Café Insomne

Por Cuatlicue Motko*

¿De qué se habla cuando hablar no es una prioridad?, ver inmóvil la vida pasar como una ballena varada en la playa con toda su humanidad derramada sobre las arenas del tiempo, clavada a una silla viendo el espectáculo del tiempo dilatarse, aletargarse, pasar ralentizado arrastrando los pies en un eterno parpadeo que parece durar toda una vida.

¿Qué se siente abrir los ojos al estilo de Kafka y descubrirse como un virus? ¿Y no uno cualquiera sino uno igual de letal que el causante de nuestro encierro actual? Estos son tiempos de enmarañada complejidad, momentos propicios para la reflexión, para la contemplación de entretela, bostezo eterno que encierra la fuerte sacudida del olvido mientras el espectáculo de la vida sucede allá afuera y cada vez con menos timidez florece, sale y toma las calles, elude con éxito el gueto por la urbanización impuesto, es la naturaleza ocupando su lugar, el que le fue pospuesto.

Son momentos históricos de caótica introspección, el inédito estar ausente. Es asumirse como la maldición de la creación en favor del avance tecnológico civilizado, es consumirse de culpa o de pena como la leve llama de una vela. El oxígeno, la cordura y la precaución escasean. La belleza inherente al caos como veta de incalculable valor, es el inestimable sentido de apreciación que surge como fuerza contraria de equilibrio que provoca resistencia al ligero pasar desgastado del tiempo. Un año ha pasado, un diminuto grano de arena con su avance de puntillas enfundadas en zapatillas salmón elaboradas de exprofeso. Es el regreso triunfal del intimismo, es deslizarse en línea recta del futuro al pasado y de vuelta. La curvatura está exenta de valor, está fuera de tendencia. Un instante vestido de tul y seda crea con el movimiento de su cuerpo gráciles florituras, trayectorias invisibles de carismático fluir que avanza sin detenerse en este silencio despeinado de cuarentena.   

Cada mañana fuera de toda noción del tiempo, mi somnolienta cabeza se levanta enmarañada, es una jauría de pensamientos, una pelea feroz de perros que se arrebatan el hueso del día, encerrados como estamos, jaula tras jaula en el sarcófago de la negación infinita, asistimos impasibles, taciturnos al desfile de la desnuda banalidad encubierta que no sabe de números, de estadísticas, de muertos, de pandemias y de esas ligerezas, todas incomodas por supuesto, tan fuera de moda, tan oscuras, tan obesas, tan faltas de fotogenia.  

La sombra de la violencia devora la poca alegría genuina, bien escaso que desata la codicia, el jaloneo egoísta, la escena conmovedora de venta de fin de temporada. Nada se pide, todo se arrebata en esta batalla cotidiana que reclama la luz de la escena, el objeto es lo de menos, la adrenalina de la victoria sobre los precios de descuento lo es todo, luego, un florero más, uno bonito, un trofeo, 5 segundos de fama, el centro de atención anhelado, en medio de la oscuridad a plena luz del día.

Es el eclipse del espectáculo trivial de la musculatura expuesta, cuyo objetivo va más allá de la mera salud mental, es la atinada estrategia de comercialización de un producto de consumo para tragarse sin reflexión. No es arte, es la exhibición de la fantasía de la feminidad perfecta. La frivolidad se ha desbordado, se es sexy o desesperado, en exhibición y venta la fuente de la vida eterna, una falacia, la elongación que impide la sonrisa, ese pliegue vulgar que expresa la acumulación visible del tiempo, las marcas de una trayectoria de vida, cicatriz, estría, arruga que enmarca la sonrisa, reír de las propias lecturas del cuento de ficción que es nuestra vida en sociedad, en el alternativo yo de las redes de plástico que se opone ferozmente a la  narrativa del libro clásico enmarañado que se levanta desanimado y legañoso cada mañana. Reír sí me lo permito, de mi propia locura, del absurdo de mí cotidianidad alterada que viste de pijama todo el día, de la risa que alterna surge después del llanto que corre como perro detrás de la aventura del no puedo, pero lo haré, solo es cuestión de tiempo.

Tiempo, tiempo, tiempo, caminar un poco, caminar pausado, es el miedo al resbalón, a la fractura del cascarón desgastado que me invita a pensar y pensar en solitario, en privado y en algunas ocasiones en agonía, en risa de carcajadas y luego diluirse en llanto, en lluvia de verano y en lluvia de alegría.

En el escenario de la pausa está el telón oscuro que marca el final del día, uno más de tantos, a juego con la exhibición ganadera de postal coleccionable, recuerdos de viajes,  de presunción que se exalta y se sacude las pulgas ante la mirada desconocida del observador anónimo que carece de la misma suerte, de nueva cuenta el placer inconfesable de la adrenalina de un buen botín hijo de una venta nocturna,  exhibir la intimidad, ponerla en una vitrina, recrear la fantasía de lo ideal, mentir y deleitarse con la envidia en la mirada ajena, lo es todo, y en la realidad no es nada, es solo un vistazo a la ventana pública que ha vendido su alma.

**La ilustración que acompaña el texto es de autoría de Henn Kim.

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