La colectividad del Orgullo

Nuestro yo no es algo tan precioso y peculiar sino también
un nudo de la red y, si cambia la red, cambiará el nudo.
Belén Gopegui

¿Qué es la colectividad?

Llevo todos los meses de la pandemia haciéndome la misma pregunta, pero no solo qué es sino quiénes somos, quiénes son nuestra colectividad, a cuál pertenecemos nosotras, hay una sola o muchas, ¿formo yo, migrante que vivo en un barrio de migrantes, colectividad con aquellas que habitan los barrios ricos de la misma ciudad? En la televisión, durante meses, han hablado de duelo colectivo tras esta pandemia, entendemos que los muertos son nuestros, pero de quiénes exactamente.

Siempre he pensado que esos llamados duelos colectivos en realidad son los duelos de unas cuantas, curiosamente de esas que formamos colectivo. Las mujeres asesinadas son uno de los duelos colectivos más sangrantes para las feministas; lxs muertxs cuando la pandemia de SIDA, abandonados por el Estado, duelo de la comunidad Cuir; ahora son mayores en situación de exclusión y precariedad, duelo de la clase trabajadora, duelo de las precarias. Así que sí, el duelo colectivo sigue siendo el duelo de unas cuantas, de esas que siempre ponen el cuerpo para el sostenimiento de la vida. La precariedad agudiza los duelos. Tiene un claro componente de clase, como dice Belén Gopegui, la desgracia individual se convierte en fragilidad colectiva.

El 28 de junio, día en el que se conmemora que unas negras, trans*, lesbianas, trabajadoras sexuales lanzaron piedras contra la policía frenando los abusos policiales contra su comunidad, volví a sentir, después de meses, la colectividad, mi colectivo, las mías, esas con las que comparto duelos, tan históricos y sangrantes como cotidianos. Salimos a las calles, ahora campos minados heterosexuales para nuestros cuerpos invertidos, juntas, respetando las distancias, pero más unidas que nunca. La fragilidad destruye, pero también hermana. La vulnerabilidad compartida por quienes llevamos toda una vida siendo blanco de discriminación. Las desgracias, responsabilidad de los poderosos, forman rabia. Espesa, incendiaria, digna rabia. Sin duda es esa rabia la que nos ha impulsado a salir una vez más  (sentida en mi propia piel casi como la primera vez), del armario. El domingo 28 de junio, juntas, hemos vuelto a salir del armario.

Foto: Orgullo Crítico Madrid, 2020. Flor Ordoqui
IG: @flordoqui  

Nerviosismo y lágrimas, la “vuelta a la normalidad” nos está costando más de lo que llegamos a intuir aún en el encierro, o incluso a imaginar. Estamos atravesadas y suspendidas en una especie de tristeza colectiva. Intentando de la mejor manera gestionar nuestras emociones, pero también las de las otras. Estamos intentando salir de ésta juntas, reconstruirnos después de 3 meses bajo tierra, cantando al sol como la cigarra de María Elena Walsh. Porque lo cierto es que no hay normalidad que valga, porque no queremos volver a nada, porque estamos cansadas de la fragilidad, de las vidas que se apagan sin que podamos hacer nada.

Llegamos asustadas, pero el poder de recorrer camino con nuestras iguales fue mitigando el miedo y el nerviosismo. Nuestros pasos, al principio temerosos, reconociendo el terreno, se fueron haciendo cada vez más firmes, retumbando en el pavimento como gritos de guerra. El nerviosismo se convirtió en euforia, en alegría compartida y, por unas horas, nos sanamos las heridas colectivas.

Para mí fue un Orgullo radicalmente distinto, desde los cuerpos, desde la carne, un Orgullo que venía de la desesperación de no poder estar entre las nuestras. Un momento de reencuentros, de salir del naufragio para cantar juntas, una oda a la vida, un momento de explosión. Risas sacudiendo mi columna vertebral constantemente y una profunda ternura inundándome el pecho. La ternura de las butchs que, como yo misma, somos lesbianas que habitamos la masculinidad y que a simple vista parecemos duras. La ternura de las criaturas trans*, quienes con sus miradas limpias nos devuelven un poco de fe en la humanidad. La ternura de las compañeras maricas, amigas de toda la vida, compañeras de noches de fiesta y política, hermanas en las palizas, los golpes y la opresión, pero también en el gozo. La ternura de las migrantes, de las racializadas, de quienes se dejan la piel por un mundo más justo, precisamente solo por el color de su piel. Todas juntas, la llamada comunidad Cuir, hicimos una grieta en sus medidas sanitarias de biocontrol, las invertidas una vez más tiramos la red del afecto por sus calles custodiadas. Esto es la colectividad, así se construye lo común, lo colectivo y no hacen falta vistosas acciones mediáticas que reproduzcan sus individualidades capitalistas. Lo colectivo se teje en el día a día y es ese tejido el que en momentos de crisis nos permite la explosión de la rabia. Es ese trabajo invisibilizado por las lógicas patriarcales, son los cuidados, la escucha, el sostenimiento. Lo colectivo es algo más profundo y por ello invisible a ciertos ojos. Apuesta por la transformación radical de la vida. Vamos lento porque vamos lejos, tendiendo puentes y tejiendo alianzas, expandiendo la red, aumentando sus nudos. Ahí se viven los duelos colectivos y así nos sobreponemos las que año tras año vemos desaparecer a personas de nuestra comunidad: asesinadas y excluidas por el sistema. Estos son nuestros duelos y momentos como la manifestación del Orgullo son nuestras fiestas, porque también los duelos se celebran, tanto o más quizás, que la vida.

(Artículo dedicado a mis compañeras de la Plataforma de Encuentros Bolleros, por construir conmigo día tras día colectividad)


*Tatiana Romero (DF, MX) Historiadora, militante abajo y a la izquierda se declara perra, prieta y sudaka como forma de sobrevivir en la vieja Europa.

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