares: SE VA A CAER. El número de mujeres participando, uniéndose y gritando con el verde como símbolo de emancipación no nos dejó duda. Ese fin de semana visité a mi familia, ellos viven en un municipio rural al sur del estado de Puebla, platique con conocidas y vecinas: ninguna de ellas sabía que existía una marea verde, que las feministas se estaban organizando y que allá “afuera” hay mujeres que sin conocerlas están luchando por los derechos de todas, peor aún, estaban en contra del aborto en caso de que después aquí fuera despenalizado por las mismas causales que estaban exigiendo allá. 

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Una lectura feminista interseccional del #MeToo

Por: Jael de la Luz*

Como sobreviviente de violencia sexual, como persona que estaba luchando para descubrir cómo sanarme, también vi a jóvenes, y especialmente a mujeres jóvenes de color en la comunidad con la que trabajé, luchando con el mismo problema y tratando de encontrar maneras de mostrar empatía. Ahora en ese trabajo de sanación colectiva usamos un término llamado “empoderamiento a través de la empatía”. El #Metoo es una frase muy poderosa, porque alguien me la dijo alguna vez y eso cambió la trayectoria en mi proceso de sanación.

Tarana Burke, fundadora del movimiento #Metoo desde el 2006 en USA

 

El #Metoo llegó a México como noticia el año pasado cuando mujeres estrellas de Hollywood que han ganado premios o están consagradas dentro del estrellato comenzaron a denunciar los acosos sexuales y las violaciones que vivieron por productores, agentes, publicistas, y en su mayoría, hombres con poder económico y con poder de tomar decisiones sobre la vida de otras personas en el medio del espectáculo norteamericano. Cómo efecto domino, los testimonios y las palabras de actrices fueron suficientes para que en la media mainstream, en las redes sociales y dentro de espacios del feminismo liberal se les mostrara apoyo, resumiendo todo en una sola frase #YoTeCreo.

Sin embargo, este movimiento antes de llegar a Hollywood surgió en el 2006 con Tarana Burke, una mujer afroamericana, quien trabajando en sur de los Estados Unidos en un centro de atención para sobrevivientes de violación, escuchaba y acompañaba a mujeres de origen afro, asiático, árabe, latino y migrante contar cómo en sus lugares de trabajo, en las escuelas, en los edificios que limpiaban o vivían, o en los establecimientos donde hacían sus compras, profesores, entrenadores, comerciantes y hombres que no estaban en el centro de los reflectores, las habían acosado o violado sin que las sobrevivientes pudieran hablar del caso porque nadie les creía.

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Yo sí te creo

Hermana, yo sí te creo, no lo dudes. 

No dudes por favor, que te creo. Que desafortunadamente en vivir violencias no estás sola, estamos juntas y juntas vamos a salir. 

También me acosaron en la calle en la mañana, en la tarde, en la noche… llegando a la escuela, saliendo del trabajo, estando en el coche.

He recibido fotografías de hombres que no conozco, también ellos, me han preguntado “¿si estás tan bonita por qué no tienes novio?”.

Han intentado modificar lo que siento, convertir un no en un sí, por pena a que él no quede en la friendzone.

¿Te he contado alguna vez de las ocasiones en las que me presionaron para tener sexo? su presión fue “amigable” y no lo vi como agresión en ese entonces.

Cómo olvidar la vez en la que teniendo la PAE (píldora anticonceptiva de emergencia) en la mano, me detuvo para que imaginara una vida de ensueño con él “si se daba” y yo no quería, no acepté.

Hermana, a mi también me compararon con otras mujeres, me hicieron verlas como competencia y que yo nunca iba a ser suficiente.

Mis oídos escucharon que “las mujeres son como paquetes de galletas, una vez abiertas nadie las quiere” de los labios de una enfermera. Se me ha quedado tan grabado por todo lo violento que contiene.

Me tuvieron que enseñar en la secundaria como fracturar un pene “por si en algún momento lo necesitaba”, nunca olvidaré a esa profesora de sexualidad. 

Tuve que guardar el secreto de muchos clósets, de amigas. Que por temor en su momento prefirieron no decir quiénes eran realmente, no tocaba (ni me toca) juzgar, me toca acompañar.

Fui la amiga que decía “date cuenta” y también fui la que no se dio cuenta. 

Hermana, también abusaron de mi, me tocaron el cuerpo, me besaron, me acostaron para “jugar” mejor. En el juego yo era siempre el hombre y mi vecina era la mujer… ahora de adulta ni logro imaginar todo lo que mi vecina vivió para “jugar” de esa forma.

He escuchado que me digan “no puedes, eres mujer” cuando quise hacer algo.

Me he sentado, en mi trabajo, a escuchar y cobijar a mujeres que han sido abusadas, que han sido minimizadas, que han sido golpeadas, que han sido agredidas. Me he sentado a escuchar guardándome la rabia, pues no merecen(mos) nada de eso.

Me llamo Lídice, tengo 26 años, vivo en México, uno de los países más peligrosos para ser mujer. Quiero decirte que seas quien seas, vivas donde vivas, tengas la edad que tengas ten por seguro que yo, sí te creo. 

*La ilustración es de Laura Berger

Foto del día 02-08-15 a las 13.32 #3

Lídice Villanueva – Tapatía nacida en el 92 bajo el signo de tauro. Psicóloga feminista buscando aprender y compartir cosas nuevas. Adora leer y ver series o películas. Gusta del arte de la pintura y escritura, tanto practicarlo como apreciarlo. Pierde la cabeza por los perros y los búhos. Adicta a los tatuajes, a lo esotérico y lo oculto. Feminista, bruja e incómoda para machistas. InstagramFacebookTwitter


LA FUERZA DE LA VOZ.

Algo está cambiando en esta era, los feminismos cada vez se están haciendo más visibles en diferentes puntos del mundo y las luchas por nuestros derechos están dando de que hablar en diferentes medios y en la sociedad. The time’s up decía Ophra Winfrey en su discurso en los Golden Globes para marcar un antes y un después, para marcar un silencio y el sonido de millones de voces a lo largo del planeta que han decidido de manera valiente decir “Yo también“: yo también viví violencia, yo también fui acosada, yo también fui violada, yo también fui amenazada, yo también fui segregada por ser mujer, yo también fui minimizada y cosificada por ellos. Sigue leyendo “LA FUERZA DE LA VOZ.”

Que la libertad de importunar sea para contar nuestras historias #Metoo

*Imagen de Melinda Beek

Hace meses que no puedo escribir, pienso en diversos temas que están afuera, esos del análisis de la realidad que percibo, pero lo que me mueve ahora viene de otro lugar. Los recientes casos de acoso sexual me cimbraron y después la dichosa “libertad para importunar” me ha llenado de emociones y razonamientos que se cruzan entre en análisis teórico  y mi propia historia. Me dije que yo nunca me he asumido en mis letras como sobreviviente de abuso.

Quienes llevamos ese tipo de experiencias grabadas en el recuerdo y en el cuerpo, sabemos que nosotras pocas veces nos sentimos con esa “libertad de importunar”, de hablar de nuestra historia, de señalar a quienes fueron parte de ella y eso me anima a publicar hoy, después de una lucha interna sobre la pertinencia de mis letras, para mí, para mi familia, para mis seres cercanos. En ese lucha interna ha ganado la idea de que no quiero mirar a una sobreviviente de abuso y decir “Yo no hable” “no hables” “a todas nos ha pasado” “es normal”.

El abuso sexual que yo viví fue intrafamiliar, por mi hermano mayor. Mi hermano a su vez fue víctima de abuso (lo que no le quita su responsabilidad) lo menciono porque para mí ha sido importante ver el sistema que sostiene los actos, él aprendió desde chico que había cuerpos que tenían control sobre los otros y después replicó su aprendizaje cuando pudo.

Como adulta he observado que en mi familia hubo una red de abusos sexuales sostenidos en diversos discursos como “los trastes sucios se lavan en casa” la idea de que las mujeres bonitas “provocan”, la falta de límites para los varones que se sostiene en el rango de importancia que se les otorga en la jerarquía familiar y una nube de negación que se ha heredado por generaciones.

Quienes han vivido abuso sexual infantil saben que los daños son difíciles de cuantificar, como los recuerdos y la mente no funciona igual que la de un adulto, uno va construyendo y significando el hecho mientras crece y se desarrolla, si se trabaja el trauma se sale adelante y se resignifica el sentido de la vida y  la sexualidad, pero eso no siempre sucede o no de golpe y a veces el trauma va dejando otros desastres en el camino.

En mi caso, mantuve silencio por muchos años, recuerdo que a mis amigas les contaba la verdad a medias, era mi manera de apaciguar mi angustia. “Un tío abusa de mí” contaba porque decir que era mi hermano era muy doloroso para mí. Me pregunte algunas veces, si mi mente había inventado lo sucedido, si algo estaba mal en mí como para imaginar cosas que no habían sucedido, me sentía atormentada, me encerraba en mi closet por horas llorando. Tenía un recuerdo claro que me causaba un dolor profundo. Recuerdo haber escuchado a mi hermano decir “Que no pasaba nada con lo que me hacía, que nada podía pasar porque yo no podía embarazarme pues aún no menstruaba.”

Entonces el barniz de uñas de mi mamá se convirtió en mi menarquía, “Ya me bajó” comunique en casa, y me compraron mis primeras toallas sanitarias. Recuerdo el ardor que sentí la primera vez que mi vulva hizo contacto con el barniz rojo de mi mamá, después aprendí a poner el barniz sobre la toalla y dejarlo secar para después ponérmela sin dolor… pero el recuerdo siguió doliendo. Varias veces dije “Ya no más” y en algún momento cesaron los abusos.

A los 18 años enfrente a mi hermano, me sentía como un trapo de emociones que no podía manejar, mis relaciones amorosas eran violentas y yo me sentía sin control emocional ¡Ya no aguantaba! Cuando lo enfrenté me contó que el “había estado expuesto desde muy chico a lo mismo y se le hizo fácil” se disculpó por el daño, me dijo que me apoyaría en lo que necesitara, si quería que le dijéramos a mis papás, si quería apoyo psicológico (nunca mencionó que él también podría necesitarlo). En ese momento para mí fue suficiente, fuimos justo ese día a contarle a mi padre y a mi madre (por separado, pues son divorciados) ambos reaccionaron de una forma que en ese momento no entendí, entre la frialdad y la extrañeza, no se negaron a la realidad, pero tampoco propusieron algún límite, consecuencia o acción ante lo que ya sabían.

Como dije, en ese momento para mí fue suficiente que mi hermano reconociera lo que hizo y que mis padres no negaran lo sucedido. Seguí mi vida con “normalidad” aunque siempre sintiendo más distancia con mi “hermano mayor” a diferencia de mi otro hermano.

Cuando me encontraba en la Universidad un nuevo hecho me volvió a cimbrar, mi hermano mayor me escribe por mensaje privado, me dice que le gustaría volver a repetir la experiencia de cuando éramos niños, me explica con palabras que supongo el considero poéticas, que quisiera repetir ese primer encuentro, incluso me dice “que nuestros novios no tendrían por qué enterarse” y que se siente excitado sólo de proponérmelo. ¡Mi mundo se cayó! Todo lo que había superado de mi vivencia infantil, la angustia volvió a mí, el llanto incontrolable. Le escribí por ese medio – que no podía creer lo que me estaba proponiendo, que había sido muy difícil para mí reponerme de nuestras vivencias de niños. Él se justificó diciéndome que debía superar “el sentirme como víctima” me dio datos de lugares en el mundo donde los hermanos se casan y no sucede nada ¡Me desmoroné! Pero ya no era una niña y llevaba un proceso de terapia en el que había trabajado el trauma anterior, así que esta vez hable con mi otro hermano, con mi madre y mi padre. Todos se mostraron sorprendidos como yo por lo sucedido y mi madre dijo que lo correría de la casa, pero eso nunca sucedió.

Hombres y mujeres significamos el abuso sexual de maneras muy diferentes, porque la socialización en este mundo patriarcal nos da lentes muy distintos para verle y lo que para mí había sido un trauma a superar, un dolor inmenso que me acompañó años y que fui sacando de a poco con años de terapia, para mí hermano era totalmente otra cosa.

Entonces toda la maquinaria patriarcal se puso en juego y sucedió lo que es común en estos casos, se minimizo el hecho, mi madre me dijo “Yo sé que tiene que ir a terapia, pero no lo puedo obligar” “Tu hermano no te hizo nada” Y yo pensaba “¡¿Tenemos que esperar a que haga algo?!” nadie más tomo postura, dejaron pasar el tiempo esperando que yo olvidara, me llamaron exagerada. Esta vez como adulta decidí poner los límites yo, me fui de casa, con una familia que me recibió como una hija y me apoyo de manera incondicional por un año, hasta que pude pagar un alquiler sin dejar la Universidad.

Estuve muy enojada por algún tiempo, sabía que irme era lo mejor para mí, mi angustia bajó, pero me molestaba todo lo que perdía al ser yo la única en tomar postura. Trabajaba por las mañanas y por las tardes iba a la escuela, deje la danza, que era mi pasión y medio de catarsis en esos tiempos, pues no me daba tiempo de estudiar y obtener dinero. Mi furia crecía al pensar que con él simplemente no había pasado nada, seguía con su vida normalmente, como hasta la fecha.

Con el tiempo construí mi vida y dejé la furia, al menos la que no me dejaba vivir y me ponía a llorar todas las noches. Tal vez debí tomar otras acciones, pero en ese tiempo no podía más que tolerar el dolor mientras intentaba seguir con mi vida, no dejar los estudios, no tirarme en la autocompasión. Me alejé de mi familia por algunos años, algunos no entendieron mi comportamiento y me juzgaron. Construí otras familias, que han sido red y soporte hasta la fecha. Un día me di cuenta que estar tan lejos de mi familia biológica también me dolía y decidí acercarme. Me había alejado no sólo de mi familia nuclear, sino de la extensa, como si fuera yo la que tuviera algo que esconder.

Me di cuenta de las contradicciones que se viven en estos casos, odiaba al cínico, al victimario, pero extrañaba a mi hermano, con quién tuve otras experiencias. Esta es una de las trampas más terribles de estos casos, los victimarios, como se sabe, no son “Monstruos” son hijos sanos del patriarcado y cuando hemos crecido con alguien que abusó, también guardamos otro tipo de experiencias que extrañamos. Esto último ha sido sin duda lo más difícil de conciliar para mí. En algún momento decidí volver a estar en las cenas navideñas y en las comidas de cumpleaños, posar en la foto familiar, recordando siempre las palabras de mi terapeuta “Ya no soy una niña” si cualquier cosa no me gusta puedo irme, puedo usar mi voz, puedo poner límites, puedo protegerme.

¿Me pregunto cuál fue el entramado de discursos en los que él se sintió respaldado en eso que llaman hoy “libertad para importunar”? Esa “libertad”por la que claman se otorga sólo a los ya privilegiados y calla a las que de por si tienen una lucha interna por no callar. #Me too no es una “cacería de brujas”, no “queremos sus cabezas” sino hacer evidente el entramado que permite sostener estos actos, discursos provenientes de mitos familiares, de años de silencio, de nuestra educación católica (escoja la institución patriarcal de su preferencia) no hace falta más que observar a las instituciones que han decidido callar o minimizar el movimiento #metoo, a los varones que han aplaudido un discurso con el que se sienten cómodos y a quienes montadas en sus privilegios descalifican y minimizan una lucha que no entienden.

No sé si después de mi escrito se me expulse de mis apellidos. Sólo sé que no quiero una historia silenciada, quiero darle voz a la niña interna y reafírmale que no tiene una historia para ser silenciada, no quiero contar cosas a medias, quiero sentirme libre y con la fuerza de escribirme, darle paz y congruencia a mi corazón. Porque si alguna vez tengo una hija, no quiero mirarla a la cara y decirle explícita o veladamente que yo calle, no quiero que herede de mí una predisposición a callar cualquier violencia. ¡Que la libertad de importunar sea para contar nuestras historias!.


** Solo Eliza Tabares Suárez

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Minimizando los feminismos actuales

El día de ayer estuve fuera de mi casa barriendo la entrada durante no más de 30 minutos y recibí un silbido, dos “mamacitas” y un beso al aire. Sólo a un hombre de los tres que me acosaron pude hacerle frente pues los otros tres iban en carro; mientras le gritaba un “¿qué pedo?” al sujeto en cuestión, vinieron a mi mente el hartazgo que ya tengo de que el acoso sea algo cotidiano, lo cansado que es que los hombres cosifiquen nuestros cuerpos, lo increíble que me parezca increíble la fraternidad entre hombres ante estas situaciones y el movimiento #MeToo.

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