¿Y qué hacemos con ellos? Proclamar la República Amazónica.

Palmira Telésforo Cruz.

México está marcado por la explotación, la opresión y la miseria, así como por la fortaleza ideológica de sus sistemas culturales hegemónicos (cine, radio, televisión, pensamiento judeocristiano, producción editorial, tradición, educación…), nuestro pensamiento patriarcal no podía ser sino monolítico, omnipresente y hasta neobarroco. Patriarcal, a pesar del desafío de algunas mujeres a las construcciones y concepciones de la dualidad patriarcal en el contexto de explotación colonial trans-histórico, pues no se inscribían en los roles ama de casa- esposa- madre. Habríamos podido preguntar como Sojourner Truth, sí acaso estas mujeres no eran-son también, mujeres.

El siglo XX con su locura de información y comunicación, y el fortalecimiento “milagroso” de las clases medias, condensó la imagen idealizada de la modernidad trasplantada y su pequeña familia feliz, ahora sí, en una mujer madresposa-ama de casa. La segunda ola del movimiento feminista cuestiona el modelo y sus consecuencias: violencia, marginación, sexismo cotidiano, con herramientas aún eurocéntricas.

Curiosamente este movimiento de género en México corre paralelamente a la estructuración del feminismo negro estadounidense, que increpa: el feminismo no debe ser académico (aunque sí intelectual), sino incorporarse a la acción política, ni metanarrativo, ni homogéneo, ni monolítico, ni dogmático, ni dicotómico en sus definiciones, soluciones o ejecuciones, ni individual-ista pero si profundamente específico; nunca relativista, sino dialógico.

No podría hacernos más falta el feminismo que ahora, en medio de la descomposición social generada por la expoliación más brutal de nuestra historia como país. Entramos al siglo XXI, viviendo una guerra como la de Dayan en Palestina, una guerra normalizada, no visible, no declarada, con poblaciones que continúan su vida cotidiana mientras una parte de ellas es reprimida, desplazada, masacrada, desaparecida, torturada, bajo la opresión de un sistema hipernormativo de carácter jurídico que reduce las posibilidades de movimiento político, de protesta, de creación de alternativas, sin justicia social. No es un limbo o un caos, es una destrucción organizada que permite continuar con el desarrollo económico de las élites locales y supra nacionales.

En este momento de violentísimas transformaciones estructurales y descomposición social derivada de esta guerra no declarada, las cuerpas violentadas vivas o muertas, secuestradas o inmovilizadas, aparecen por todas partes, para testimoniar y hacer visible el conflicto y advertirnos de la vulnerabilidad de las mujeres en tiempo de guerra. Grupos de mujeres trabajadoras, sindicalistas, feministas, académicas, artistas, jóvenes activistas, mujeres políticas, desde distintos lugares contribuyen al fortalecimiento y avanzada de demandas colectivas. La más urgente: frenar esta violencia homicida y mutilante. A estos grupos se han sumado los parientes masculinos en primer lugar, más tarde amigos y hombres que deciden hacer eco. Los diversos movimientos de mujeres no han decidido qué papel les toca jugar a ellos, cómo se les permitirá o no, acompañar o sumarse, si pueden ser feministas o no. Es usual indicarles que, como portadores de su género son culpables por extensión o posibilidad, se les conmina a renunciar a sus privilegios y se les condena al sambenitismo, la exclusión y el silencio. Su condición masculina basta para desacreditar ad hominem cualquiera que sea su dicho.

¿Qué hacemos con ellos? ¿decretamos la república amazónica? Realmente no parece que haya un movimiento que lo tenga bien claro y apenas se discute el tema, pues lo primordial es hablar de la vida y la integridad de las nuestras. Parece hasta de mal gusto político señalar que hay 10 hombres asesinados por cada mujer asesinada, en franco desafío a la idea feminista toral de que las mujeres son asesinadas por hombres y los hombres por ellos mismos. Tampoco se pierde la oportunidad de jugar a la privación relativa estableciendo escalas imposibles, como fue la discusión entre quienes dicen que los 43 no deberían ser más importantes que las miles de mujeres asesinadas, ¡cómo si tal comparación fuera posible!, como si pudiera establecerse una jerarquía de valor entre ambos sucesos, cómo si no fueran reclamos ética/equiparable/específica-mente válidos.

bell hooks señala que el pensamiento feminista contemporáneo deja en claro que “alguien con pensamiento patriarcal no necesariamente es un varón, pero que mucha gente sigue viendo a los hombres como el problema del patriarcado”. El feminismo negro recrea una solidaridad de clase y de raza más fácilmente que nuestra sociedad altamente jerárquica y polimestiza, en la que no parecen tan necesarias las solidaridades -de y con- los hombres, y no es blanquifeministamente correcto decir que hombres y mujeres participan activamente en el “atormentado sistema de valores” del patriarcado.

Desde el posicionamiento de la teoría decolonial algunas voces señalan con fuerza: “los muertos y muertas, los ponemos los pobres”, y se niegan a autodenominarse feministas por considerar que el feminismo blanco eurocentrado llama a la traición de clase sobre “nuestros hombres”. Muestran que la clase es una huella solidaria inequívoca del género y la raza, y afirman: “se mata a las prietas, solamente si son prietas pobres”. Su cláusula de avanzada cuestiona que si se matara-secuestra-traficara hijas/esposas/hermanas/madres/mujeres ricas y blancas, el problema se resolvería con toda la buena voluntad gubernamental.

Entonces, ¿dónde ponemos a los hombres que nos acompañan? El movimiento feminista negro nos llama a repensar en la díada, a desconfiar de la construcción antinómica hombres opresores vs-sobre mujeres-víctima. Patricia Hill Collins insta a recibir las solidaridades ofrecidas por grupos o individuos organizados, y rechazar los acercamientos por conveniencia (política, académica o narcisista); pero no sólo de hombres o grupos de hombres, sino también de otras mujeres y grupos de mujeres.

La pertinencia de los análisis del feminismo negro, nos permiten reconocer que: algunas banderas del feminismo blanco han acompañado movimientos retrógrados de clase o raza. También nos impulsan a abanderar y ser punteras en luchas políticas que aparentemente solo conciernen a los hombres, como el caso de Ida Wells Barnett y su organización contra los linchamientos de los hombres negros estadounidenses. Advierten que no hay sororidades sin garantías, que no se debe sororizar a fuerza en virtud del género, sino en función del compromiso y la lealtad. Queda mucho por pensar y decir, pero lo que es seguro, es que no podemos, ni debiéramos proclamar la República Amazónica. Y sinceramente, tampoco queremos.

***Palmira Telésforo Cruz. Estudió Comunicación, Política, Género, Familia. Participó en procesos de investigación y guionismo y diseño editorial, para productos de cultura y arte, en sectores públicos y privados. Realizó Diseño de Negocios (Recursos humanos, Relaciones públicas, Control de calidad, Prevención de conflictos laborales). Impartió clases universitarias en áreas de comunicación (Creación literaria, Guionismo, Periodismo, Investigación para la comunicación y Comunicación interpersonal). Realiza trabajo de búsqueda de información sobre: Violencia y consumo cultural infantil, Violencia en la familia, Mediaciones de la violencia en NTI y NTC, Violencia y grupos vulnerables (ancianos, enfermos psiquiátricos y madres de niños con discapacidad intelectual) y recientemente, Violencia de Estado. Actualmente colabora en un proyecto que interroga desde diversas disciplinas la identidad y condición negroafricana.

***La imagen que acompaña este texto es de la Marcha NiUnaMenos en Argentina, 2016.

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