“La escritura etnográfica y las emociones como fuente de resistencia(s)”

Hilda María Cristina Mazariegos Herrera*

Este texto lo escribí a propósito de la invitación que Sandra Estrada, colega y amiga,  me hizo, para dialogar en el foro “Convergencias entre las Ciencias Sociales y el Arte desde las experiencias de ser mujeres”, que organizó como parte de las conmemoraciones del 8M en la Universidad de Guanajuato, Campus León, y en el que Amaranta Caballero Prado, poeta y artista plástica y Cordelia Rizzo, artista textil y activista, fueron interlocutoras generosas al compartir sus experiencias entre el arte y lo político que es personal y comunitario.

Cuando Sandra me invitó a ser parte de esta mesa de diálogo, sinceramente, lo primero que pensé fue, ¡pero si yo sigo dibujando con palitos y bolitas! Mi acercamiento al arte ha sido más bien de espectadora más no conocedora, ni de las técnicas, ni de las corrientes artísticas.  Pero, es una segunda vuelta a la propuesta de Sandra, pensé: si el arte es crear y recrear el mundo y las realidades en las que vivimos, es poner el cuerpo como el lienzo de esa creación y el vehículo a través del cual experimentamos una danza, un canto o una poesía; se encarna a través de un personaje o de las manos que transforman las materias al pulir las esculturas entre vaivén de las ideas, la técnica, las emociones y la experiencia vivida, algo en común sí que tiene con la antropología.

Siendo neófita de las bellas artes, pensándola más bien como política, como plural, como del pueblo y sus matices y distintas formas, encuentro que la escritura etnográfica en clave emocional también es capaz de transformar y recrear las realidades y que, un eje fundamental, por lo menos desde la antropología de las emociones, es la experiencia “como proceso corpóreo- afectivo” (Sabido, 2010) desde la cual se crea el conocimiento. Este es un segundo punto que quiero resaltar: la escritura etnográfica en clave emocional no podría existir sin los ejes analíticos- empíricos que nos da la experiencia vivida.

Así que, desde mi experiencia situada, les contaré cómo reflexiono el vínculo entre la antropología y el arte, pero un arte en particular, la escritura etnográfica y la auto-etnografía. Esta reflexión está nutrida, a partir de los diálogos que desde hace más de cuatro años realizamos en el Seminario Permanente del Centro de Estudios Antropológicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales- UNAM: “Las emociones de ida y vuelta: el registro etnográfico de la dimensión afectiva en la enseñanza”, que dirige mi querida y admirada colega Frida Jacobo[1]; también se nutre del trabajo colectivo  que hemos realizado Frida Jacobo, Marco Martínez-Moreno[2] y yo, a partir de la impartición de talleres sobre escritura etnográfica y donde exploramos la narrativa como un recurso para el registro emocional; y, por supuesto, también de las voces e intercambios de todas, todos y todes los demás integrantes de dichos espacios.

Esto lo menciono porque un cuarto punto para trazar el camino a la resistencia es pensar, crear y transformar en colectivo. La producción académica jamás se da en el vacío, se construye desde la colectividad, no hay nada que no haya sido dicho ya, la diferencia, precisamente, la marca la experiencia y el lugar desde el que nos situamos. Desde ahí, comienza una forma de resistencia hacia los mandatos establecidos sobre la construcción del conocimiento desde una visión masculina y patriarcal; a la forma de evaluar que prima en el contexto académico, que no necesariamente se basa en nuestras habilidades argumentativas y lo críticas que podamos ser o por los trabajos que realizamos, sino por la cantidad de citas que referimos para sustentar nuestros argumentos, si utilizamos el lenguaje especializado y palabras rimbombantes para no perder el tono de la objetividad y conservar la racionalidad propia, desde la cual se han fundado las humanidades e, inclusive, el arte. Ya ni digamos del filtro y la evaluación que, muchas veces, también pasa por lo estético.

La producción académica jamás se da en el vacío, se construye desde la colectividad, no hay nada que no haya sido dicho ya, la diferencia, precisamente, la marca la experiencia y el lugar desde el que nos situamos.

Escribir de forma narrativa desde y con las emociones en un contexto académico, pensado desde el positivismo y el racionalismo, nos coloca en el lugar de la duda, cuestionamiento y en los márgenes como de por sí hemos estado las mujeres. Nos convierte en una suerte de diáspora, pero también en un lugar de creación particular donde las voces de las interlocutoras/es y la voz de la investigadora, se hacen presentes. Así comienza la lucha por descentralizar el conocimiento, donde todas las voces tengan la autoridad de enunciarse o, al menos, esa es la utopía.  Quinto punto a resaltar: El cambio de forma en la escritura académica implica, también, resistir: “¡Te leí. Pero no escribes con lenguaje científico, eso puede restarte puntos. Hay cosas que se deben quedar en el Diario de Campo.” Me dijo una colega cuando leyó mi tesis doctoral.

El cambio de forma en la escritura académica implica, también, resistir: “¡Te leí. Pero no escribes con lenguaje científico, eso puede restarte puntos. Hay cosas que se deben quedar en el Diario de Campo.” Me dijo una colega cuando leyó mi tesis doctoral.

La escritura etnográfica es el arte de tejer la experiencia vivida durante trabajo de campo, que pone en diálogo la visión emic y etic con la teoría que implica, también, un posicionamiento político. Yo escribo desde y con las emociones con perspectiva de género; exploro y analizo el ejercicio del poder de las mujeres protestantes evangélicas en sus iglesias en este estado de la República mexicana, Guanajuato, cuna del Cristo Rey. Escribo en primera persona como parte de ese posicionamiento: no más al margen, detrás de “la tercera persona”; sino visible en la interacción con mis interlocutoras. Me narro y a la par, muestro los hilos que se conectan con mi investigación.

James Clifford, a través desde Estudios culturales, planteó la discusión sobre el cambio en la escritura etnográfica, donde se reflexionó en torno a si la auto-etnografía podría ser fuente válida en la construcción del conocimiento. El debate no se agota. Se retoma a Bechelard y a Bourdieu, al proponer la vigilancia epistemológica, como una medida que permitan “contener” y darle un sentido y uso teórico- metodológica, sin dejar de fuera la participación e interacción de la persona investigadora en los contextos estudiados. Esto también nos lleva a una discusión ética: hacer explícita la manera en la que participamos, nos relacionamos y los vínculos que establecemos en campo, permite aprender cómo se construye el sujeto/objeto de investigación; cuál fue la estrategia metodológica y el impacto que tiene nuestra presencia en nuestras interlocutoras (Jacobo, Mazariegos y Martínez, 2021), lo cual influye en nuestros análisis a posteriori.

Desde los feminismos negros, se plantea que la experiencia particular nos posibilita retratar la historia no solo personal sino cultural (Ellis, Adams y Bochner, 2019, p.21). Existen distintas formas de narrarnos, y “muestra de ello la encontramos en los feminismos negro y chicano que han abonado muchas reflexiones desde diferentes formas literarias, como la poesía, el ensayo, la narrativa- como les mostraré más adelante al reconstruir la historia de mi abuela­, como les mostraré en el cierre de este texto– o el blues, para dar cuenta de los cuerpos de las mujeres diversas, sus luchas y resistencias en la construcción de lo que llaman Epistemologías Alternativas (Jabardo, 2012; Collins, 2012), proponiendo un lenguaje situado” (Mazariegos, en prensa).

Audre Lorde, nos invita en “La Hermana la extranjera”, a pensarnos y a narrarnos desde nuestras intersecciones; desde esas fronteras que nos conforman y nos hace hitóricas. Por tanto, es nuestro deber escribirnos y a través de ello reescribir la historia que también es nuestra. Para mí, retomar la escritura narrativa en clave emocional para poder dar cuenta de las realidades estudiadas, se ha vuelto una forma de posicionamiento político frente a mi ejercicio académico: ya que me permite salir de los esquemas construidos desde una lógica patriarcal que divide razón y emoción; y se ha vuelto una manera de comunicar y dar a conocer los resultados de mis investigaciones a mis interlocutoras con un lenguaje que permita una comunicación más fluidas entre ellas y yo y lo que produzco como conocimiento académico sobre ellas.

Para mí, retomar la escritura narrativa en clave emocional para poder dar cuenta de las realidades estudiadas, se ha vuelto una forma de posicionamiento político frente a mi ejercicio académico: ya que me permite salir de los esquemas construidos desde una lógica patriarcal que divide razón y emoción

Para escribir y describir con y sobre las emociones hay que dejar “descansar” las emociones

Mucho se habla sobre cómo escribir y describir lo que sentimos y experimentamos durante el trabajo de campo, ¿podemos hacerlo en el momento mismo en el que somos sujetas de un ritual de sanación que jamás contemplamos ser?, ¿las escribimos cuando las estamos sintiendo?, ¿hay un cambio en la escritura y el análisis al escribirlas a flor de piel y cuando volvemos al escritorio después de haberlas reposado?

La escritura etnográfica de las emociones implica un proceso creativo y reflexivo, que lleva tiempo. Surge como parte de la curiosidad que vamos desarrollando a lo largo de nuestras vidas pero que se agudiza una vez que somos formadas/os en la antropología, donde nos enseñan a aplicar distintas técnicas de recopilación de datos e información para lo cual, el trabajo de campo, esa exploración e investigación in situ, es indispensable.

Un instrumento fundamental para ello, es el diario de campo, esa libreta que nos dicen, una y otra vez, que debemos llevar para escribir sobre todo lo que observamos y que debe dividirse: la parte derecha lo que compete a la razón, a “lo objetivo”, y la izquierda al sentir de la investigadora o investigador. La dicotomía entre femenino y masculino, razón/emoción, cuerpo/mente, se materializa en la manera en la que históricamente la antropología a invitado a registrar (Jacobo, Mazariegos y Martínez, 2021). Sin embargo, varias y varios antropólogos clásicos, nos han enseñado cómo esta división es imposible: ejemplo de ello son los Diarios de Malinowski, Renato Rosaldo con su trabajo sobre los cazadores de cabeza, Margaret Mead, Mary Douglas, entre otros (Jacobo, Mazariegos y Martínez, 2021). En imposible llevar, tajantemente, dicha división ya que, a la vez que vamos aprendiendo sobre las distintas formas de entrevistar y registrar, aprendemos a usar el cuerpo para dicho registro, así como la Leonora Carrington, usaba la técnica y la mano, la mirada, para plasmar sus viajes oníricos.

La técnica más evidente y que ha sido central en la antropología, es la observación. Agudizamos la mirada, la centramos en un punto concreto. Nos enseñan a hacerlo a partir del planteamiento de una pregunta de investigación o una hipótesis. Eso es una técnica corporal (Mauss, 1973) que nos lleva a un proceso cognitivo-afectivo, donde la subjetividad también está presente y pasa por la vista y los demás sentidos. El cuerpo también registra, no solo con los ojos sino con cada parte que lo conforma, se vuelve un diario de campo encarnado (Mazariegos, en prensa).

El cuerpo también registra, no solo con los ojos sino con cada parte que lo conforma, se vuelve un diario de campo encarnado.

De tal suerte que, cuando fui colocada como sujeta de sanación, y unas manos sobre mi cabeza me sanaron, pude experimentar una práctica recurrente al interior de la Iglesia Metodista que, desde el lugar de “distancia”, observaba y me despertada muchos cuestionamientos sobre la propia noción de sanación, de cuerpo y el ejercicio del poder.

Lo sucedido fue una suerte de “despertar”. Tuve una epifanía: esa experiencia transformadora, que, como la defines Ellis, Adams y Bochner: “revela las formas en las que una persona pudo negociar situaciones intensas. Son experiencias que se ensamblan a posteriori” (2019, p21). Una vez incorporando mi subjetividad como parte teórico-metodológica, logré conectar mi historia con la de las mujeres metodistas y comprender cómo ese espacio de oración, se convierte en uno de empoderamiento para ellas, como lo fue para mi abuela y que les contaré más adelante.

Esto pude articularlo, una vez que, regresando a casa, descansé las emociones y reflexioné sobre el impacto que me provocó. Así fui tejiendo los hilos de su trabajo eclesial: pude identificar cómo la ritualidad se pone en marcha para darse contención entre ellas y la gestión de emociones se convierte en motor político para combatir las distintas violencias, dentro y fuera de sus iglesias (Mazariegos, 2020); la ritualidad, les permite acompañarse para “regresar a casa”, parafraseando a Gloria Anzaldúa, en un contexto en el que ser evangélicas es sinónimo de ser “la extraña”, “la rara”, “ la extranjera” y ser mujeres nos lleva a tener que cruzar distintas fronteras marcadas por el género. Esta noción de extranjería fue la que me vinculó a ellas. De alguna manera, todas somos “la extranjera”.

En este sentido la memoria y el recuerdo, como lo plantea Bourdieu (1973), permiten reconstruir una parte de la historia. Esta reconstrucción se lleva en retrospectiva (Jacobo, Mazariegos y Martínez, 2021), en la comunicación y transmisión de los recuerdos de una o distintas generaciones. Como en mi caso, la historia de mi abuela y la de mi madre, transmitidas a partir de prácticas como la oración que compartía con mi abuela o la cocina; de algunos secretos a voces entre las y los miembros de mi familia; y a partir del acompañamiento a mi madre a las comunidades de refugiadas y refugiados guatemaltecos con las que trabajó durante los años 90s posteriores a la guerra en Guatemala, y donde pasé casi toda mi niñez.

Ahí, en torno al fuego, bajo el cielo oscuro de la selva, mi mamá me contaba su historia y la de mi abuela, a través de ella también conocí la de su país, la del exilio y la guerra, a la vez que iba conociendo la de este país que nos dio refugio.


*Hilda María Cristina Mazariegos Herrera
 
Es mujer, hija, amiga, hermana elegida, compañera, antropóloga social y maestra. Feminista migrante. Disfruta escribir y contar historias.

Doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I), tiene como líneas de investigación antropología de la religión– centrándose en el estudio de agrupaciones protestantes- evangélicas­­–, género y antropología de las emociones. Además de haber publicado diversos artículos y capítulos de libro sobre la intersección género y religión. Fruto de su tesis doctoral, en 2020 fue publicado el libro homónimo: Liderazgo(s) en movimiento. Ejercicio del poder de las mujeres metodistas de León, Guanajuato, editado por la Universidad de Guanajuato y Grañén-Porrúa.


Actualmente se encuentra desarrollando el proyecto CLACSO: “Fronteras que se cruzan. Experiencias de migrantes centroamericana/os y del Caribe de la disidencia sexual y de género en su paso por México, adheridos a albergues o espacios de corte religioso” en colaboración con el Candidato a Doctor René Tec-López de la Universidad de Santiago de Chile. Es profesora en las licenciaturas de Antropología Social y Ciencia Política de la Universidad de Guanajuato y co-coordinadora del seminario “Las emociones de ida y vuelta: El registro etnográfico de la dimensión afectiva en la enseñanza”, dirigido por la Dra. Frida Jacobo Herrera en el Centro de Estudios Antropológicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

Referencias:

[1] Profesora- Investigadora de la Facultad del Centro de Estudios Antropológicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (CEA-UNAM)

[2] Becario de la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado do Rio de Janeiro (FAPERJ). Investigador de posdoctorado en el Programa de Pós-Graduação em Antropologia Social (PPGAS, Museo Nacional, Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ)