De paternidades elegidas, responsables y afectivas

Por Ana Maria Manzanares Méndez*

 “El que pone la plata pone las condiciones” y “Madre no hay sino una pero papá puede ser cualquier hp” son dos refranes de la cultura popular que dicen mucho de la manera en que se construye la crianza paterna en nuestros países; el primero hace referencia a la función de proveedor que ha sido consuetudinariamente asignada a los hombres y que legitima la configuración de relaciones inequitativas que ponen como medida de valor del ejercicio de la paternidad, el dinero; de la misma manera, a partir de ahí se legitiman relaciones de poder verticales en cabeza de quien “mantiene” económicamente el núcleo familiar.

Así mismo, el segundo refrán muestra la manera en que se asigna la crianza como un destino para las mujeres y como un ejercicio de voluntariado para los hombres; esto puede explicar el incremento en el porcentaje de hogares con jefatura femenina en América Latina; para el caso colombiano, este se ha incrementado en un 5% de 1993 a 2005.

De otro lado, refranes como “El hijo de mi hija mi nieto será, el hijo de mi hijo sólo Dios sabrá” materializan lo que la antropóloga argentina Laura Rita Segato ha definido como “la sospecha de inmoralidad” con que hemos cargado las mujeres por milenios, teniendo que cada día intentar sacárnosla de encima.

Lo anterior es consecuencia de la distribución en los roles de género que ha generado una dualidad entre las labores de paternidad y maternidad, reduciendo el rol del padre al de la provisión material y al de la madre al cuidado, y obviamente asignándole una importancia mayor a la provisión que lógicamente se circunscribe al ámbito de lo público, ya que el cuidado se reduce a asuntos “domésticos”.

Dada la importancia que tiene la figura paterna en la crianza, es triste y preocupante que ésta termine reducida a la de quien gira dinero a la mejor manera de un cajero electrónico y en muchas ocasiones, obligado por la sentencia de un juez que considera que el padre debe “ayudar” con una cuota risible, lo que a su vez contribuye a continuar con la invisibilización del vínculo tan necesario para tener paternidades afectivas.

Para tener paternidades elegidas, responsables y afectivas se hace necesario trabajar en la eliminación de estereotipos culturales que reducen la paternidad a una trampa de alguna mujer que quería “amarrar” a un hombre a través de un hijo, limitando cualquier responsabilidad de éste en la elección de ser padre, lo cual, así mismo, tiene que ver con generar conciencia en lo referente al uso de métodos anticonceptivos por parte de los hombres, ya que incluso desde las instituciones médicas se generan barreras de acceso para su uso; esto último puede tener relación con la manera en que en Latinoamérica se asocia la paternidad con la potencia viril lo que a la larga hace que los hombres se desentiendan o teman usar métodos de anticoncepción.

Así mismo, se hace necesario sensibilizar a los operadores de justicia para que se entienda la crianza como una responsabilidad compartida y no como una “ayuda” que en ocasiones se traduce en una especie de “limosna”.

Por último se requiere generar cambios culturales respecto a la función del cuidado – no se es menos hombre por cuidar la vida – buscando eliminar el estereotipo de que ejercer el cuidado en cualquiera de sus formas (consentir, lavar, limpiar, preparar los alimentos) es una labor que pone en duda la virilidad de quien la ejerce.

Solamente cuando tomemos conciencia del importante papel que ejerce el padre en la construcción de vínculo afectivo y resignifiquemos su rol en la crianza, tendremos un mundo más solidario, equitativo y menos jerárquico.


*AnaMaría Manzanares es Trabajadora Social y comunicadora colombiana. Feminista, creyente en Jesús y convencida de que la construcción de un mundo equitativo, horizontal y fraterno es posible. Mamá de Francisco Javier.

Puedes seguir a Ana en su Twitter @ammanzanares1

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