Caminatas

Por: Mag Mantilla*

¿Por qué el acoso callejero es violencia machista?

Eres mujer y transitas por las calles de la Ciudad de México, cuando campante pasas y de repente te acosan, mil pensamientos te abruman.

 

I.

Caminas por la calle de Real Mayorazgo rumbo a la Cineteca Nacional. Apenas son las 6:45pm, pero ya oscureció, es enero. Estás relajada, la función empieza a las 7:30pm. Tu andar es suave hasta que oyes shisteos: “sh-sh”, volteas por reflejo; es un grupo de hombres con miradas libidinosas opinando sobre tu cuerpo: “Amiga, amiga estás bien guapa”, “qué buen culo”, “camínale rápido porque si no te ando robando, mamacita”. Agitas el paso, quieres huir lo más pronto de sus lenguas de cuchillo. 

Estás enrabiada, vulnerada, asqueada, insegura … muy sacada de onda. Tienes clavada la sensación de haberte fallado a ti misma porque hace tiempo que te posicionas como feminista y no te defendiste ante el acoso callejero. Te sientes muy culpable por no enfrentar a los machitos e indignada ante sus comentarios obscenos e indeseados.  

En mi caso, gracias al libro de Holly Kearl (1), entendí que perpetraron en contra de nosotras, las mujeres, una forma de terrorismo sexual… a fin de cuentas, las mujeres no sabemos cuándo va a suceder, por quién puede ser ejecutado y hasta dónde puede extenderse. Te aferras a la idea de que no fue una agresión aislada, fue un acto violento y deliberado con dinámica perversa de poder, porque cuando alguien cosifica tu cuerpo al instante se produce subordinación femenina, sostén del sistema patriarcal y del machismo. 

II.

Recuerdas la hora del desayuno: estás conversando con tu mamá de 58 años, mientras observa tu outfit —ella parada, tú sentada disfrutando los alimentos— te tira el consejo de no salir a la calle con ropa ceñida ni escote. Le das un sólido argumento “me visto para mí”. Trata de disuadirte con una anécdota de 1976, justo a sus 17 años: “Iba rumbo a la preparatoria. Mientras subía al pesero, un pelafustán iba bajando por la entrada y chocamos, justo ahí aprovechó para agarrarme un pecho muy fuerte y luego jadeó. Sentí mucha repulsión. La sensación del tocamiento no se me quitaba. Pero principalmente tuve mucha pena y culpa. Yo portaba una ombliguera entallada de cuello de tortuga, pantalones acampanados y alpargatas de plataforma; yo lo provoqué con mi vestimenta”, tu mamá te cuenta y está convencida que fue así…

No quieres entrar en la polémica porque sabes que hace treinta años como ahora, no importa la ropa que traigas puesta, estás consciente de que tu manera de vestir no le da derecho a nadie de agredirte. Y aunque la anécdota de tu madre te hace pensar que la toxicidad del acoso callejero al reproducirse de generación en generación provoca la naturalización de éste, lo que realmente se oculta detrás de halagos o piropos, es el sometimiento e invasión a tu cuerpo en la vía pública. 

 

III.

Sigues molesta. Volteas, notas que ya has dejado atrás a los terroristas sexuales. Te das cuenta como otras dos mujeres evitan transitar la acera por donde estos se encuentran; en un primer momento piensas que ignorar es la mejor estrategia para protegerse del acoso; sin embargo, te das cuenta de que esquivar los grupos de hombres para evitar los mal llamados “piropos” limita tu andar por las calles de la ciudad. Como transitas seguido por éstas, te aferras al pensamiento de que deberías poder caminar por donde te plazca sin miedo a comentarios no consentidos sobre tu apariencia o tu cuerpo.

La crudeza de la realidad que acabas de vivir inesperadamente en minutos, te hace reflexionar que en una sociedad machista ser mujer y circular por las calles acciona casi en automático el acoso callejero. ¡Y claro, es la fehaciente muestra de cultura de la violación!, donde las mujeres somos objetos sexuales. A tal grado que un desconocido por ser hombre se adjudica el derecho de opinar sobre tu cuerpo que simbólicamente cree poseer. 

Ya en la esquina de San Felipe, algunos pasos antes de llegar al IMER, ves el mural de una mujer con pinta de Ninfa del bosque, pero con cuernos de cabra (cómo de Sátiro), en la pared de la casa 91 con la frase:” No dejes de creer”. Ese arte urbano te impulsa. Asimilas que la divulgación del acoso callejero como malestar social abona a que las ciudades puedan ser espacios femeninos. Das gracias al activismo y al posicionamiento político feminista porque el acoso callejero (entre otros) se visibiliza cada vez más, impidiendo la naturalización de este. 

Esa sensación de ser parte de un movimiento de cambio, como lo es el feminismo, te regresas para enfrentar al grupo de hombres, y rapeando les gritas: 

Camino siempre con la mirada alerta,
los oídos bien atentos, para lo que suceda,
con actitud de pocos amigos,
no porque no los quiera, sino porque sé que hay tipos
que sienten el derecho de molestar mi andar,
si voy sola, este es mi viaje, déjame de molestar,
no intentes ser galán, que yo solo veo a un machito
y a tipos como tú, ¿sabes qué? ¡no los necesito
! (2)

Los hombres están muy desconcertados. Los agarraste desprevenidos. En seguida niegan haberte acosado, y un despistado replica: “Sólo fueron piropos”.

Hombre que gritas “piropos” cuando ves transitar a una mujer por la ciudad: tus opiniones no solicitadas sobre nuestros cuerpos nos violentan. No queremos tus piropos, queremos respeto. De lo contrario: “¡Ante la violencia machista, autodefensa feminista!”.

 

Notas:

 1. En su libro publicado durante 2010 <<Stop Street Harassment. Making Public Places Safe and Welcoming for Women>>.

2.Mare Advertencia Lirika – Libres y vivas nos queremos: https://www.youtube.com/watch?v=6YdWeMyDa-U

* Mag Mantilla es socióloga feminista y maestranda en estudios de la mujer. Mujer apasionada por desmenuzar la realidad social entendiendo la lucha entre contrarios como la clase de los hombres y la clase de las mujeres. Piensa que en todo lo que nos rodea interviene el género, por lo que es ferviente militante de dinamitar lo establecido a través del pensamiento crítico y el activismo feminista para la transformación social. Adora los lazos sanos entre mujeres porque subvierten al sistema patriarcal.  Le encanta la literatura escrita por mujeres, y está disfrutando mucho escribir cuentitos.

 

**La imagen que acompaña este texto es parte del vídeo en YouTube AcosoEsViolencia.

 

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos. Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

3 respuestas a “Caminatas”

      1. es cierto lo que dices. Ahora tenemos que gritar, reclamar, y unirnos. Si una compañera es acosada pues somos muchas las que podemos apoyarlas. Y la acosada somos nosotras y estamos solas, solo nos queda denunciar

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