Correr

*Por: Laura Villaquirán

Hace unos días una amiga me dijo que sus familiares juzgaban el hecho de que ella fuera muy rumbera, aún con la edad que tenía, y comentaba que: “ellos no ven que yo me gradué, hice una especialización, trabajé fuera del país y aquí estoy disfrutando la vida”. Lo cierto es que en ese momento y en esas palabras, ella sentía que debía subir un escalón más para concretar lo tradicional, que debía correr para cumplir con lo que para ellos significaba ser una mujer realizada. 

A las mujeres nos enseñan desde muy chiquitas a correr, tanto, que cuando llegamos a cierta edad deberían darnos un premio clásico de olimpiada, la de la vida…claro. 

Una de las primeras veces que corremos es para mostrarle a papá el nuevo vestido rosa que tenemos, damos vueltas y esperamos de su aprobación, esperamos que nos diga lo hermosas que estamos. Sin duda alguna, para muchas, esta experiencia marca el nivel de autoestima con la que vamos a enfrentar el espejo, los ojos del hombre que amamos y el marketing.

Correr, también, para aprender las labores domésticas porque somos la niña de la casa en medio de hermanos, tíos, padres, y abuelos. Esta carrera es tan común, en algún momento tuvimos que hacerle un sánduche a nuestro hermano, a pesar de que él estaba solo jugando play station.  

Correr a ponernos el primer sujetador cuando los pezones empiezan a resaltar y al baño cada vez que: !oops, me manché¡. Desde este momento no solo tenemos gemelos de acero de tanto correr, sino que también somos maestras de esconder todo lo que le pasa a nuestro cuerpo. Nos da pena salir sin brasier, porque Dios prohíba que se nos vea algo o no se nos vea nada y tengamos que usar relleno o aquel push up para levantar un poco más. Como si fuera poco, nos incomoda hasta la muerte sacar un tampón o una toalla en la universidad, en la oficina o en cualquier lugar, porque nadie se tiene que enterar que estoy sangrando. Corremos de los procesos naturales del cuerpo, en lugar de sentirnos poderosas por las maravillas que puede hacer.   

Correr, siempre, cuando pasamos por una calle oscura después de las 7:00 de la noche. En este escenario, solo y solo sí la chica está acompañada de un hombre (no de otra chica) no está sola. Es decir, lo público no está diseñado para las mujeres, la cantidad que violaciones, asesinatos y demás crímenes perpetuados en medio de esquinas apenas cae el sol, lo demuestran y asimismo produce –lo que voy a llamar- el complejo de caperucita, siempre corriendo para no llegar tarde a la casa. 

Correr, a las mujeres se nos enseña a habitar la culpa antes que el placer y sobre todo la que se siente después de haber comido más de lo normal. El trayecto de la culpa transcurre de la siguiente manera: Primero la sentimos ocasionalmente porque comimos de más, nos sentimos mal del estómago y se siente alivio inmediato el correr a vomitar. Luego, se convierte en un escape fácil de la cantidad de calorías que tenía esa pizza de pepperoni, y hasta sentimos una clase de orgullo por hacerlo, ahora entramos en esos jeans sin tanto esfuerzo. Después, la ansiedad a la que nos sometemos -con los días que pasan- nos sobrecoge y la culpa cae como un balde de agua fría. De esta lección, algunas aprenden y siguen con sus vidas, otras lamentablemente pierden la batalla. 

Correr, hasta llegar a comprometer nuestros principios o creencias morales y espirituales por amoldarnos al estilo de vida que él tiene. El amor romántico nos ha hecho un mal detestable, pues con este concepto nos insertan el chip del sacrificio, nos recitan que el amor todo lo puede y, por ende, la naturaleza de nosotras debe ser soportarlo todo. 

Correr a ser una “mujer de bien”. En otras palabras, casarse, tener una familia o para el mismo efecto, correr y tener una carrera, ser exitosa y sucumbir ante la presión de tenerlo todo sin ser realmente feliz. El deber ser que nos imponen se ha sabido esconder bajo la ilusión de la evolución social, sin embargo, el juego es el mismo. La sociedad, una y otra vez nos construye prisioneras del todismo, de quererlo todo con el miedo de saber que no seremos suficientes si no lo logramos. 

Nos dicen que no hacemos las leyes sociales, que solo vivimos a través de ellas y que nuestro destino es correr.  Aunque yo creo que algún día podremos por fin, lograr hackear el sistema, quitarnos los zapatos que tanto nos han incomodado durante los años de estándares y dejar de correr. 

(A M, por tu pasión a ser)

 

 

Laura urbana 1*Laura Villaquirán es de Colombia y vive en Bogotá hace casi 8 años. Tiene 26 años, estudió Gobierno y Relaciones Internacionales en la Universidad Externado, y actualmente trabaja en la Unidad de Atención y Reparación de Víctimas. Laura se siente orgullosa de haber crecido dentro en un matriarcado porque las mujeres de su vida, han sido fundamental para su crecimiento; ella cree fielmente que es necesario que las mujeres nos podamos ver como hermanas y amigas, para lograr deconstruir y construir una nueva mentalidad en la sociedad, empezando por una persona a la vez. Su Facebook es: https://www.facebook.com/laura.villaquiran

La ilustración que acompaña este texto es creación de @mulata.dcv

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