¿Por qué echar la flojera es un acto radical?

Palabras: Lola Olufemi*

Ilustración: Catalina Mora**

Cuando se le preguntó a la escritora de origen antillano Jamaica Kincaid sobre su práctica de escritura en una entrevista para el Missouri Review en 2002, ella dijo “como alguien con enfoque y autodeterminación … Esas son palabras y descripciones de las que rehuyo. Los considero, de hecho, algo falsos ”. Como persona joven rodeada de otros jóvenes que navegan la transición de ser estudiante a encontrar un trabajo a tiempo completo, o de joven a adulto, estas palabras de Kincaid me sorprendieron. Las ideas sobre el trabajo duro impregnan nuestras vidas. Nos convencen de que es el trabajo que hacemos lo que da sentido a nuestras vidas y que sólo el trabajo duro merece el acceso a la comodidad o al lujo. Sólo merecemos una vida estable y agradable si trabajamos para ello. El trabajo se cierne sobre nuestras vidas desde el momento en que nacemos.

La pregunta “¿qué quieres ser cuando seas grande?” resume cuán fácilmente lo que hacemos se convierte en lo que somos. Adaptamos nuestra educación con esta pregunta en mente y descartamos las ambiciones creativas debido a la practicidad que requiere una vida laboral. Cuando era adolescente, recuerdo que me mostraron una lista de trabajos organizados por grado de pago durante una lección escolar. Se suponía que este ejercicio nos enseñaría que, a veces, el trabajo que más nos atrae no nos proporcionará un futuro “seguro”. Pero ¿quién define la seguridad y por qué? ¿Por qué los parámetros de una buena vida se miden por el trabajo que nos vemos obligados a emprender para sobrevivir?

Acepto la pereza porque la pereza nos ofrece la oportunidad de ser valorados política y socialmente en virtud de nuestra existencia. Mi pereza viene de actos diarios de rechazo: un rechazo a ser el tipo de mujer “correcta”; una negativa a dejar que lo que gano defina mi sentido de identidad; una negativa a reforzar activamente el capitalismo racista y sexista. La pereza se opone completamente al individualismo. Si todos nos despertáramos mañana y decidiéramos dejar de trabajar, ¿qué podría pasar? Para ser perezosos juntos, primero debemos reconocer que nos necesitamos unos a otros.

La economía neoliberal se basa en la precariedad. Hoy en día, los jóvenes están entrando y saliendo de situaciones de trabajo inseguras y otros más están optando por obtener trabajo independiente para sobrevivir. Ya no hacemos una cosa por el resto de nuestras vidas, y muchos de nosotros tenemos que monetizar nuestros intereses en forma de “problemas”. Este ambiente alimenta el mito del trabajador esforzado. ¿No encuentras trabajo? Simplemente tienes que trabajar más duro. ¿No puedes pagar un lugar para vivir? Ahorra más. 

En 2017, el millonario australiano Tim Gurner argumentó que los jóvenes podrían evitar las devastadoras consecuencias de la crisis de la vivienda simplemente reduciendo su consumo de  bagettes de aguacate muy común en las dietas veganas. Los esquemas de administración de dinero han crecido en la última década, con aplicaciones como Monzo que nos recuerdan nuestro gasto diario. La rutina es interminable.

La pereza es despreciada porque desafía la primacía del pensamiento capitalista. En una entrevista de 1987 con Women’s Own, la entonces Primer Ministro británica conservadora Margaret Thatcher proclamó “no existe la sociedad”, solo hombres y mujeres individuales. Ella fomentó la idea de que la dependencia era una transgresión y dio a entender que lo peor que podrías ser es ser vago. Si no trabajas, eres una carga para la sociedad. Crecer en comunidades de clase trabajadora me mostró el impacto de esta retórica: genera vergüenza internalizada, lo que oscurece el hecho de que no importa cuánto trabajes, muchos de nosotros no tenemos control sobre las condiciones de nuestras vidas.

En el Reino Unido con 10 años de austeridad introducidos por un gobierno conservador, se ha incorporado y normalizado la idea de que no hacer nada significa no ser nada. Un régimen de recortes en servicios públicos, la venta de servicios de propiedad pública al sector privado y la reducción de la inversión en las comunidades ha creado un entorno que valora al individuo y su capacidad para progresar en el mundo. Si no buscas constantemente ser la mejor y más completa versión de ti mismo, estás fuera del reino de la humanidad plena.

Los hijos de inmigrantes internalizan el mito desde el principio. Mis padres me enseñaron que si trabajaba duro, ese trabajo duro sería recompensado. Según los consejos de mis padres, el trabajo duro me daría como resultado disfrutar de un automóvil propio, de una casa grande y, lo más importante, me daría un sentido de pertenencia. Esta es la lógica que sustenta la historia de los migrantes; te mueves porque la hierba es más verde al otro lado. Debido a que existe la oportunidad de alcanzar algo, ir más allá del estancamiento de los legados coloniales en su propio hogar. El trabajo duro está ligado a la promesa de la nación.

Pero la promesa suele ser siempre decepcionante. En el autor trinitense Sam Selvon en su libro The Lonely Londoners escribe sobre las sombrías realidades de Londres y la decepción que ocurre cuando la nación rompe su promesa de prosperidad. Esa decepción se lleva en los cuerpos de los que mueren en la frontera, los deportados por los regímenes fascistas, las 34.361 personas y contando que han muerto personas tratando de llegar a Europa, mueres que pudieron ser evitadas.

Todo el lenguaje que define la vida de los migrantes es el lenguaje del trabajo duro. Es casi imposible hacer un argumento público para el inmigrante perezoso, que “viene aquí” y se niega a trabajar, que llega de otro país a depender de los sistemas de asistencia social y no devuelve nada. Frente a esa narrativa negativa sobre los migrantes, éstos legitiman su existencia porque su fuerza de trabajo ayuda a la economía a crecer, porque fortalecen los servicios y toman empleos que nadie más está dispuesto a hacer. El mito del trabajo duro se basa en la idea de que hay una cantidad finita de recursos para compartir. Ese mito convierte nuestros sistemas de bienestar en reliquias frágiles y menguantes y, al hacerlo, oculta las formas en que esto se ve orquestado por un régimen de recortes y falta de fondos.

Ya tenemos un mundo con todos los recursos necesarios para cuidarnos a todos y entre todos. El capitalismo y el mito del trabajador duro son herramientas ideológicas clave que convierten la libertad en algo utópico en lugar de simplemente una realidad alcanzable.

En otro mundo que podríamos comenzar a imaginar juntos, la pereza no es el fracaso de ser humano. Abrazar la pereza significaría abrazar un mundo donde no se te castigue por no hacer, por estar demasiado gordo o demasiado enfermo o demasiado negro para ser productivo.

En un mundo sin capitalismo, el “trabajo” como lo conocemos se transformaría por completo. Tendríamos más tiempo y energía para dedicar a proyectos que no se basaban en la extracción. Imagina las formas en que nos relacionaríamos entre nosotros: haríamos más arte y escritura por placer, no porque tendríamos que pagar facturas. La pereza significa más tiempo para cuidarse mutuamente de manera colectiva, más buena comida compartida, nuevos modos de amar, mejores formas de ser y consolarnos, más alegría irradiando a través de nuestros cuerpos. Tener todo para ganar no haciendo nada en un sentido capitalista. La pereza es un sentimiento y un conjunto de acciones. Significa la abolición de todo lo que sabemos ahora: la familia, el estado, las cárceles, la policía.

En nuestras condiciones actuales, la pereza es radical. Negarse a adherirse a una comprensión lineal del tiempo, del éxito y rechazar una vida orientada a objetivos, reconoce la idea del poeta Wendy Trevino de que “no podemos” ganar “individualmente en este mundo / y simultáneamente crear otro / Juntos”. Cuando escribo que el futuro será perezoso, quiero decir que podríamos, finalmente, descansar.

 

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*Lola Olufemi es escritora afrobritánica, activista de base y coordinadora del voluntariado en The Feminist Library, London. Es coautora de A FLY Girl´s Guide to University. Being a Woman of Colour at Cambridge and Other Institutions of Elitism and Power (2019) y de Feminism, Interrupted (PlutoPress, 2020).

Twitter: @lolaolufemi_

 

 

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**Catalina Mora Ibarra, chilena de  33 años. De profesión arquitecta de la Universidad de Santiago de Chile (USACH). Ha estudiado distintos oficios relacionados con el arte: cerámica, serigrafía, ilustración, pintura al óleo y acrílica. Fue a un colegio de mujeres, y sus obras son feministas en distintas facetas. Sus datos de contacto son: +56987304836
Instagram: @catalina.m.i
holacatalinami@gmail.com

 

 

Nota editorial: Este texto fue originalmente publicado en inglés con el título “Why Laziness is a radical act” en la versión impresa de la revista Gal-dem. The Un/rest Issue 2019/20. También está disponible en su versión electrónica. La traducción y edición del texto estuvo a cargo de Jael de La Luz con la autorización de la autora.

Este texto es una colaboración de escritura, ilustración y traducción para visibilizar lo que desde las diversas experiencias y saberes feministas se puede hacer. Además se tejen alianzas y acercan talentos que la comunidad feminista tiene para visibilizar y empoderar a las mujeres que escriben, ilustran y por diversos formatos, crean.

 

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