Parasol

 *Por: Gabriela Alejandra Sandoval Pérez

Siempre entre dos. Pareciera que esto es un juego de números, el dos y el tres. Lo correcto serían dos, pero son tres. No me di cuenta en qué momento volviste a mi vida, siempre entras y sales de ella sin anunciarte, por la puerta grande, como quieres, cuando quieres, sin importarte mi armazón que en teoría debiera de impedirte el paso, pero, tiene tantos huecos, que eso resulta imposible. No necesitas hacer mucho tampoco para que yo permita tu ingreso; esta relación extraña que llevamos, este juego loco del dos y el tres, el soy y no soy, el estoy y no estoy; lo hemos venido jugando desde niños.

Primero era esconderte, como el parasol esconde al muro de vidrio, simulando que no te veías, tratando de disimular que no estabas ahí, aunque a todas luces, cualquiera se podía dar cuenta de tu presencia y del papel que jugabas. Y entonces yo quedaba como siempre he estado contigo: como el álamo, entre la parte pública y la privada, yo entre tú y la gente que no te aceptó jamás a mi lado.

Después era jugar a que eras mi set de pilotes, mi sostén, quien evitaría heroicamente que yo me derrumbara ante cualquier tempestad. Me llamabas hermana, después de haberme llamado amor, que contradicción. Pero luego se te ocurrió que de nuevo nuestra relación amorosa podría funcionar, así que por un leve momento volvimos a ser, volvimos a estar. Fuimos juntos el parasol, yo escondiéndote, y tú la pared de cristal, evidente, pero que pretende no verse, que pretende no estar. Fingimos ser, tú las columnas, intentando sostenerme, y yo el baldaquín, estoica, sin moverme, en una sola línea, horizontal, siempre esperando.

A la fecha no me explico cómo es que con sólo pensar en ti, te aparecías o recibía una llamada tuya, cómo se lograba esa comunicación tan loca, ese vínculo tan fuerte y tan frágil a la vez, tan dual, porque en cualquier momento podía cambiar el giro, o seguíamos siendo hermanos o de repente recordabas que me querías. O seguíamos por la rampa, o tomabas mi mano y subíamos por la escalera.

Veo en retrospectiva y lo cierto es que hay veces que sólo te veía como el parque y las pampas, una vista hermosa, pero inalcanzable desde aquí. No entiendo cómo podías estar en la distancia, cómo es que pareciera que estabas tan palpable cuando ni siquiera te podía tocar. Y cuando podía hacerlo, era cuando en realidad ya no estabas, cuando tú mismo eras el que no sabía lo que quería, te asustabas y te ibas. ¡Qué difícil vivir en la casa de tus sueños y no poderla entender, no poderla disfrutar!

De nuevo te fuiste y por mucho tiempo. Hubiera jurado que nunca más volverías. Entré en una posición cómoda, segura, confortable. Finalmente había encontrado a mi verdadero set de pilotes, los que en realidad me sostendrían. Ya no sería más el parasol, no volvería a tratar de esconder nada. Tú ya no estabas, ¿que podría importar?

Pero regresaste, te colaste como siempre. El problema es que vuelvo a ser el parasol que te esconde. Vuelvo a ser el álamo, entre lo público y lo privado. Soy de nuevo la casa que está entre dos vecinos muy distintos y trata de acoplarse a ellos y alinearse, pero sin llegar mezclarse con ninguno. Es como estar en un laberinto, como entrar en un pasillo sinuoso y perderte de vista por no tener la óptica que te da un camino recto. Sí, ese pasillo es interesante, hermoso, pero nunca se sabe lo que en realidad hay al final. Nada es seguro contigo y esa es la única certeza que siempre tuve de ti.

Esperaré a que de nuevo te vayas, como la luz cuando llega la noche, pero mientras tanto disfrutaré ser tu parasol y cubrirte como a una pared de cristal, cuando a la par podrán verse delante de este parasol las columnas que sostienen todo, como si fueran tres melodías que aparentemente nada tienen que ver, pero que forman parte de una sola composición.

Siempre entre dos. Pareciera que esto es un juego de números, el dos y el tres. Lo correcto sería dos, pero somos tres.

** La imagen que acompaña este texto es de la ilustradora @frances_cannon

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