¿Apariencia o Currículum?

Por Rosario Ramírez*

Hace unas semanas en México hubo toda una discusión acerca del acoso a propósito de un caso que acaparó varios medios y la atención de muchos usuarios de redes sociales, ya que se trataba de la denuncia pública de una mujer a la que un taxista llamó “guapa”. Tamara, conocida en el mundo de los blogs y del twitter como Plaqueta, denunció a su acosador ante la Justicia Cívica y el sujeto en cuestión fue acreedor a una falta administrativa por su “piropo”. Esta noticia, en muchos sentidos, sentó precedentes acerca de que el acoso puede y debe ser sancionado y, además, probó que las mujeres podemos denunciar estos hechos para estar y sentirnos más seguras en nuestro andar cotidiano[1].

El acoso es un tema que desde hace tiempo es parte de la agenda feminista y se ha colocado como un hecho social que ha permitido visibilizar un tipo de violencia que parecía naturalizada. Ha suscitado discusiones y reflexiones múltiples acerca de su definición y alimentado estudios sociológicos y antropológicos al respecto de sus repercusiones sociales[2].

Estos breves antecedentes sirven de marco para colocar otro tema no menos importante –y tampoco tan desconectado de lo anterior- y es la consideración de las mujeres y sus capacidades para conseguir o mantener un empleo. Mis búsquedas de trabajo y la de mis colegas me han puesto enfrente una serie de elementos que mi ser feminista y mi ser mujer no han podido ignorar: me refiero a las diferencias y desigualdades que se hacen visibles al momento de acceder a los empleos y que nos colocan en un sitio subordinado a partir de elementos que no necesariamente remiten a nuestras capacidades, formaciones y habilidades.

Son bien sabidas  las distinciones y preguntas a las que nos sometemos al momento de concursar o buscar algún trabajo: si somos casadas o no, si somos madres o si pensamos serlo, pasar por una prueba obligatoria de embarazo y, si somos casadas, entonces hay que responder si “el marido nos deja trabajar” y un largo, pero muy largo etcétera. A todo esto se suma la evaluación no sólo de una “excelente presentación”, sino de una prueba de corporalidad, o sea, si eres bonita o no (¡y del peso ni hablamos!)

Hace poco escuchaba la historia de una colega que contaba que cuando fue a una entrevista de trabajo quien sería su jefe directo le dijo que su “plus” es que “además de inteligente, era guapa” –Seguido de un acercamiento físico, razón por la cual no volvió a presentarse en la oficina-. A mi también me lo dijeron alguna vez y la respuesta que, supongo, me descartó como candidata para el empleo fue que, si soy guapa o no, es curricularmente irrelevante para los fines del trabajo que me estaban ofreciendo. Otra historia similar me la compartió una vieja amiga de la universidad, quien contaba que en una llamada para concertar una entrevista de trabajo el hombre de recursos humanos le dijo que ya la había buscado por redes sociales y que, como era bonita, entonces sí le podía agendar la cita para la entrevista.

Otras más cuentan y contamos que ya en un espacio laboral no sólo se vive un acoso constante por parte de compañeros y jefes (hombres y mujeres por igual), sino la evaluación constante de los cuerpos por parte de los colegas de trabajo y la vigilancia de una normativa social que establece que sí o sí, una mujer tiene la obligación de verse bella y deseable para cumplir sus objetivos. Por supuesto, hay que mencionar también la caracterización de las mujeres como seres capaces de hacer y cumplir sólo algunas tareas que no impliquen decisiones estratégicas para el colectivo, sino tareas menores en comparación con aquellas que son destinadas a los varones. En este sentido se entra en juegos de poder vinculados con una serie de roles y estereotipos estigmatizantes tales  como si eres mujer y estas en un puesto alto es porque te acostaste con alguien o eres “muy cabrona”; y si no tienes puestos estratégicos, es porque simplemente “eres mujer y no puedes”, aún cuando estés perfectamente capacitada para hacer y ejercer cualquier tipo de puesto y tarea.

Con todo esto me detuve a pensar en varias cosas: ¿por qué la apariencia física determina las capacidades de una persona? ¿Qué diferencia hay entre el “guapa” denunciado por Tamara y el stalkeo de quien contrataría a mi amiga  o el jefe acosador de mi colega? ¿Por qué las mujeres, antes de nuestras capacidades, somos (y debemos ser) un cuerpo deseable? Y finalmente ¿Cuántas mujeres han pasado por este tipo de comentarios y situaciones para tener o mantener un empleo?

Desde hace varios años se ha registrado un porcentaje mayor de mujeres que obtienen grados académicos altos –de maestría y doctorado en diversas disciplinas- e incluso hay quienes han hablado de la feminización de los estudios superiores en el país[3]. Aun con estos datos, las mujeres con formaciones superiores nos enfrentamos no sólo a la precarización laboral y a la poca oferta de espacios donde poder ejercer nuestros saberes con un salario justo y en igualdad de condiciones, también nos enfrentamos al trato desigual de  quienes aprovechando su lugar estratégico evalúan al “otro” en función de una serie de atributos que no necesariamente son relevantes para llevar a cabo una labor específica. ¿Apariencia o currículum?

Valdría la pena pensar, en este ejercicio de visibilización de las desigualdades y de las múltiples formas de discriminación, qué tanto hemos naturalizado también estas actitudes hacia nosotras mismas y hacia otras en el ámbito laboral, qué juegos de poder se colocan en la mesa y se ven cuestionados si salimos de este ejercicio de evaluaciones y acoso consentido. Hasta dónde nuestra formación, pero también nuestras posibilidades como mujeres nos permiten llegar en un mundo donde la precarización laboral nos deja en un espacio que, aún con avances significativos, en el ámbito práctico y microsocial sigue siendo profundamente discriminatorio para las mujeres por el simple hecho de serlo.

Sirva este texto no sólo como denuncia, sino como la búsqueda por dignificar nuestros saberes, como una forma de seguir desmontando esos discursos velados que nos colocan como seres inferiores para realizar un trabajo, para darle el valor y peso a nuestras formaciones y decisiones y para exigir espacios laborales en un marco de respeto y dignidad.

Aviso: El texto anterior es parte da las aportaciones de la Comunidad para la sección Sororidades de Feminopraxis. La idea es dar libre voz a lxs lectorxs en este espacio. Por lo anterior, el equipo de Feminopraxis no edita los textos recibidos y no se hace responsable del contenido-estilo-forma de los mismos.  Si tú también quieres colaborar con tus letras, haz clic aquí para obtener más detalles sobre los requisitos.

*Doctora en Ciencias Antropológicas, Maestra en Ciencias Sociales y Licenciada en  Sociología. En sus investigaciones analiza las prácticas religiosas y espirituales de mujeres y jóvenes en los márgenes de las religiones institucionales. Colaboró en proyectos relacionados con los derechos sexuales y reproductivos y ha sido tallerista en diversas organizaciones y colectivos enfocados en el empoderamiento de las mujeres y la apropiación del espacio público.

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Notas de la autora

[1] Por supuesto, no dejo de lado que a raíz de esta denuncia hubo muchas reacciones negativas y acoso, en este caso virtual, hacia Tamara a través de tuits y mensajes en las notas que cubrieron su caso. Ella misma compartió a través de varios medios algunos de los comentarios que recibió y se encuentran en este video: https://www.youtube.com/watch?v=6qik003HNiQ

[2] Entre los trabajos que abordan esta temática encontramos a Ramírez, Estrella (2017) El piropo como construcción de la imagen femenina y su corporalidad, tesis para obtener el grado de Licenciada en Sociología. UAEMex, México; Lichinizer, Daniela (2014)  Del piropo al acoso callejero: Relaciones de poder entre mujeres y hombres en el espacio público, tesina para obtener el grado de Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires; y Gaytán, Patricia (2009) Del piropo al desencanto: un estudio sociológico. Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, México.

[3] Entre ellos encontramos los trabajos como “Mujeres y educación superior en México. Recomposición de la matrícula universitaria a favor de las mujeres repercusiones educativas, económicas y sociales” de Olga Bustos.

Disponible en: http://www.culturadelalegalidad.org.mx/recursos/Contenidos/Estudiosacadmicosyestadsticos/documentos/Mujeres%20y%20educacion%20superior%20en%20Mexico.pdf

Y el análisis de Karina Sánchez en “La feminización de la matrícula en la Educación Superior en México. Aportes desde la sociología de la educación”.

Disponible en http://elmecs.fahce.unlp.edu.ar/v-elmecs/actas-2016/Sanchez.pdf

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