Cuando abortar era ilegal

*Por Tatiana Romero

Estaba en los baños de la tercera planta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mi mejor amiga miraba fijamente el palito de plástico que recién habíamos comprado en una farmacia cercana. Dos rayitas: embarazada; una: salvada. Eran dos rayas color rosa chicle, pero en mi cabeza parecían dos luces color neón que me decían: -estás jodida Tatiana-. Olga no supo si abrazarme o quedarse quieta sin apenas moverse. Tampoco lo recuerdo bien, solo sé que sacamos dos cigarros y nos sentamos a fumar en las escaleras. No te preocupes -me dijo-, ahora vamos a la clínica de Tlalpan y te hacen uno de sangre, seguro que esto no sirve. El análisis de sangre dio el mismo resultado, estaba embarazada. 

En la Ciudad de México el aborto estaba despenalizado gracias a la Ley Robles en los siguientes casos: por violación, en caso de peligro de muerte y/o  grave riesgo a la salud de la mujer; por malformaciones del producto y por una inseminación artificial no consentida. A simple vista ninguno era mi caso. A simple vista yo había tenido relaciones sexuales consentidas, a simple vista, en el 2005 que tu pareja se quitara el condón sin avisarte durante las relaciones sexuales no era violación. Abortar era ilegal. 

La lucha por la despenalización del aborto en México comenzó en los años 70, en aquél entonces se englobaba en la lucha por la «maternidad voluntaria», que como cuenta Marta Lamas: “implicaba cuatro ejes: educación sexual amplia en todos los niveles, que realmente llegara a los niños, a las mujeres de las zonas rurales e indígenas y a los jóvenes; acceso amplio a anticonceptivos baratos y seguros; el aborto visto como una excepción, como el último recurso; y la no esterilización de las mujeres sin su consentimiento.”1 Desde entonces el movimiento feminista tenía ya un largo recorrido y había creado redes de ayuda a las mujeres para garantizar su derecho a decidir sobre sus cuerpos. Esas redes fueron mi salvavidas. 

Se lo conté a mi madre entre lágrimas, sabiendo que tenía la suerte de tenerla de mi lado, sabiendo que bajo ningún concepto iba a oponerse a mi decisión, sabiendo incluso que ella misma pensaba que era lo mejor para mí. Así comenzamos a buscar opciones. Recuerdo esas semanas como una nebulosa en mi cabeza. Recuerdo las náuseas, más por miedo que por el mismo embarazo, recuerdo los temblores, las noches sin dormir, la calma que aún sabiéndome arropada por las mías no terminaba de llegar. Me recuerdo en las aulas de la facultad sin entender una sola palabra de las que escuchaba, me recuerdo en el metro mirando a la nada, me recuerdo al lado de Olga en el coche sin poder siquiera reconocer las calles en las que había crecido. Sólo había miedo, crudo e irrefrenable miedo. 

Entre las opciones la que mejor nos pareció fue el misoprostol. Era un medicamento que se conseguía fácilmente porque sirve en realidad para prevenir las úlceras, pero a su vez también se utiliza para inducir el trabajo de parto. Dos pastillas cada 12 horas. Sin ningún tipo de seguimiento, tú te las tomabas y esperabas que nada malo pasara. Si el sangrado era muy abundante había que ir a urgencias de inmediato, ahí tenías que convencer al personal sanitario de que había sido algo espontáneo o te arriesgabas a que te acusaran de asesinato. A veces había suerte y te tocaba alguna obstetra que entendiera tu situación y no indagara más, pero también podía tocarte la otra cara de la moneda, que dieran aviso al Ministerio Público y la policía se presentara ahí mismo para interrogarte y determinar si habías cometido un delito. Miedo, arrollador, paralizante. 

Aquél fin de semana del 2005, a solo dos años de la despenalización del aborto en la Ciudad de México, me tomé las pastillas y esperé que todo saliera bien. Sangré poco, me dolió mucho. Pensé que todo había terminado. Pasaron algunos días, yo volví a la facultad, intenté hacer vida normal, intenté no cruzarme con aquél a quien nunca le dije nada. Que posiblemente ni tan siquiera lea esto que estoy escribiendo. Intenté que la calma volviera, pero era imposible. Algo no marchaba bien, algo estaba muy mal dentro de mí. A los pocos días, sola en casa sentí los peores dolores que haya sentido nunca -y de dolores uterinos sé bastante porque padezco endometriosis-. Llamé a uno de mis mejores amigos que vivía muy cerca y le conté lo que pasaba. Yo no sabía qué hacer, estaba totalmente paralizada, mi madre en el trabajo. Solo sabía que el dolor era tan grande que me partiría en dos, que me desmayaría en algún momento porque mi cuerpo no aguantaba más. No sé todavía cómo es que no me pasó nada porque esperé hasta que mamá llegara a casa. En el momento en que la ví supe que ya estaba, que nada podía pasarme. Me hizo levantarme del sofá y en cuanto pisé el suelo un torrente de sangre salió por entre mis piernas. Nos fuimos a urgencias. 

Aborto espontaneo en evolución. Epidural. Legrado. Nadie me dio la mano, nadie me dijo tranquila no pasa nada, no va a dolerte. Estaba sola ahí dentro. Frío, mucho frío. Lágrimas, muchas lágrimas. Miedo, mucho miedo. 

La pastilla había tenido un efecto retardado, por eso había sangrado tan poco cuando la tomé. Agradecí sin embargo que hubiera funcionado aunque fuese de aquella manera. Recuerdo que no tenía con quien hablarlo, recuerdo que aunque me movía en ambientes feministas no nos contábamos como era abortar con misoprostol, no había acompañantes, ni redes de facilitadoras. 22 años más tarde es un alivio que las jóvenes tengan tanta información sobre sus derechos, que haya redes de apoyo, comunidades enteras de facilitadoras allá donde abortar es ilegal todavía. 

A la mañana siguiente salí del hospital, pero nunca he vuelto a ser la misma que entró por esas puertas con las piernas ensangrentadas. 

Hoy, en mi ciudad natal, abortar es un derecho que está garantizado por el Estado. Hoy, en EEUU el derecho estatal al aborto ha sido derogado. Hoy cada estado de la Unión americana puede prohibirlo. Hoy, miles de mujeres, incluida yo misma, sentimos en nuestro propio cuerpo esta violación a nuestros derechos más básicos como una amenaza de muerte. Como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Volvemos a ser delincuentes solo por querer que se respeten nuestras decisiones sobre nuestros propios cuerpos. Hoy lloro porque sé que las mujeres más afectadas por esta sentencia serán las mujeres empobrecidas, las latinas, las chicanas, las migrantes, las negras. Un derecho más que se nos arrebata y posiblemente una vida más que se apaga. El conservadurismo es un fantasma que recorre el mundo occidental, de nosotras depende poder frenarlo. 

1https://nuso.org/articulo/la-despenalizacion-del-aborto-en-mexico/