Patriarcado: la enfermedad invisible.

Por Samara Flores*

Durante años, épocas y generaciones enteras, hablar de política y mujeres era considerado la antítesis la una de la otra. Es decir, bajo la condición de mujer se nos privó de diferentes recursos, situaciones e incluso derechos que por naturalidad nos debieron de ser concebidos por el simple hecho de existir, pero la realidad es otra. Aún y cuando en la actualidad se sigue trabajando en la desarticulación de diferentes órdenes sociales como la hegemonía patriarcal para mejorar las relaciones sociales, siguen existiendo esos imaginarios colectivos arraigados que dificultan el desarrollo de una sociedad equitativa donde se trate a su totalidad como lo que son: personas.

Ya lo dijo Bell Hooks:

“El patriarcado es la más peligrosa enfermedad social que ataca al cuerpo indistintamente del género, nos dice qué hacer, cómo relacionarnos y lo más peligroso, es que ni siquiera lo vemos y lo vivimos sin cuestionar”.

Y así es, dentro de los sistemas que rigen el orden social, uno de los más relevantes es el  patriarcado, ya que aprendemos y reproducimos los comportamientos machistas aun sin conocer la existencia de la palabra misma. A lo largo de nuestra vida, desde que nacemos nos educan para la reproducción de los estereotipos sociales con el fin de formar personas productivas para la sociedad pero que al final, sólo hacen que prevalezca dicho orden hegemónico repleto de odio, injusticias e invisibilización no sólo de la mujer, sino de toda persona que se aleje de la heteronormatividad, dando como resultado una estructura social rígida que busca la homogenización humana mediante la subordinación de quienes decidan vivir de una forma alterna e incluso equitativa.

Hablar de patriarcado es hablar de hegemonía, de política y de las relaciones de poder que se naturalizan al dar por hecho que el género masculino es quien tiene el control sobre aquello que refiera a decisiones, no por nada son los dominantes dentro de los diferentes sectores como el económico, político, social o cultural por mencionar algunos.

Dichas relaciones son el ejemplo del día a día que muestra el tipo de cultura que se ha construido sólidamente basándose en una sociedad androcentrista que sitúa las posibilidades del quehacer por y para el hombre, haciendo una representación global de la humanidad, dejando de lado la existencia de otras realidades, entre ellas: nosotras, las mujeres.

Esta visión androcéntrica de la que hablaba Alda Facio corroe en nuestros días a la humanidad dado que ubica a los hombres en una posición de ventaja intencional sobre las mujeres y en donde el ejercicio del poder (como una forma de dominación) incide negativamente en nuestras vidas, así como la de otros grupos vulnerables.

Foucault afirma que el poder es una construcción social así como una formación subjetiva que se va creando a través de patrones que vivimos a lo largo de nuestra vida donde el poder es ejercido con una determinada intención, es entonces donde las relaciones de poder nos construyen socialmente para establecer un orden donde existe un género dominante y un género subordinado.

Así mismo, el género es una construcción inventada de acuerdo con el contexto social en donde, como se menciona con anterioridad: las personas que nacen con órganos sexuales masculinos: automáticamente poseen privilegios incuestionablemente.

Sin embargo; así como las relaciones de poder o el sistema sexo/género son una construcción social, también pueden ser reconstruidos. No está escrito como se tiene o debe de ser, las sociedades van cambiando y transformándose a lo largo de los años con los sucesos que pueda experimentar, los cambios sociales que se han logrado a través de los años suceden por los diferentes movimientos sociales como el feminista, propiciando las formas de socialización sanas y equitativas en todos los ámbitos públicos y privados, sin embargo, aún queda mucho trabajo por hacer.

Sólo puedo pensar en un par de cosas al escribir estas líneas y es: ¿cómo vivimos esta realidad?, ¿de qué forma te atraviesa esta enfermedad invisible?, pero, sobre todo: ¿qué estamos haciendo para desarticular esta desigualdad social que algunas personas viven sin cuestionar?…


*Samara Flores tiene 23 años, es psicóloga de profesión, activista por necesidad, feminista por sobrevivencia y escritora por momentos.
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